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	<title>El Mostrador &#187; Eduardo Saavedra Díaz</title>
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	<description>El primer diario digital de Chile - Noticias, reportajes, multimedia y último minuto</description>
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		<title>El sufragio voluntario y la libertad política</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Nov 2012 05:48:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Saavedra Díaz</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Si el sufragio es una elección individual y esta presupone la libertad, entendida como el derecho que todo individuo tiene de elegir sin interferencia de terceras personas (especialmente de la autoridad estatal), ¿acaso la instauración de un sistema de sufragio obligatorio para toda la población adulta no equivale a hacer exigible al Estado aquella vieja pretensión rousseauniana consistente en “el derecho de la sociedad de obligar a los hombres a ser libres”?]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Las recientes elecciones municipales celebradas en Chile, que por primera vez pusieron a prueba un sistema de inscripción electoral automática con sufragio voluntario, aprobado por el Congreso en medio de una agitada crisis de representatividad, que se hizo manifiesta durante el 2011, produjeron un efecto nada sorprendente: concurrió a votar apenas un cuarenta por ciento de ciudadanos, que todavía piensa que la participación ciudadana es necesaria para el logro de las pretensiones sociales.

Y aunque el altísimo porcentaje de abstencionismo electoral, particularmente de los ciudadanos más jóvenes, es muy preocupante, no debemos olvidar que la alternativa de conservar el antiguo sistema de inscripción voluntaria con sufragio obligatorio era aún peor.

Es cierto que el antiguo sistema garantizaba una mayor concurrencia de electores a las urnas, no es menos cierto que se trataba del mismo electorado que se mantuvo prácticamente incólume desde el plebiscito de 1988. Situación que perpetuaba el duopolio político de la Concertación y la derecha, condicionado por el sistema binominal de elección parlamentaria heredado de la dictadura militar.

Sin embargo, una vez confirmados los resultados, las cuentas alegres de la oposición para la futura candidatura presidencial de Michelle Bachelet y el “mea culpa” del oficialismo por la desafortunada actitud demostrada durante el conflicto estudiantil por muchos de sus personeros, incluidos algunos alcaldes que fueron felizmente derrotados, han hecho que ambos bloques coincidan plenamente en la conveniencia del sufragio voluntario.

La clase política —ahora lo sabe mejor que nunca— goza de una mayor capacidad de movilización del electorado hasta el último día de campaña, y es de esperar que asuma un mayor compromiso de incentivo a la participación.



Pero como nada asegura que los actuales porcentajes de abstención y de participación serán revertidos en los futuros comicios, no faltan aquellos que en el debate público sugieren la posibilidad de reinstaurar un sistema de sufragio obligatorio, esta vez para toda la población adulta automáticamente inscrita.

Estos nuevos partidarios del voto obligatorio se basan en la vieja creencia según la cual el sufragio universal, antes que un derecho, es un “deber”, porque siendo la democracia una voluntad colectiva que involucra a toda la comunidad, que soberanamente decide darse sus propias normas de convivencia, no es legítimo que un porcentaje inferior de ciudadanos cuente con autorización para decidir por todos los demás.

Sin embargo, nada más inexacto que este argumento.

La nefasta experiencia de los totalitarismos, ideológicos y religiosos, las dictaduras militares y las tiranías mayoritarias, nos muestra que la democracia ya no puede concebirse únicamente como voluntad de las mayorías, sino que se erige —como bien nos recuerda Norberto Bobbio— en determinadas precondiciones que garanticen a los ciudadanos la posibilidad real de elegir a quienes gobiernan o adoptan las decisiones colectivas o de gobierno. Tales precondiciones son las libertades públicas de pensamiento, expresión, reunión y asociación, principalmente, así como los derechos fundamentales de la persona humana, más conocidos como derechos humanos.

Se trata de libertades y derechos individuales sin los cuales la democracia pierde su justificación, desde el momento que —parafraseando a Bobbio— “la razón principal que nos permite defender la democracia como la mejor forma de gobierno o como la menos mala, se encuentra justamente en el presupuesto de que el individuo, como persona moral y racional, es el mejor juez de sus propios intereses”.

En este sentido, si el sufragio es una elección individual y ésta presupone la libertad, entendida como el derecho que todo individuo tiene de elegir sin interferencia de terceras personas (especialmente de la autoridad estatal), ¿acaso la instauración de un sistema de sufragio obligatorio para toda la población adulta no equivale a hacer exigible al Estado aquella vieja pretensión rousseauniana consistente en “el derecho de la sociedad de obligar a los hombres a ser libres”? Y por ende, ¿no constituiría un craso error conceptual a la luz de la justificación misma de la democracia?

Podemos estar de acuerdo que la democracia —siguiendo la terminología de Ronald Dworkin— puede tener una lectura comunitaria: que es el pueblo como tal quien toma las decisiones políticas en lugar de los ciudadanos individuales. Pero tal como previene este autor, no se trata de una acción colectiva comunitaria de tipo “monolítica”, sino “integrada”. Vale decir, que “insiste en la importancia de lo individual”, tal como acontece con las orquestas.

En una orquesta filarmónica, la interpretación de la sinfonía no depende del arbitrio de cada músico, sino de la voluntad de todos los músicos de tocar “como” orquesta. Pero esta voluntad (colectiva) depende del talento individual que cada integrante elige practicar libremente y que le permite participar o no participar, si así lo desea, en esa orquesta o en otra distinta. A menos que la totalidad del grupo musical estuviera constreñido a interpretar exclusivamente lo que dictamine la autoridad.

Pero como la democracia equivale, precisamente, a una orquesta no constreñida por la autoridad a interpretar tal o cual sinfonía, sino las piezas musicales que el grupo soberanamente escoja, la libertad individual de sus integrantes es lo más valioso, y por lo mismo no se los puede obligar, sino a lo sumo incentivar a participar libremente, con la invitación abierta a interpretar la sinfonía que mejor los represente. De modo que si muchos de ellos se abstienen de participar, no les quedará más alternativa que asumir el costo de oír una sinfonía que no los representa. Tal es el precio de una asociación de individuos libres.

Por lo tanto, el sufragio voluntario no es sino una garantía institucional de la libertad política, que nos deja abierta la invitación a superar la dramática crisis de representatividad producida por la desafinada sinfonía que la dictadura militar nos impuso a través de la orquesta de una democracia incompleta, que todavía estamos a tiempo de cambiar.]]></content:encoded>
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		<title>Derechos Humanos: una visión agonista</title>
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		<pubDate>Sat, 21 Jan 2012 05:48:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Saavedra Díaz</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
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		<category><![CDATA[DDHH]]></category>

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		<description><![CDATA[El debate sobre la protección de los distintos derechos humanos, que reivindicamos a diario, nunca ha sido (ni podrá ser) pacífico, mientras la propia historia del ser humano y su permanente lucha por su inviolabilidad, autonomía y dignidad sea un campo de fuerzas, que los propios seres humanos elegimos crear y transformar a cada instante.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Nuestro mundo contemporáneo asiste a una nueva ola de reivindicaciones por el reconocimiento de ciertos derechos, que se reputan esenciales tanto para la libre elección individual como para la autodeterminación colectiva de los seres humanos. Son los llamados derechos del hombre, derechos constitucionales, derechos fundamentales o, en su acepción más moderna, derechos humanos, que demandan del Estado y de la sociedad el deber de respetarlos y protegerlos.

Porque desde el momento que el individuo, en su calidad de persona humana -tras una extensa evolución histórica de permanentes luchas políticas- ha logrado ser reconocido como el único ser viviente capaz de crear y transformar su vida y su entorno sin la interferencia de los demás seres humanos, nace el esfuerzo activo de la comunidad para exigir al poder político el reconocimiento de la inviolabilidad, autonomía y dignidad de cada ser humano, único e irrepetible.

“Los derechos individuales –como ha dicho el célebre jurista norteamericano Ronald Dworkin- son triunfos políticos en manos de los individuos. Los individuos tienen derechos cuando, por alguna razón, una meta colectiva no es justificación suficiente para negarles lo que, en cuanto individuos, desean tener o hacer, o cuando no justifica suficientemente que se les imponga alguna pérdida o perjuicio.”



O en un tono menos triunfalista, como sostiene el destacado politólogo británico Michael Ignatieff, “los derechos humanos constituyen una doctrina revolucionaria, porque plantean una exigencia radical a todos los colectivos humanos: que atiendan a los intereses de los individuos que los componen”.

Por ello, <strong>los derechos humanos son la principal dimensión de la democracia política como forma legítima de ejercer el poder del Estado, a fin de evitar que el autogobierno de la sociedad, entendido como gobierno de la mayoría, se convierta en “tiranía mayoritaria”</strong>. Porque sin derechos humanos, sin esas precondiciones mínimas que permiten existir y elegir libremente, sería imposible para los miembros de una sociedad políticamente organizada controlar la responsabilidad de los actos de la autoridad; no serían siquiera posibles unas elecciones libres, periódicas e informadas.

Sin embargo, tal como advierte el destacado jurista chileno Agustín Squella, los derechos humanos “no están escritos todos y de una vez para siempre como las tablas de la ley que Moisés recibió en el Sinaí”. Sino, como dice el gran filósofo italiano Norberto Bobbio, tales derechos “nacen cuando deben o pueden nacer, “cuando el aumento del poder del hombre sobre el hombre (…) crea nuevas amenazas a la libertad del individuo o bien descubre nuevos remedios a su indigencia”.

En consecuencia, <strong>siendo los derechos humanos fruto de una evolución históricamente condicionada por intereses y necesidades divergentes, que emergen en determinadas épocas y lugares distintos, constituyen una categoría variable y heterogénea</strong>.

Variable, por cuanto el catálogo de los derechos humanos –como sostiene Bobbio- “se ha modificado y va modificándose con el cambio de las condiciones históricas, esto es, de las necesidades, de los intereses, de las clases en el poder, de los medios disponibles para su realización, de las transformaciones técnicas, etc.” Y heterogénea, porque “la categoría en su conjunto contiene derechos incompatibles entre sí, es decir, derechos cuya protección no puede ser atribuida sin restringir o suprimir la protección de otros.”

Piénsese en el ejercicio de la libertad de expresión frente a la protección de los derechos a la vida privada y honra de las personas, o en el derecho a una educación pública, gratuita y de calidad frente a la libertad de enseñanza en su modalidad empresarial. <strong>Se trata de libertades y derechos que representan intereses y necesidades incompatibles entre sí, y cuya práctica se manifiesta en una relación agonista, enfrentada, de permanente conflicto</strong>.

¿Significa esto que para convivir pacíficamente como sociedad, debemos optar sólo por algunos derechos humanos y que estamos condenados a desechar otros? No, para ello existen los límites de los derechos, que imponen tanto las constituciones y las normas internacionales que los proclaman como las leyes especiales que los regulan. De modo que los distintos derechos puedan ser delimitados unos respecto de otros de la manera más armónica posible, evitando interferencias mutuas, que expongan a sus destinatarios a la indefensión y a la incertidumbre.

Ahora bien, <strong>por más armónicas que procuren ser las delimitaciones entre los derechos desde un punto de vista abstracto, en determinados casos concretos, sin embargo, pueden producirse interferencias entre los mismos, generándose auténticas colisiones de derechos</strong>. Ya no desde las reglas de derecho positivo que los proclaman o los regulan, sino desde los principios ético-políticos que los fundamentan y los dotan de sentido.

Así, la libertad de información (no por cierto en Chile) podría encontrarse perfectamente delimitada respecto del derecho a la intimidad, tanto en las normas constitucionales e internacionales como en las simplemente legales. Vale decir, que desde las reglas del derecho positivo podría llegar a ser bastante claro cuándo una información pública es considerada o no un atentado al derecho a la intimidad. Por ejemplo, la difusión de un hecho privado o de una conversación secreta, que por sí misma sea constitutiva de delito, no representa, en caso alguno, una violación a la intimidad como derecho.

En este mismo sentido, puede darse el caso de un videoaficionado que descubre a un ministro de Estado saliendo en su automóvil desde un motel, acompañado de una mujer que no es su esposa, capta esa imagen y luego se la ofrece a un medio de comunicación social. Por cierto, que la difusión de este hecho, que no constituye delito, aparentemente representaría una violación al derecho a la intimidad y, como es evidente, no habría conflicto alguno entre éste y la libertad de información.

¿Y si el descubrimiento de esa relación extramarital fuera determinante para esclarecer un caso de malversación de fondos públicos, donde ese alto funcionario estaba utilizando a su amante como testaferro? El hecho que fue filmado sigue siendo lícito, al menos desde la legalidad, y, por ende, sigue perteneciendo a la esfera íntima. Pero su difusión, en este caso, ¿no hace por lo menos dudosa, desde el punto de vista de la proporcionalidad, la aplicación de una sanción legal al medio de comunicación social? Y en caso de producirse una controversia judicial, ¿no estaríamos en presencia de un conflicto real entre la libertad de información y el derecho a la intimidad? ¿No quedaría obligado el tribunal a optar por aquella o por éste?

Ante este tipo de situaciones, ¿cuáles son las buenas razones para que un sentenciador opte por las normas que protegen la libertad de información y desestime aquellas que resguardan el derecho a la intimidad, o viceversa? ¿No tendría que recurrir acaso a los principios éticos- políticos que fundamentan, respectivamente, a cada uno de estos derechos y ponderar la dimensión del peso (o importancia relativa) de cada uno de ellos? ¿De qué depende el peso o la importancia? Tratándose de la libertad de información, la gran mayoría de los juristas coinciden que es el “interés público” del hecho que se informa. ¿Y en las demás libertades y derechos?

Sin embargo, hay quienes prefieren rehuir de estas preguntas y seguir creyendo que los límites que fijan las reglas de derecho positivo, aprobadas por un congreso o un parlamento, son infalibles y, por tanto, suficientes para resolver una contienda como la que del ejemplo aquí expuesto. O más categóricamente: que mientras las delimitaciones fijadas por las reglas sean suficientemente claras, los conflictos de derechos son una cuestión puramente aparente y que basta con aplicar esas reglas, sin importar si las consecuencias de tales aplicaciones se traducen en resoluciones desproporcionadas para los derechos que queremos proteger.

En cambio, <strong>admitir que las normas de derechos humanos, además de ser reglas obligatorias, son también principios agonistas, que pueden entrar en conflicto en ciertos casos concretos, precisamente por emanar de intereses y necesidades divergentes, significa valorar </strong><strong>positivamente la pluralidad de formas de vida: adoptar una actitud pluralista, </strong>entendida como coexistencia pacífica entre los distintos modos de vivir (“modus vivendi”).

Porque de lo que se trata –como dice el destacado jurista italiano Gustavo Zagrebelsky- es de asumir “un “compromiso de las posibilidades” y no un proyecto rígidamente ordenador que pueda asumirse como un “a priori<em>”</em> de la política con fuerza propia, de arriba hacia abajo.”

Como puede observarse, el debate sobre la protección de los distintos derechos humanos, que reivindicamos a diario, nunca ha sido (ni podrá ser) pacífico, mientras la propia historia del ser humano y su permanente lucha por su inviolabilidad, autonomía y dignidad sea un campo de fuerzas, que los propios seres humanos elegimos crear y transformar a cada instante.

Isaiah Berlin, un lúcido pensador británico del siglo XX, decía: “Estamos condenados a elegir, y cada elección puede conllevar una pérdida irreparable”, porque tal como dijo el clásico filósofo Immanuel Kant, “con una madera tan torcida como aquélla de la que está hecho el hombre, no se puede tallar nada derecho”. De ahí el carácter agonista de aquellas pretensiones y necesidades humanas que tallamos imperfectamente como “derechos humanos”.]]></content:encoded>
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		<title>La revuelta de los indignados chilenos</title>
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		<pubDate>Tue, 23 Aug 2011 11:58:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Saavedra Díaz</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Posteos del Día]]></category>

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		<description><![CDATA[Este tiempo de masivos movimientos sociales encabezados por un gran número de jóvenes indignados, pero esta vez (huelga recordarlo) sin ideología, inevitablemente me hace compararlo con esa sosegada época que a muchos nos tocó vivir hace unos catorce años. Cuando reinaba la apatía juvenil, en medio de una timorata “transición a la democracia”, que más [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Este tiempo de masivos movimientos sociales encabezados por un gran número de jóvenes indignados, pero esta vez (huelga recordarlo) sin ideología, inevitablemente me hace compararlo con esa sosegada época que a muchos nos tocó vivir hace unos catorce años. Cuando reinaba la apatía juvenil, en medio de una timorata “transición a la democracia”, que más bien parecía una insalvable pseudo-democracia legitimada por las principales fuerzas políticas de este país; cuando el ex-dictador todavía detentaba, con su intimidante sonrisa diabólica, el cargo de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Y cuando los principios económico-sociales de la ideología conservadora pro capitalista (malamente denominada “neoliberal”), impuestos a sangre y fuego durante la dictadura, parecían consagrarse de manera definitiva, más aún cuando el crecimiento de la economía superaba el 7% anual.

Eran los “felices 90s”, una época de la que (seguramente) los grupos más conservadores deben sentirse muy melancólicos, mientras oyen en sus reuniones caseras, a propósito de la víspera de fiestas patrias, el folklore de Los Huasos Quincheros.

Hoy, sin embargo, pese a que el crecimiento económico es aún mayor, una gran masa de jóvenes universitarios y escolares, que no se identifica ni con la cultura de izquierdas ni de derechas, ha cuestionado –en nombre de una causa tan universal como el derecho a una educación pública gratuita y de calidad para todos- el orden institucional vigente. Al punto de estar demandando a la clase política una reforma constitucional, que permita convocar a un plebiscito. Demanda que ha sido apoyada por otros actores sociales, como los gremios de profesores y de trabajadores.

No se trata de un “infantilismo revolucionario” o de una “utopía”, como desafortunadamente han sostenido ciertos personeros de la Concertación, porque malamente unos jóvenes estudiantes, que en su gran mayoría no sustentan cosmovisión ideológica alguna, podrían aspirar a una revolución o una utopía. Al contrario, es muy probable que una minoría ínfima de ellos, que milita, adhiere o simpatiza con la izquierda, apenas haya leído “El manifiesto comunista” de Marx y Engels. Y pese a que la gran mayoría de las protestas callejeras han terminado con destrozos a la propiedad pública y privada, tales desmanes han sido provocados por una subcultura de encapuchados, que no guarda la menor vinculación con las demandas de los estudiantes, pero que sí es producto de la injusticia contra la que se reclama.

Lo que observa esta multitud de jóvenes indignados es que la desigualdad sigue siendo la principal “virtud cardinal” de nuestra limitada democracia, cuya principal fuente de poder ha sido este sistema educacional privatizado: desigual y discriminatorio, tanto en su acceso como en la calidad de los conocimientos que imparte, y que se ha mantenido casi incólume por más de treinta años, beneficiando principalmente a los grandes consorcios privados con el beneplácito y el subsidio del Estado. Eso es lo que indigna y contra eso se protesta.

Pero esta demanda de igualdad no se conforma con acabar con los “defectos” o “excesos” del sistema. Si así fuera, estaríamos en presencia de una rebelión, como la del movimiento estudiantil de 1997, cuyo resultado apenas se tradujo en un leve aumento del presupuesto fiscal para las universidades estatales.

¿Y qué es lo que quiere esta masa estudiantil? Que la educación pública vuelva a ser “una atención preferente del Estado”, tal como lo fue antes del actual “pacto político” impuesto por la dictadura militar a través de la Constitución de 1980. Un instrumento político que cada día se condice menos con los cambios culturales que la sociedad chilena ha experimentado en materia de libertades y derechos individuales, y menos todavía con las demandas que actualmente reivindica en el ámbito de los derechos sociales.

Por ello, la movilización de los indignados chilenos no es ni revolución ni rebelión, sino más bien una revuelta: la reivindicación de una situación o estado anterior, pero a través de nuevos actores sociales que nunca antes habían hecho historia.

Estará por verse si la historia que escribirán los próximos vencedores será la de una nueva república democrática, que haga del privilegio de unos pocos y de la desigualdad de muchos una auténtica prehistoria del desarrollo democrático de Chile.

<strong>(*) Texto publicado en El Quinto Poder.cl</strong>]]></content:encoded>
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		<title>El aporte de la crónica</title>
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		<pubDate>Sun, 21 Nov 2010 05:48:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Saavedra Díaz</dc:creator>
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		<category><![CDATA[crónica]]></category>

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		<description><![CDATA[El aporte de la crónica consiste en invitar, sobre todo al lector joven, a penetrar en los hechos desde la subjetividad de los seres humanos comunes y corrientes que los vivieron, construir su propia interpretación de las realidades.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Pese a los resultados de la encuesta Adimark-La Fuente sobre índices de lectura en Chile, que ha mostrado una deplorable escasez y una ignominiosa desigualdad en la demanda de libros, la oferta de tan menospreciado producto está lejos de reflejar la misma precariedad. Porque incluso entre los libros de no ficción, que son los menos demandados en el mercado, todavía es posible encontrar en nuestras librerías algunas obras de gran calidad, cuyo lenguaje no necesariamente reviste de ese academicismo que al común de la gente se le hace cuesta arriba entender, como ocurre con la monografía filosófica, histórica, jurídica o sociológica, destinada a un público más entendido en esas materias.

Y precisamente, un formato de no ficción que escapa de todo academicismo es la crónica, que básicamente consiste en una narración subjetiva de hechos reales, con ciertos elementos valorativos, que busca poner en contacto al lector no especialista con lo vivido o investigado por el autor para invitarlo a reflexionar sobre determinados temas o acontecimientos, sean éstos del pasado más milenario o del presente más inmediato. Se trata de una realidad contada como ficción, que puede llegar a ser incluso más sorprendente que la creación del más ingenioso novelista.

En este sentido, un consagrado en este género es Joaquín Edwards Bello, cuyas crónicas han sido reeditadas en los últimos dos años por la Universidad Diego Portales, y que tratan sobre nuestra realidad nacional e internacional en las mismas épocas en que fueron originalmente publicadas, con un estilo ágil, directo y con ese gran sentido del humor que siempre caracterizó al célebre escritor chileno. Léase, por ejemplo, “El pobre Tutankamón” en el primer volumen de sus “Crónicas reunidas”.



Ahora bien, si de tragedias mundiales se trata, las crónicas del fallecido periodista polaco Ryszard Kapuscinski son las más representativas, particularmente las congregadas en su hermoso y trágico libro sobre la realidad de África, titulado “Ébano”, así como en “La guerra del fútbol”, título basado en su memorable relato sobre una de las más estúpidas guerras que se hayan desatado en América Latina, para mostrarnos la estupidez misma de los conflictos armados. Del mismo prestigio internacional goza su discípulo, el estadounidense Jon Lee Anderson, autor de un monumental perfil sobre el mítico “Che” Guevara, y el mexicano Carlos Monsivais, quien falleció en junio pasado, luego de haber deleitado a sus compatriotas con la socarronería de su particular estilo.

Pero más allá de los autores consagrados, un conjunto de crónicas que podría llegar a convertirse en un clásico de la literatura de no ficción es “Historia mundial de los desastres”, del periodista británico John Withington. Obra de reciente aparición, donde con una maestría sólo comparable a los autores ya mencionados, se narran los más grandes desastres acontecidos a lo largo de toda la historia de la humanidad, sean “naturales”, como los terremotos, tsunamis, inundaciones o erupciones volcánicas; “accidentales”, como los incendios, naufragios y choques de trenes o aviones; o deliberados, como las hambrunas, las guerras, las invasiones, los crímenes de lesa humanidad y los atentados terroristas.

Esta clase de formato de no ficción choca frontalmente con el objetivismo de la prosa academicista, cuyos métodos, por mucho rigor científico que puedan llegar a tener, no son sino ideas que conforman un solo gran sistema general de comprensión –que podemos llamar también ideología- respecto de un determinado problema o conjunto de acontecimientos, donde el lector no es más que un simple invitado a compartirlo o refutarlo, pero difícilmente a crear su propia interpretación.

Por cierto que nada perjudicial hay en esto, es parte integrante de la diversidad de pensamientos y un ejercicio legítimo de las libertades públicas de expresión y de enseñanza, principalmente. Pero en una época como la nuestra, donde hemos presenciado tanto trastoque ideológico y religioso, después de haberse derrumbado todos los esquemas “perfectos” en el modo de concebir la vida política, social, cultural y económica, de los que la realidad se ha burlado despiadadamente, hacen falta entonces –como diría el connotado historiador chileno Gabriel Salazar- los testimonios de “un pueblo, una sociedad con una memoria viva, social, gigantesca.”

Y en este sentido, el aporte de la crónica consiste en invitar, sobre todo al lector joven, a penetrar en los hechos desde la subjetividad de los seres humanos comunes y corrientes que los vivieron, construir su propia interpretación de las realidades, tanto nacionales como mundiales, y poder así buscar nuevas formas para un mejor entendimiento humano. Lo que es fundamental para la defensa de los derechos humanos, en la medida que tales derechos sean concebidos no como una filosofía o una teoría del mundo, sino como un problema existencial de este imperfecto teatro que es la vida humana.]]></content:encoded>
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		<title>El pasado que no fue</title>
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		<pubDate>Tue, 04 May 2010 06:48:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Saavedra Díaz</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
		<category><![CDATA[Cine]]></category>

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		<description><![CDATA[¿Qué pasaría si tuviéramos la oportunidad de resolver aquello que todavía nos condena? ¿Pensaríamos que forma parte de nuestro pasado? ¿Seguiríamos pensando que debemos olvidarlo y echarle para adelante?]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[En más de una oportunidad hemos pronunciado –no exentos de ironía- la frase “tu pasado te condena”, cada vez que nos percatamos de la incapacidad de nuestro interlocutor de superar una herida que ha preferido dejar atrás. Sobre todo cuando notamos que su esfuerzo de superación le resulta infructuoso, porque ese dolor todavía permanece en su presente, a pesar de su obstinada carrera por evadirlo con la vana esperanza de una futura vida feliz.

¿Cuánto nos sigue afectando la frustración de lo que pudo ser (o podría seguir siendo) una gran historia de amor? ¿Acaso no sentimos indignación todavía por aquel daño que nos destrozó la vida y que de hacerse justicia o de esclarecerse su verdad, al menos conviviríamos más pacíficamente con ese dolor?



“El secreto de sus ojos”, esa maravillosa película del director argentino Juan José Campanella, ganadora del Oscar como mejor producción extranjera, nos cuenta la historia de un funcionario administrativo de un tribunal, que luego de jubilar visita a su ex-jefa, una atractiva jueza a la que siempre quiso declarar su amor, para contarle su pretensión de escribir una novela sobre un espantoso caso criminal ocurrido hace un cuarto de siglo. Proceso en el que aún después de haber identificado al culpable, se vieron obligados a archivarlo por presiones de un gobierno corrupto que se justificaba en la “razón de Estado”.

De esta forma, el protagonista intenta reescribir una historia que todavía era incierta y, por lo mismo, una posibilidad abierta, como toda historia en la que hemos decidido hacernos cargo de las frustraciones que nos acongojan a través de un acto de imaginación. Acto  que nace –como dice Ray Bradbury- de la sencilla pregunta “¿qué pasaría?”. No por casualidad un novelista como Henning Mankell, que utiliza la intriga policial como excusa perfecta para la denuncia social, lo ha dicho con propiedad: “La novela no relata necesariamente lo que sucedió. La misión de la novela consiste en contar lo que podría haber ocurrido.”

¿Qué pasaría si tuviéramos la oportunidad de resolver aquello que todavía nos condena? ¿Pensaríamos que forma parte de nuestro pasado? ¿Seguiríamos pensando que debemos olvidarlo y echarle para adelante? ¿Sería válido seguir calificándolo desdeñosamente como “asunto del pasado”?

Al igual que “La celebración”, del director danés Thomas Vinterberg –otra gran película del último tiempo-, “El secreto de sus ojos” nos muestra que la persistencia del dolor por aquello que todavía puede ser resuelto no es un pasado que nos condena, sino un presente que nos abre sus puertas: el pasado que no fue. Y sólo en la medida que nos atrevemos a imaginar, a contarnos lo que podría haber ocurrido, podemos esforzarnos en superar nuestras frustraciones y darnos la buena vida.

Si no una vida feliz, al menos una vida digna que nos permita seguir inventándonos a través de nuestras propias decisiones, y así brindarnos la posibilidad de ser amantes aquí y ahora, mientras sigamos siendo jóvenes. “La juventud es el tiempo del amor”, decía Octavio Paz. Mañana podría ser demasiado tarde…]]></content:encoded>
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		<title>Una era de compensaciones</title>
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		<pubDate>Sat, 30 Jan 2010 05:01:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Saavedra Díaz</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
		<category><![CDATA[Derechos Humanos]]></category>
		<category><![CDATA[Política de los Acuerdos]]></category>

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		<description><![CDATA[[cita]Esta valiosa faceta de nuestro tiempo es la que “Gran Torino” enfoca con incomparable belleza, especialmente en su inesperado y emotivo final.[/cita]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Pese a no haber ganado siquiera una nominación al Oscar, “Gran Torino” de Clint Eastwood fue para mí la mejor película estrenada en 2009.  A diferencia de su magistral “Río místico”, Eastwood además protagoniza esta producción, interpretando su avezado papel de hombre rudo y políticamente incorrecto, como el cowboy de su memorable western “Los imperdonables”.

Pero aquí la acción transcurre en pleno siglo XXI, donde un veterano de la Guerra de Corea, viudo, racista y de temperamento ultra conservador, vive rodeado de inmigrantes asiáticos, a los que por cierto detesta y a los que no cesa de manifestarles su desdén cada vez que los ve mientras arregla el antejardín de su casa, ubicada en un antiguo e inseguro barrio de clase media, que alguna vez gozó de mayor tranquilidad cuando era habitado exclusivamente por hombres blancos.



La violencia callejera incita al veterano a usar nuevamente su rifle de combate para expulsar de su antejardín a una pandilla armada de asiáticos que agredía a un joven vecino de esa misma etnia, que anteriormente había corrido la misma suerte de sus pares tras haber intentado robarle su lujoso automóvil, un “Gran Torino” de 1972, bajo presión de los mismos antisociales. Esta circunstancia motivó al resto de los vecinos a regalarle flores en señal de gratitud al displicente hombre, quien las rechaza arrojándolas al tarro de la basura.

Hasta que un día la hermana del accidental amparado, una encantadora joven a la que este jubilado combatiente también había salvado, esta vez de una pandilla de negros, lo invita a un almuerzo familiar, donde él por primera vez disfruta el olor y el sabor de la comida asiática que los comensales le ofrecían, para después recibir a regañadientes las atenciones de sus odiados vecinos. Situación que le permite asumir su arrepentimiento por sus actos cometidos durante la guerra por la que su país lo había condecorado, pero que no se atrevía a confidenciárselos a nadie, menos al joven cura confesor de su difunta esposa, quien por encargo de ésta infructuosamente intentaba redimirlo de su cargo de conciencia.

A instancia de sus vecinos, el veterano comienza a brindarle ayuda al joven asiático, enseñándole a trabajar en labores de albañil y a relacionarse con los demás hombres blancos, sin percatarse que él también penetraba en un mundo que tanto repugnaba, y que ahora consideraba tan humano como el suyo e incluso más cercano que su alejada familia. La inmensa frontera que tanto lo distanciaba de sus vecinos comenzaba a desdibujarse, sobreviniéndole un inmenso deseo de compensar con actos de fraternidad aquellos males que había cometido y que tanto se reprochaba.

Podrá argüirse que el argumento de esta película resulta demasiado cándido para una peligrosa época de fanatismos de la identidad, guerras por el control de los recursos naturales, extrema pobreza en la mitad del planeta, inestabilidad de los mercados mundiales, destrucción indiscriminada del medio ambiente, influencia del comercio de la droga en la vida de los países más pobres, difusión de una denigrante pornografía infantil asociada a la trata de blancas, entre otros males que suelen atribuirse a la astucia de los más poderosos o al egoísmo de la naturaleza humana.

Sin embargo, también asistimos a una era de compensaciones, donde las actuales generaciones nos invitan a compensar con actos de solidaridad el irreparable daño que nuestros antecesores hicieron en nombre de justificaciones tan absurdas como la ideología política, el origen racial, la pertenencia nacional o el credo religioso. Esta valiosa faceta de nuestro tiempo es la que “Gran Torino” enfoca con incomparable belleza, especialmente en su inesperado y emotivo final.

Contra ese discurso “políticamente correcto” de la “unidad nacional” como requisito suficiente para compensar las experiencias traumáticas de un pasado que todavía nos divide trágicamente, esta película nos dice que ninguna compensación es posible si no desarrollamos primero la empatía: nuestra capacidad de penetrar en ese otro que identificamos como enemigo, de intentar comprender por qué lo detestamos y de esforzarnos por tolerarlo e incluso de reconocerlo como un legítimo otro. Más aún cuando la práctica de su modo de vida o forma de pensamiento que tanto repudiamos, no se traduce en conductas dañinas.

La empatía nos abre la posibilidad de sonreírnos frente al prejuicio, y así convivir más libremente con nuestras diferencias tratándonos como iguales, desterrando esa discriminación negativa que fomenta el trato desigual subyacente en la arbitrariedad jurídica y los crímenes de lesa humanidad. Como dijo el célebre escritor mexicano Octavio Paz, “aprender a ser libre es aprender a sonreír.” Porque sólo la sonrisa de un espíritu libre de anteojeras es capaz de compensar en forma solidaria las graves injusticias que ocasiona la búsqueda de una sola gran meta colectiva, cuyo rostro amable precisamente se denomina “unidad nacional”.

En este sentido, sería fantástico para Chile que el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, del que tanto se ha comentado en estos últimos días, fuese una gran oportunidad para que comprendamos aquella experiencia traumática que todavía divide trágicamente a muchos chilenos, introduciendo el recuerdo del horror en nuestra conciencia, y así podamos desarrollar esa empatía que nos permita resolver cómo compensar fraternalmente a quienes todavía les resulta imposible el aprendizaje de una sonrisa.]]></content:encoded>
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		<title>Crónica de un general derrotado</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Dec 2009 04:32:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Saavedra Díaz</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
		<category><![CDATA[Augusto Pinochet Ugarte]]></category>
		<category><![CDATA[Heraldo Muñoz]]></category>
		<category><![CDATA[Libros]]></category>

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		<description><![CDATA[A la hora de juzgar históricamente al régimen de Pinochet, lo más importante –como bien apunta Mario Vargas Llosa- es lo que nos ha mostrado la experiencia política: que los pueblos no necesitan de dictaduras para modernizarse y alcanzar el bienestar.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Hace algunos días, apareció en las librerías chilenas “La sombra del dictador. Una memoria política de la vida bajo el régimen de Pinochet”, del embajador de Chile ante Naciones Unidas, Heraldo Muñoz. Libro publicado originalmente en inglés el año pasado, premiado por la Oficina de Washington para Asuntos Latinoamericanos y la  Universidad de Duke como la mejor obra de no ficción sobre América Latina, y traducido al castellano en España por la prestigiosa editorial Paidós. Traducción que afortunadamente contó con la revisión de su autor, de manera tal que puede leerse sin jergas ajenas a nuestro lenguaje.

Más de alguien se preguntará qué aporte puede brindar hoy, en vísperas del bicentenario, un libro sobre un dictador ya fallecido y que tanto deseamos olvidar. Desde la óptica de los hechos o de su interpretación histórica, política, económica o sociológica, ninguna. Porque no es una investigación periodística como “La historia oculta del régimen militar” de Ascanio Cavallo (et al) o “Los zarpazos del puma” de Patricia Verdugo. Tampoco un ensayo de historia y sociología política como “Chile Actual. Anatomía de un mito” de Tomás Moulián o “El Chile perplejo” de Alfredo Jocelyn-Holt. Ni un simple testimonio personal como “La mala memoria” de Marco Antonio de la Parra. Ni menos todavía un estudio de ciencia política como “El quiebre de la democracia en Chile” de Arturo Valenzuela o “El régimen de Pinochet” de Carlos Huneeus.

¿Qué es entonces? Una crónica, es decir, una narración periodística basada en hechos reales, con ciertos elementos valorativos, que busca poner en contacto al lector no especialista con lo vivido por el autor para invitarlo a reflexionar, en este caso sobre la figura de Pinochet y su trascendencia internacional, especialmente para los ciudadanos de otros países que sienten curiosidad por conocer más sobre una dictadura latinoamericana, impuesta por la torpeza del intervencionismo norteamericano, en respuesta al primer gobierno marxista democrático de la historia, y que junto con asesinar, torturar, encarcelar y censurar sistemáticamente a los disidentes, impuso una economía capitalista de mercado que cimentó las bases de la modernización de Chile.



Se trata, en suma, de un libro de divulgación escrito con parcialidad y subjetividad, como toda crónica, pero sin caer en el discurso panfletario, el morbo sensacionalita ni la “superioridad moral” que algunos se atribuyen para defender los derechos humanos. Ese es su aporte.

Ahora bien, fuera de algunos errores de fecha y ciertas reiteraciones innecesarias, el mayor defecto de esta obra es –como bien señala Patricio Navia- la total ausencia de autocrítica con respecto a los gobiernos de la Concertación. De hecho, el capítulo menos feliz del libro es el que relata este período.

Sin embargo, ninguna sección del libro se compara con el apasionante capítulo sobre el contexto internacional de la dictadura de Pinochet, basado principalmente en los archivos desclasificados de la CIA, que revelan la participación directa de Nixon y Kissinger en la siniestra conspiración contra Salvador Allende, desde el mismo día en que éste triunfó en los comicios presidenciales de 1970 hasta el golpe militar de 1973. Así como el apoyo silencioso de la Casa  Blanca al dictador hasta 1977, año en que Jimmy Carter asume la presidencia y se hace parte de la indignación mundial por las violaciones a los derechos humanos.

De alto valor narrativo son también aquellas páginas que tratan el perfil oportunista de Augusto Pinochet, el polémico caso del desaparecido periodista estadounidense Charles Horman (en que se basó la película “Missing”) y los capítulos sobre la conmovedora lucha política de la oposición por la recuperación de la democracia, particularmente el papel que jugaron el ex Presidente Eduardo Frei Montalva –asesinado subrepticiamente por agentes del Estado en 1982, según lo establece un reciente auto de procesamiento- y Ricardo Lagos, quien después de haber sido arbitrariamente encarcelado, tuvo el coraje de desafiar al derrotado general ante las cámaras de televisión algunos meses antes del memorable plebiscito de 1988.

El capítulo final intenta responder dos preguntas claves para el juicio histórico a la dictadura: si acaso ésta fue necesaria y si el precio que se tuvo que pagar por el cambio económico valía realmente el costo humano. La respuesta del autor si bien es admirablemente negativa, una parte importante de su fundamento raya en la política ficción, ya que no es posible especular, por ejemplo, la suerte electoral de la Unidad Popular de no haber mediado el golpe y la dictadura.

A la hora de juzgar históricamente al régimen de Pinochet, lo más importante –como bien apunta Mario Vargas Llosa- es lo que nos ha mostrado la experiencia política: que los pueblos no necesitan de dictaduras para modernizarse y alcanzar el bienestar. En efecto, varios países latinoamericanos han logrado despegar económicamente a través de políticas de libre mercado sin necesidad de llamar a los cuarteles, sino gracias a una estabilidad democrática que permite el intercambio pacífico de bienes y servicios con otras economías.

Sin embargo, Vargas Llosa advierte que tampoco perdura una democracia política sin desarrollo económico. La pobreza, el desempleo y la marginación son el caldo de cultivo perfecto para el advenimiento de gobiernos populistas, sean de derecha o de izquierda, quienes bajo la falsa promesa de un nuevo modelo de sociedad, terminan ellos mismos transformándose en regímenes autoritarios para contener a los disidentes, como fue el caso de Fujimori en el Perú y actualmente de Chávez en Venezuela, o bien, terminan siendo derrocados por un golpe militar y sucedidos por una dictadura, como sucedió recientemente en Honduras.

De ahí que nos convenga cuidar la democracia si queremos que los distintos individuos y grupos dispongan libremente de sus experiencias de vida, pero esto no se logra únicamente con la pequeña virtud de la tolerancia, sino impidiendo la principal causa del fanatismo político: la insatisfacción permanente de necesidades socio-económicas. Porque nada se gana con invocar acuerdos internacionales de derechos humanos y valores democráticos allí donde no existen las condiciones de existencia necesarias para llevarlos a la práctica. Esa es la reflexión que recojo de esta crónica de un general derrotado.]]></content:encoded>
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		<title>El protagonismo de los jóvenes</title>
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		<pubDate>Tue, 01 Dec 2009 03:00:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Eduardo Saavedra Díaz</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas]]></category>

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		<description><![CDATA[Una condición indispensable para superar la exclusión social que todavía afecta a muchos jóvenes, no es precisamente la participación en una política partidista que ya no les atrae, salvo a quienes participan en ella con el auspicio del cuoteo de los partidos, sino en organizaciones sociales auténticamente independientes, libres de toda instrumentalización partidista.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Uno de los aspectos que más enriquece a una generación respecto de otra es el protagonismo de los jóvenes en la vida social y política. La influencia de la juventud en las decisiones colectivas o de gobierno es lo que permite cambiar o mejorar el orden establecido por los viejos, introduciendo más luz y más aire en la convivencia, muy especialmente en el ámbito de los valores, donde suele imperar una ética autoritaria que busca conducir a los hijos, a través de sus padres, maestros y autoridades, por un “buen camino” basado en una “verdad” que se pretende única y absoluta para toda persona, tiempo y lugar.

La juventud de los ’60, al igual que en otras épocas de la historia, fue una gran generación que se atrevió a preguntar “¿por qué debemos obedecer?”, “¿quién decide lo que es bueno y verdadero para nosotros?” Cuestionamientos que impulsaron la llamada “revolución de las costumbres”, la que se manifestó en el surgimiento de la música rock y el movimiento hippie, pero sobre todo en la disidencia política a través de masivas rebeliones estudiantiles contra un orden social represivo en el que imperaban la desigualdad, el machismo y la segregación racial.

Esta ruptura se vio claramente reflejada en el axial 1968, marcado por la protesta social en las grandes ciudades, como París, México o Praga, en el estridente festival de Woodstock de 1969 en repudio a una guerra absurda (como lo son casi todas las guerras) y en la posibilidad de conquistar el reino de la igualdad a través de la participación de los excluidos en todos los ámbitos de la vida humana.

En Chile, la gran mayoría de la juventud creyó ingenuamente que esta posibilidad era realizable a través del socialismo marxista, pero al no contar este proyecto con el apoyo mayoritario de la ciudadanía para imponerse como forma de vida, se generó un clima de enfrentamiento ideológico, polarización e intolerancia que frustró este anhelo y, consecuentemente, la tentación autoritaria no se hizo esperar. La facción más recalcitrante de la oposición encontró la excusa perfecta del “caos institucional” para dar un golpe de Estado e iniciar una cruenta y extensa dictadura militar que duró hasta que los opositores al régimen autoritario, después de dieciséis años de intensa lucha política apoyada por la condena de los organismos internacionales, lograron recuperar la democracia.

Pero esta recuperación hubiese sido imposible sin el esfuerzo de otros jóvenes rebeldes, los de la década de los ’80, quienes sufrieron más directamente la asfixiante censura impuesta por la represión política. El enorme desengaño que les produjo el quiebre de la democracia, ocasionado en gran parte por la intransigencia de sus antecesores, les permitió adquirir un nuevo protagonismo, creando conciencia en la sociedad chilena de las infames violaciones a los derechos humanos cometidas por la dictadura, la ignominiosa exclusión social causada por un capitalismo elitista que se había impuesto a sangre y fuego, y por ende, la urgencia de retornar a la democracia como posibilidad de reivindicar las aspiraciones de igualdad a través de la participación de los excluidos, pero no al precio de sacrificar burdamente una libertad política que sólo puede garantizar la convivencia pluralista, no la imposición de una sola forma de vida.

Veinte años después de nuestro feliz retorno a la democracia, pese a todas las desilusiones que ha generado tanto las incrustaciones autoritarias impuestas por la dictadura como el anquilosamiento de nuestra clase política en divisiones obsoletas, y cualquiera sea el resultado de las próximas elecciones, la pasiva juventud de hoy también puede llegar a ser protagonista de su tiempo.

Una condición indispensable para superar la exclusión social que todavía afecta a muchos jóvenes, no es precisamente la participación en una política partidista que ya no les atrae, salvo a quienes participan en ella con el auspicio del cuoteo de los partidos, sino en organizaciones sociales auténticamente independientes, libres de toda instrumentalización partidista, en la medida que la juventud se atreva no solamente a cuestionar el status quo, sino a ejercer lo que un joven escritor chileno de los años ‘20, Joaquín Edwards Bello, denominaba “conciencia civil”, esto es el conocimiento que el ciudadano tiene de sus deberes y las aptitudes para defender sus derechos.

En los últimos años, el más fidedigno ejemplo de conciencia civil ha sido la revuelta de los “pingüinos”: un masivo movimiento de estudiantes secundarios que con encomiable independencia y coraje ha demandado la restitución de un sistema educacional que garantice el derecho a una educación digna para todos, en pleno conocimiento de su injusto deber de recibir otra desigual y mediocre. ¿Serán ellos los protagonistas de nuestra época? Pronto lo sabremos.]]></content:encoded>
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