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	<title>El Mostrador &#187; Adolfo Castillo</title>
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	<description>El primer diario digital de Chile - Noticias, reportajes, multimedia y último minuto</description>
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		<title>REBELION ANTINEOLIBERAL</title>
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		<pubDate>Wed, 03 Apr 2013 11:08:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Adolfo Castillo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[A propósito del debate que se ha instalado sobre la legitimidad de la violencia cuando un pueblo es sometido a vejaciones por una dictadura terrorista, parece indispensable apuntar que las luchas sociales y democráticas libradas por un pueblo, lejos de ser manipuladas partidistamente se mueven y expresan mucho más que las limitadas capacidades de quienes [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[A propósito del debate que se ha instalado sobre la legitimidad de la violencia cuando un pueblo es sometido a vejaciones por una dictadura terrorista, parece indispensable apuntar que las luchas sociales y democráticas libradas por un pueblo, lejos de ser manipuladas partidistamente se mueven y expresan mucho más que las limitadas capacidades de quienes pretenden dirigirlas.

Es cierto que diversos partidos y movimientos sociales enfrentaron a la dictadura del general Pinochet para ponerle término, haciendo uso de las más diversas formas de lucha, incluida la armada, gesta patriótica que permitió detener los crímenes atroces perpetrados y abrir paso a un proceso de transición pactada entre los sostenedores de aquella dictadura, hoy gobernantes y congresistas, y quienes se valieron de aquella violencia solapadamente para instalarse como los administradores del nuevo orden guzmaniano.

Y por años se han erigido como los promotores de una democracia ejemplar, modélica, de mayorías. Al costo, desde luego, de esconder las vergüenzas de no haber enfrentado dignamente la suerte corrida por los detenidos desaparecidos, los ejecutados políticos, los cientos de miles de torturados, de no haber juzgado a Pinochet. Y que hablar de los jóvenes que perdieron su futuro, o los estudiantes universitarios endeudados de entonces que sufrieron persecuciones económicas por deudas que les prometieron acabarían. Como hoy.

Hoy se escandalizan y rasgan vestiduras por la reivindicación del uso de las armas durante los años del miedo quienes en el pasado instaron a los militares a derrocar a Salvador Allende, mismos que callaron por años sus crímenes o los ocultaron.

Lo que debe ser puesto en su lugar es que fue el pueblo en su amplia heterogeneidad, diversidad y amplitud, quien finalmente enfrentó a la dictadura. Nadie, en consecuencia, tiene el derecho de arrogarse la representación de ese pueblo armado con su dignidad y sus esperanzas. Su derecho a la rebelión excedió lejos lo que canonizan los manuales y se funde con las raíces históricas de las luchas del pueblo mapuche en contra de la dictadura imperial española.

Desde esta perspectiva, resulta impropio establecer parámetros de valor para juzgar las luchas por la libertad, sea antes del pacto que abrió paso la derrota moral de 1988 o después. No existen buenos y malos rodriguistas, o luchadores que actuaron correcta o incorrectamente. Ambos merecen el reconocimiento de la historia.

Esto para muchos puede ser disonante y extemporáneo, pero es la dignidad perdida la que impide apreciar el valor de quienes dieron sus vidas por la justicia social y la libertad, al igual como admiramos a los padres de la patria o los libertadores de América Latina.

Por lo anterior, nadie podría arrogarse la conducción de las actuales luchas y rebeliones antineoliberales que recorren el país y que anuncian la recomposición de la memoria democrática chilena. Todos los movimientos sociales que exigen sus derechos, que se ponen de pie, que han dicho basta, representan la búsqueda de un nuevo país y de liderazgos que no vacilan en decir las cosas por su nombre.]]></content:encoded>
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		<title>EL NUEVO CAMPO DE FUERZAS</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Mar 2013 11:12:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Adolfo Castillo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Muchos intuimos que en Chile anida una crisis política de envergadura en un futuro próximo, cuyas proyecciones y consecuencias aún resultan imprevisibles; sabemos que el material que la compone está próximo a alcanzar la calidad que la catalice. La cuestión de fondo o central no es cuándo o de qué modo tendrá lugar, sino cómo [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Muchos intuimos que en Chile anida una crisis política de envergadura en un futuro próximo, cuyas proyecciones y consecuencias aún resultan imprevisibles; sabemos que el material que la compone está próximo a alcanzar la calidad que la catalice. La cuestión de fondo o central no es cuándo o de qué modo tendrá lugar, sino cómo ha de ser conducida y quiénes lo harán.

Resulta pueril hoy dar cuenta de los perfiles del momento que vive el orden establecido; las pruebas que dan cuenta de modo elocuente de ello están por doquier y se encuentran en encuestas, manifestaciones sociales, crisis del sistema de educación superior, erosión casi completa de la legitimidad de los parlamentarios, corrupción de autoridades públicas en temas ambientales, sólo por citar algunas. Un examen del campo de fuerzas permite observar las tendencias y adelantar los posibles escenarios de la crisis en desarrollo.

Puede observarse, en primer lugar, la presencia de niveles de polarización social y política que se alimenta de la continua secreción de desigualdad que genera el modelo neoliberal que impera desde la dictadura. Esta polarización modélica no ha sido modificada o superada, y los gobiernos de posdictadura se han mostrado incapaces de enfrentar, principalmente porque comparten supuestos esenciales del tipo de capitalismo y democracia que la hace posible.

En segundo término, se constata una tensión entre las fuerzas emergentes y las declinantes, con diferenciales de poder apreciables. Las primeras, nucleadas o articuladas en torno de las nuevas expresiones sociales, que expresan los cambios impulsados por el mismo orden, siendo los estudiantes el grupo más compacto, junto a movimientos sociales regionales, ambientalistas, barriales, del nuevo sindicalismo, entre otros. Las fuerzas declinantes, con un aparente poder derivado de la derrota moral de 1988 o de la victoria sobre los vencidos, han demostrado principalmente apego al poder y a sus beneficios, e incapacidad para comprender los anhelos de la mayoría ciudadana.

En el marco de la actual coyuntura política, signada por la carrera presidencial, la cuestión capital no es si el problema es la derecha o que la Concertación retorne al poder: consiste en saber de qué modo la emergencia de nuevas fuerzas políticas se constituirán en factores de poder en el nuevo ciclo que nace y cómo se enfrentará la polarización y la crisis de legitimidad que corroe el sistema político. Por tanto, han de tenerse presente las cuestiones tácticas y las estratégicas.

Cabe entonces apuntar que la cuestión presidencial es un momento táctico, un paso, que no altera necesariamente la situación, pensando por ejemplo, que uno de los candidatos de las fuerzas declinantes asuma el gobierno. El modelo sigue en pie. El problema no es entonces la unidad para derrotar a la derecha. Por cierto este escenario experimentaría un cambio central si, por ejemplo, un candidato de las fuerzas emergentes alcanza la dirección del Estado.

En consecuencia, es el proceso de construcción de fuerza social y política la estrategia que se abre paso con la astucia propia del cambio histórico. Y ese proceso, que es constitutivo de la lucha democratizadora del pueblo de Chile, trasciende la coyuntura y se proyecta como posibilidad en el nuevo contexto de cambio latinoamericano.]]></content:encoded>
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		<title>2013: ¿QUÉ HACER?</title>
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		<pubDate>Fri, 04 Jan 2013 11:01:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Adolfo Castillo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La elección presidencial y parlamentaria de 17 de noviembre de 2013 constituirá un momento de inflexión político-generacional en el prolongado experimento neoliberal aplicado en 1973. Esta inflexión, empero, no estará exenta de tensiones, que a su vez anidarán potenciales conflictos de futuro. Examinemos algunas razones. Un preámbulo necesario. Tras los acuerdos entre Pinochet y la [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[La elección presidencial y parlamentaria de 17 de noviembre de 2013 constituirá un momento de inflexión político-generacional en el prolongado experimento neoliberal aplicado en 1973. Esta inflexión, empero, no estará exenta de tensiones, que a su vez anidarán potenciales conflictos de futuro. Examinemos algunas razones.

Un preámbulo necesario. Tras los acuerdos entre Pinochet y la Concertación de concordar en la mantención del orden económico y político, basado en la ideología neoliberal, comenzó a desarrollarse lo que puede denominarse una acción político institucional sistémica, es decir, operar con arreglo a la lógica modernizadora imperante y a su racionalidad instrumental. Todo vale para alcanzar los objetivos económicos y de gobernabilidad del posconflicto. Es justo decir que la Concertación tuvo en esto una actuación sobresaliente.

Toda la práctica gubernamental y legislativa se ordenó en torno de las factores de poder que permitieron la reproducción de los engranajes que dieron vida y dinamismo al sistema de producción y reproducción de privilegios para las minorías, mismas que participaron del reparto de los despojos del estado destruido en 1973, y que se enriquecieron con las empresas públicas privatizadas, construyeron universidades-empresas, se apropiaron de las millonarias cotizaciones previsionales y tranzaron en la bolsa para principal provecho propio, o lucraron con la educación pública. Reparto en el que también participaron activamente los actores neo-sistémicos o nuevos conversos de la Concertación, sea por conveniencia o por convicción.

En el mismo eje temporal, pero en estratos diversos, tuvo lugar una emergente pero sostenida acción política no institucional, esta vez proveniente de la acción colectiva autónoma y de los movimientos sociales.

Desde el mismo día en que se instaló el primer gobierno de posdictadura, comienza la acción política de los actores no sistémicos, y así el país se fue informando de la depredación ambiental, de la colusión entre política y empresas, del lucro en la educción, de las demandas de los mapuche y otros pueblos originarios, del robo de agua por parte de empresas ligadas a integrantes de Concertación y la Alianza, de las violaciones al medio ambiente por parte del Estado, de la corrupción en los servicios públicos con aquiescencia de las más altas autoridades, y una interminable nómina de abusos que organizaciones ciudadanas han tenido el coraje de poner en la agenda pública, pese a sufrir persecuciones, malos tratos e inclusive formas de violencia.

En un escenario político como el que ofrece el 2013, habrán de enfrentarse electoralmente estas dos opciones, las cuales pueden plantear matices pero que en lo esencial no alteran el cuadro en desarrollo: por un lado, habrá acción política sistémica conservadora, y propuestas de acción sistémica reformista; la primera, ejercida por los partidos de las empresas y herederos de la dictadura, los segundos, por los partidos de la Concertación que reprodujeron el modelo neoliberal e intentaron humanizarlo sin éxito.

Por otra parte, se han venido conformando proyectos políticos que han emergido en la posdictadura y sacado lecciones de lo observado. Estos nuevos actores y sus prácticas, como de jóvenes agrupados en Revolución Democrática e Izquierda Autónoma; PAIS, MAIZ, Partido Igualdad, por citar a los mas recientes y de prácticas nuevas, se localizan más en un eje de acción política no institucional, aun cuando ya han debido enfrentar el escenario de las reglas heredadas de la dictadura retocadas pero no alteradas por la Concertación, como el tema electoral.

La elección de noviembre de 2013 exigirá a los potenciales competidores, sea en la arena presidencial o parlamentaria, adoptar definiciones claras frente a una sociedad exigente que dijo basta en octubre del año pasado y se abstuvo de dar su voto a los mismos de siempre y optó en casos emblemáticos por el cambio ciudadano, como en Providencia.

La cuestión que tensionará el cuadro será el enfrentamiento de dos lógicas y de dos estilos de comprender la política del siglo 21 en Chile: aquella que buscará reproducir el proyecto neoliberal y su orden de privilegios para minorías, o aquel que buscará superarlo. Puede suponerse a priori que los actores sistémicos conservadores harán lo que esté de su lado para preservan privilegios, con un gran poder para lograrlo dado los amplios recursos de que disponen. Respecto de los actores sistémicos reformistas, es aún prematuro proyectar comportamientos, toda vez que no es conocido su candidato/a ni el programa que llevará a cabo ni menos quienes formarán parte de un posible gobierno.

Las opciones del primer grupo se ven menguadas dada la baja aprobación ciudadana de la Coalición y de su falta de defensa de ideas propias. Las opciones de la segunda, que supuestamente corre segura por la magia de las encuestas, es aun más incierta, pues no se ven anuncios de enfrentar el proyecto neoliberal en toda la línea, no entendiendo la voz del pueblo.

Cuando se plantean la opción de ampliar el arco político para sustentar un gobierno de mayoría, los actores sistémicos reformistas deberá echar mano a los actores políticos no sistémicos, lo que de concretarse traería consigo grandes tensiones a futuro, pues las lógicas de acción política de ambos son de aleaciones muy diversas.

En consecuencia, el campo de lucha política y social de 2013 es entre dos proyectos en torno a una contradicción central: o se reproduce o se transforma el proyecto neoliberal (orden económico e institucional), se resuelve la contradicción entre democracia de mayoría y participativa y democracia de unos pocos y elitista.

Las decisiones que los actores incidentes adopten en los próximos meses habrán de considerar, por ejemplo, si alcanzar un escaño en el Congreso Nacional constituye un acto de legitimación y reproducción del orden institucional o es un acto de transformación; si formar parte de un gobierno de reformas reproduce o transforma. Y algunos partidos deberán decidir si se suman al proyecto conservador o asumen su vocación reformista o asumen su vocación transformadora no sistémica.

En tanto, en las calles y en los intersticios de la sociedad real, seguirán anidando las propuesta que hagan viable el camino que permita retomar la senda trazada por los padres de la patria, los luchadores de la democracia y la justicia social.]]></content:encoded>
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		<title>LAS TAREAS DE MI GENERACION</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Dec 2012 10:40:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Adolfo Castillo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[“Desde los años 90, mientras los colores del arcoiris se desteñían y ya era un secreto a voces que la alegría no llegaría, mientras se profundizaba la injusticia y la privatización de nuestros derechos iniciada en la dictadura, fuimos acumulando un creciente malestar. No conocimos a Pinochet ni el miedo a perder la vida. Pero [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[“Desde los años 90, mientras los colores del arcoiris se desteñían y ya era un secreto a voces que la alegría no llegaría, mientras se profundizaba la injusticia y la privatización de nuestros derechos iniciada en la dictadura, fuimos acumulando un creciente malestar. No conocimos a Pinochet ni el miedo a perder la vida. Pero si conocimos en cambio, la angustia de nuestros padres por no pasar tiempo con nosotros, sus malabares para pagar las cuentas, la sofocación del Transantiago y el abandono de nuestros barrios” (Nuestra Apuesta, Lista A, FECh 2012, p.3).

Formo parte de esa generación que luchó contra la dictadura a la que aluden los jóvenes que hoy lideran la FECh; somos quienes tuvimos miedo cuando enfrentamos en todos los planos a las fuerzas represivas, y coraje a la vez de saber que nuestras vidas y los sacrificios que tantos y tantas hicieron no serían en vano, que lo que sobrevendría al proyecto antinacional y antipopular que se abrió paso tras las ruinas humeantes de La Moneda y la figura inmortal de Salvador Allende, sería una sociedad en donde prevaleciera la justicia social y no la desigualdad y el egoísmo, la libertad para todos y no para las minorías opulentas, una democracia viva y no el engendro que parió la constitución neoliberal, que los jóvenes tendrían oportunidades, seguridad, y serían valorados, en fin, que los pueblos originarios ancestrales, encontrarían dignidad y respeto. Ello fue una quimera.

Formo parte de una franja de la generación de los años ochenta que no se doblegó ante los cantos de sirena del neoliberalismo, ni se prosternó ante los señores de la guerra vestidos de demócratas. Quienes entonces propiciamos una salida democrática a la dictadura, y nos identificamos en el amplio movimiento democrático popular, no logramos abrir paso a una democracia en donde la justicia social se impusiera para el disfrute de las mayorías y, en cambio, fracciones del socialismo renovado aliado a fracciones de la renovación liberal democratacristiana terminaron pactando con civiles cómplices de violacioines a los derechos humanos cometidas por la dictadura, hoy gobernando y administrando su modelo neoliberal, cuyos resultados los jóvenes han sentido en carne propia.

Formo parte de esa generación política que no aparece desfilando en los diarios citada a declarar por temas de corrupción, ni implicados en engaños a sectores populares para imponer proyectos medioambientales, haciendo lobby para poderes fácticos ni tampoco hemos legislado para favorecer a los grupos económicos nacionales y transnacionales que se han enriquecido a costa de los bajos sueldos y salarios y depredando el medio ambiente. No formamos parte de esa clase política desprestigiada, corrompida que se ha escindido de la sociedad en beneficio propio.

Mi generación, aquella que no ha perdido la esperanza en que otro Chile es posible, no está disponible para blanquear proyectos antipopulares ni futuros gobiernos neoliberales con rostro progresista.

Los desafíos de mi generación siguen siendo las tareas inconclusas y pendientes en Chile, esto es, poner término al proyecto neoliberal y abrir paso a las transformaciones democráticas que beneficien a las mayorías. Y en este camino asumimos las demandas de los jóvenes, de los movimientos sociales y acogemos sus anhelos.

Quienes hoy han iniciado movimientos tendientes a posicionarse para la contienda presidencial de 2013, lo están haciendo como si Chile siguiera siendo un acuerdo de élites y alianzas político-económicas. Qué lejos están del sentir social de hoy.

El pueblo hoy está luchando solo por sus derechos y demandas históricas, y la ruptura del patrón de relación histórico Estado–sociedad como la conocimos se ha completado. Una forma de crisis orgánica en el plano político está en desarrollo. El poder constituyente está radicado en el pueblo, ha regresado a las bases, y las instituciones políticas que dicen “representarlo” adolecen de legitimidad para preservar el orden neoliberal. La democracia de posdictadura está a la deriva y su ilegitimidad sólo es protegida por los usurpadores y administradores del poder.

Como en los años ochenta, los jóvenes buscan libertad y justicia, y otros, acomodo. Esta vez, a diferencia de ayer, la posibilidad del acuerdo en torno al proyecto neoliberal no es viable. Chile no escapará al movimiento global democratizador y en ello las nuevas generaciones están llamadas a desempeñar un rol crucial.

Mi generación, aquella que se templó en el miedo y la lucha democrática, se hace presente una vez más, para cerrar el paso a los intentos de algunos de preservar un orden de injusticias que no escucha, y lo hace junto a los jóvenes y a todos quienes buscan poner término a la prolongada posdictadura, y abrir el camino a las transformaciones pendientes del Chile que anhelamos.]]></content:encoded>
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		<title>EL FIN DE LA POSDICTADURA</title>
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		<pubDate>Wed, 31 Oct 2012 11:08:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Adolfo Castillo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La elección municipal del pasado 28 de octubre hizo visible lo que ocultan las máscaras del formalismo estatal y las apariencias de vivir bajo un orden democrático estable, a la vez que trazó las líneas y contornos de la escenografía del nuevo momento de rearticulación entre pueblo y política. Los hechos son elocuentes: cuatro de [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[La elección municipal del pasado 28 de octubre hizo visible lo que ocultan las máscaras del formalismo estatal y las apariencias de vivir bajo un orden democrático estable, a la vez que trazó las líneas y contornos de la escenografía del nuevo momento de rearticulación entre pueblo y política.

Los hechos son elocuentes: cuatro de cada diez chilenos concurrieron a sufragar el pasado domingo; quienes resultaron electos alcaldes, no lograron superar en promedio el respaldo de dos personas de cada diez votantes de la comuna. Por otra parte, seis ciudadanos optaron por observar con desinterés lo que tenía lugar en la plaza pública. El rito de la elección democrática de autoridades comunales se transformó en una expresiva manifestación del proceso de cambio que vive la sociedad y la política chilena, y nos llevan a las palabras del poeta Brecht que resuenan claras en nuestro tiempo: “La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y cuando lo nuevo no acaba de nacer”.

¿Qué no acaba de morir? Los resultados dejan la apariencia que los bloques políticos pos dictatoriales —léase Concertación y Alianza— mantienen una abrumadora presencia en casi el 85 % de la sociedad, esto en números sería algo así como que tres de cada diez chilenos son sus seguidores si tomamos el padrón electoral actual. En rigor no es una cifra que lleve a pensar que ejercen un amplio dominio social; más bien, dan cuenta de la precariedad representacional que exhiben. Y podría irse más allá. La Concertación representa a menos de dos chilenos de cada diez votantes actuales. Y con estos datos tratan de demostrar que se ha ganado electoralmente. Lo mismo ocurre con la Alianza. Las cifras indican que se trata de proyectos que han ingresado a una etapa de crisis, y que sólo el formalismo estatal permite su reproducción, amparados bajo la lógica institucional de la despolitización de la sociedad y la primacía del mercado como asignador de valores por sobre los que puede proveer un acuerdo social con arreglo a normas democráticas.

Detrás de la masiva abstención electoral, que alcanzó casi un 60 % de los chilenos, se esconden diversas motivaciones por cierto, pero todas articuladas por una común convicción: lo que haga o deje de hacer el ciudadano poco les importa a los políticos que les gobiernan. Es la frustración social que deviene acto de protesta silenciosa cuyas ruidosas consecuencias producen el ingreso de las autoridades electas al campo de la temible ilegitimidad de facto y crear al mismo tiempo una doble tensión: se puede gobernar en minoría hasta que la mayoría lo impida. Se trata de un dilema democrático cuya resolución no es previsible, debido a que las fuerzas que operan en el nuevo cuadro político en desarrollo, son a la vez fuerzas emergentes y creadoras de un nuevo proceso, ciclo o momento transformacional del Estado.

Lo que a los ojos de los pretendidos triunfadores aparece como provocador de la externalidad —el voto voluntario— al sistema de democracia restringida que impera en Chile, les lleva a especular sobre cómo poner cierre a tan osado y rebelde comportamiento social, y se proponen las más inverosímiles fórmulas para cerrar la brecha o la crisis de representación. Y no logran o no desean ver que la demanda que emerge y que aún no nace a plenitud, y que alude a la aspiración de reconstruir un nosotros, a la superación del orden de privilegios, arrogancia y abusos que padece la mayoría de Chile.

Lo nuevo está naciendo con los jóvenes que se han atrevido a cuestionar el orden sacrosanto de mercado, con líderes con vocación de cambio dispuestos a levantar programas de gobierno comunal fiscalizables, el voto programático, participación real de la ciudadanía en los asuntos públicos, creación de barrios amables, presupuestos participativos, control de las autoridades, en suma, la recuperación de la democracia para las mayorías y no para las elites tecnócratas y políticos autoritarios.

Recuperar la confianza social en las instituciones políticas requiere avanzar hacia el término de un orden de exclusiones. El término de la posdictadura está más cerca que nunca y su deceso estará marcado por una nueva composición entre orden estatal y soberanía popular.]]></content:encoded>
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		<title>REFUNDAR EL ESTADO FRENTE AL DESGOBIERNO</title>
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		<pubDate>Tue, 28 Aug 2012 12:01:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Adolfo Castillo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[No se requiere disponer de información de inteligencia para asentir en que Chile vive una crisis político-institucional de envergadura que lo instala en un escenario incierto, y cuya resolución bien puede dar inicio a un ciclo de inestabilidad y violencia o entendimiento y prosperidad. Las señales que circulan en la esfera pública, lamentablemente, tienen un [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[No se requiere disponer de información de inteligencia para asentir en que Chile vive una crisis político-institucional de envergadura que lo instala en un escenario incierto, y cuya resolución bien puede dar inicio a un ciclo de inestabilidad y violencia o entendimiento y prosperidad. Las señales que circulan en la esfera pública, lamentablemente, tienen un efecto desconcertante para la mayoría de la sociedad e inclinan progresivamente el fiel de la historia hacia un cuadro de desgobierno prolongado.

La naturaleza singular de la modernidad latinoamericana a la que no escapa Chile, cuyos rasgos propios han impedido que afloren y arraiguen proyectos inspirados en el viejo Occidente, parece no ser comprendida por las elites que se reproducen gracias al soporte que provee el poder político y económico del modelo de Estado y de mercado imperante.

Posiblemente la sociedad en que vivimos se asemeje más a la colonial que a ninguna otra. Como aquel entonces, por un lado, minorías opulentas, dueñas del país, de mano de obra, establecimientos educacionales, dispositivos culturales, transportes, comercio, el capital, y controladoras del poder armado, y por otro, las mayorías sociales, en las modernas encomiendas de los Mall, del subcontrato, de los impuestos de siempre, obligadas a consumir y a optar por lo oficial, por lo establecido. Los unos fieles al modelo, a la institucionalidad, a la doctrina, a la obra del dictador y a los acuerdos pactados en medio de las sombras entre 1988 y 1989. Los otros, viviendo lo de siempre, el desengaño reiterado de la ambición de las elites unidas por comunes privilegios, cuya urdiembre y ajustes operan desde tiempos de la revolución emancipadora.

Transcurrieron casi 40 años desde la refundación capitalista de Chile —con detenidos desaparecidos, torturados, exiliados, exonerados— para que el ciclo de reproducción estatal se cumpliera. Las generaciones que padecieron el horror de vivir el golpe de Estado de 1973, sea como verdugos o como ajusticiados, se están jubilando, y sus descendientes deben convivir con la tarea de continuar con la tarea de seguir reproduciendo un Estado que nació bastardo, sin legitimidad, o superarlo. A ellos se han sumado los hijos de los vencidos. Existe entonces, una elite responsable de sostener discursivamente un orden institucional ilegítimo, donde cohabitan las generaciones de la crisis estatal, y por otro, unas generaciones que, enfrentadas al Estado de las nuevas clases privilegiadas que organizan los recursos de poder para su auto reproducción, se han propuesto modificar un orden que ven ajeno. Estamos ad portas de una forma de conflicto de clases en el capitalismo transnacional y la democracia neoliberal. Su resolución, como siempre, dependerá de las relaciones de fuerza y de la capacidad de articulación social estratégica de los grupos sociales emergentes.

Aun es posible alcanzar grados razonables de entendimiento social y político en Chile, entre, por un lado, las fuerzas democráticas, que se encuentran ubicadas fuera y en contra de la institucionalidad antipopopular y oligárquica, y las fracciones demócratas de amplio espectro que han sostenido y reproducido el modelo de dominación capitalista. Ese acuerdo supone concordar en modificar la base sobre la que sostiene el actual orden que perpetúa privilegios, cual es poner término a la Constitución Política de la dictadura militar y sentar las bases para la convocatoria de una Asamblea Constituyente genuinamente participativa.

A diferencia de los primeros años de la pos dictadura, donde las invocaciones al orden en nombre de un nuevo realismo, textualizada como “en la medida de lo posible”, hicieron posible la transformación de los demócratas en testaferros y guardianes de un orden ajeno, hoy esa disciplina no existe, y la desobediencia civil parece conducir los procesos de crítica ciudadana que demanda, una vez más, el imperio de la soberanía popular, que exige el término de los privilegios y avanza para recuperar la democracia truncada una primavera hace casi 40 años.

La posibilidad de un nuevo entendimiento político social impone a que quienes aspiren a liderar el nuevo ciclo en formación una condición: abandonar las posiciones estructurales de sustento de un orden que la mayoría execra, e interpretar a las mayorías sociales. El modo de resolución de este problema político puede llevar a una revalorización de la democracia o a la emergencia de la ingobernabilidad.]]></content:encoded>
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		<title>Por qué Bachelet no será candidata en 2013</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Jul 2012 12:06:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Adolfo Castillo</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[Aun cuando la ex Presidenta Bachelet ha dado señales de estar dispuesta a enfrentar una nueva contienda electoral, sea por presiones de sus fervorosos seguidores que anhelan regresar a Palacio tras un largo desalojo, o por creer que el bien de Chile está primero, en rigor existen preocupantes señales que en su intimidad debe estar evaluando fríamente.

Ese realismo, que a final de cuentas la ha llevado a altos cargos internacionales, terminará aconsejándole que es mejor pasar a la historia como una buena y recordada mandataria, antes que cargar con las responsabilidades de una eventual tragedia gubernamental.

¿Cuáles son esas señales premonitorias de un escenario político crítico de cara a un nuevo gobierno de recomposición concertacionista? Para fines analíticos han de distinguirse dos procesos en curso que impactarán catastróficamente en un eventual retorno de Bachelet: por un lado, el caos que enfrenta lo que queda de la Concertación, donde las fracciones en tensión comienzan a tomar posiciones, dejando al descubierto dos cuestiones relevantes. Por un lado, el grupo PS–PDC representa a las fuerzas conservadoras y/o hegemónicas de la sociedad, dueñas de parte del capital económico y de amplios dispositivos de disciplinamiento socio-cultural, y desde luego, abiertamente opuestas a las ideas de cambio modélico que las prive o intente mermar los enormes beneficios que han obtenido del capitalismo fuera de control que padece la mayoría social del país. No se trata de un tema valórico o de principios, es simplemente pragmatismo y realismo. Es la política desnuda a la que se ve arrastrada la fracción socialista que lidera Escalona. Por otro, una fracción que ha sido incapaz de liderar el proceso de cambio democrático y por el que lucharon y que se resignó por casi 20 años a vivir del Estado y de la administración de un orden que en apariencia execran. Hoy se atreven a levantar la voz tenuemente y a desafiar a los gerontes y la nomenclatura, tardíamente sí y con escasas opciones de reencontrarse genuinamente con el pueblo, con el que solo se han relacionado clientelarmente como lo apuntó certeramente Velasco.

Un segundo proceso tiene lugar en la sociedad civil, en el pueblo digamos. Se ha llegado al fondo de la crisis no sólo de representación, esa ya tiene algunos años. Se trata de una crisis más profunda y apunta al sentido de Chile y a su viabilidad histórica. Es una crisis política y cultural cuyos perfiles se perciben en medio del creciente movimiento social que tiene lugar en innumerables zonas del país y de modo específico, es elocuente en la nueva generación que emerge y pone en jaque las fosilizadas estructuras de poder del orden dictatorial que continúan oprimiendo a las viejas generaciones. Las energías que están naciendo en ese nuevo espacio cultural juvenil, se orientan en un sentido opuesto a las de conservación y es cosa de tiempo para que la fricción entre ambas detone procesos de tensión e ingobernabilidad cuyos tímidos rasgos hemos apreciado en las luchas estudiantiles por poner fin al lucro en la educación.

Michelle Bachelet se verá ante el dilema de ofrecer una gobernabilidad conservadora y elitista, propia de un modelo que la exige para subsistir, o enfrentar una nueva gobernabilidad democrática, transformadora y de mayorías. No existe término medio en esta vuelta. La primera opción es abdicar ante los poderes fácticos que están detrás del poder político, y prepararse para una gestión deslucida, de administración, casi impropia para alguien que viene de Naciones Unidas. En este escenario, es muy plausible el incremento de la acción colectiva y de formas de ingobernabilidad. Y la segunda, que abra paso al cambio político generacional, no por razones morales, sino por realismo político.

Los asuntos públicos y su desarrollo han crispado las confianzas cívicas y se modo acelerado se vive la formación de un nuevo proceso, signado por la aparición de demagogos neoliberales, crisis orgánica en los aparatos de poder hegemónicos, y recomposición de las fracciones de clases económicamente lucrativas y como contrapartida de la formación de nuevos actores sociales y políticos que despliegan apuestas de un nuevo realismo, siguiendo el ritmo de los procesos democratizadores de América Latina.

Un cuadro con tales complejidades aconsejarán a Michelle Bachelet que el tiempo político de lo que en un momento creyó ser para convicciones hoy apenas alcanza para el cruel realismo de la nueva situación política, y que es mejor seguir sonriendo sin ser candidata a nada.]]></content:encoded>
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		<title>Bachelet frente a Marcel Claude</title>
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		<pubDate>Thu, 21 Jun 2012 12:23:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Adolfo Castillo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Luego de conocida la decisión de la ex Presidenta Bachelet por ingresar al ruedo electoral de 2013, y del súbito alineamiento de la vieja oposición política tras su figura, es relevante preguntarse si un eventual regreso a La Moneda traerá consigo cambios anhelados por millares, y que precisamente, abandonaron en 2010 el proyecto ochentero de [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Luego de conocida la decisión de la ex Presidenta Bachelet por ingresar al ruedo electoral de 2013, y del súbito alineamiento de la vieja oposición política tras su figura, es relevante preguntarse si un eventual regreso a La Moneda traerá consigo cambios anhelados por millares, y que precisamente, abandonaron en 2010 el proyecto ochentero de la alegría de unos pocos, y si de cara a un nuevo proyecto democrático que la derrote, estará disponible para brindar su apoyo en una hipotética segunda vuelta a quien la lidere.

La política está hecha de un material escaso y de emociones fuertes. El material escaso es la adhesión que la ciudadanía brinda a una propuesta, que la cautiva, le tinca, que la representa; y que un o una líder son capaces de expresar en un momento histórico. También, está hecha de la ambición de poder, ese deseo a veces irrefrenable que confunde la razón y ciega la realidad. De ello la ex Presidenta tiene de sobra y eso es bueno. Pudiendo quedarse en la comodidad y privilegio de estar en Naciones Unidas, opta por volver a Chile y a sus miserias, tal vez con la esperanza de realizar un proyecto que no pudo por los poderes fácticos de la antigua Concertación que le infligieron una derrota a su gobierno ciudadano que en verdad nunca lo fue.

¿Qué atrae a Bachelet? ¿Cree realmente que la crisis de representatividad será resuelta con una modificación al sistema electoral que permita reelegir por enésima vez a los mismos que la provocan? ¿O que una reforma tributaria pondrá fin a las desigualdades? Ello es desde luego pueril. Es muy relevante el paso de la ex Presidenta, pues contribuye a reordenar el cuadro político en desarrollo y de paso, configura un escenario nada improbable que se viene preanunciando entre los jóvenes y redes sociales: de cara al agotamiento y fatiga de material de la Concertación, se está planteando la posibilidad de que Marcel Claude, el economista y destacado ambientalista, lidere una nueva propuesta programática y de renovación política para Chile.

Marcel Claude, quien es ampliamente conocido y popular entre los jóvenes del país, ha logrado concitar una adhesión como resultado de sus disputas en contra de poderes políticos corruptos, por proponer la re nacionalización del cobre, de las riquezas básicas de Chile, por el fin del lucro en la educación, por el retorno de los dineros de los ahorrantes en fondo de previsión en manos extranjeras o de grupos económicos que se han beneficiado del modelo de la dictadura, una nueva Constitución, entre otros aspectos programáticos.

Sería relevante saber qué posición tiene la ex Presidenta frente a la nacionalización del cobre de Chile, al agua usurpada a las comunidades agrícolas, si pondría término al sistema de AFPs, haría gratuita la educación, o más directamente, si apoyaría a un posible candidato como Marcel Claude, en el evento de que pasara a segunda vuelta.

Cuando se agota el stock de adhesión social a un programa en política, los electores buscan nuevas propuestas, acordes a sus nuevas demandas y abandonan lo viejo, piden su jubilación. De poco sirve la ambición en ese momento, pero claro, es una de las materias primas que mueve la maquinaria del poder.]]></content:encoded>
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		<title>La disputa por los movimientos sociales</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Jun 2012 12:15:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Adolfo Castillo</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[Uno de los síntomas de la enfermedad que padece la política institucional de la viejas oposiciones es la repentina invocación a establecer prontas relaciones con los movimientos y actores sociales, con la esperanza de encontrar ahí las claves que permitan superar la grave crisis de legitimación social que experimenta y que bien puede llevarla a un eventual deceso, como ha ocurrido en innumerables períodos de nuestra historia. Se trata de un acto tardío e ingenuo que arranca de premisas falsas.

Durante el decurso histórico del siglo XX se articularon vínculos fuertes entre partidos, actores sociales y Estado, que hicieron posible la construcción de acuerdos entre movimientos sociales y sujetos históricos y fuerzas políticas impulsoras de proyectos de cambio social. Aquellos entendimientos estaban fundados en relaciones clientelares que hacían posible la reproducción del modelo de relaciones entre pueblo y clase política —las vanguardias de entonces— que tras el término de los escenarios de Guerra Fría se tornaron lejanos recuerdos, y que ya no constituían modalidades apropiadas para los tiempos del neoliberalismo.

Cuando la vieja oposición asumió el gobierno, en 1990, no lo hizo sobre la base de un entendimiento con los actores y movimientos sociales que le brindaron apoyo, basado en un proyecto de transformación del orden establecido por las fuerzas conservadoras y contrarrevolucionarias de 1973, sino por un acuerdo con esas mismas fuerzas que aplastaron la democracia, a modo de compensar la pérdida de poder que experimentarían tras la derrota de octubre de 1988. En rigor, los movimientos sociales fueron traicionados por quienes, una vez llegados al gobierno del Estado neoliberal, iniciaron un despliegue de políticas orientadas al implementar un programa que nada tenía que ver con los anhelos de cambio por los que se movilizaron millones de hombres y mujeres. Claro, esa vez lo hicieron utilizando la memoria de los vínculos con los actores y movimientos sociales de una época ya extinta, pero que daba resultados. Todo el disciplinamiento popular y la inoculación del ideario neoliberal en diversos ámbitos y formatos de la vida social fue el dispositivo del que se valieron quienes hoy esperan reconstruir lealtades y acuerdos con los actores de la nueva sociedad.

El parto de nuevos actores y sujetos sociales que ha producido el orden carente de legitimidad que padece la mayor parte de la sociedad chilena, no sólo ha creado nuevos consumidores como gusta remarcar a los neoliberales, sino que ha creado sujetos críticos que han comprendido que este modelo de sociedad va en rumbo de múltiples colisiones, en primer lugar con la preservación de la vida en el planeta, y con la preservación de la propia sociedad, resultado de las injusticias sociales, las desigualdades extremas, y el abuso de unos pocos desconocido hasta ahora. Estos actores y movimientos sociales nada tienen que ver con quienes responden a un paradigma fracasado y carente de humanidad. 

Los movimientos sociales son movimientos transformadores cuyo sentido es cambiar los sistemas de dominación y exclusión, del cual la vieja oposición es percibida como parte integrante. Al menos les pedimos un poco de creatividad al bacheletismo, pues tarde o temprano deberán responder a los mapuches, los jóvenes, los ambientalistas, las minorías, los pobladores, los trabajadores, los temporeros, los pescadores, los campesinos, los estudiantes, entre tantos otros.]]></content:encoded>
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		<title>La nueva oposición</title>
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		<pubDate>Tue, 05 Jun 2012 12:11:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Adolfo Castillo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Más allá de las cifras transitorias que alimentan la imaginación de estrategas y operadores, lo cierto es que la democracia chilena sigue padeciendo una enfermedad crónica, cuyos síntomas más visibles son el descrédito de las instituciones políticas y la enorme distancia que separa a las cúpulas que usufructúan de poder y sus privilegios de la inmensa mayoría de Chile, sin haber distinción de los tan cacareados bloques que aun conservan cargos de representación y fingen representar al país.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Tras una prolongada agonía del modelo de democracia que se había mantenido y que persistirá por algún tiempo, la sociedad percibe que la realidad política se ha modificado profundamente tras la llegada a La Moneda de los responsables del orden productor de malestares e injusticias y el alejamiento de quienes lo administraron por casi 20 años.

Esa sociedad intuye que ya no volverá a los tiempos de los dos bloques que cohabitaron en el modelo dictatorial sobre la base de acuerdos mutuamente convenientes; ni aquella franja que había votado religiosamente por la Concertación, y que estuvo dispuesta a los mayores sacrificios, al mal menor, con tal de impedir que los hijos de Pinochet y sus adláteres llegaran al gobierno, ni tampoco aquella otra fracción social que, enfrentada a la dura realidad, ha visto y experimentado que sus líderes, a quienes vio esforzarse por conquistar La Moneda tras casi 60 años, sólo trabajan para los amigos y sus empresas y que las penurias del día a día siguen siendo las pesadillas reales que los aliancistas no tienen mayor interés en enfrentarlas.

Más allá de las cifras transitorias que alimentan la imaginación de estrategas y operadores, lo cierto es que la democracia chilena sigue padeciendo una enfermedad crónica, cuyos síntomas más visibles son el descrédito de las instituciones políticas y la enorme distancia que separa a las cúpulas que usufructúan de poder y sus privilegios de la inmensa mayoría de Chile, sin haber distinción de los tan cacareados bloques que aun conservan cargos de representación y fingen representar al país.

En medio de este proceso de descomposición, está naciendo una nueva oposición política, que nada tiene que ver el gatopartismo de quienes desean conservar posiciones de privilegio, ni se prosterna ante los poderosos del mercado en el Estado. Se trata de una oposición cultural de enorme arraigo juvenil y popular llamada a jugar roles cruciales en el nuevo Chile que está naciendo.

La nueva oposición busca recuperar las riquezas naturales para Chile, gestionar los sistemas de seguridad social, de salud, y de educación conforme a criterios de bien común y no a las reglas del mercado y el beneficio de los mismos de siempre, aspira a que las fuerzas armadas cumplan un rol garante de las derechos sociales y de la voluntad popular y no de privilegios de minorías, y anhelan que Chile sea reconocido como un país donde impere la justicia, y la democracia sea el efectivo gobierno del pueblo.]]></content:encoded>
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