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	<title>El Mostrador &#187; Carlos Parker</title>
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	<description>El primer diario digital de Chile - Noticias, reportajes, multimedia y último minuto</description>
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		<title>Chile y Bolivia: la política del ninguneo</title>
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		<pubDate>Thu, 07 Feb 2013 05:49:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Parker</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Y así estamos hoy con Bolivia, caminando hacia atrás y dominados por la lógica de los halcones. Tan paralizados y faltos de iniciativa hemos quedado, que la sola oferta de retomar el diálogo bilateral, cosa que evidentemente no ocurrirá con la actual administración, tendrá que implicar a partir de marzo de 2014 un auténtico giro copernicano luego de un bache de cuatro años  perdidos.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Hasta justo antes que el gobierno del Presidente Ricardo Lagos adoptara con Bolivia la llamada “agenda sin exclusiones”, la cual incorporó la demanda marítima boliviana como tema bilateral de modo implícito, la posición oficial de Chile había consistido en la simpleza de estimar el asunto como un “no problema”.

Salvo muy contados episodios de apertura a un diálogo bilateral proactivo, entre los cuales sobresalen las negociaciones Banzer-Pinochet, lo esencial de la política oficial chilena más tradicional, por más de cien años, había consistido en un tratamiento estrictamente jurídico. Es decir, en estimar que habiendo de por medio un tratado de límites vigente con Bolivia, sobre esta materia no había nada que conversar y mucho menos que negociar.

Por esta razón, cada vez que Bolivia, a falta de otro espacio para dar a conocer su demanda, procedía a plantearla en foros multilaterales, los representantes chilenos se apresuraban a manifestar que dado que aquella cuestión estaba revestida de un carácter estrictamente bilateral, no se le reconocía a aquel foro, cualquiera fuese, capacidades para oír y mucho menos para pronunciarse sobre el asunto. Ante este planteamiento, cualquiera que no estuviese al tanto de la jugada habría podido estimar esta posición como razonable y estar de acuerdo que lo mejor y más sensato era, precisamente, que chilenos y bolivianos dialogaran bilateralmente y sin interferencias ajenas. Claro que aquel bien intencionado testigo no tenía cómo saber que llevado el punto al espacio bilateral en el que los propios chilenos lo situábamos, nuestra posición volvería a ser la de negarse rotunda y consistentemente a siquiera hablar del tema. Es decir, no se trataba en realidad de un asunto multilateral ni bilateral, simplemente la cuestión planteada por Bolivia no tenía entidad reconocible alguna.



Hay que admitir que esta posición negacionista, con fundamentos esencialmente jurídicos, estrictamente apegada al derecho de los tratados e ignorante de cualquier otro tipo de consideraciones, especialmente políticas, ha estado además revestida, de muy obvios componentes racistas, discriminatorios y despreciativos hacia nuestros vecinos del norte. No es por otra razón es que se palpa en el ambiente una compulsión de satisfacción y hasta de orgullo patriótico cada vez que alguno de nuestros presidentes se propone vapulear en público a algún mandatario boliviano a propósito de esta cuestión o de cualquier otra. Incluso si su interlocutor le prodiga el tratamiento de hermano y le habla en un tono casi implorante con el propósito de impresionar a la audiencia, presente o distante.

Nuestra “Política de Estado” nos propone de modo majadero y  equivocado que el problema con Bolivia no existe, lo cual equivale a intentar tapar el sol con un dedo. Y a continuación nos dice que si acaso efectivamente existiera algún inconveniente subsistente respecto a la aplicación de las clausulas del Tratado de 1904 en cuanto a facilidades portuarias o de otra especie, aquello sencillamente debiera corregirse. Y eso sería todo cuanto cabe hacer y decir.

Y hay que constatar que en este planteamiento simplista nadie nos acompaña en el campo regional. Los países latinoamericanos y caribeños no están tomando precisamente palco en esta controversia, pues como se sabe, hay quienes respaldan explícitamente la posición boliviana, mientras los más hasta ahora se limitan a manifestar cautamente que se trata efectivamente de una cuestión bilateral. Lo que no implica que respalden a Chile como algunos prefieren creer, para abundar el efecto anestésico, sino solamente para sentar una posición que asume que chilenos y bolivianos tienen entre manos un problema complejo, y que por el momento es preciso intentar que aquel pueda ser resuelto entre ambas partes. Mientras haya posibilidades y tiempo para hacerlo y, especialmente, en tanto aquel no devenga en un entuerto con implicaciones regionales o sub-regionales.

Los chilenos de modo mayoritario aunque no unánime, se hacen cargo de esta predica que fluye desde lo alto, desde la academia y desde los medios de comunicación, y tienden también a estimar que tal  problema con Bolivia no existe, o si acaso en algún sentido existiera, carecería de relevancia para nuestro país o no tendría solución práctica posible. Sobre esta base, y teniendo en cuenta los estudios de opinión, la contingencia de larga duración es razón más que suficiente para que incluso quienes en su fuero interno estimen otra cosa, como por ejemplo que la cuestión es necesario reconocerla como un problema que debe ser encarado, prefieran  plegarse oportunistamente a la posición dominante, las más de las veces por temor al castigo electoral. Tal y como hacen, por ejemplo, no pocos parlamentarios y líderes políticos chilenos de los más diversos sectores quienes no pocas veces opinan una cosa en público y otra en privado.

Incluso hay quienes van más allá y proponen la tranquilizadora hipótesis según la cual se trata solo de un mero capricho boliviano al que no hay que prestarle atención. Un invento  sin fundamento de realidad, un arma arrojadiza que los distintos gobiernos bolivianos levantan de tanto en tanto contra Chile por razones oportunistas y de política interna. Incluso no pocos creen, sinceramente y como me consta, que Bolivia nunca tuvo mar, y todavía más, que hoy no le hace ninguna falta tenerlo, para lo cual exhiben como prueba a países que están rodeados de mar por los cuatro costados y sin embargo son pobres, y a países mediterráneos al igual que Bolivia, que sin embargo son desarrollados.

Miradas así las cosas y ante tanta ceguera y falta de realismo, “la agenda de los 13 puntos” adoptada con Bolivia durante la presidencia de Michele Bachelet, cuyo punto 6 se refería a la cuestión de la mediterraneidad boliviana, constituyó un gigantesco avance en el tratamiento pragmático del asunto. En primer lugar, porque involucró un esfuerzo de sinceramiento bilateral que buscó colocar todos los problemas sobre la mesa. Incluso teniendo perfecta conciencia que, a fin de cuentas, la cuestión fundamental de nuestras relaciones con Bolivia consiste precisamente en el tratamiento del punto 6, y que todo lo demás, particularmente para la parte boliviana, resultaba ser accesorio.

Como se sabe, desde que asumió la administración derechista, el diálogo con Bolivia está prácticamente congelado. Pues quienes tienen la responsabilidad de conducir la política exterior chilena, incluido el propio presidente Piñera y el canciller Moreno, hacen parte de los sectores más recalcitrantes entre la muchedumbre que no quiere ver la realidad y prefieren apostar al ninguneo, al desgaste, al cansancio y la rendición diplomática incondicional boliviana. Tal manifestación de voluntad política quedó por demás perfectamente clara muy temprano, cuando la actual administración cometió el despropósito nunca reparado de enviar a La Paz como Cónsul General a un diplomático que una vez hizo suyo el concepto según el cual “la mejor relación que se puede tener con Bolivia consiste en no tener relaciones”.

En el marco de la reciente Cumbre de la Celac los chilenos hemos sido testigos de un nuevo episodio de crispación entre chilenos y bolivianos. Tal y como podía suponerse, el presidente Evo Morales cumplió con su obligación política ante sus propios ciudadanos y electores de traer a colación el asunto, lo que motivó una extensa, pormenorizada y no menos áspera réplica del presidente Piñera.

El intercambio nos trajo a la mente una circunstancia polémica parecida ocurrida en la Cumbre de Guadalajara, protagonizada entonces por el ex presidente Lagos con su homólogo boliviano, el ex presidente Meza, en la cual como se recordará el ex mandatario chileno golpeando la mesa ofreció a Bolivia “relaciones diplomáticas aquí y ahora”.

En uno y otro evento asistimos al mismo tono altanero y arrogante, por demás completamente innecesario. En ambas ocasiones asistimos a la misma intención, de una y otra parte, de hablarles no a los Jefes de Estado que presenciaban impávidos la escena, sino a sus propios ciudadanos, verdaderos destinatarios de las palabras y gestos que acompañaban este ritual y repetitivo cruce de espadas trasmitido en directo <i>urbi et orbe</i>.

¿Habría podido el presidente Morales haber hecho algo distinto de lo que hizo, sin exponerse a ser políticamente masacrado en su propio país? Y a su turno, ¿habría podido el presidente Piñera no haber respondido al emplazamiento que se le hacía, desaprovechando la ocasión que se le regalaba para hacer política interna agitando el sentimiento nacionalista?

Y así estamos hoy con Bolivia, caminando hacia atrás y dominados por la lógica de los halcones. Tan paralizados y faltos de iniciativa hemos quedado, que la sola oferta de retomar el diálogo bilateral, cosa que evidentemente no ocurrirá con la actual administración, tendrá que implicar a partir de marzo de 2014 un auténtico giro copernicano luego de un bache de cuatro años perdidos.

El presidente Piñera cerró su intervención respecto al discurso del Presidente Morales con una frase que podría quedar en la memoria de nuestras relaciones con Bolivia, de modo semejante a la pronunciada por Ricardo Lagos en la Cumbre de Guadalajara. Fue cuando el mandatario afirmó con aparente convicción que “los temas de soberanía no se negocian por intereses económicos”.

Y hablando de soberanía, de dignidad nacional y de integridad territorial incluso, ¿cómo se supone que habríamos de considerar la circunstancia de que en los grandes emprendimientos mineros que pueblan el extremo norte de Chile, verdaderos enclaves extranjeros, por la vía de los hechos se esté dando la intolerable situación que nuestro derecho no sea respetado a varios fines relevantes, incluidos los laborales, en la vastedad de los territorios que controlan las empresas mineras foráneas?

¿Y qué podría decirse, también a propósito de soberanía, dignidad y hasta de seguridad nacional, de la circunstancia anómala de que nuestros recursos hídricos, incluida el agua potable estén en manos de consorcios extranjeros?

La beatería juridicista y su complemento más actual, la idolatría de los negocios, dupla fatal que reniega de la política y domina sin contrapesos en nuestra política exterior, fue la que obnubiló nuestro entendimiento impidiéndonos ver la realidad de las cosas frente al Perú. Fue aquella confusión convertida en estrategia, la que lo apostó equivocadamente todo a los documentos y a los negocios, la  que terminó por conducirnos directo al Tribunal de La Haya en un juicio de resultado incierto.

Hay que preguntarse si en el caso Bolivia, al querer seguir ignorando que tenemos un problema, y que aquel no es de ningún modo jurídico sino estrictamente político, nos hará volver a tropezar con la misma piedra.]]></content:encoded>
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		<title>Juan Somavía</title>
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		<pubDate>Wed, 23 Jan 2013 05:48:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Parker</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
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		<category><![CDATA[Juan Somavía]]></category>
		<category><![CDATA[OIT]]></category>

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		<description><![CDATA[Probablemente, la mayor y más permanente contribución de Somavía al mando de la OIT consistió en haber incorporado la dimensión social en el tratamiento de las cuestiones económicas y financieras mundiales. Un asunto  muy fundamental, especialmente en fases de crisis, circunstancia en que como bien se sabe, los gobiernos tienden a hacer pagar los costos de los descalabros  a los más pobres.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Cuentan que en los años 60, el entonces embajador de Chile ante la ONU en Nueva York, don José Piñera Carvallo, padre del actual Presidente Sebastián Piñera, a poco de tomar posesión de su cargo cayó en la cuenta de lo difícil que le resultaría darse a conocer entre los centenares de embajadores y los miles de diplomáticos de todo rango que atiborraban el inmenso edificio. Como don José era un hombre de vasta cultura y aguda inteligencia, a quien además no le faltaba audacia ni ocurrencia, urdió un plan de batalla que consistió en hacer que su secretaria le llamara desde la Misión de Chile a la ONU varias veces al día. De modo que, de tanto en tanto y a diversas horas, por el sistema de amplificación del edificio se podía oír una voz femenina que clamaba: “Embajador Piñera, Embajador Piñera de Chile, favor comunicarse con el centro de comunicaciones”. Según el mismo embajador Piñera contaba entre risotadas, no pasó mucho tiempo antes que al presentarse por su nombre, recibiera de su interlocutor un sonoro “Ah, of Chile”.

Ha pasado el tiempo, y desde entonces hasta ahora en Chile han ocurrido diversos sucesos sobresalientes, las más de las veces dramáticos, todos los cuales han dado notoriedad y visibilidad a nuestro país en el mundo. Pero no obstante aquello, y como nos consta a quienes hemos tenido ocasión de visitar países que nos lucen remotos y otros que no lo son tanto, de continuo nos ocurre que nuestros ocasionales interlocutores nos pregunten con toda candidez ¿Y dónde queda Chile?

Pasada la sorpresa y sensación de incomodidad que suele embargarnos, y luego de tomar nota del baño de humildad y realismo sobre nuestra genuina circunstancia en el mundo que la interrogante implica, nos vemos obligados a situar geográficamente a nuestro país y a mencionar algunas generalidades. Terminada la explicación, la que casi siempre nos obliga a pasar en sobrevuelo por México, Brasil y Argentina, normalmente recibimos de vuelta una exclamación de comprensión, cuya traducción más literal seria ¡Ya, ok, Pinochet!



A los chilenos nos gustaría que nuestro país fuera relacionado de buenas a primeras con nuestros grandes y galardonados poetas, como Neruda o la Mistral, con nuestros narradores más famosos como Isabel Allende o Bolaño, con nuestros músicos insignes como Arrau, con nuestros más talentosos deportistas, con nuestra bella geografía o, en último caso, hasta con nuestro cobre. Pero no, aunque nos pese, la realidad es que todavía cuando se habla de Chile en el exterior, normalmente,  la primera imagen que se viene a la mente es, tristemente, la del dictador de marras. Lo cual implica que, al contrario de lo que quisiéramos creer, todavía sobre Chile se sabe poco en el mundo, o que en todo caso, lo que se sabe es sobre nuestras desgracias de toda índole, más que otra cosa.

Y no estamos solos en este pequeño pero significativo drama de asociaciones mentales perversas e injustas. Me consta por ejemplo que a los rumanos les irrita fuertemente que su país sea relacionado automáticamente con el dictador Nicolás Ceausescu, o con el Conde Drácula, y que prefieren que se les vincule con la famosa gimnasta Nadia Comaneci. Y no menos feroz y destructiva resulta la asociación de ideas que tiene a lugar respecto de Colombia, en cuyo caso se trata de imágenes no menos deplorables y sangrientas, como las FARC, los carteles de la droga o Pablo Escobar. En el caso de Libia, a mayor abundamiento y para infortunios de sus habitantes, el  país sigue siendo asociado y lo seguirá por largo tiempo con la figura estrafalaria de Muhammad Gadafi.

En cuanto a Chile, existe un ámbito menos mediático y popular, en donde varios de nuestros compatriotas nos han aportado y nos siguen aportando prestigio, contribuyendo además al conocimiento de nuestro país. Aquel es el ámbito de las relaciones internacionales y los asuntos mundiales en general, donde un pequeño e insigne grupo de compatriotas, internacionalistas y diplomáticos, han dejado una huella indeleble, regalándonos fama, reconocimiento y prestigio como país, desde las altas responsabilidades que han ejercido y ejercen. Como es actualmente el caso de Michelle Bachelet, Directora de ONU Mujer y de Heraldo Muñoz, a la cabeza del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

Y no deja de ser significativo y hasta curioso, que en un espacio tan marcado por las lógicas del poder desnudo, como es el caso de las relaciones entre los Estados que se dan en los organismos multilaterales, un país tan pequeño y periférico como el nuestro haya sido capaz, sin embargo, de ejercer tanta influencia y de proveer figuras tan notables, emblemáticas recordadas por sus aportaciones para hacer del mundo una realidad más vivible, mas cooperativa y menos conflictiva.

Juan Somavía, hasta hace muy poco Director General de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) de las Naciones Unidas, cargo que ejerció por 12 años, es uno de estos compatriotas destacados en este ámbito. Cuya brillante trayectoria como internacionalista y diplomático, sigue la huella de otros chilenos universales.

La de Hernán Santa Cruz, por ejemplo, quien fuera miembro del grupo de redactor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en 1948, quien tuvo el mérito de haber incorporado en el texto los conceptos de los derechos económicos, sociales y culturales, bajo la premisa que los derechos humanos son un todo indivisible. Santa Cruz fue además quien concibió la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), una institución que hasta hoy sigue contribuyendo al desarrollo regional y que, a través de sus objetivos, emparenta la obra de Santa Cruz con la trayectoria de otro de nuestros grandes internacionalistas, don Felipe Herrera, por un largo periodo director e inspirador del Banco Interamericano del Desarrollo (BID).

Mientras Somavía ejercía como embajador de Chile ante la ONU le correspondió integrar el Consejo de Seguridad, y presidir en varias oportunidades en Consejo Económico y Social de la ONU (Ecosoc). Pero durante este periodo, su obra personal más sobresaliente consistió en haber persuadido al Secretario General de la ONU y a sus distintas agencias, de la necesidad de convocar a una Cumbre Mundial sobre Desarrollo Social, a nivel de Jefes de Estado, la cual se celebró con gran éxito y convocatoria en Copenhague en 1995. Correspondió a Somavía presidir el Comité Preparatorio Mundial de la que se conoce como la Cumbre Social, la cual en sus resultados implicó un drástico y favorable giro en la manera en que hasta entonces los asuntos económicos y sociales eran procesados en el marco de la ONU, sus agencias y otros organismos multilaterales vinculados a las cuestiones económicas y del desarrollo.

Cuando Somavía asumió la dirección general de la OIT, un organismo tripartito constituido por gobiernos, empleadores y trabajadores, se convirtió en el primer representante del hemisferio sur en dirigir el organismo. Como Director General, y probablemente inspirado en su labor al mando de la Cumbre Social y en sus propias convicciones humanistas y progresistas, Somavía promovió la idea según la cual “la calidad de una sociedad se mide por la calidad del trabajo que ofrece”, concepto a partir del cual acuñó la idea de “trabajo decente”, la cual la OIT adoptó como la expresión más contemporánea de su mandato institucional, y que la mayoría de los gobiernos del mundo asumen como un objetivo a alcanzar en cuánto a sus políticas de desarrollo y empleo.

Probablemente, la mayor y más permanente contribución de Somavía al mando de la OIT consistió en haber incorporado la dimensión social en el tratamiento de las cuestiones económicas y financieras mundiales. Un asunto muy fundamental, especialmente en fases de crisis, circunstancia en que como bien se sabe, los gobiernos tienden a hacer pagar los costos de los descalabros a los más pobres. Esta labor la inició Somavia en 2002, a propósito de la Comisión sobre la Dimensión Social de la Globalización, la continuó en la Cumbre Social y la consolidó en la Cumbre Mundial de empleo en 2009, evento en el cual la OIT adoptó el Pacto Mundial para el Empleo, destinado a inspirar políticas internacionales y nacionales destinadas a la recuperación económica, generar empleos y ofrecer protección a los trabajadores y sus familias.

Con Somavía como Director General, la OIT incrementó sensiblemente su influencia y por lo mismo, comenzó a participar en las reuniones cumbre del G-20 y en otras varias instancias donde se deciden los asuntos mundiales. En un sentido general, se reconoce que Somavía consiguió algo que para entonces parecía imposible: que la OIT y las cuestiones laborales que promueve y alienta, pasaran a estar en el centro de los debates mundiales sobre las respuestas a las crisis y los modelos de desarrollo.

Juan Somavía políglota, internacionalista, diplomático de fuste y aliado por convicción y doctrina en las alturas de la escena mundial de los más pobres del planeta, contribuyó grandemente a hacer posible, entre muchas otras cosas, que Jefes de Estado y altos funcionarios de todo el mundo hicieran, para variar, asociaciones mentales positivas y prestigiosas para nuestro país.

Juan Somavía acaba de regresar a Chile y viene para quedarse.  Con la cuerda y el entusiasmo que sabemos que le queda, ojalá pueda seguir entregando su talento y experiencia entre nosotros, para el engrandecimiento de Chile.]]></content:encoded>
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		<title>La Haya: Colombia y Nicaragua como lección</title>
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		<pubDate>Sat, 08 Dec 2012 05:48:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Parker</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El episodio demuestra que una cosa es anunciar que un fallo se acatará, cualquiera sea su resultado, y otra cosa distinta es acatarlo efectivamente, en la eventualidad que el mismo resulte abiertamente adverso.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[La Corte Internacional de Justicia (CIJ), el mismo Tribunal de la Haya que deberá pronunciarse sobre la controversia marítima entre Chile y Perú, emitió su veredicto inapelable sobre el conflicto limítrofe entre Colombia y Nicaragua.

El fallo de la CIJ puso fin a un juicio que se inició en 2001, cuando Nicaragua demandó a Colombia pidiendo revocar un tratado de 1928 mediante el cual dicho país cedió soberanía a Colombia sobre el archipiélago de San Andrés y Providencia, trabándose una controversia legal bilateral sobre la soberanía de un conjunto de pequeñas islas y posesiones marítimas ubicadas en el Mar Caribe.

El veredicto del Tribunal de la Haya se pronunció a favor de Nicaragua en cuanto a la soberanía marítima del territorio en litigio, otorgándole jurisdicción sobre 200 millas marítimas, las mismas que hasta antes de esta sentencia estaban bajo el dominio de Colombia. En cambio, otorgó soberanía sobre siete islotes a Colombia, sobre un total de 9 en litigio, con lo cual se procedió a fraccionar el archipiélago.



El fallo ha caído como un balde de agua fría sobre las autoridades y ciudadanos colombianos, quienes hasta justo antes de conocerse el veredicto, lucían muy confiados de que el fallo les favorecería en sus pretensiones. Colombia es un país tradicionalmente respetuoso del derecho internacional, y en atención a esta política y frente al litigio con Nicaragua, había venido manifestando de modo reiterado e inequívoco, su firme decisión de acatar el fallo, cualquiera fuera su resultado.

No obstante lo anterior y conocido el fallo, las autoridades colombianas se apresuraron a cuestionarlo, anunciando la voluntad de resistirlo. Para ello, se proponen recurrir a la ONU y a la OEA, junto con interponer sendos recursos de revisión y aclaración, apelando a supuestos vacíos jurídicos del fallo.

Incluso la canciller colombiana María Ángela Olguín, en una demostración de la estupefacción y crispación que parece embargar a las autoridades colombianas, ha anunciado que Colombia se propone renunciar al Tratado Americano de Soluciones Pacíficas, suscrito en abril de 1948 durante la IX Conferencia Panamericana, instrumento más conocido como Pacto de Bogotá, mediante el cual sus firmantes, entre los cuales se encuentra Colombia como anfitrión y promotor, se comprometieron y obligaron solemnemente a solucionar sus conflictos por medios pacíficos. Precisamente de este Tratado, proviene la circunstancia de que Colombia y Nicaragua, y también Chile y Perú, se obliguen a someter sus conflictos al Tribunal de La Haya.

El Senado colombiano, en refuerzo de la actitud crítica y reactiva del ejecutivo frente al fallo, a través de su presidente Roy Barreras, ha advertido que el Congreso colombiano no dará su aprobación a una reforma constitucional que haga posible el cambio del mapa físico de Colombia, como debiera efectivamente hacerse si acaso se respeta la sentencia, agregando que el fallo no es un laudo arbitral, ni nada parecido. Adicionalmente, distintos personeros han advertido que el fallo de marras, lejos de cerrar un conflicto viene a abrir otros, como es el caso de los tratados de límites que Colombia posee con otros Estados, los cuales consecuentemente debieran ser modificados. Todo ello, sin mencionar las afectaciones pesqueras y las sospechas fundadas de existencia de yacimientos petrolíferos en la zona marítima, los cuales han quedado en manos de Nicaragua tras el fallo.

El ex presidente colombiano Álvaro Uribe, bajo cuya administración se desarrolló buena parte del proceso legal, está resultando ser el mayor contradictor del fallo, instando enérgicamente al presidente Santos a desconocer el veredicto. Y como es bien sabido que las victorias tienen muchos padres, pero las derrotas son huérfanas, la actual administración colombiana se ha apresurado a afirmar que “cuando nosotros llegamos ya estaba todo hecho, no había nada que hacer”, tratando de atribuir toda la responsabilidad del manejo del juicio y la responsabilidad por el adverso resultado a la administración anterior.

Por su parte, Alba Luz Ramos, presidenta de la Corte Suprema de Justicia de Nicaragua, se ha manifestado recordando que Colombia concurrió a la Corte de la Haya, participó del procedimiento, contestó las memorias y, por lo tanto, no puede decir ahora que no reconoce su veredicto. Adicionalmente, Nicaragua, según se afirma, podría pedir al Consejo de Seguridad de la ONU que adopte medidas conducentes a garantizar que Colombia cumpla la sentencia de la Corte, con todo lo cual podría abrirse un espiral de tensiones de incierto resultado.

Iniciada la fase oral del juicio en La Haya entre Chile y Perú, es inevitable observar con todo detalle y preocupación lo que está aconteciendo entre Colombia y Nicaragua.

Evidentemente, ambos juicios tienen pocas similitudes en cuanto a las cuestiones específicas que fueron y son  materia de la controversia. Sin embargo, es necesario llamar la atención al menos sobre dos aspectos que se desprenden de las circunstancias actuales del caso entre Colombia y Nicaragua, las que tienen implicancias para Chile y Perú, en cuanto a lo que cabría esperar de la controversia marítima que nos divide.

En primer lugar, el veredicto de La Haya sobre la controversia entre Colombia y Nicaragua viene a despejar cualquier género de dudas respecto a si la Corte internacional de Justicia tiende a fallar en estricto derecho, o prefiere hacerlo sobre criterios de equidad en la forma de un fallo “salomónico” que tenga en cuenta consideraciones extra jurídicas. Como por ejemplo, implicaría pronunciarse sobre un asunto con la intención de resolverlo equitativamente y buscando no abrir un nuevo escenario de conflicto entre los contendientes. Esto último evidentemente no ocurrió en este caso, prueba de lo cual es, precisamente, la satisfacción nicaragüense vis a vis la crispación colombiana. Ello significa que se trata de un fallo estrictamente jurídico que no se hace cargo de otras consideraciones y derivaciones.

En segundo lugar, el episodio demuestra que una cosa es anunciar que un fallo se acatará, cualquiera sea su resultado, y otra cosa distinta es acatarlo efectivamente, en la eventualidad que el mismo resulte  abiertamente adverso.

En este sentido, la actitud colombiana, si acaso ha de estimarse como un precedente, ha de ser considerado como un precedente negativo, y en ningún caso como una actitud digna de tenerse en cuenta y mucho menos de imitarse. Hay que precaverse de caer en semejantes tentaciones, tanto respecto al apego al derecho internacional y al respeto irrestricto a sus veredictos, como en cuanto considerar esta clase de asuntos como cuestiones que conciernen a determinados gobiernos, y no como lo que realmente son: asuntos de Estado que requieren ser enfrentados con unidad y al margen de querellas políticas o partidistas, de confrontaciones entre gobiernos o de cualquier otra especie.

Si acaso no prima el derecho en las controversias internacionales, inevitablemente primara el enfrentamiento y la violencia. Y si acaso someterse a determinadas reglas puede traer resultados inesperados y hasta dolorosos, más terribles y permanentes resultan ser las heridas que resultan de los conflictos armados. Aquella, debiera ser una lección bien aprendida, incluso para quienes hoy estén sacando cuentas equivocadas de las impensadas repercusiones del episodio legal entre Colombia y Nicaragua.]]></content:encoded>
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		<title>La OEA: un muerto mal enterrado</title>
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		<pubDate>Sat, 01 Dec 2012 05:49:55 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Consensos aparentes del tipo de los que se pretender construir en la OEA a propósito de cualquier cosa,  y que de continuo arrastran a la organización a un lenguaje deslavado y de compromiso en sus pronunciamientos, el cual intentando contentar a todos, termina por no satisfacer a nadie. Profundizando la deriva institucional de la OEA  hacia la obsolescencia, la irrelevancia e  inoperancia política.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Desde su fundación en 1948, la Organización de Estados Americanos (OEA) ha experimentado múltiples  y sucesivos momentos complejos, pero nunca como ahora, su propia obsolescencia, burocratismo y conflictividad interna habían conseguido colocarla  al borde del precipicio.

Concebida como una instancia de coordinación política de los Estados americanos desde Canadá a Tierra del Fuego, desde su origen y alrededor de distintos eventos,  algunos de ellos francamente vergonzosos, la entidad ha confrontado profundos cuestionamientos a su propio ser y quehacer.  La OEA ha vivido una secuencia interminable de desencuentros, confrontaciones políticas internas y otras desavenencias entre sus 34 integrantes, casi siempre motivadas por la tensión omnipresente  entre algunos de sus miembros,  o de parte de su membrecía, respecto del socio principal, accionista mayoritario  y ente hegemónico sin contrapeso en el organismo: los EE.UU. de Norteamérica.

La circunstancia de que la sede central de la OEA este situada precisamente en la ciudad de Washington y que los EE.UU. hayan representado históricamente el principal contribuyente financiero de la organización no constituyen hechos casuales ni inocentes.  En toda la historia de la OEA, hoy constituida en la organización regional más antigua del mundo, están muy marcadas las huellas digitales del país anfitrión. Permanentemente  empeñado, más que en cualquier otra cosa,  en hacer de la entidad un instrumento al servicio de su propia política regional y mundial.



La historia de grandes miserias y pequeñas grandezas de la OEA, hoy vuelve a experimentar un nuevo traspié, a propósito de la carta que cuatro senadores norteamericanos, miembros del Comité de Asuntos exteriores,  acaban de dirigir al Consejo Permanente de la OEA. La cual  contiene una serie de críticas y cargos, injustos y desinformados unos y otros,  al Secretario General,  José Miguel Insulza, en donde se le acusa  de falta de liderazgo y se le cuestiona  la gestión financiera y administrativa de la organización.

Ciertamente, la naturaleza de tales cuestionamientos no logra ocultar el verdadero trasfondo de las asperezas generadas y acumuladas  entre la administración norteamericana y el Secretario General.  El cual no es otro que la insatisfacción de los EE.UU. por la orientación política de la gestión de Insulza, perfilada desde el principio y según sus propias palabras y definiciones, a administrar la diversidad política de la OEA. Un fenómeno enteramente nuevo y complejo de atender,  si se observa al organismo en perspectiva histórica y se le compara con la realidad actual de la orientación política de la inmensa mayoría de sus integrantes.

Insulza ha intentado, con éxito relativo, mantener el organismo a flote frente a esta inédita y compleja circunstancia,  tratando de conciliar posiciones  entre gobiernos que sostienen visiones distintas y hasta contradictorias respecto a cuestiones claves de la agenda declarada de la OEA. Muchos de esos gobiernos, a diferencia de lo que desearían los EE.UU., estiman que la  entidad no debe limitarse  sola y únicamente a las cuestiones atingentes a la vigencia de la democracia y los asuntos relativos al desarrollo y la seguridad, aunque evidentemente ya no tienen muchas esperanzas de que ello vaya efectivamente a ocurrir.

Actualmente, la configuración política de América Latina y el Caribe se ha modificado drásticamente. Nuestros países, salvo muy contadas excepciones, ya no están disponibles a adoptar actitudes seguidistas y obsecuentes frente a los EE.UU.,  del tipo del que sostuvieron en el pasado y cuyas consecuencias prácticas están a la vista. Y es evidente que en  toda una  seguidilla de episodios  que han tensado una y otra vez las relaciones entre los EE.UU. y buena parte de los países latinoamericanos y caribeños,  la propia OEA, por acción u omisión, ha tenido una responsabilidad insoslayable.

Los EE.UU., enfrascados en sus propios asuntos internos y más interesados en otras regiones  del mundo, Medio Oriente, la UE y China, predominantemente,  desde hace tiempo no conceden  ningún tipo de prioridad visible en su política exterior a Latinoamérica y El Caribe. Con la salvedad de México por razones muy obvias, y de su permanente  encono por motivos ideológicos  respecto a países como Cuba, Venezuela, Bolivia  y Nicaragua, por mencionar los más emblemáticos. Conflictos que por demás lucen como auténticos resabios de la fenecida Guerra Fría.

Por otra parte, las naciones latinoamericanas parecen resueltas a recuperar sus autonomías y capacidades para resolver sobre sus propios asuntos, incluidas las cuestiones relativas a la política exterior. Y si bien se asume que tener relaciones normales, cooperativas y constructivas con los EE.UU. constituye sin duda  un objetivo ineludible y deseable, también  se comprende que tales vínculos, desde ayer y en adelante,  están  destinados a tener una calidad  muy diferente a la que tuvieron en el pasado reciente.

Los desencuentros y las tensiones regionales se reproducen con especial vigor y virulencia en el marco de la OEA, aunque no exclusivamente allí.  Esta circunstancia hace necesario sincerar las cosas. Y tal  sinceramiento debiera implicar, en primer término, imaginar y plantear las relaciones  entre América Latina y El Caribe con los EE.UU. bajo un nuevo enfoque,  y en el marco de un nuevo contexto institucional capaz de trasparentar las diferencias, equilibrar las fuerzas y abandonar por inservible y para todos los efectos,  la política de los consensos forzados y artificiales. Consensos aparentes del tipo de los que se pretender construir en la OEA a propósito de cualquier cosa,  y que de continuo arrastran a la organización a un lenguaje deslavado y de compromiso en sus pronunciamientos, el cual intentando contentar a todos, termina por no satisfacer a nadie. Profundizando la deriva institucional de la OEA  hacia la obsolescencia, la irrelevancia e  inoperancia política.

Las organizaciones multilaterales de carácter  regional son útiles e imprescindibles. Y en nuestro caso, el vacío institucional que está dejando la OEA en su inexorable declive, está destinado a ser llenado, lógica y deseablemente,  por la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, (CELAC). Una  instancia regional de reciente creación, la cual tiene la característica de incluir a la totalidad de las naciones latinoamericanas y caribeñas bajo una ambiciosa y amplia agenda, excluyendo de su membrecía a los EE.UU. y Canadá.

La CELAC, cuya aproxima Cumbre tendrá lugar en Santiago en enero del 2013,  se corresponde a un exitoso esfuerzo de convergencia entre en Grupo de Río y la Cumbre de América Latina y El Caribe. En este sentido, se constituye en un instrumento a favor de la integración, que tiende a reforzar la identidad regional, y a fomentar el incremento de  nuestro propio peso específico y autonomía de acción en los asuntos mundiales.

La CELAC se ha propuesto trabajar por el desarrollo social y la erradicación de la pobreza; promover la integración de la infraestructura física y de transporte, de las telecomunicaciones y la integración transfronteriza; propender a facilitar la integración energética y facilitar la integración económica, comercial y productiva regional, entre otros asuntos claves para el desarrollo del conjunto de sus países miembros.

La diferencia de agenda,  énfasis temáticos y propósitos específicos de la CELAC con la periclitada OEA está a la vista.]]></content:encoded>
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		<title>Juicio en La Haya: la crispación y la prudencia</title>
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		<pubDate>Sat, 17 Nov 2012 05:48:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Parker</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
		<category><![CDATA[Demanda Marítima]]></category>
		<category><![CDATA[La Haya]]></category>

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		<description><![CDATA[El resultado del juicio de La Haya no debe interferir en la tarea permanente de buscar las mejores y más armoniosas relaciones bilaterales, las cuales tienen una connotación estratégica que no cabe ignorar.  La relación de Chile con Perú va mucho más allá del fallo de La Haya y esta es una realidad que no se debe perder de vista ni por un momento y bajo cualquier circunstancia.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Debido a que la política exterior no es sino la proyección en el plano internacional de la política interna, no pocas veces se nos han querido presentar determinadas acciones es este campo como “Asuntos de Estado”, respecto a los cuales se ha llamado al orden y se ha pedido no discrepar, mucho menos públicamente, por cuanto se ha advertido que las mismas concernían al más estricto y permanente interés nacional. Frente a estas acciones, alinearse automáticamente y sin chistar, se suponía que equivalía a un acto de responsabilidad  política y hasta de patriotismo, en circunstancias que si se profundiza en el examen de las consecuencias concretas de algunas de estas acciones con la perspectiva que da el tiempo, singularmente  en cuanto a determinaciones en el plano de las relaciones económicas internacionales, es fácil concluir que lo obrado, en verdad, solo  promovía y a la postre tendía a favorecer solo a pequeños pero poderosos grupos de interés corporativo.

En contraste, la cuestión de la controversia por la delimitación marítima con Perú, contencioso que habrá de resolver próximamente el Tribunal de La Haya, se ajusta de modo característico y emblemático a lo que genuinamente se entiende por una cuestión de Estado, por cuanto efectivamente atañe a un asunto que implica un interés de carácter nacional y permanente, el cual se corresponde con la defensa de nuestra integridad territorial, en este caso, a nuestro territorio marítimo.

Hay que subrayar a este respecto que el equipo a cargo de nuestra defensa legal, incluido el agente principal, el ex Subsecretario de Relaciones Exteriores Alberto Van Klaveren, es exactamente el mismo que asumió dicha responsabilidad durante el gobierno anterior, por cuanto sus integrantes fueron confirmados por la actual administración, en reconocimiento de sus credenciales profesionales, talentos y experiencias individuales. Lo cual refleja la comprensión de que se trata de un asunto que implica y compromete al Estado y por lo mismo, trasciende a los gobiernos de turno. Tal continuidad también se expresa en cuanto a la estrategia jurídica adoptada por nuestra defensa.



Hasta el momento el proceso preparatorio del juicio ha transcurrido sin mayores sobresaltos y en lo fundamental, ha caminado circunscrito al ámbito gubernamental, al trabajo de los juristas implicados, y a la difusión de alguno de sus pormenores por parte de los expertos y comentaristas especializados. La cuestión entra y sale de la agenda publica de modo intermitente, sin mayor dramatismo ni estridencias,  y en un sentido general, los ciudadanos de a pie saben, sin mayor detalle, que se trata de una controversia legal que Chile no buscó pero a la que no pudo negarse a concurrir; que la misma tiene que ver con la delimitación de la frontera marítima de Chile con Perú; que nuestros argumentos jurídicos e históricos para sostener que tal limite ya existe son sólidos y que la defensa chilena está en manos de profesionales experimentados. Respecto a todo lo demás, la opinión pública observa hasta ahora el proceso de La Haya como algo lejano y con relativa indiferencia y tranquilidad. Pero este estado de ánimo generalizado y tranquilo podría cambiar drásticamente a partir del 3 de diciembre próximo, a propósito del inicio de la fase oral del proceso.

Los documentos que contienen los argumentos de las respectivas defensas legales de ambas partes ya están en poder de el Tribunal de La Haya. Una Corte dependiente de las Naciones Unidas compuesta por un grupo de 14 jueces de distintas nacionalidades, todos los cuales poseen las más altas y exigentes credenciales y calificaciones y cuya ecuanimidad, independencia y capacidad para resolver en estricto derecho está fuera de toda duda. Existe un compromiso de honor que obliga a las partes a no hacer públicos sus argumentos en tanto no tenga lugar el juicio oral. De modo que a partir de ese momento, los chilenos tendremos acceso pormenorizado, en vivo y en directo a los alegatos, a los argumentos y contra argumentos y, por lo mismo,  es altamente probable que lo que veamos y escuchemos de parte de la defensa peruana, tanto en la forma como en el contenido, provoque irritación, crispación y suscite fuertes apasionamientos. Otro tanto, previsiblemente, ocurrirá en Perú cuando sea el turno de la defensa chilena para exponer sus propios argumentos, los cuales tampoco debieran escatimar en recursos para resaltar las propias fortalezas y las debilidades argumentales del adversario.

Hay que imaginar una puesta en escena de gran boato y solemnidad, transmitida en directo con traducción simultánea, de gran cobertura mediática y profusión de comentaristas expertos e improvisados, en cuyo contexto los juristas de lado y lado harán gala de sus mejores dotes histriónicas, retoricas y argumentativas, intentando apabullar al adversario e impresionar y convencer a los jueces con argumentos legales y antecedentes históricos que avalen las respectivas e irreconciliables posiciones. Será una experiencia dura e ingrata, eventualmente agresiva, y para algunos acaso resultara hasta intragable, y es preciso tener conciencia de los potenciales efectos negativos que podría acarrear esta compleja circunstancia, a ambos lados de la frontera.

Tanto en Chile como en Perú existe conciencia que la relación bilateral se verá inevitablemente afectada a propósito de la coyuntura que se abre en diciembre. Una fase negativa que se extenderá con altibajos hasta cuando se verifique el segundo y todavía más complejo escenario de crispación previsible: el momento en que Tribunal de la Haya de a conocer su inapelable veredicto.

Ambas circunstancias poseen, en conjunto y por separado, la capacidad de reavivar viejos y mutuos resquemores con consecuencias de largo plazo entre dos naciones vecinas y hermanas, pero tradicionalmente  mal avenidas por razones históricas. Hay que pensar en la vasta y profunda red de interrelaciones que constituyen la relación de Chile con Perú, una vecindad ineludible de vastas, profundas y multifacéticas dimensiones, la que tiene como uno de sus aspectos más visibles la presencia de cerca de 140 mil ciudadanos peruanos residentes en Chile, los que hacen parte activa y familiar de nuestra sociedad y contribuyen a nuestro desarrollo como nación. También, hay que considerar la presencia de intereses nacionales de gran entidad y visibilidad en el vecino Perú. Ninguna de estas personas, peruanas y chilenas, debieran ser objeto de cualquier tipo de agravios a propósito de estas circunstancias próximas, tensionantes e inevitables. Será deber de las autoridades competentes en particular, y de las respectivas sociedades en general, el ser capaces de adoptar las medidas proactivas pertinentes para impedir cualquier tipo de desborde agresivo o cuando menos, intentar mitigar los efectos negativos previsibles. Habrá que hacer un gran esfuerzo colectivo para intentar que predomine la mesura, la prudencia y la racionalidad por sobre los previsibles brotes de patrioterismos, chauvinismos, bravuconadas militaristas y nacionalismos extremos y agresivos, de quienes infaltablemente trataran de atizar la hoguera.

Pese a que los respectivos Jefes de Estado han manifestado una y otra vez y de modo categórico la expresa voluntad de acatar el fallo, independientemente de cuál sea el resultado, hay que consignar que distintos sondeos de opinión pública, tanto en Chile como en Perú, estarían  demostrando que la disposición ciudadana mayoritaria, de una y otra parte sería contraria a aceptar un fallo desfavorable. Este es un dato preocupante, y explica buenamente que tanto en Chile como en Perú, distintos actores, gubernamentales y de la sociedad civil, avizoren lo que está por venir con evidente pesimismo y nerviosismo y, hoy mismo, se encuentren imaginando y proponiendo medidas paliativas que apunten a normalizar, profundizar y fortalecer la relación bilateral en el incierto escenario post La Haya.

En cuanto al tratamiento de la cuestión en el escenario interno, se está imponiendo el sano y justo criterio de abordar este delicado asunto como una cuestión de Estado, lo cual implica para todas las partes, gobierno y oposición, inhibirse de hacer utilización del diferendo con Perú, sus pormenores y resultados, con fines políticos o partidistas.

Hay que honrar sin ambigüedades el compromiso de acatar el fallo que dicte el tribunal del La Haya, cualquiera sea su contenido. Es preciso se consecuentes, como país, con nuestro tradicional apego al derecho internacional.

Además, se debe tener presente como cuestión decisiva y significante en el plano interno, que lo más probable es que conozcamos el veredicto en los meses de junio o julio de 2013, esto es, en medio de la campana presidencial. Ya se sabe que las victorias tienen muchos padres, mientras que las derrotas son huérfanas, por lo mismo, hay que impedir que el veredicto se utilice de modo oportunista como arma política arrojadiza por cualquier sector. Hay que evitar las recriminaciones reciprocas y los intentos de sacar partido del fallo y promover los pronunciamientos responsables y unitarios del conjunto de la sociedad chilena. Muy especialmente, teniendo en consideración  que la opinión pública solo tendrá en cuenta el resultado concreto y no va a entrar en ninguna clase de disquisición jurídica, histórica o de ninguna otra naturaleza para explicarse el desenlace.

Es altamente improbable que el fallo, dada la complejidad del caso,  otorgue satisfacción completa a cualquiera de las partes y respecto de todas las aristas y aspectos que comprende el juicio. Sin embargo,  hay que recordar que para Chile, lo esencial consiste en que se reconozca la existencia de un límite marítimo entre ambos países.  Podríamos estar ante un veredicto complejo, incluso constituido por varas decisiones simultáneas pero separadas, y hasta ejecutables en momentos distintos. El propio fallo podría generar nuevas situaciones de controversia que impliquen nuevos trabajos y acuerdos de las partes. El fallo también podría implicar plazos no inmediatos para ejecutar la decisión judicial, todo lo cual, podría extender la incertidumbre y las tensiones por un largo tiempo.

Pase lo que pase, el resultado del juicio de La Haya no debe interferir en la tarea permanente de buscar las mejores y más armoniosas relaciones bilaterales, las cuales tienen una connotación estratégica que no cabe ignorar.  La relación de Chile con Perú va mucho más allá del fallo de La Haya y esta es una realidad que no se debe perder de vista ni por un momento y bajo cualquier circunstancia.

Mesura, prudencia, serenidad y sobriedad a todo trance es lo que se impone. Y es responsabilidad colectiva trabajar para que esos criterios se impongan en una circunstancia compleja y amenazante.]]></content:encoded>
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		<title>Hugo Chávez: la inminencia de una victoria electoral</title>
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		<pubDate>Sun, 30 Sep 2012 05:20:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Parker</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[Otra cosa muy distinta es pretender juzgar a Hugo Chávez y sus actos políticos, exclusivamente desde los prejuicios, y querer pasar olímpicamente por alto los macizos hechos. Y las circunstancias objetivas de la realidad política venezolana son de una elocuencia abrumadora para quien las quiera ver y leer y, por lo mismo, vale la pena conocerlas con el mayor detalle y rigor posible. Y para tal ejercicio, no hace falta definirse como chavista.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Los líderes políticos que son reconocidos y apreciados tanto en sus propios países como a escala regional y mundial, son por definición tan escasos como excepcionales en sus talentos y virtudes. El ex presidente sudafricano Nelson Mandela, un hombre de izquierda, es uno de esos personajes venerados urbi et orbi, cuya imagen por sí misma es capaz de evocar lo más alto y admirable de las virtudes políticas, éticas y morales de un líder de dimensión universal.

En nuestro continente, el ex presidente Lula Da Silva, hombre también de izquierda, constituye otro caso emblemático e inspirador, incluso hasta para sus contradictores políticos más ácidos dentro y fuera de Brasil, quienes aún despreciándolo íntimamente, no consiguen sin embargo escapar del todo del influjo refrescante que irradia su talento y carisma, y que lo convierten en una figura venerada para los más humildes, y no solo en su propio país.



Hay que mencionar también en este listado no exhaustivo a Michelle Bachellet, una mujer de convicciones socialistas, quien como le debe constar a cualquiera que haya tenido ocasión de viajar fuera de Chile, goza en el exterior de una sólida popularidad, respetabilidad y buena imagen, semejante e incluso superior, si acaso cabe, a la que disfruta entre sus propios conciudadanos.

Evidentemente, este no es el caso del presidente venezolano Hugo Chávez, cuya imagen internacional confronta en el día a día eso que se denomina “mala prensa”.

La derecha latinoamericana en bloque, las grandes cadenas informativas de televisión, la administración norteamericana que estima a Chávez y a su gobierno como sus enemigos declarados y actúa en consecuencia y, buena parte de la social democracia europea, se vienen encargando desde hace años, de modo sistemático y con indiscutible éxito, de demonizar la figura del presidente venezolano y de deslegitimar, denigrar y socavar el proceso político de profundas transformaciones económicas y sociales que el mandatario venezolano encabeza.

Que la derecha y los medios que hegemoniza hagan lo que hacen, no constituye novedad alguna, pues extraño sería si así no procedieran. Pero lo que sí resulta inusitado es que personas que reconocen domicilio político en la izquierda y el progresismo se hagan sin embargo partícipes activos de esta evidente manipulación. Y que por desconocimiento o simple mala fe, se refieran a Hugo Chávez sin más trámite como a un dictador, o se hagan cargo sin espíritu crítico alguno de todo lo que se afirma abrumadoramente en los medios en contra de la llamada “revolución bolivariana”.

Quienes opinan y actúan de este modo, incluidos quienes por sus responsabilidades e investiduras debieran estar mejor informados, se hacen cargo por candidez o de modo deliberado de una agenda política ajena e interesada. De paso, evidentemente, tratan de significar con sus opiniones y acciones, que si alguien se proclama de izquierda o progresista y al mismo tiempo se define anti-chavista, estará supuestamente reforzando sus credenciales democráticas, pluralistas y libertarias.

Ofreciendo gratis a “algún alguien”, ciertamente situado en la derecha, pruebas irrefutables de que las ideas políticas que el opinante dice sostener para cualquier otro efecto, no representan en verdad ningún peligro ni problema verdadero para el orden establecido. No por otra razón es que existen quienes tienen bien asumido que ser tildado de “chavista” constituye hoy una especie de sambenito, una clase de insulto político, o cuando menos, una suerte de descalificación nada de inocente. La cual transfiere al culpable confeso del cargo, expulsado de la modernidad, a pasar a morar en el universo marginal de los nostálgicos, trasnochados y recalcitrantes.

Hugo Chávez es indudablemente un personaje controvertido. Se trata de una figura política de alto perfil internacional y, por lo mismo, un ser político sobre el cual se puede y de debe opinar, tal y como cabe hacerlo respecto a cualquier otro personaje en posición de poder. Por eso, resulta enteramente legítimo que a cualquiera que lo juzgue, el presidente venezolano le pueda parecer un personaje querible y admirable, digno de todo elogio y solidaridad, o en su caso, se le considere un líder político enteramente detestable por sus formas y contenidos.

Incluso es atendible que a más de alguno le pueda parecer sospechosa y descalificatoria por sí misma su condición de ex militar, su boina roja y su lenguaje a veces cuartelero y excesivo. Habrá también a quienes disgusten sus exabruptos en política interna e internacional, encuentren fatigosos sus discursos por discordantes con las formas políticas aceptadas en este lado del mundo, o estimen imperdonable su fallido intento de golpe de Estado antes de resolverse a ganar por la vía democrática. Habrá también a quienes les parezca un acto de soberbia autorreferente pretender refundar el ideario socialista sobre nuevas bases doctrinarias, o quienes estimen criticables otros tantos aspectos de la compleja personalidad política de Hugo Chávez.

Pero otra cosa muy distinta es pretender juzgar a Hugo Chávez y sus actos políticos, exclusivamente desde los prejuicios, y querer pasar olímpicamente por alto los macizos hechos. Y las circunstancias objetivas de la realidad política venezolana son de una elocuencia abrumadora para quien las quiera ver y leer y, por lo mismo, vale la pena conocerlas con el mayor detalle y rigor posible. Y para tal ejercicio, no hace falta definirse como chavista.

El próximo 7 de octubre, Hugo Chávez confrontara su decimocuarto desafío electoral desde que se impuso en las elecciones de diciembre de 1998. Con la sola excepción de la derrota por estrecho margen que sufrió en el referéndum constitucional en 2007, Chávez ha ganado ampliamente la friolera de trece elecciones consecutivas, las cuales cada vez fueron supervisadas por organismos internacionales independientes, exigentes e irreprochables, por lo que nadie ha cuestionando nunca la transparencia de los procesos y la legitimidad de sus resultados.

Se trata de un rendimiento electoral envidiable para cualquier político, el cual además refleja buenamente la irrefutable y reiterada voluntad de Chávez de someterse una y otra vez al veredicto popular y a asumir los riesgos que aquello conlleva. Trece victorias consecutivas que demuestran inequívocamente la adhesión popular hacia su persona y hacia su proyecto. ¿Es acaso aquello congruente con una personalidad dictatorial?

A mayor abundamiento, Venezuela es indiscutiblemente un Estado de Derecho, donde prevalece la separación de poderes y las instituciones existen y funcionan con normalidad. Aunque manifiesten evidentes insuficiencias, en todo caso, no mayores ni más graves que las experimenta cualquier otro país latinoamericano de similar nivel de desarrollo económico, político, social e institucional.

Pese a todo lo que pueda suponerse, por lo que uno puede leer y escuchar de fuentes interesadas en hacernos creer lo contrario, y como cualquier interesado puede constatar por sí mismo con el solo y simple expediente de ir a Internet, en “la dictadura de Chávez” impera la más irrestricta libertad de expresión. El 90 % de las empresas venezolanas de radiodifusión pertenecen a privados, no precisamente chavistas, mientras que el restante 10 % es propiedad de instituciones del Estado. Otro tanto ocurre con los canales de televisión, en un 88 % en manos de intereses privados, los cuales no pierden ocasión de denostar en los peores términos al propio Chávez y a sus colaboradores.

En cuanto a los medios de prensa, los dos más importantes, tradicionales e influyentes, “El Universal” y “El Nacional”, respectivamente, son tan privados como sistemáticamente hostiles al gobierno de Chávez.

Pese a que la polarización del proceso electoral en curso solo hace visible al propio Chávez y a su contrincante principal, el derechista Enrique Capriles, son en verdad ocho los candidatos que se disputan la presidencia, todos los cuales representan muy diversas visiones y proyectos políticos. Ello habla de un sistema político plural y competitivo, lo cual queda además refrendado en la presencia de oposición activa y organizada en el parlamento, y en la existencia de multitud de partidos y organizaciones sociales, todas entidades que funcionan con entera libertad y normalidad.

Aunque inevitablemente y como es de suponer en un contexto de aguda confrontación política, cada quien trate de sacar ventajas de los medios de que dispone, en un caso de la condición de fuera gubernamental y en la otra, de coalición opositora que dispone del irrestricto apoyo mediático y empresarial.

Capriles Radonsky, miembro de una familia integrante de la más rancia oligarquía venezolana y millonario el mismo, es fundador de la organización ultra conservadora Tradición, Familia y Propiedad. Si Capriles fuera un político chileno seria militante de la UDI, pese a que diga buscar inspiración en el presidente Lula Da Silva y asegure querer preservar los avances del chavismo en materia de politica social. Resulta ilustrativo del talante de sus seguidores más cercanos, la circunstancia de que con ocasión de hacerse pública la enfermedad que afectaba a Chávez, y en un acto de muy discutible piedad religiosa, salieran alborozados a las calles a pintar los muros de Caracas con la leyenda “Viva el Cáncer”.

Capriles encabeza la llamada Mesa de Unidad Democrática (MUD), la cual se corresponde a una coalición hegemonizada por la derecha y el empresariado, pero en la cual participan un abigarrado y variopinto conjunto de agrupaciones políticas, incluidas algunas que incluso se definen como social demócratas o hasta de izquierda. Todas unidas tácticamente en el común afán de desplazar a Chávez, a como dé lugar.

Las encuestas más confiables, pues bajo “la dictadura” también existen empresas encuestadoras profesionales e independientes, indican que Chávez tiene alrededor de un 60% de la intención de voto, lo que lo coloca a una distancia de entre 15 a 30 puntos de ventaja sobre Capriles. Por lo mismo, son poco creíbles y tendenciosas las informaciones que hablan de unos sondeos que especulan sobre un virtual empate. Aunque también sea altamente probable, según opinan los más expertos, que el recuento final coloque a Chávez en alrededor de un 56 % y no en el 60 % al que aspira.

Y todos los analistas sitúan la principal base de sustentación de apoyo a la continuidad del proyecto chavista, en el respaldo que le brindan los más pobres O más precisamente, de lo que han logrado zafarse de la pobreza o esperan poder hacerlo en un futuro cercano.

Que los más pobres o los que lo fueron hasta hace poco apoyen a Chávez, no tiene nada de misterioso. Chávez ha venido impulsando una agresiva e innovadora política social, la que ha consistido en repartir entre los más pobres la ingente renta petrolera venezolana, invirtiendo enormes recursos en salud, educación y vivienda, así como en un conjunto de subsidios que han permitido disminuir drásticamente la brecha distributiva venezolana.

Entre 1999 y 2011, se estima que el gobierno venezolano ha invertido en programas sociales 468 mil millones de dólares, con lo cual el país se ha convertido en el menos desigual de América Latina, con un coeficiente GINI de 0,394, donde la menor desigualdad se corresponde con el valor más cercano a 0. De acuerdo con cifras de CEPAL, la pobreza en Venezuela se redujo drásticamente en la última década, teniendo en cuenta que en 1998 el 50,8 % de los venezolanos eran considerados pobres, mientras que un 20% eran estimados como extremadamente pobres. En tanto en 2010, los índices demostraron que la pobreza había caído a un 31,9 % y la extrema pobreza a un 8,6 %.

El salario mínimo venezolano actual es el mayor de América Latina y El Caribe, correspondiendo al equivalente a los 700 dólares. Tal política de incremento sostenido, junto con una fuerte reducción del desempleo, hoy situado en un 7,5 %, en fuerte contraste con el 14,5 % en que se situaba en 1999, ha contribuido poderosamente a combatir la pobreza y a menguar las desigualdades.
Como una de las consecuencias de este proceso de redistribución de la renta, entre 1998 y 2011 la matrícula universitaria, la que en cuanto a las universidades estatales es enteramente gratuita, creció 198 %, colocando a Venezuela como el segundo país con mayor cantidad de estudiantes universitarios en América Latina. Antes, en 2006, Venezuela consiguió librarse por completo del analfabetismo, flagelo que en 2003 alcanzaba a 1,6 millones de personas.

Acceso de las grandes mayorías al consumo, programas sociales, subsidios a la demanda, incrementos salariales sostenidos, acceso universal y gratuito a la educación, la salud y la vivienda, En eso consiste el pago de la deuda social que el gobierno venezolano viene desarrollando. Garantías para los derechos económicos y sociales, en un contexto de respeto a las libertades civiles y políticas.

Allí está la clave de la inminencia del nuevo triunfo electoral que Chávez con toda certeza obtendrá el 7 de octubre próximo, no en otra parte. Hace falta saber y comprender todo lo que esto significa, mas allá de los estereotipos, para que cada quien pueda sacar sus propias conclusiones y saber en qué lado ubicarse políticamente en esta contienda.

Lo que viene son unos comicios venezolanos, pero que evidentemente tendrán implicancias regionales no menores. La inminencia de la nueva derrota de la derecha venezolana y sus asociados dentro y fuera de Venezuela está a la vista.

Y no hay que descartar que quienes una vez intentaron desplazar a Chávez por la fuerza, quieran intentar ahora una aventura semejante. Antes, durante o después del proceso electoral que se avecina con pronostico cierto.]]></content:encoded>
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		<title>Ollanta Humala: ¿el comienzo del fin de una ilusión?</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Jul 2012 06:48:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Parker</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
		<category><![CDATA[Ollanta Humala]]></category>
		<category><![CDATA[Perú]]></category>

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		<description><![CDATA[En un contexto de falta de liderazgo del jefe de Estado, de quiebre de la coalición, de exasperación y desconfianza social, la palabra “traición” comienza a pronunciarse entre quienes hasta hace poco vieron en Humala la esperanza de un genuino proyecto transformador.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Tras la renuncia de Oscar Valdés a la Presidencia del Consejo de Ministros, y a poco de cumplirse el primer año de su mandato, el presidente peruano Ollanta Humala acaba de realizar su tercer ajuste ministerial. La esperada dimisión de Valdés, cuya gestión venía siendo fuertemente cuestionada a causa de su estilo errático y autoritario en el manejo de los conflictos sociales desatados con motivo de la implementación de grandes proyectos mineros, gatilló además la salida de los ministros de Defensa, Interior, Salud, Justicia y Agricultura.

El ex premier Valdés, un ex militar que en su momento reemplazo a Salomón Lerner, un nacionalista de izquierda y antiguo aliado político y amigo personal de Humala sorpresivamente defenestrado a poco andar, ha sido a su vez reemplazado por Juan Jiménez, ex titular de Justicia, hombre con prestigio de pragmático, dialogante y negociador nato, de quien se espera logre contribuir a oxigenar y fortalecer un gabinete prematuramente desgastado y evidentemente mermado de poder efectivo, prestigio e influencia.

Sin embargo, lo políticamente más significativo del ajuste no se relaciona con los ministros que fueron reemplazados, sino que más precisamente con quienes se mantuvieron en sus cargos. Singularmente, con los confirmados y empoderados ministros Luis Castilla, de Economía y Rafael Roncagiolo, de Relaciones Exteriores.



Como se recordará, con ocasión de la conformación del primer gabinete del presidente Humala, la designación de Castilla a cargo de Economía suscitó todo tipo de controversias y sospechas sobre las verdaderas intenciones presidenciales en materia económica. Las reservas y resistencias provinieron de parte del segmento  más doctrinariamente nacionalista y, especialmente, desde el sector izquierdista y progresista de la coalición Gana Perú. Castilla, un hombre de conocidas convicciones neoliberales y de amplias y profundas relaciones entre el gran empresariado peruano, ha debido navegar todo este tiempo en aguas procelosas y en medio de un proceso político enredado y tironeado por derecha e izquierda. En cuyo crispado contexto las permanentes controversias sobre opciones económicas han venido suscitando serios conflictos políticos al interior de la propia base de apoyo político y social presidencial.

La confirmación de Castilla al mando de la economía peruana ha venido a despejar dudas y a desalentar por completo a todos quienes seguían creyendo que todavía era posible que Humala, en cumplimiento de sus promesas electorales, adoptara una política económica que se hiciera cargo de las profundas desigualdades y desequilibrios de la sociedad peruana.

Muy recientemente, los responsables económicos peruanos han corregido al alza las previsiones de crecimiento del PIB peruano para el año en curso, colocándolas en 6%. Con lo cual Perú se convertiría en el país latinoamericano que habrá crecido de modo más vigoroso en el año 2012. Los expertos estiman, por otra parte, que la inflación alcanzara un razonable 2 o 3%, mientras que la tasa de interés se augura, se mantendrá inamovible en un 4,25%, mismo valor que exhibe desde junio del 2011.

Por todos estos guarismos envidiables y auspiciosos, y pese a que la desigualdad  y la pobreza siguen siendo constantes abrumadoras, Perú es hoy considerado como un país modélico por su capacidad para sobrellevar exitosamente la crisis económica internacional, expandir y diversificar su comercio y gestionar adecuadamente sus variables macroeconómicas fundamentales. Los índices señalan que Perú ha logrado disminuir la pobreza, bajar el desempleo y, en paralelo, avanzar en la construcción de obras de infraestructura largamente postergadas.

Adicionalmente, Perú ha logrado convertirse en destino preferente de inversión  extranjera, recursos que la administración peruana trata de orientar hacia sus proyectos más emblemáticos y estratégicos, como el desarrollo de grandes proyectos mineros. Actividad que representa mas de la mitad de los 52 mil millones de dólares de inversión extranjera autorizada hasta el 2015, y cuyo desarrollo, precisamente hoy, es fuente de agudos conflictos sociales, a causa de las agresivas intervenciones medioambientales que los mismos implican, entre las cuales  sobresalen las amenazas de privar de agua a las comunidades indígenas y campesinas.

El presidente Humala, a instancias de los grupos empresariales del sector exportador y minero, se ha implicado personalmente para atraer inversión extranjera que hagan posible los nuevos emprendimientos. Ha visitado la UE con el objeto de incentivar la firma de un Tratado de Libre Comercio, viajado a Japón, para gestionar inversión y visitado Corea del Sur, para tratar sobre transferencia tecnológica y estimular negocios conjuntos.

Todo este despliegue, de obvias connotaciones económicas y comerciales, hace parte de una estrategia de posicionamiento exterior de carácter más general, cuya conducción está a cargo del también confirmado canciller Roncagliolo. Por demás, el único personero de perfil izquierdista que ha logrado sobrevivir al actual ajuste ministerial y los precedentes.

Roncagliolo, contra todo lo que pudo suponerse a priori, ha logrado mantener relaciones activas y armoniosas con los Estados Unidos, tanto en la esfera comercial como en los ámbitos de la Defensa y Seguridad y como resultado, EE.UU. ha incrementado ostensiblemente los recursos de cooperación bilateral con Perú en la lucha contra el narcotráfico, entre otras esferas sensibles.

Con Ecuador, la relación bilateral sigue el curso de robustecimiento que ya acumula casi una década y se traduce en mayores niveles de integración fronteriza y cooperación recíprocas. Con Brasil, mientras tanto, y pese a una serie de contratiempos políticos, entre los que cabe mencionar la adhesión peruana a la Alianza del Pacífico, pese a que previamente había sido descartada, están intactos y activos los proyectos de infraestructura integrada previamente acordados, con énfasis en las cuestiones energéticas.

Sin embargo, y como demostración de que es perfectamente factible que la economía marche por un sendero y la política y el consentimiento social por otro distinto y divergente, y hasta contradictorio, es que Perú ha estado y seguirá probablemente seguirá enfrascado en duras disputas internas sobre la conducción de sus asuntos.

Lo que hoy está a la orden del día son los conflictos sociales y el modo de resolverlos. Con las revueltas ciudadanas se relaciona en último termino el ajuste ministerial, tras el cual se supone que Ollanta Humala intentará una estrategia más moderada y dialogante que la precedente, marcada por la negación y represión de los manifestantes. Respecto al caso de la Mina Conga, Humala ha dicho “primero el agua y después el oro”, y en ambos casos, llamando a no criminalizar las protestas haciendo un reconocimiento a las comunidades campesinas e indígenas en sus identidades y derechos. Sin embargo, y en paralelo, ha amenazado con destituir a los gobernadores electos popularmente que se involucren en conflictos sociales y conminado a los directores de medios de comunicación para que “no sobredimensionen a los opositores”. Mientras emplea a fondo a policías y personal militar en la represión social como una forma de imponer su cuestionada autoridad.

Los gremios empresariales peruanos, a través de la Confederación Nacional de Instituciones Empresariales del Perú, apoyan explícita y entusiastamente a Ollanta Humala, a quien califican de “persona responsable y respetuosa de la democracia”, agregando en referencia a las protestas sociales, que están seguros que no permitirá que “una minoría con pretextos ponga contra la pared el estado de derecho y a todos los peruanos”.

En los últimos meses, el apoyo del presidente Humala experimenta un proceso de deterioro progresivo. Humala comenzó su mandato con un 60% de apoyo, para llegar a un 40% hacia fines de junio pasado. En esta caída, es muy significativo que las encuestas muestren que la pérdida de apoyo más relevante se esté dando entre los sectores más pobres, los mismos que habían constituido la base de apoyo social y político fundamental del presidente y de su esposa Nadine Heredia, a quien se le atribuye una influencia y poder muy significativo, y que las encuestas colocan con un 10% de popularidad por encima de Humala.

La llegada de Ollanta Humala al poder suscitó un cúmulo de expectativas de cambio social. De modo que los pobres del campo y la ciudad, los campesinos e indígenas, los postergados habitantes de las regiones y otros segmentos sociales desvalidos, percibieron el ascenso de Humala al Palacio Pizarro, como la victoria de uno de los suyos. Apelando a la “Gran Transformación” y a la cabeza de Gana Perú, una heterogenia y variopinta alianza táctica, a la que por motivaciones diversas confluyó un abigarrado conjunto de izquierdistas ortodoxos y renovados, socialdemócratas, nacionalistas, políticos por cuenta propia, activistas medioambientalistas, caudillos indigenistas y hasta liberales libremercadistas partidarios de corregir el modelo, el presidente Humala prometió hacerse cargo de las profundas desigualdades sociales y conflictos de todo orden que atenazan al Perú. Para conseguir apoyo popular, Humala candidato fustigó enérgicamente el modelo de economía de mercado, anunció el fin de los privilegios y prometió justicia económica y social proponiendo “crecimiento con inclusión social”. Por razones electorales y a poco andar, a la promesa grandilocuente y radical agregó la expresión “sin sobresaltos”, para pasar de inmediato a lo que se llamó “La hoja de ruta”, propuesta en donde buena parte de las ofertas políticas originales aparecían deslavadas, cuando no enteramente tachadas.

Tal parece que los sectores sociales que hicieron fe en las promesas transformadoras de Humala, al igual que antes lo hicieron con Alan García, Alberto Fujimori y Alejandro Toledo, están nuevamente llegando a la conclusión de que han vuelto a ser manipulados y engañados. No por otra razón es que crece el descontento y la indignación social de quienes vuelven a constatar como el sistema político peruano y el modelo económico, se las ingenia para cooptar a quienes se hacen elegir con la promesa de cambiarlo.

Los conflictos sociales y medio ambientales, la actividad intermitente del Sendero Luminoso, el imparable narcotráfico, la delincuencia y la inseguridad, la minería ilegal, las deficiencias del Estado, la rigidez de sus instituciones, la inexperiencia e impericia de muchos de los funcionarios gubernamentales clave, la  corrupción, el incumplimiento de promesas electorales, la “ausencia de Humala”, la represión que ha causado muertos y heridos, constituyen los problemas principales de la actual administración peruana. Los mismos que explican el predominio del malestar y la frustración.

Hoy la población peruana, tal como lo muestras las encuestas, estima que el crecimiento económico no solo sigue beneficiando a unos pocos, sino que además, tiende a construirse sobre la base de la expoliación y la apropiación abusiva de los derechos de los muchos. Tal y como de modo emblemático está ocurriendo a propósito de los proyectos mineros.

En cuanto al manejo de la economía, los peruanos comienzan a percibir al gobierno  de Humala como una administración que sirve preferentemente a los intereses empresariales nacionales y foráneos. Y que al igual que los gobiernos precedentes, tiende a mantenerse ajeno e indiferente a la realidad de los ciudadanos más modestos.

Verónica Mendoza, congresista de El Cuzco y fundadora del Partido Nacionalista, quien acaba de renunciar a Gana Perú, ha fundamentado su abandono apelando a su “profunda decepción por la orientación y comportamiento del gobierno, que ha seguido una senda que lo ha alejado progresivamente de los objetivos de la Gran Transformación, y en muchos aspectos de la Hoja de Ruta”. Mendoza argumentó lo que muchos piensan y pocos dicen, que Humala ha optado por abandonar sus promesas de cambio y preferido dar continuidad al modelo neoliberal que antes criticaba con fervor y aparente convicción.

Junto con Mendoza, abandonaron la coalición el congresista socialista Javier Diez Canceco, una figura política y moral de gran ascendencia y respetabilidad personal en la política peruana, la congresista Rosa Mavila y el diputado Rubén Roa. Todas estas deserciones configuran un cuadro de gran incertidumbre en el propio Congreso a los efectos de la conformación de mayorías, y son la expresión de un descontento que se venía acumulando desde el momento en que Humala diseñó su primer gabinete y designó a los principales funcionarios, marginando a la izquierda y a otros sectores independientes y progresistas que le estaban brindando apoyo y fueron decisivos en su elección.

En un contexto de falta de liderazgo del jefe de Estado, de quiebre de la coalición, de exasperación y desconfianza social, la palabra “traición” comienza a pronunciarse entre quienes hasta hace poco vieron en Humala la esperanza de un genuino proyecto transformador.

Hay quienes opinan que Humala se irá quedando solo y aislado dentro del Palacio Pizarro, y que la partida de sus apoyos desde la izquierda y desde del propio nacionalismo solo presagia una fuga mayor y generalizada de sus aliados originales. Si aquello llega a ocurrir, veremos asentado el proyecto humalista sobre bases políticas y sociales muy distintas y hasta contradictorias de las que originalmente  le dieron sustento.

En cuanto a Chile, vale recordar que en Perú la relación bilateral casi siempre se constituye en variable de ajuste de las que hacen uso y abuso los gobiernos cada vez que confrontan fases turbulentas. Aquello, sin mencionar el proceso judicial de La Haya, pero eso es harina más gruesa y de otro costal.]]></content:encoded>
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		<title>Pinochet: cenizas frías</title>
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		<pubDate>Sat, 09 Jun 2012 06:49:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Parker</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
		<category><![CDATA[Augusto Pinochet]]></category>
		<category><![CDATA[Derechos Humanos]]></category>
		<category><![CDATA[Homenaje a Pinochet]]></category>

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		<description><![CDATA[El derecho a reunirse, a manifestarse y a opinar libremente, también debe regir para los viudos y viudas del pinochetismo. Ellos debieran, consecuentemente, poder realizar su actividad con entera libertad. Incluso a sabiendas que se exponen al escarnio público, a las burlas y la condena ciudadana por su actos provocativos.  Pero si  eso quieren, si han optado por solazarse en sus crímenes y vergüenzas, pues allá ellos con sus pasiones, obsesiones retrógradas y fanatismos abyectos.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Admirar y homenajear a fulanos impresentables, vivos o muertos, es algo que practican a sabiendas más personas de las que uno podría imaginarse, no solo en Chile. Y tal y como está ampliamente demostrado, carece de todo sentido práctico intentar siquiera persuadir de su error a estos incombustibles “fans” de bellacos y facinerosos con pruebas y argumentos de toda clase. Incluso si aquellos demuestran de modo irrefutable que el personaje del que son devotos no merece otra cosa que no sea el repudio, la condena y hasta la repugnancia.

Hay quienes hasta hoy admiran a Hitler y, pese a la abrumadora evidencia disponible, insisten en relativizar sus abominables crímenes, e incluso hasta osan negarlos de plano, o todavía peor, los justifican sin pestañear. Joseph Stalin cuenta hasta el día de hoy con entusiastas adeptos. Y otro tanto ocurre con muchos otros dictadores de toda laya, tiranos sanguinarios y cleptómanos de todos los colores, a los cuales impensadamente pequeños grupos de seguidores les siguen rindiendo culto y pleitesía.

Cualquiera que haya pasado por la experiencia no recomendable de hablar con un pinochetista fanático, sabe que resulta completamente inútil siquiera intentar razonar de forma mínima con alguien que, sin falta, permanecerá inconmovible ante  cualquier argumento que se le pueda brindar, para hacerle ver un punto de vista distinto del que aquel personaje sostiene contra viento y marea y contra toda evidencia empírica.



Inevitablemente, un pinochetista de tomo y lomo argumentará, como recitando un mantra, que las violaciones masivas a los derechos humanos perpetrados por la dictadura son una calumnia y que los detenidos desaparecidos son un invento. Sacará a relucir el Plan Z y los míticos 10 mil guerrilleros cubanos, sin explicar por cierto adónde habría ido a parar semejante contingente, y una larga secuencia de argumentos y frases ya conocidas. Todas las cuales tienden a negar, matizar o en último término a justificar los crímenes y latrocinios del dictador al que admiran post mortem, y cuya humanidad e ínfulas todo poderosas hoy yacen convertidas en un puñado de frías e insignificantes cenizas.

Hace rato que el pinochetismo fanático e irreflexivo se bate en retirada. Muchos de sus antiguos partidarios, hoy en el gobierno, reniegan de sus antiguas devociones, de modo sincero los menos, de modo aparente y oportunista los más. Pero de tanto en tanto, los cultores más recalcitrantes de la tiranía persisten en emerger del ostracismo al que han sido relegados y de las cárceles en que se encuentran recluidos, para intentar escandalizarnos con sus patéticas puestas en escena. Manotazos de ahogado, ni más ni menos.

Frente al homenaje al fenecido dictador que sus partidarios planifican para el día 10 en el Caupolicán, y ante la evidencia palpable que este tipo de acciones constituyen un agravio, en primer lugar contra las victimas de la dictadura, hay quienes propugnan que se impida la perpetración de este acto. Por ofensivo, vergonzoso y hasta por ilegal.

Este razonamiento resulta plenamente comprensible, pero no por ello es necesariamente correcto. El derecho de reunión y la libertad de expresión son principios esenciales de la democracia. Precisamente, para recuperar esos principios secuestrados por la dictadura, para poder manifestarnos libremente y ejercer plenamente nuestros derechos cívicos y humanos, es que los chilenos, mayoritariamente, luchamos por poner fin al régimen de Pinochet.

Resulta paradojal y hasta irónico, que quienes pisotearon entusiastamente la libertad de los chilenos, y a todas luces lo volverían a hacer si tuvieran ocasión, hoy reivindiquen su propio derecho a manifestarse, precisamente para homenajear al dictador que trató consistentemente todo tipo de manifestaciones públicas como crímenes a los que había que reprimir con saña.

El derecho a reunirse, a manifestarse y a opinar libremente, también debe regir para los viudos y viudas del pinochetismo. Ellos debieran, consecuentemente, poder realizar su actividad con entera libertad. Incluso a sabiendas que se exponen al escarnio público, a las burlas y la condena ciudadana por su actos provocativos. Pero si eso quieren, si han optado por solazarse en sus crímenes y vergüenzas, pues allá ellos con sus pasiones, obsesiones retrógradas y fanatismos abyectos.

Evidentemente, el derecho a la libertad de reunión y expresión que reivindicamos como un principio irrenunciable de la democracia, en este caso específico y respecto a cualquier otro, de igual modo debe regir sin restricciones de ninguna especie también y en paralelo para quienes decidan manifestarse activamente en repudio de este de este despropósito, que como se sabe, ha sido tramado en el Penal de Punta Peuco por conspicuos criminales convictos. Ya veremos de cual lado va a cargar la mano la fuerza pública, y el derecho a manifestarse de quiénes defenderá con más entusiasmo y energía el día y a la hora señalada. Yo al menos tengo mis fundadas sospechas.]]></content:encoded>
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		<title>Respuestas simples a cuestiones complejas</title>
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		<pubDate>Thu, 03 May 2012 06:49:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Parker</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[El gobierno se pregunta sin cesar qué pasa, qué es lo que explica que sus medidas y anuncios caigan una y otra vez en el vacío. La oposición partidaria hace lo propio y se interroga por las razones de no poder capitalizar la desafección y el malestar reinante.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Una empresa transnacional productora de alimentos para mascotas convoca a sus más altos ejecutivos en todo el mundo a una reunión cumbre, crucial y urgente en un exclusivo hotel de la ciudad de Ginebra, Suiza. La atmósfera reinante es de gran incertidumbre y tensión. El CEO, en medio de un silencio sepulcral y con tono lúgubre que además suena a severa advertencia, comienza a exponer la crítica situación por la que atraviesa la compañía, la cual confronta una severa crisis financiera arriesgando entrar en bancarrota:

“Nuestra empresa (comienza a discursear el CEO) fue creada con el propósito de constituirse en la principal productora de alimentos para mascotas caninas a nivel global. Tras ese objetivo, se hicieron inversiones millonarias en infraestructura y  equipamientos, y para asegurar una optima gestión, nuestro equipo ejecutivo y gerencial a nivel global, o sea ustedes mismos, fue sometido a pruebas de ingreso de alta exigencia y complejidad, y ahora que están a cargo del destino de la empresa en sus respectivos países, nos aseguramos que se les retribuya con sueldos siderales y beneficios adicionales cuantiosos. Hemos reclutado a los mejores ingenieros y técnicos, contamos con equipamiento de última generación y los insumos con los que elaboramos nuestros productos son de excelencia certificada. Nuestros procesos productivos son impecables y nuestros precios muy competitivos. Como si todo esto fuera poco, trabajan para nosotros los mejores diseñadores del mundo, quienes han producido envases atractivos y prácticos. Por último, nuestra campaña de marketing está a cargo de una empresa de fama mundial, la cual a cambio de un pago exorbitante, nos ha producido una campaña publicitaria llena de belleza e ingenio con la que machacamos implacablemente a los amos de nuestros potenciales clientes, día y noche, por radio, prensa, televisión, Internet y cualquier otro medio conocido y útil a nuestros fines en cada rincón del planeta”.



Dicho esto el CEO hace una pausa, observa fijamente el salón colmado de jóvenes y elegantes ejecutivos y ladra: entonces, ¡Alguno de ustedes puede explicarme a mí y a los accionistas, la razón por la cual nuestro producto no se vende y estamos hoy colocados a un paso de la quiebra!

Los ejecutivos temerosos y desconcertados miran hacia cualquier lado, evadiendo la mirada inquisitiva del furioso CEO y nadie se atreve a emitir el más mínimo sonido ni a hacer el más mínimo gesto que pueda interpretarse como disponibilidad de responder a la pregunta que ha quedado flotando en el aire. El silencio es tan espeso que en ese salón podría haberse escuchado efectivamente el vuelo de una mosca, y hasta su respiración. El silencio atroz se estira más y más y el CEO continúa escrutando los semblantes huidizos de los ejecutivos en busca de algún valiente, pero ninguno de ellos atina a pronunciar palabra alguna.

De pronto, se deja oír el suave tintinear de unas finas copas que está disponiendo sobre las mesas un empleado del hotel. El espeso e incómodo silencio hace que el leve ruido asemeje a un estruendo que atrae la atención del CEO, quién por hacer y decir algo, y acaso jugando con la situación para ridiculizar a los ejecutivos impávidos, interpela al empleado con un grito: “Señor, usted, el que está atendiendo las mesas, ¿es que acaso quiere decir algo?

El empleado, con toda parsimonia, mira al CEO y le dice: “Excúseme usted señor, no ha sido mi intención interrumpir, incomodar a nadie ni mucho menos entrometerme. Pero mientras me ocupaba de mis asuntos, no he podido dejar de poner atención a su exposición. Y dado que usted me lo pregunta y si me lo permite, debo decirle que creo tener la respuesta sencilla y veraz a la interrogante compleja que usted ha planteado a los señores aquí presentes.

“Lo que ocurre señor, en mi humilde y sincera opinión, es que a los perros no les gusta su comida”.

Cada vez que leo o escucho a algún dirigente político imaginar que es posible entender la acción política como una especie de ingeniería hueca y seca, y actuar en consecuencia para, calculadora en mano y teniendo a la vista algún reputado estudio de opinión, proceder a restar, sumar, multiplicar y dividir, se me viene a la mente esta historia imaginaria que alguna vez oí relatar con muchos más detalles y gracia a un alto dirigente político para explicar su propia impotencia política, desatando carcajadas en el auditorio.

El cuento, más que un mero chiste de salón, es una verdadera lección de sentido común cuya moraleja es perfectamente aplicable a la política y sus vericuetos e imponderables. Y sirve además para demostrar que la acción política no puede ser estimada solo como una cuestión de medios disponibles, materiales o intelectuales, ni tampoco como un asunto de  “gestos”, “señales”, amurramientos y operaciones comunicacionales.

Como ya está dicho, aunque majaderamente se tienda a olvidarlo, en política en general, y en política de alianzas en particular, no siempre 2+2 son 4. Hay veces en que tal suma puede dar cinco y hasta seis. Y hay ocasiones en que de esa operación pueden resultar tres, o hasta uno, e incluso menos que eso. Hay ocasiones en que sumar multiplica, y otras en que multiplicar divide, y a la inversa. Todo eso sin contar con que en política, a diferencia de las matemáticas, el orden de los factores siempre altera el producto.

Así es que cuando desde el poder, de una y otra parte, se ensayan sesudos análisis para tratar de comprender la realidad, no estaría demás dar una ojeada hacia la calle y consultar el sentir y razonar de los más sencillos. De aquellos a los que las encuestas representan como meros números y tendencias, puntos más o menos manipulables, pero que en medio del silencio más profundo de quienes aunque imperiosamente debieran estar obligados a proponer y sin embargo muchas veces no saben qué decir y mucho menos qué hacer, casi siempre son capaces de aportar la sensatez y el sentido común para responder a las preguntas más complejas con respuestas de sencillez demoledora.

El gobierno se pregunta sin cesar qué pasa, qué es lo que explica que sus medidas y anuncios caigan una y otra vez en el vacío. La oposición partidaria hace lo propio y se interroga por las razones de no poder capitalizar la desafección y el malestar reinante.

La derecha, haga lo que haga o deje de hacer, no tiene gran opción de levantar cabeza. Y para la oposición, en sentido extenso, su liderazgo posible y más competitivo está muy claro y su programa está en la calle, esperando ser recogido y colocado en blanco y negro.

Como se ve, para todos estos fines e interrogantes, lo más sensato es remitirse a la respuesta del señor que hacía tintinear las copas. Tal parece que por ahí va la cosa.

<strong> </strong>]]></content:encoded>
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		<title>Elecciones francesas: el original  y la copia</title>
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		<comments>http://www.elmostrador.cl/opinion/2012/04/25/elecciones-francesas-el-original-y-la-copia/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 25 Apr 2012 06:40:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Parker</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
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		<category><![CDATA[Ultraderecha]]></category>

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		<description><![CDATA[Hay unas formas hiperventiladas que son casi idénticas, una cierta apostura y un atolondramiento característico y común, un tipo de vestuario incluso, que refiere a una determinada estética. También hay un porte y un talante auto suficiente, y la audacia  desmedida del apostador empedernido, como rasgo común a ambos mandatarios.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Dicen los entendidos, que la política francesa suele tornarse aburrida y predecible en el período que media entre una elección presidencial y la otra. Con la salvedad de las elecciones comunales y parlamentarias, que es cuando el ambiente político se calienta y dinamiza por un corto período, para volver a languidecer.

Es que a pesar de todo,  a los franceses como a los chilenos, la política y sus hechos les convocan fuertemente, pese a que de continuo renieguen de sus lógicas y de sus actores individuales e institucionales. No por ello, sin embargo, los franceses se abstendrán de tomar apasionada posición ante cada evento político relevante y sobre todo, no dejarán de tomarse muy en serio sus responsabilidades cívicas. Como concurrir a sufragar, tal y como ha quedado nuevamente demostrado el domingo recién pasado en que un 80% de los ciudadanos franceses habilitados lo hizo. Lo que representa un guarismo considerable, teniendo en cuenta que en Francia el voto es voluntario, tal y como lo es ahora en Chile.



<strong> </strong>

Las elecciones presidenciales francesas son siempre observadas con especial interés desde el exterior porque casi siempre suelen anticipar tendencias, las que en plazos relativamente cortos suelen manifestarse en otros países europeos, e incluso en otros continentes. Como en efecto más de alguna vez ha ocurrido en América Latina y puntualmente en Chile.

Francia ha inspirado la política a escala universal en todos los tiempos, primero que todo, al concebir la división ya clásica entre derecha e izquierda y luego, al consagrar los valores de la igualdad, la libertad y la fraternidad, como valores imprescindibles de una visión política progresista.

De modo explícito o implícito, desde hace muchos años el proceso político francés viene influyendo en el chileno. La izquierda chilena muchas veces se ha mirado e inspirado en la izquierda francesa y por lo mismo, ha seguido muy de cerca sus debates ideológicos y doctrinarios, de los cuales ha sacado conclusiones que se han traducido en hechos políticos decisivos. Por ejemplo, en la llamada renovación socialista.

El ex presidente Ricardo Lagos nunca ocultó su admiración por el mandatario francés Francois Mitterand, a quien no pocas veces imitó en sus contenidos, sus modos  discursivos, sus ampulosas formas republicanas  y hasta en la puesta en escena de más de alguna de sus más célebres y recordadas comparecencias públicas.

Nuestra derecha,  que es poco proclive a mirar a cualquier parte que no sea su propio ombligo e interés de corto plazo,  las pocas veces que observa más allá de nuestras fronteras para buscar ideas e inspiración,  o mira hacia  España y al PP de Rajoy o lo hace en dirección a Francia y La Unión del Movimiento Popular (UMP). Denominación  engañosa que suena a izquierda, pero que se corresponde a la creación original de Nicolás Sarkozy, un derechista de tomo y lomo.

El presidente Sebastián Piñera admira a Nicolás Sarkozy y le trata de imitar, con relativo éxito. Sarkozy representa uno de sus más claros referentes, razón más que suficiente para no mencionarlo casi nunca como modelo, para que la inclinación no sea todavía más evidente.

El presidente Sarkozy se quita aparatosamente su preciado reloj mientras saluda de mano a sus partidarios, seguramente para evitar que lo hurten. Mucho antes, nuestro Presidente sube la apuesta de una modo tal y con una reiteración que da hasta para un compilado de anécdotas recogidas en un libro cuyas páginas no terminan por acabarse.

Hay unas formas hiperventiladas que son casi idénticas, una cierta apostura y un atolondramiento característico y común, un tipo de vestuario incluso, que refiere a una determinada estética. También hay un porte y un talante auto suficiente, y la audacia  desmedida del apostador empedernido, como rasgo común a ambos mandatarios. Inteligencia indudable de una y otra parte, pero también, baja o inexistente capacidad de empatizar. Una tendencia a   especular con las ideas y a tomarlas de cualquier parte donde estén disponibles sin más consideración. Y una pretensión a pasar a la historia a como dé lugar, sin considerar un presente adverso y aún hasta catastrófico.

El presidente Piñera, al igual que hizo Sarkozy, trató al comienzo de su mandato de cooptar a sus  adversarios. Intentó penetrar en el centro político atrayendo a su gabinete y en un experimento fallido, a Jaime Ravinet como su Ministro de Defensa. Antes, Sarkozy había intentado lo mismo y con resultados también breves y penosos al convocar al socialista  Bernard Kourcher para ser su ministro de Relaciones Exteriores. Hoy los tentados de entonces son  sendos cadáveres políticos, pero sus casos ilustran unos ciertos modos peculiares de  entender la política y sus limites no escritos.

¿Existirá acaso un futuro también semejante para Sarkozy y Piñera?

El presidente Sarkozy acaba de perder la primera vuelta frente a un contendiente socialista, haciendo efectivamente historia,  pero no en la forma en que hubiese querido.  Es la primera vez  que un presidente francés  en ejercicio  no logra imponerse en primera vuelta.

Nicolás Sarkozi logró 9,6 millones de votos, pero casi 2 millones de votantes le quitaron su apoyo en vista de sus errores e inconsistencias. Pero   también debido a rasgos de personalidad, entre ellos la frivolidad, que a decir de muchos terminaron por erosionar  gravemente la majestad del cargo presidencial. Para intentar ganar, Nicolás Sarkozy necesita hacer un ejercicio de contorcionismo político virtualmente imposible,  para intentar cortejar  y atraer a los votantes del ultra derechista Frente Nacional de Marine Le Pen.

Pese a que no pocos puedan estimar, con sólidos argumentos,  que el presidente francés con tal de ganar, es capaz de hacer y decir cualquier cosa, su desafío electoral es muy mayor. Pues consiste en tratar de conquistar al menos el 80% de los votos de la populista-nacionalista-ultraderechista  Marine Le Pen, quién a la cabeza del FN  obtuvo la friolera de 6,4 millones de votos. Para lograr esta proeza, Sarkozy requiere, al menos conceder a la xenofobia e incluso hacer guiños al anti europeismo y hasta al populismo. Todo eso, sin espantar demasiado a sus propios votantes duros y, mucho menos,  ahuyentar a los votantes del centrista y moderado Francois Bayrou que siendo uno de los grandes derrotados, obtuvo sin embargo 3 millones de votos, por lo que representa una potencial cantera de votos nuevos.

Marine Le Pen  ya anunció que  dejará que sus votantes en segunda vuelta procedan como estimen conveniente, pues no se propone apoyar explícitamente ni a Nicolás Sarkozy ni a Franciois Hollande, dado que estima que ambos representan de igual modo a las elites y al sistema. Un planteamiento que, dicho sea de paso, esta íntimamente emparentado con un cierto segmento de la izquierda chilena, el que majaderamente insiste en postular que la Concertación y la Alianza por Chile son más o menos lo mismo.

A quienes puedan creer que los votantes de Le Pen se volcarán automáticamente por la opción de Sarkozy, hay que recordarles  que durante su campaña,  la candidata de la ultra derecha acusó  a Sarkozy de ser el responsable de la degradación de Francia y de poner al país al servicio de los intereses financieros y de una pequeña elite que profita del sistema. Y señaló, como señal de anti europeismo,  su intención de hacer que las leyes francesas sean votadas en Paris y no en Bruselas, para que, en sus palabras,  los burócratas y banqueros dejen de gobernar Francia y el país pueda recuperar su independencia diplomática, su poderío militar, el carácter laico del Estado francés y Francia logre  salir de la tutela de los EE.UU.

Es muy dudoso, aunque no imposible, que Sarkozy pueda hacer suyo siquiera parte de este programa, de claro corte populista, xenófobo, racista y antieuropeo. Pero tendrá que intentarlo, tal vez como han augurado algunos analistas, probablemente  haciendo un llamado al Frente Nacional para  coludirse para hacer una Francia cerrada y para los franceses, con todo lo que este concepto conlleva. Tanto hacia el interior del propio país como en cuanto a su pertenencia a la UE.

El socialista Francois Hollande ha obtenido 10,1 millones de votos y  tiene la primera opción para alzarse con la presidencia. Si acaso aquello llega efectivamente a ocurrir, representará un momento de inflexión para el desenvolvimiento de la social democracia europea, actualmente sometida a una profunda crisis de identidad, liderazgo y  proyecto.

Esta circunstancia probable, también tendrá sus efectos en el contexto de la Unión Europea actualmente en crisis. Por lo pronto, la relación entre Alemania y Francia no volverá a ser la misma, y con ello, muchas cuestiones, especialmente económicas y financieras, deberán reconsiderarse. Para empezar, serán puestas sobre la mesa otras  opciones  disponibles para superar el momento crítico que vive la UE,  y a partir de  aquello, disipar todas  las arduas dudas prevalecientes sobre el presente y el futuro de la entidad.

Diez candidatos, que cubrieron todo el espectro político francés,  y que por lo mismo permitieron que todas las opciones  pudieran concursar libre y democráticamente, representan un ejercicio democrático y electoral valioso y digno de ser imitado.

En Francia como en Chile, ninguna fuerza, por sí sola, es capaz de imponerse sobre las otras opciones en primera vuelta. Por lo mismo, se hace necesario construir  alianzas amplias y plurales dentro de un determinado marco político, lo cual exige visión política de largo plazo y generosidad.

Mirar con anticipación las alianzas que necesariamente será preciso concordar en segunda vuelta, implica cuidar en todo momento la relación con los futuros aliados. Así lo hicieron los socialistas franceses,  quienes teniendo claro que tenían la primera opción para enfrentar a Sarkozy, no escatimaron en gestos conciliatorios y de unidad, hacia Jean Luc Melenchón el candidato de la izquierda más radical que convocó a “tomarse el poder ahora”, hacia Eva Joly, la  candidata ecologista que propuso “el cambio verdadero”,  y hacia Philippe Poutou, el candidato obrero, quién proclamó como lema que “nuestras vidas valen más que vuestros beneficios”. De la confluencia de todas esas fuerzas debiera salir el triunfo de la opción opositora que eligieron colocar en esa posición privilegiada  los propios ciudadanos. No la voluntad de unos pocos.

Sarkozy  debiera ser derrotado. Y otro tanto debiera ocurrir, lógicamente, a quién desde la derecha  se proponga ser el sucesor de Sebastián Piñera. Eso, si acaso en la oposición, Concertación incluida, se logra imponer la cordura política  y la generosidad necesarias para construir una unidad opositora de amplio espectro.]]></content:encoded>
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