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	<title>El Mostrador &#187; Jaime Retamal</title>
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	<description>El primer diario digital de Chile - Noticias, reportajes, multimedia y último minuto</description>
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		<title>Las siete razones que explican la caída de Beyer</title>
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		<pubDate>Tue, 23 Apr 2013 05:42:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Retamal</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
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		<description><![CDATA[Aquí se analizan cuáles son los factores determinantes del nuevo Chile que explican la caída del ministro de Educación Harald Beyer y que la clase política pasa por alto o definitivamente no ve. Factores sociológicos y culturales de un Chile que llegó para quedarse.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[El guión cinematográfico —porque eso ha sido— al cual La Moneda y la derecha social y política se aferraron durante estas últimas semanas, no pudo ser otro. Lo construyeron desde sus medios de comunicación día a día con un lirismo tan cursi como descarado que uno no podía dejar de sonreír de vergüenza ajena.

Claro que da vergüenza. Porque decir que Mariana Aylwin es una experta en educación, la verdad, sonroja. Decir ahora que el ministro Bitar fue un gran ministro, después de lo discreto de su gestión para el presupuesto de miles de familias chilenas, ruboriza. Decir que José Joaquín Brunner, adalid del ‘udepedismo’, es uno de los expertos más connotados de nuestro país, después de conocer y analizar su tesis de doctorado presentada el 2008 en la Universidad de Leiden, en el marco de un programa de cooperación entre la Universidad Diego Portales que él mismo dirige, es francamente divertido; sobre todo para los cientos de estudiantes chilenos de doctorado que hoy en diversas partes del mundo realizan sus proyectos de tesis buscando con originalidad epistemológica y metodológica nuevos saberes, nuevas perspectivas y nuevas preguntas que iluminen las ciencias y presten servicio a nuestro país.

José Joaquín Brunner, cuando se mira cada mañana al espejo, ve sin sorpresa no su particular rostro, sino el de Bryce Echenique copiándose a sí mismo. Hoy ya no tiene validez la primera parte del descubrimiento realizado hace algunos años por el historiador Alfredo Jocelyn-Holt en un discurso en la Universidad de Chile, pero vaya que sigue teniéndola su segunda parte, cuando dijo que “el Sr. José Joaquín Brunner no dispone de ningún grado o título académico universitario […] ello sin embargo no ha impedido que se le considere desde hace años ‘experto’ en educación, convirtiéndose en, sin duda, el principal artífice de la administración del modelo educativo nacional, legado de la dictadura…”. Hoy Brunner ya tiene su doctorado. Finalmente para eso están los amigos y podemos entender —en su caso particular— que se haya copiado a sí mismo. Además todos tienen derecho a superarse y no sólo Luis Jara. El punto es que las instituciones universitarias se lesionan y el resto de la comunidad académica se inquieta cuando no puede hacer nada ante situaciones que involucran a los amigos del poder político institucional de turno.

En fin, la política académica-universitaria es así. El punto es que cuando esos intelectuales posan de expertos en los medios afines a intereses económico-políticos y se prestan para <i>lobbys</i> quién sabe para obtener qué ganancia, y no lo sabemos o no lo vemos, lesionan con ello a toda una comunidad científica que, movida por intereses país, quiere lo mejor para la educación chilena.



¿Y Beyer? De Beyer nadie sensato puede decir que es un experto o un gran académico, porque no lo es. Lo grafico así. Un gran profesor de filosofía moderna, cuando un estudiante le preguntó socarronamente sobre la controversia respecto a la existencia del alma, éste le respondió de la misma manera, “¿cómo vamos a dudar de la existencia del alma si hasta el gran Iván Zamorano dijo el fin de semana ‘<i>jugamos con toda el alma</i>’?”

Bueno, si hasta nuestro gran Patricio Navia dijo por estos días en Twitter que <i>“Revisando papers académicos indexados ISI de H Beyer. Uno en 10 años. Respetable intelectual. Pero gob de Piñera siempre exagera laureles.”</i>, entonces no caben dudas. Copiar marcos teóricos foráneos y aplicarlos a nuestro contexto te hace un gran experto en replicar fórmulas, no en un gran intelectual. John Dewey cuando se quejaba y advertía al mismo tiempo: “Existe una tendencia a convertir los resultados de las investigaciones estadísticas y los experimentos de laboratorio en direcciones y reglas para la organización e instrucción escolares […] no existe así el tiempo necesario para aquel lento y gradual desarrollo de teorías independientes que es una condición precisa para la formación de una verdadera ciencia”.

Como decíamos al inicio de este análisis, toda esta saturación mediática por la caída de Beyer no responde sino a un guión cinematográfico perfectamente urdido. Y el mismo ex ministro se aferró a ese guión por considerarlo digno de él, un cuadro, un intelectual formado para la lucha y el sacrificio hecho política.

Beyer se sabe protagonista esta vez y ha cumplido el papel que le escribieron a la perfección, pues es un papel para el cual ha sido educado y entrenado. Como en <a href="https://www.youtube.com/watch?v=wQhwi8kk-dE">Toro Salvaje, la famosa película de Martin Scorsese</a>, hemos visto esta última semana a ‘nuestro’ Toro Salvaje, Harald, dentro un <em>ring</em>, solitario pero listo para el combate, lanzando el típico juego de puños al viento contra un enemigo imaginario, saltando de aquí para allá con ese movimiento de caderas que hace bailar la bata <em>animal print</em> como una especie de capa de superhéroe, un Toro Salvaje envuelto en el lirismo tan cursi como predecible del <em>intermezzo</em> de la Cavalleria Rusticana que le da al blanco y negro o al espesor del gris de la película de Scorsese, un <i>sfumato</i> inmemorial, mítico, que sólo los flashes lo retrotraen a la realidad, la triste y dura realidad, la de un boxeador que terminará sus días obeso en bares de mala muerte por mucho trote madrugador que haga.

Pero qué sucede. Sucede que Toro Salvaje no ve lo que nosotros los espectadores vemos en primer plano. Vemos los elásticos del ring, la jaula invisible del boxeador, el cuadrilátero ideológico del cual no puede salir y que lo condena a ser la comparsa de una pelea que él cree suya, pero que no es más que un pacto entre managers desalmados que lo instrumentalizan todo, los Don King de la política chilena, los Piñera, los Larroulet, los Ibañez, los Matte, pero también los Brunner, las Aylwin, los Correa-Sutil. Ellos han querido arreglar una pelea con las reglas de un viejo Chile, a punta de columnas de opinión, cartas al director, almuerzos de desagravio, de argucias y leguleyadas típicas de abogado a sueldo chileno, y con un sin fin de chapucerías tan evidentes como vergonzosas. Desde el vespertino del viernes hasta los matutinos del domingo, los diarios del país no han parecido sino suplementos sobre Harald, sin embargo Harald cayó, y esos mismos suplementos que ayer fungían de <em>lobby</em> para la clase política, hoy sólo sirven para envolver la reineta que el fin de semana compraremos en las ferias libres del país.

La pregunta importante de hacerse es ¿qué está sucediendo en este país que nos podría explicar tamaña derrota de este Toro Salvaje chileno?; ¿dónde estuvo el <i>uppercut </i>que no vieron venir?; ¿es sólo politiquería de baja estofa? Por cierto, no. Ese tipo de hermenéutica es tan mercurial como las columnas del rector Peña. Demos siete breves interpretaciones plausibles de lo que está ocurriendo en este Chile que cambió y que explican la caída de este tan extraordinario ‘Harald Toro Salvaje’, el boxeador de todas las batallas de la derecha chilena.
<h3><b>1.- Ganó la calle</b></h3>
Es el primer factor que explica la caída de Beyer. Sin duda ganó la calle, pero no cualquier calle, porque hace rato que la calle cambió. ¿Cómo así? El otro día tuve la suerte de encontrarme con un genio, un joven de no más de 25 años un tanto adrenalínico y dispuesto a tragarse el mundo de un bocado, por cierto, un tipo fuera de serie. ‘Sube al cerro de noche y mira Santiago —me dijo— mientras tú ves millones de televisores encendidos, yo veo celulares produciendo e intercambiando opinión’. La calle no es la turba desenfrenada de jóvenes revolucionarios queriendo destrozarlo todo. La calle no es el lugar de la impolítica, la mala política o el espacio de espíritus enajenados resentidos, bárbaros. Hace ya un buen tiempo que la calle se está transformando en el lugar donde se están configurando nuevas percepciones sobre un conjunto de derechos que teníamos olvidados, por cierto, el derecho a una educación gratuita, justa y de calidad, pero también, es lo que quiero destacar, el derecho a la resistencia. La calle es donde el derecho a la resistencia se hace patente no porque tengamos un tirano que nos gobierna, sino porque tenemos una Constitución autoritaria y antidemocrática que nos atenaza institucionalmente, política y económico-socialmente. La calle significa en primer lugar derecho a resistencia. Pero, en segundo lugar, la calle que gana es sobre todo una calle 2.0 —esos miles de celulares produciendo opinión— las calles de las redes sociales que se expresan, además, en el cemento de las marchas. No lo vemos, porque vemos televisores. Pero bueno sería que aquellos que tanto difaman la calle un día marchen; Villegas, Peña, Colodro y tantos otros que sentados en sus sillones Chesterfield critican la calle fumando puro y leyendo a Freud. Chile cambió.
<h3><b>2.- La derrota de los PhD.</b></h3>
Es el segundo factor relevante. La Concertación se armó en sus inicios con una serie de “PhD de palo” y otros “PhD de verdad” que llegados de Londres, París o Norteamérica juraron traer la panacea educativa y se sentaron en los sillones del Mineduc, el Ministerio de Hacienda o La Moneda, y armaron y desarmaron sus pactos con la derecha educativa a fin de quedar bien con Dios y con el Diablo, para articular el tan mentado negocio, la industria de la educación en Chile. Se apoderaron con un discurso adornado de racionalidad tecnocrática —pero sin historia y sin humanidades— de las decisiones del Ejecutivo y realizaron la peor de las reformas educativas que jamás nuestro país hubiese conocido, además la hicieron no sólo desde la perspectiva financiera, jurídica y administrativa, sino que también las emprendieron con una reforma cognitiva que hoy tiene a miles de nuestros niños y jóvenes sin filosofía, historia, arte, música o economía, que si la tienen no es más que el Reader’s Digest que necesitan para la tontificación de la masa trabajadora. Chile cambió y hoy le pide a los PhD, los de verdad y los de mentira, ya no más su adecuación a sus cuentas corrientes, sino su adecuación a lo que el país necesita críticamente.
<h3><b>3.- El cambio en la representación de los intelectuales</b></h3>
El tercer factor importante a considerar es que hace ya algún tiempo, mientras caían los tecnócratas, mientras caían los Velasco y los Beyer, viene emergiendo una serie de intelectuales que no están dispuestos a ser serviles con los intereses meramente económicos de nuestro país, por una parte, pero que también quieren reivindicar la historia de intelectuales que ha tenido nuestro Chile que no se han dejado llevar por el culto a las estadísticas, el análisis empírico analítico o la economía neoclásica rampante. En todas las universidades los hay, no tienen la voz principal porque —hay que decirlo— los rectores les temen, no vaya a ser que hablen de más y se produzcan problemas o daños colaterales como que, de un día para otro, las comunidades académicas se alcen en pos de la democracia universitaria. Mala cosa para ellos. Pero están ahí, escriben libros, <em>papers</em>, artículos, columnas de opinión y de una u otra manera están levantando la voz.
<h3> <b>4.- El hastío por la educación como bien de consumo</b></h3>
Es el cuarto factor determinante. Si alguna vez fue un negocio y una industria incluso para las chicas y chicos de la Concertación —qué decir para los comunistas, la iglesia Católica y los masones— hoy ya resulta casi insoportable seguir considerando a la educación como un bien de consumo o un bien de inversión. Produce hastío y asco. La educación entró en tierra derecha en el área de los derechos fundamentales y hay que decirlo claramente: si la educación es ofrecida por Bachelet o quien sea como gratuita en un contexto en el que sigue siendo considerada un producto de consumo y de mercado, nadie, pero absolutamente nadie va a aceptar tamaña gratuidad. En un contexto de mercado todos dudamos de aquello que nos regalan gratuitamente, aunque sea una muestra o un pedacito del nuevo chorizo valdiviano en el Jumbo. Es necesario, para este Chile que cambió, comenzar a pensar —incluso la DC— cómo articular una nueva educación pro-país como en Finlandia, tal cual.
<h3><b>5.- La batalla por Bachelet.</b></h3>
Es el quinto factor, qué duda cabe. Bachelet que no sabe estar mal con nadie, que no sabe quebrar huevos, que no duerme bien si tiene la imagen en su subconsciente de alguien en las calles o arriba de una grúa gritándole por sus derechos; Bachelet que gusta de callar y ‘pasar’ ante situaciones complejas siempre y cuando no haya operado su leal Escalona o su fiel Andrade o sus orgánicos Correa, Garretón y Ottone; Bachelet es un factor en cuanto está librada la batalla por ganársela. Ella no está claro que haya decidido jugársela por uno u otro sentido: un día es muy pro Escalona-CPC y otro es muy Giorgio Jackson y los sentidos de la ciudadanía. Un día ella está en Los Morros y vocifera que ella es de ahí y otro en una cena con empresarios y <a href="http://www.elmostrador.cl/noticias/2013/03/16/la-reservada-comida-que-michelle-bachelet-compartio-con-empresarios-de-la-colectividad-arabe-4/">sin cámaras de tevé ni puntos de prensa</a>. Ella se deja querer y en ese dejarse querer, está olfateando quién es quién, es decir, quién le puede rendir más en la popularidad que la fortalece y empodera. Un día nuestra reina y madre es de izquierda y el otro es de centroderecha. No importa. Está esperando quién gana la batalla de su corazón. Con la caída de Beyer, es cierto que el principado de la DC, los Patricio Walker, los Undurraga, los Orrego, perdieron sus batallones, y los Girardi, avanzaron considerablemente.
<h3><b>6.- La insignificancia de Piñera</b></h3>
Es el sexto factor, el de la insignificancia —concepto tomado de Castoriadis— de nuestro Presidente. Piñera ha disuelto la Presidencia en farándula, exposición mediática de errores, salidas de los ministros a ningunear a la clase política y a los parlamentarios; Piñera ha hecho de la política una impolítica, una política de ninguna cosa o de nada que sea la cosa pública: los almuerzos de Lavín, las bravatas de Matthei, las campañas Elige Vivir Sano, los Simce, las remodelaciones de la Plaza de la Constitución, qué sé yo, se ha comportado como un candidato más llamando a la candidata Bachelet a terreno cuando él debiendo estar en terreno no hace más que ajustar sus tres pantallas de computador (¿quién puede tener tres pantallas de computador en su escritorio? …sólo Gordon Gekko) para ver cómo siguen las encuestas. Piñera no tuvo ninguna importancia en la caída o no caída de Beyer, y cuando leyó el <em>bluff</em> de Bianchi demostró ser un pésimo jugador de póker, porque quién ganó fue sin duda la UDI y su lógica schmittiana de la guerra y de los enemigos. Piñera no es factor.
<h3><b>7.- El ‘bullshit’ de Harald</b></h3>
Es el séptimo factor y no por ello el menos importante. Harald, el Toro Salvaje de la derecha política chilena, jugó su juego desde el primer momento en que le plantearon el guión cinematográfico de su propia caída, y lo jugó a la perfección. Este fin de semana incluso se atrevió, sentado como un lobo estepario en la escalera de su casa, a fotografiarse leyendo una serie de textos compilados de Hannah Arendt, en un libro  titulado “¿Qué es la política?”. El mensaje es claro y lo fue desde el primer momento: la política es mala y ese juego no es para quienes como yo, debemos ser santificados como uno más de los Sócrates de la polis o los Thomas Moro del reino. Qué mala lectura de Platón (… si supiera quién era ese Platón) en todo caso y qué burda lectura de la política y de Hannah Arendt. A la derecha se le sale el autoritarismo por los poros con su lenguaje militarista, como lo dijera con sus palabras Jocelyn-Holt este fin de semana. O dicho de otra manera, los amigos de Harald son los mismos que llaman ‘política’ a todo lo que no es ‘política de derecha’, como dice Carlos Pérez Soto. Fue en realidad la <em>perfomance</em> de Beyer un triste espectáculo: diciendo en un canal de TV que él era el único en el país que había leído por completo la acusación; diciendo en otro canal que él estaba del lado de la razón; diciendo de cara al país, usando el mismo lenguaje pinochetista, que todo no era más que politiquería y demagogia… ¡Bullshit! Sí, ¡Bullshit! Fernando Atria, en su libro ‘La mala educación’ nos dice qué debemos entender por aquel hombre que sólo dice “Bullshit”; lo hace citando al filósofo Harry Frankfurt: es esa persona que no le interesa ni la verdad ni la falsedad, aquel que “no está en absoluto en los hechos, salvo en la medida en que ellos sean pertinentes para su finalidad de salirse con la suya con lo que dice. No le preocupa si las cosas que dice describen la realidad correctamente. Él simplemente las toma, o las inventa, para servir sus propósitos”.

Creo que después de toda su <em>perfomance</em> final, no hay nadie que no se convenza, sobre todo leyendo al Harald Beyer político este fin de semana, que su discurso es un puro y gran Bullshit. Tan liviano como —que me perdone Roger Ebert que la consideraba una gran película— el Toro Salvaje de Scorsese bailando en la bruma del <em>intermezzo</em> de Mascagni.]]></content:encoded>
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		<title>La derrota de la elite</title>
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		<pubDate>Fri, 05 Apr 2013 05:42:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Retamal</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Los tecnócratas mimados de costumbre callaron. Esos mismos que escribieron esa carta grandilocuente y avasalladora del sentido de la calle y de la movilización social, esos que nos hablaron desde el púlpito de lo que ellos llaman ‘evidencias empíricas’, la red de inmunes al calor de la calle, la elite de PhD. y habitué de las páginas sociales, amigos de cócteles y cumpleaños de la ‘señora’, la elite que nos tiene en lo que estamos, en una meritocracia de ficción ambigua, con una educación de ‘Padre y Señor mío’, sin sentido público y Republicano, sin sentido de país y con olor a ‘voucher’ y subvención, esos mismos, enmudecieron.
]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Ayer, el cenáculo de expertos enmudeció. Cada uno tenía en sus bolsillos una bolsa con doce monedas y literalmente no sabía qué hacer con ellas. Era un silencio que jamás lo vieron venir. La mesa estaba servida, creían. Los medios más importantes del país habían montado una operación estratégica de defensa a Harald que resultaba una perfecta anticipación de victoria. Ellos habían sido parte de la misma, gustosos. No había por dónde imaginar que perderían. Acostumbrados ya desde tiempos de la Concertación a imponer sus términos, habían aprendido hace rato el lenguaje de la vanidad intelectual y el narcisismo teórico, más conocido en epistemología como solipsismo metodológico. Pero no. Estaban mudos. No lo podían creer. La acusación en contra de uno de los suyos, de uno de sus consentidos, en contra de Harald había prosperado. La cena y las monedas de una nueva traición rápidamente se avinagraban y no sabían qué corear, pues tenían pensado, después del postre, una vez saldadas las monedas, cantar como de costumbre el himno nacional.

No. Esta vez el sentido común, la calle, esos enternecedores abuelos que marcharon jornada a jornada, esos miles de jóvenes que discutieron con pasión y sin miedo, esos miles de papás y mamás que respondieron encuesta tras encuesta, que sí, que la movilización social era justa, que la tradición desde tiempos de Pinochet pasando por la Concertación, esa tradición de lucrar o hacerse ricos con la educación de los demás, no podía seguir, sí, esos mismos ayer, por única vez, ese sentido común, se hacía realidad y emergía como un acontecimiento histórico y sin precedentes, para decir nunca más, aunque vuelva Bachelet, la educación será un valor que se transa en el mercado al precio de doce monedas. 



La épica del acontecimiento fue memorable. Beyer caía. Pero Beyer no caía solo. Caía junto al cenáculo de tecnócratas de las políticas públicas, esos intelectuales que escriben semana a semana generando opinión en los medios del duopolio, o en las radios pro mercado, o en las mesas de televisión que lo empatan todo tal cual el binominal. Esta vez no caía solo el ministro Beyer. Caían Carlos Peña y José Joaquín Brunner y todo su ‘udepedismo’ militante en pleno que, concertados con académicos de la Adolfo Ibáñez, la Pontificia Universidad Católica (de Chicago…como le decíamos) o la Universidad del Desarrollo que nada tiene que envidiarle —en lo de consentido decimos— a la Universidad de Chile de Diagonal Paraguay, todos esa red de vanidades anglo-chilena caía, cayó y —creemos— caerá con Beyer, el tecnócrata mimado de Bachelet, el genio de los grupos Tantauco, el gásfiter del Centro de Estudios Públicos. 

Él entró en un desenfreno total. Pensó que todavía era el joven de la Chile de Diagonal Paraguay y que podía acusar con rabia e ira al Congreso de politiquería. Vociferó como nunca lo habíamos visto. Con sus tristes ojos de derrota desorbitados amenazó, literalmente, al Senado para que lo votaran a favor en lo que sigue. Antes de esperar la ducha fría del camarín, apareció ante los medios como el Fantasma Figueroa de La Moneda, con todo, acusando a los árbitros, la ANFP y a la FIFA por cierto. Error de niño consentido. 

Los otros no. Los tecnócratas mimados de costumbre callaron. Esos mismos que escribieron esa carta grandilocuente y avasalladora del sentido de la calle y de la movilización social, esos que nos hablaron desde el púlpito de lo que ellos llaman ‘evidencias empíricas’, la red de inmunes al calor de la calle, la elite de PhD. y <em>habitué</em> de las páginas sociales, amigos de cócteles y cumpleaños de la ‘señora’, la elite que nos tiene en lo que estamos, en una meritocracia de ficción ambigua, con una educación de ‘Padre y Señor mío’, sin sentido público y Republicano, sin sentido de país y con olor a ‘voucher’ y subvención, esos mismos, enmudecieron. Como cuando cayeron las Torres Gemelas, no podían creer que Harald, el sacristán de su iglesia, fuese acusado y puesto con ellos —ese es el punto— como símbolo de la derrota más estrepitosa que hayan sufrido.

¿Quiénes eran? Digámoslo con todas sus letras y apellidos, total ellos mismos se pusieron ahí para ser recordados como los nuevos ‘niños símbolo’ de la Chacarillas 2.0, una que reniega del padre pero acepta su metodología económico-social, hablo de Claudio Agostini, José Miguel Benavente, Jorge Navarrete, Gonzalo Bustamante, Max Colodro, Vittorio Corbo, José de Gregorio, Eduardo Engel, Ronald Fischer, Francisco Gallego, Guillermo Larraín, Fernando Lefort, Aldo Mascareño, Patricio Meller, Alejandra Mizala, Leonidas Montes, Patricio Navia, Andrea Repetto, Klauss Schmidt-Hebbel, Sergio Urzúa, Mauricio Villena, y sus arquetipos <em>par excelllence</em>, Carlos Peña y José Joaquín Brunner, y más, obviamente, todos esos ‘Pedros’ que hasta ayer en la noche renegaban hasta tres veces de ese modelo al cual habían jurado lealtad y obediencia. No olvidemos que las ‘Magdalenas’ de Beyer que hicieron lo imposible por defenderlo del sentido común, Loreto Cox y Sylvia Eyzaguirre, también lloraron ante la evidencia que jamás pensaron elegiría a Barrabás.

Este cenáculo, el visible y el invisible, símbolo del anti-sentido común, los ‘Judas’ de la movilización social, cayó con Beyer. Se terminó por fundir en su propia hoguera de vanidades. Para ellos seguramente será la oportunidad de insuflarse todavía más los espíritus de la pureza intelectual y aprovechar todos los medios para acusar al Congreso de corrupto y politiquero. Pero todos sabemos que tan sólo ayer le daban los votos a un condenado para ser vicepresidente de la Cámara. Sabemos cómo son y sabemos cómo operan.

Lo que les ocurrió es que con Beyer han quedado aún más desenmascarados y la movilización social adquiere como nunca una legitimidad político-institucional que no tenía, por que obtusos por esta elite, los políticos profesionales creían o seguían creyendo que el lucro era una mentira más de jovencitos en la calle protestando por más oportunidades de consumo o por menos Dicom. Qué equivocados estaban. Sabemos que la élite PhD. volverá, son legión; pero no podrán borrar fácilmente esta victoria de la calle y del hombre común.]]></content:encoded>
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		<title>Beyer y sus víctimas</title>
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		<pubDate>Wed, 27 Mar 2013 05:43:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Retamal</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Beyer]]></category>
		<category><![CDATA[Educación]]></category>
		<category><![CDATA[Elite]]></category>
		<category><![CDATA[víctimas]]></category>

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		<description><![CDATA[Es el mismo juego que hoy defiende a Beyer y que lo salvará ileso y fortalecido. Lo repito, no es solo el juego de la derecha política que ha hecho de la educación uno más de los bienes de consumo, instalando exitosamente el discurso y la lógica del capital humano en nuestro país; tampoco es sólo el juego del “udepedismo” liderado por José Joaquín Brunner y el mismísimo rector Carlos Peña, que cuando les conviene introducen el discurso de la administración imperfecta del Estado, de su institucionalidad deficiente, o derechamente el discurso tecnocrático rampante (sí, rampante). 
]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Ha sido completamente abrumador comprobar cómo la élite de nuestro país ha salido a defender a Harald Beyer, el ministro que hoy está en el banquillo de los acusados. Sin ninguna duda se trata, a simple vista, de una extraña defensa corporativa. Decimos “extraña” pues no podemos decir que todos los defensores sean de una misma facción política, o que provengan de una misma academia universitaria, o de un mismo centro de operaciones discursivo-ideológico, los así llamados “think tank”. Es decir, esta defensa corporativa no proviene toda ella de la derecha política, así como tampoco de la Universidad Diego Portales, o de Libertad y Desarrollo más el Centro de Estudios Públicos.

Desde esos grupos de interés, ciertamente, provienen las más genuinas y entusiastas apologías, pero sería completamente erróneo no advertir, para quien pretende configurar un argumento más crítico y comprensivo, que la defensa “a” y “de” Beyer es mucho más transversal que esos tres grandes centros de producción discursiva e ideológica. Son tres poderosísimos centros que pujan en los medios, copándolos, por desarticular la acusación constitucional en contra del ministro con argumentos, algunos muy fallidos y otros francamente torpes <em>ad intra</em>, pero muy persuasivos en sus formas externas, y muy persuasivos además por los medios de comunicación a través de los cuales los transmiten en prensa, radio y televisión.



Se puede decir que es normal que así sea, pues ¿dónde se ha visto a la derecha renegar de aquello que vienen haciendo con la educación pública desde la época dictatorial hasta nuestros días? ¿Dónde se ha visto a una universidad privada en Chile defender lo público en educación, sobre todo cuando el color del dinero público alimenta sus venas de producción académica y científica? ¿Dónde se verá ¡jamás! que un <em>think tank</em> de un color político determinado destiña con colores opuestos? Y obviamente, nunca veremos a medios comprometidos ideológicamente hacer y promover una opinión pública contraria a sus intereses.

No obstante, en esta aparente normalidad en la que, en una comunidad de comunicación democrática cada cual representa discursivamente y mediante opiniones su propio interés en la plaza pública en vistas a la resolución de conflictos comunes, hay un problema fundamental: en esa comunidad de comunicación democrática no sólo prima un nivel semántico de discurso, nivel que nos permitiría reconocer el lugar de procedencia ideológica de quien lo promueve, sino que sobre todo prima —y esto es lo decisivo— un nivel discursivo pragmático-retórico, donde la “fuerza” de la persuasión determinará la conclusión final y la resolución del conflicto. Por el discurso no sólo se comprueba la procedencia ideológica de quien lo profiera, sino que sobre todo se comprueba su nivel de persuasión a la hora de zanjar un conflicto.

El punto es que en esa aparente normalidad está encerrado uno de los principales problemas de nuestra democracia. Me refiero al problema del diálogo y el discurso —sobre todo en su nivel persuasivo de poder— en medio de un conflicto social de envergadura como el de la Educación. ¿Quién defiende a las víctimas? ¿Quién se pone en el lugar de ellas para producir una emergencia discursiva coherente y competente en vista a solucionar un conflicto? ¿Quién puede refutar persuasivamente desde la perspectiva de las víctimas la andanada de neoliberalismo en educación? Creo que si miramos así las cosas, es sumamente grave —y simbólico— lo que está ocurriendo con la acusación constitucional que tiene al ministro Beyer en el banquillo.

En principio debiese ser la lógica del Estado la que resguarde a las víctimas. También, por supuesto, la lógica de la Constitución. A las víctimas de un sistema educativo que no hace más que apilarlas y clasificarlas en el inventario de los desposeídos. ¿Quién ha planteado, por sólo dar un ejemplo, seriamente lo que significa para los miles de escolares de liceos técnico-profesionales el haber sido excluidos <em>ex profeso</em> de poder rendir en igualdad de condiciones una prueba de selección universitaria? ¿Quién? Nadie.

Esos miles de condenados por el sistema perverso de una prueba no tienen voz y son las nuevas víctimas de una democracia en la cual ni el Estado ni (¡atención!) la Constitución se salvan de una lógica neoliberal, autoritaria y burocratizante. Y los gobiernos que han administrado ese Estado y esa Constitución no han hecho sino seguir el juego. Hoy más que nunca con un gobierno de derecha, claro, pero habría que pensarlo muy bien si mañana será más de lo mismo con un gobierno de centroizquierda. Todo el juego nos hace pensar que sí.

Es el mismo juego que hoy defiende a Beyer y que lo salvará ileso y fortalecido. Lo repito, no es solo el juego de la derecha política que ha hecho de la educación uno más de los bienes de consumo, instalando exitosamente el discurso y la lógica del capital humano en nuestro país; tampoco es solo el juego del “udepedismo” liderado por José Joaquín Brunner y el mismísimo rector Carlos Peña, que cuando les conviene introducen el discurso de la administración imperfecta del Estado, de su institucionalidad deficiente, o derechamente el discurso tecnocrático rampante (sí, rampante).

Todos ellos no hacen sino llevar el estandarte de una comprensión de lo social, cultural, económico y político mucho más generalizada de lo que se cree. Es un discurso que transversaliza también a la Concertación; y tal vez que no sólo la transversaliza, ahí el punto, sino que la bombea con oxígeno discursivo en su corazón, a veces —las más de las veces— tan vacuo y soberanamente indócil con las víctimas del modelo. En todo ello, el Senador Quintana —como se dice— es el “tonto PPD útil” del momento. Después seguramente será Guido Girardi, cuando se articule la idea de un complot contra Beyer, “el Código Beyer”, liderado por la curia guirardista. La prensa sabrá cómo hacerlo.

En fin, toda esa novelita la conocemos ya de memoria. El problema es mucho más grave y es otro. El problema no es solamente Harald Beyer. Tampoco lo que él simboliza. El problema, en concreto, son las víctimas. Seguramente de ellas nadie querrá ni hacerse cargo ni hablar. Así las cosas, su única posibilidad de diálogo, por muy paradójico que parezca, será otra vez la calle y el movimiento social.]]></content:encoded>
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		<title>Acusación contra Beyer: otro ardid de la Concertación</title>
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		<pubDate>Thu, 21 Mar 2013 06:43:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Retamal</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La paradoja será brutal, porque la derecha política, el gobierno piñerista y el propio Ministro Beyer argumentarán a su favor precisamente esto: ellos sí que se han ocupado de las demandas de los movimientos sociales por la educación; ellos sí que han fiscalizado, sancionado y hasta cerrado universidades que lucran; son ellos los depositarios más auténticos de una demanda justa del ciudadano medio común y de las familias de clase más humilde que esperan del Estado una provisión de calidad educativa. Brutal.
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				<content:encoded><![CDATA[Ahora resulta que la Concertación está firme con el movimiento social por una “educación justa”, está firme contra el lucro en la educación superior, y está firme con provocar la caída de un ministro de Educación que los ha ninguneado hasta el hartazgo, de todas las formas posibles y en todos los medios posibles.

La Concertación ha presentado una Acusación Constitucional contra Harald Beyer “por infracción y omisión de las disposiciones de la Carta Fundamental, al no hacerse cargo de las denuncias de lucro en la enseñanza superior”.

¿Significa esto que la Concertación, ahora sí, está de parte de los movimientos sociales, de esos mismos que tan sólo ayer, no han hecho sino capitalizar el desprecio y descrédito que la ciudadanía tiene por “los que administraron la educación neoliberal de Pinochet”?



¿Es que la Concertación escuchó la voz del pueblo, finalmente, en una de las materias fundamentales de la educación, como lo es el derecho inalienable a recibir una educación de calidad sin importar la cuna del hogar donde uno nazca?

La paradoja será brutal, porque la derecha política, el gobierno piñerista y el propio Ministro Beyer argumentarán a su favor precisamente esto: ellos sí que se han ocupado de las demandas de los movimientos sociales por la educación; ellos sí que han fiscalizado, sancionado y hasta cerrado universidades que lucran; son ellos los depositarios más auténticos de una demanda justa del ciudadano medio común y de las familias de clase más humilde que esperan del Estado una provisión de calidad educativa. Brutal.

La Concertación se prepara para la justa electoral y la cuenta es más alegre que triste o preocupante pues, aunque les enrostren que durante 20 años no hicieron nada, lo concreto es que ahora sí, después de escuchar las calles y a los estudiantes en ellas, ahora sí que actúan, proponen y operan contra el lucro… y operarán… ahí la promesa, ahí Bachelet.

¿Resulta creíble este relato?, ¿no es un ardid más?, ¿no estamos de nuevo ante la administración del espectáculo político que tanto tuvimos que sufrir con la Concertación?, ¿no es esta la mejor manera de quitar la agenda a los estudiantes que ya anunciaron marchas para abril, y no sólo la agenda, sino también el discurso, los argumentos y sus consignas?, ¿qué pueden decir ahora los estudiantes de creíble que no tenga, por ambas partes del binominal, acciones concretas en vistas a desterrar el lucro en la educación?

Es muy difícil la tarea que tienen los estudiantes y el movimiento social por la educación, porque desenmascarar al binominal, es decir a las fuerzas de la política chilena respecto a su ambigüedad sobre el lucro en educación, cuando ambas coaliciones tienen ahora acciones sobre la mesa, será, por decirlo menos, cuesta arriba.

Tal vez exagero. Tal vez sólo basta decir “no les creemos”.

<a href="http://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2013/03/19/enrique-correa-la-impresion-de-que-los-movimientos-sociales-han-reemplazado-a-la-politica-es-una-ilusion/">Tan sólo ayer Enrique Correa decía</a> que “ha regresado la política en plenitud. El 2011 dio la impresión de que los movimientos sociales habían dejado a la política de rodillas. Eso es una ilusión”. No hablaba por sí sólo, hablaba por todo el <em>establishment</em> concertacionista, que hace rato eligió la dicotomía —absolutamente maniquea por cierto— “Movimientos Sociales <b>contra</b> la Política”. Con esa maniquea dicotomía, Enrique Correa nos recordó, al igual que Ernesto Ottone hace un par de días, que hoy la sociedad lo que exige es otro tipo de política, pero política al fin, las llamadas “políticas de inclusión”. Hoy ya no necesitamos a los movimientos sociales, hoy necesitamos a la política. El mismo Ottone siempre lo predicó a través de El Mercurio, su tribuna, <a href="http://diario.elmercurio.com/2011/09/03/nacional/politica/noticias/6B60DB3B-83C1-4BFE-9B40-4278A89CC3FA.htm?id=%7B6B60DB3B-83C1-4BFE-9B40-4278A89CC3FA%7D">desde el 2011 incluso como se puede leer</a>: “La oposición, por su parte, debe esforzarse por recobrar su extraviada autoestima para contribuir a la búsqueda de soluciones desde la autonomía de la acción política”. ¿Cuál política, cuál es su especial consigna ahora? Inclusión, políticas de inclusión: Bachelet 2.0.

Y hablo de Enrique Correa y de Ernesto Ottone casi como si ellos fuesen los “niños símbolo” de la Concertación <b>verdadera</b>, la del poder, la dominación y el control: el famoso “Mapu-Martinez”, ese especial partido transversal —¡qué digo partido! ¡directorio!— esa red subterránea de dirigentes e intelectuales de cultura política social cristiana y social laica que nos gobernaron, presidentes más presidentas menos, durante 20 años. Es la Concertación “<b>de</b>” Bachelet, pero entendiendo es “<b>de</b>” no como si ella fuese un núcleo fundamental, sino más bien como lo que es, a saber, un producto más “<b>de</b>”  esa transversalidad que verdaderamente tiene el poder y lo administra. Han vuelto y en todo su esplendor, donde efectivamente está el poder, no por supuesto en los movimientos sociales. Vuelven como saben, en forma de política”. Al fin y al cabo ¿qué es la política? A ninguno de ellos hay que recordárselo, después de El Príncipe, todos lo sabemos.

<b>La pregunta es obvia</b>

¿Alguien puede creer que esta Concertación, la verdadera, el “Mapu-Martínez”, estará en contra el lucro <b>“regulado”</b> en la educación superior? Si son ellos los que han ideado la administración del modelo, por qué iban a estar en contra de su propia criatura. Además, “Brunners” hay hoy muchos más que en los inicios de los 90.

A veces, las más de las que uno podría soportar, la Cámara de Diputados ha hecho el ridículo ante el país. Esta vez no será así. La justificación contra Beyer es rotunda. El problema es que se configura el perfecto ardid contra una movilización social que aún hoy tenía argumentos para no creerle ni a la “Concertación soft” de la Cámara, ni menos a la “Concertación Mapu-Martínez” de Bachelet. Es un ardid en forma de política. El perfecto ardid.

Tal vez exagero. Tal vez sólo basta decir “no les creemos”.]]></content:encoded>
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		<title>Se viene Marzo</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Feb 2013 05:40:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Retamal</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Estoy preparando tres columnas para marzo, una sobre ‘los parias de la PSU’, otra sobre ‘su ideólogo’ Cristián Cox, y finalmente otra sobre ‘lo que aprenden los niños de nuestra elite conservadora’. Tres columnas para reflexionar, en un año que nuevamente estará marcado por movilizaciones estudiantiles, sobre lo que han hecho con nuestra educación y sobre lo que esperamos desde una conciencia más crítica de cara al siglo XXI.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[El centro de Santiago ha estado muy agradable estas dos últimas semanas, menos congestionado, menos frenético, con un ritmo que llama al paseo que, perdido y sin ninguna diligencia que realizar, se deja llevar de librería en librería, partiendo desde el Paseo Bulnes hasta el barrio Bellas Artes o caminando desde República hasta Lastarria, en todos los extremos, por supuesto, de librería a librería. El café, la sandwichería, el restaurant son buenas oportunidades para sentarse al medio del trayecto y dejarse llevar por la lectura tranquila de ese libro que compramos con o sin razón, no importa, en cualquiera de los extremos. Santiago hace rato ofrece una buena oportunidad para dar un paseo cívico, para pensar en uno mismo o para dejarse llevar por el fisgoneo, el voyerismo inteligente, o el delirio posmoderno de hacer todo y nada, pues repito poco importa. Muchos cronistas han destacado este lugar común sobre Santiago, y de verdad, tienen toda la razón: Santiago se puede descubrir y un buen ejercicio es hacerlo desde el extremo de una librería hasta el otro extremo, en otra librería —insisto— donde lo que importa son los libros, la lectura y la experiencia del caminar leyendo también la ciudad. Lo que menos importa o casi nada son los libreros, seres realmente para estudio: el infierno siempre siguen siendo los otros.

Estoy preparando tres columnas para marzo, una sobre ‘los parias de la PSU’, otra sobre ‘su ideólogo’ Cristián Cox, y finalmente otra sobre ‘lo que aprenden los niños de nuestra elite conservadora’. Tres columnas para reflexionar, en un año que nuevamente estará marcado por movilizaciones estudiantiles, sobre lo que han hecho con nuestra educación y sobre lo que esperamos desde una conciencia más crítica de cara al siglo XXI. Digo que son columnas para marzo porque febrero es, casi inconscientemente, un mes para descansar, bajar el ritmo a las cosas y hacer sin hacer mucho. También, por qué no, para leer con asombro y sin tanto sentido de contingencia. Además, el verdadero <em>reality</em> que me interesa, producto de los sucesivos emplazamientos públicos que se le han realizado a Cristián Cox, Decano de la Facultad de Educación de la PUC, por su responsabilidad en uno más de los descalabros educacionales que nos dejó la Concertación —la PSU— ese <em>reality</em> digo, está en suspenso hasta marzo, creo, pues como buen concertacionista Cristian Cox, seguro siguiendo el principio Bachelet: esperará a marzo para dignarse responder sobre ese <em>tsunami</em> educacional que nos legó. Sus coroneles Jorge Manzi y David Bravo ya han dado la cara, incluso han amenazado dejar el buque si no para la ‘guerrilla’… literalmente. Para marzo será.



Así que lo mejor es pasear, flanear, de librería a librería y ver qué ofrecen sus mesones y escaparates. Ofrezco cuatro breves reflexiones, libres, mientras llega marzo, sobre cuatro libros encontrados en estas dos últimas semanas. Obvio, si me lo permiten.

La primera. Ayer terminé de leer <i>ILADES: testimonio de una historia (1965-1998)</i>, escrito por Francisco López Fernández. Se trata de una reflexión histórica muy personal sobre el famoso Instituto Latinoamericano de Estudios Sociales, una especie de centro de estudios católico que influyó con su pensamiento y su acción a buena parte de intelectuales y activistas sociales en el agitado Chile que va desde fines de los 60 hasta el retorno a la democracia en los 90. Impresiona darse cuenta de un plumazo que ese catolicismo se esfumó casi por completo de la esfera social, y que hoy impera uno o más conservador o más escandaloso y judicial. También por cierto uno más farandulero, con curas tipo Paulo Coelho, jesuitas también, pero ese catolicismo más serio y comprometido se ha desvanecido casi por completo.

ILADES tuvo en sus inicios entre sus profesores y conferencistas a Franz Hinkelamert, Paulo Freire, Luis Scherz y Fernando Enrique Cardozo, por nombrar a algunos. Por cierto, también sufrió en su seno conflictos ideológicos producidos por el marxismo ambiente en América Latina, lo que se resolvió, de acuerdo a una petición que el mismo Paulo VI le hiciera a los jesuitas del mundo, cuando ILADES se dio a la tarea de luchar contra el marxismo y sus derivaciones ideológicas, económicas, políticas y culturales. Su bandera de lucha fue el famoso ‘humanismo cristiano’, mote que le acompañó también durante los años de la dictadura, en el que su aporte no sólo fue luchar contra lo que denominaban marxismo, sino también contra el neoliberalismo, erigiendo pensamiento alternativo que hasta el día de hoy es muy influyente. No se puede entender la transición política de los 90 soslayando el papel que jugaron centros de reflexión y formación como ILADES.

La segunda. Estoy terminando de leer <i>Los enemigos íntimos de la democracia</i> de Tzvetan Todorov. Lo dejé de lado para leer de una vez el libro sobre ILADES. Este otro necesita más lentitud en la lectura, pues llegado el minuto, Todorov comienza a desmontar la lógica discursiva y de acción del neoliberalismo, con una extraordinaria fineza en la escritura. Este ejercicio lo hace al mismo tiempo que deja en evidencia cómo el neoliberalismo y el totalitarismo soviético son, en muchos aspectos, igualmente nocivos, dos caras de una misma moneda abisal y fatua para la democracia. Dice, “la sociedad que imaginan los neoliberales parece un club de miembros voluntarios que perfectamente podrían decidir cancelar su abono, porque son autosuficientes. Suprimen la referencia a una filiación social y cultural, pasan por alto la necesidad de reconocimiento por parte de las personas con las que vivimos y descartan la búsqueda del bien colectivo por miedo a que lleven al totalitarismo”. Pensar que llevamos ya 40 años siendo gobernados por neoliberales: nada que un buen café no ayude a superar.

La tercera. Un filósofo alemán muy interesante está siendo traducido. Se llama Wolfgang Sofsky. De él ya había leído un extraordinario ensayo sobre la importancia de proteger la vida privada, y llevo bien avanzado otro ensayo suyo titulado <i>Tratado sobre la violencia</i>. Confieso que no es fácil de leer, por su dureza y honestidad intelectual. No es un libro para comprender la violencia, a veces es para vivirla. Una breve cita: “… el siglo XX no sólo conoció un desarrollo monstruoso de las técnicas de aniquilación bélica, sino también un continuo progreso en las de la tortura, tanto en las guerras grandes y pequeñas como en los sótanos de las dictaduras… la tortura se convirtió en un arma del Estado contra la disidencia y la subversión… ahora se evidencia lo que la tortura siempre fue y lo que el pretexto de la información apenas disimulaba: represión y terror, y nada más”. ¿Chile, país de torturadores? Lo fue. La pregunta es si lo sigue siendo.

La cuarta. Finalmente, me estoy dando un gusto y leo por las tardes un maravilloso libro de Marvin Harris que se titula <i>Vacas, cerdos, guerras y brujas</i>. Me detengo ahora brevemente en el fenómeno bien conocido del “potlatch”, forma maniaca de consumo y despilfarro conspicuo con el fin de ganar una supuesta competencia por estatus y aprobación social. El “potlatch” consiste en donar o destruir más riqueza que el rival, así lo avergüenzo y gano la admiración social. Obviamente, Harris se deleita en comparar este comportamiento primitivo con el de las clases altas contemporáneas, despilfarran conspicuamente tanto o más. Pero, con una ironía fina concluye que lo único que puede detener hoy el despilfarro de las clases altas es la amenaza de impuestos fiscales redistributivos. Ante ello se ven obligados a “otorgar el mayor prestigio a los que tienen más pero lo demuestran menos”, porque en el fondo lo que importa es siempre el “potlatch”, aunque sea uno retorcido y extravagante como este. En Chile sabemos de eso: #opusdeistyle.

Hasta ahí estas cuatro breves reflexiones de cuatro breves libros comprados por estos días.

Santiago sigue siendo una ciudad abierta y plural, cada vez más. Un lugar común que no está de más volver a repetirlo cada verano. En todo caso, febrero pasa rápido. Se viene marzo.]]></content:encoded>
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		<title>PSU: la victoria pírrica de Beyer</title>
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		<pubDate>Fri, 01 Feb 2013 05:42:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Retamal</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La PSU es una mezcla bizarra entre redes de poder y negocios con redes de ‘academia’ y ‘ciencia’, redes motivadas por el ‘glamour’ del poder barnizado de academia y de la academia insuflada de poder. La PSU es un extraño becerro de oro, literalmente de oro, una mina de oro inagotable como inagotable puede ser una medición que se realiza a nivel nacional, con una ganancia extraordinaria para quien la administre o para quien la evalúe año a año. La PSU fue, es y será un instrumento, el mejor instrumento, casi un tótem, para conocer por qué la Concertación educativa ha provocado tanto malestar y cómo logró entrelazarse con el poder académico para validarse como poder político.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[La PSU ha demostrado ser el instrumento más herético para la sociedad que cree en una educación de calidad que iguale oportunidades para todas y todos los jóvenes de nuestro país.

¿Quién no sabía esta tamaña verdad, desde incluso el nacimiento de esta herejía social?

Ya en otra época, cuando el contexto era la Concertación en el poder y toda su maquinaria pretenciosa, el Ministerio de Educación hacía gala vez por vez, día por día, año por año, de una arrogancia reformista en pro de los intereses que ellos mismos determinaban los correctos; en esa época en que eran los amos y señores de la verdad educativa en Chile, esos mismos que profundizaron el descalabro social que produce y reproduce nuestro sistema educativo, ya en esa otra época digo, se podía predecir la catástrofe que venía. No había que ser profeta o se era profeta por la fuerza, en el desierto de luminarias —doctores en las ciencias de la medición— que han guiado nuestra educación por ya cuatro décadas.

La PSU es una mezcla bizarra entre redes de poder y negocios con redes de ‘academia’ y ‘ciencia’, redes motivadas por el <em>glamour</em> del poder barnizado de academia y de la academia insuflada de poder. La PSU es un extraño becerro de oro, literalmente de oro, una mina de oro inagotable como inagotable puede ser una medición que se realiza a nivel nacional, con una ganancia extraordinaria para quien la administre o para quien la evalúe año a año. La PSU fue, es y será un instrumento, el mejor instrumento, casi un tótem, para conocer por qué la Concertación educativa ha provocado tanto malestar y cómo logró entrelazarse con el poder académico para validarse como poder político, por lo menos, en educación.



En la época en que criticar la PSU era criticar a la Concertación, emergió Harald Beyer desde el Centro de Estudios Públicos con toda una parafernalia econométrica, psicométrica o sociométrica para darle con todo. Era rentable. Sus motivos eran completamente liberales y políticos, en eso no hay que perderse con el sujeto. Y también era rentable para los otros, para la derecha concertacionista enquistada en el Ministerio de Educación: las críticas se desvirtuaban vez por vez porque eran simplemente políticas, dentro del juego político, no eran ‘metodológicamente relevantes’, como les gustaba decir.

Beyer ha terminado venciendo en esa batalla. Enclaustrados en sus centros de estudios y de mediciones universitarias, la otrora derecha concertacionista de educación no hace sino responder como puede a los embates del actual ministro, pleno de poderes y dispuesto a arrasar —ahora él en el poder insisto— con los que lo ningunearon con el desdén o con la argumentación grandilocuente de la ‘academia bien pensante’ conocedora de sus redes políticas.

Esa pequeña historia basculó a favor del actual ministro.

Beyer venció. Pero hoy el contexto es otro y esta victoria no deja de ser pírrica por donde se le mire para los intereses del mismo ministro y para La Moneda.

Hoy cuando el ministro está preocupado de dotar al Sistema de Educación Superior de más confianza social (los negocios y el mercado no funcionan en la desconfianza) viene el mazazo del <a href="http://www.mineduc.cl/usuarios/mineduc/doc/201301311058200.ChilePSU-Resumen_Ejecutivo.pdf">‘Informe Pearson’ sobre la PSU</a> a garantizar, de nuevo, que todo lo que tenga aroma a Educación Superior está podrido desde dentro, desde sus lógicas estructurales: lucro, CAE, empresas espejo, y ahora, el sistema de admisión universitaria.

Hoy cuando vence Harald Beyer —y bien por él— es justamente cuando no había que vencer, porque hoy vencer es dar una motivación más para la movilización estudiantil anunciada para este 2013. Las risas triunfantes de Beyer ante el rector de la UC se transforman en rictus de preocupación, a unas tantas cuadras más allá del Ministerio, en la cara de los asesores de La Moneda.

Gana Beyer, es cierto, pero pierde una vez más todo el sistema y todo el entramado de académicos y políticos que lo han garantizado desde el retorno a la democracia hasta el día de hoy; aunque ayer, no está de más decirlo, esos mismos que impusieron la PSU salieron a decir que ellos siempre habían dicho que el instrumento no era bueno… sin comentarios… Beyer tenía a uno de los vencidos, el Rector de la PUC, delante de sí, humilde, buen perdedor, en el cadalso del Informe Pearson.

Hoy escucharemos a todos los ideólogos de la PSU rasgar vestiduras: no hay problema, se viene Bachelet de nuevo… hasta las herejías pueden ser perdonadas.

Lo importante es que en esta pasada, ganó el individuo, el sujeto Harald Beyer y perdió —sin paradoja— el ministro, el hombre de Estado y con él todos los ministros y todos los académicos que han mantenido esta reproducción insolente y herética: hoy la ‘maldita PSU’ será quemada en la hoguera de una victoria… pírrica, por cierto.]]></content:encoded>
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		<title>Chadwick y la guerra contra el terrorismo &#8220;a lo Bush&#8221;</title>
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		<pubDate>Thu, 10 Jan 2013 05:42:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Retamal</dc:creator>
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		<category><![CDATA[violencia]]></category>

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		<description><![CDATA[El discurso ‘glam on’ del ministro del Interior se mueve en los límites, qué duda cabe. Nadie prepara tal escenario para administrar timoratamente ‘la violencia del Estado’. Ese es el punto. Si están preparando una ‘war on terror chilensis’ tendrán que estar a la altura, si no, será tan calamitoso como las falsas ‘armas de destrucción masiva’ o como la pobre Machi que detuvieron el fin de semana, que dada la lógica entraría en la semántica de ‘enemigo fuerte’, ‘poderoso’ y ‘organizado’… y no sé si la vieron, pero tenía la misma cara de víctima que los ciudadanos de Bagdad.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Cuando asumió Chadwick en Interior se perfiló de inmediato lo que sería el más grande de sus desafíos. Sin embargo, la mayoría prefirió no hablar de ello. Era de mal gusto. El relato que se construyó sobre el ministro fue más bien laudatorio: nos hablaba de un hombre de Estado, de un político de fuste, tradicional, de un hombre fuerte que se consolidaba en el poder de La Moneda.

Llegó al centro del poder para dar orden en el discurso a través de la vocería y asumía en Interior —ahora— para dar orden a la acción.

Tal como lo oye, del discurso a la acción. En ese escenario, era evidente cuál sería su principal desafío, pero se prefirió otorgarle ese veranito de San Juan, esa Luna de Miel, que lo transformó en una especie de… ¡qué! de ‘<i>éminence grise’</i>, así de cursi como cursi era el relato.

Eso terminó abruptamente. Ya no son los otros los que definen el relato que perfila al Ministro como ‘un gran hombre de la gran política’, ahora es al revés; lo que se ha comenzado a construir es el relato escrito por el propio ministro, escrito con el puño y la letra de sus propias decisiones. Desde ahora, lo que se perfilaba desde un comienzo como el principal desafío de este particular ministro del Interior, se muestra ya no de perfil, sino en toda su magnitud. El fuego fatuo de La Araucanía lo determinó así.

¿Cuál es ese gran desafío?

Por la historia de este ministro, ligada a un pasado estrecho con el autoritarismo de Pinochet y Guzmán, es decir, ligada al ungimiento en el Chacarillas del Capitán General y al discipulado guzmanista en las aulas de Derecho del Campus Oriente de la Pontificia Universidad Católica, simple y radicalmente por eso, es que pensamos que el principal desafío de este particular ministro del Interior sería (es y será) el de <b>la administración de la ‘violencia de Estado’</b>.



La historia es la historia nos dicen. Hoy son otros tiempos. Ya no hay Guerra Fría. Pinochet está muerto. Ya no hay Guerra contra el marxismo leninismo. Para muchos es hasta molesto volver otra vez con todo ello, para qué, si de lo que se trata, cuando queremos alcanzar el desarrollo, es mirar precisamente al futuro y no al pasado. Para qué salir con este cuento, con qué objetivo.

Pensamos, por el contrario, que el objetivo es claro, pues lo que se cree es ‘historia’ resuelta, no es tan así cuando hay todavía innumerables cuitas pendientes con esa misma historia. Y sobre todo, cuando los actores de esa historia, posan hoy de renovados o de promotores de un olvido de cara al futuro. El objetivo, decimos, es claro.

El objetivo es saber cómo un político que tuvo una estrecha relación con el ‘poder total’ de la dictadura militar en el Chile de los 70 y 80 hoy, de vuelta a La Moneda en democracia, nada más y nada menos que de administrador de la ‘violencia del Estado’, lo hace.

Simple. Fundamental.

¿Recurre a los mismos formalismos argumentales, a la misma retórica, a la misma fraseología de entonces, a las mismas estrategias? ¿O no?

Es fácil permutar ‘guerra contra el terrorismo marxista’ por ‘guerra contra el terrorismo mapuche’. Es fácil caer en la permuta, no del contenido —ese es el punto— pero sí del formalismo argumentativo, del guión, ahora en pleno siglo XXI con otro contenido, ahora con otros actores, pero en el fondo con la misma estrategia comunicacional de antaño. Nos preguntamos ¿Cae el ministro en este ‘facilismo’? No es fácil responder a esto.

Para responder a esta pregunta es necesario recordar que la derecha chilena ha sido global desde antes de la globalización. Le encantó el discurso de la Guerra Fría no sólo porque le dio fundamento épico histórico a su guerra interna contra el marxismo, sino por el <em>glamour</em> que significaba estar metido en un campo de batalla internacional, con actores de la talla ‘USA-URSS’. Todos lo sabemos, a la derecha chilena le encanta la globalización, pero no sólo económica, sino sobre todo simbólica, de sentidos y significados, para darle contenido a su propia existencia como derecha en el poder y como derecha con estilo. Nuestra derecha siempre ha sido ‘glam’ (¿se recuerdan del ambo blanco que usaba Jaime Guzmán?). En esa misma línea no está demás recordarlo, pero para ellos fue un orgasmo político el frontón de Ricardo Lagos a los grandes poderes globales. Lo amaron por eso (vayan a ver El Mercurio y La Tercera de la época).

Ese es todo un tema, la ‘chilean glam right’. Pues bien, la expresión corporal, el contenido del discurso, las muletillas y cuñas comunicacionales de hace unos días de Chadwick, hacen pensar seriamente que el ministro no está pensando sólo en su pasado pinochetista guzmanista.

Dijo que ‘enfrentamos’ a un ‘enemigo fuerte’, ‘poderoso’ y ‘organizado’. La clave es ¿qué pensar cuando imaginamos a un enemigo de esa magnitud? Obvio, en ‘grupos terroristas’ altamente calificados para la acción, fuertemente armados para enfrentarse a las fuerzas de orden y militares, con una estructura jerárquica disciplinada y entrenada, con una organización que trasciende la acción pura y se desarrolla también en lo simbólico, con financiamiento nacional e internacional del más alto nivel… Obvio digo, pues siempre, la medida del miedo que sean capaces de transmitir comunicacionalmente será la medida para llenar de contenido ese terrorífico ‘enemigo fuerte’, ‘poderoso’ y ‘organizado’.

Chadwick lo dijo apuntando con su dedo a las cámaras, con un tono tranquilo pero determinado a la vez y agregó: “escóndanse”, o algo así como “escóndanse, donde se escondan, los vamos a encontrar”, o algo así como “los vamos a obligar a esconderse, pero los vamos a encontrar”, lo que para el caso da lo mismo; el estudiado guión de La Moneda y del ministro ya estaba en cámara y pronto estaría en todas las pantallas del país. Y remató: “La lucha contra el terrorismo en el mundo —sí, ‘en el mundo’— no es fácil, pero la vamos a dar y los vamos a perseguir donde estén…”.

No, el ministro no está pensando solamente en su pasado pinochetista guzmanista. Su puesta en escena es mayor, global, en medio de una gran batalla contra el mal.

El guión que están desarrollando está a la altura de un George W. Bush contra el Talibán o Sadam Husein. Se actualizó. Ya no es la URSS. Sus palabras, sus gestos (y vamos a ver su acción) a muchos nos recordaron las famosas palabras de George W. Bush a los norteamericanos: “<i>We will find those who did it. </i><i>We will smoke them out of their holes. We'll get them running, and we'll bring them to justice</i>”. Fue casi evidente, como si el mismo Karl Rove las hubiera escrito.

El discurso ‘glam on’ del ministro del Interior se mueve en los límites, qué duda cabe. Nadie prepara tal escenario para administrar timoratamente ‘la violencia del Estado’.

Ese es el punto. Si están preparando una ‘war on terror chilensis’ tendrán que estar a la altura, si no, será tan calamitoso como las falsas ‘armas de destrucción masiva’ o como la pobre Machi que detuvieron el fin de semana, que dada la lógica entraría en la semántica de ‘enemigo fuerte’, ‘poderoso’ y ‘organizado’… y no sé si la vieron, pero tenía la misma cara de víctima que los ciudadanos de Bagdad.

Queda mucho por ver. Lo claro es que en el brazo fuerte del ministro estará la última palabra.]]></content:encoded>
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		<title>La PSU dinamita el relato de Golborne</title>
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		<pubDate>Fri, 04 Jan 2013 05:42:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Retamal</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
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		<description><![CDATA[La campaña de Golborne va directo al fracaso, fundamentalmente porque no entiende —es una analfabeta política— o porque no sabe leer los resultados de la PSU, y han elaborado un relato contra fáctico en absoluto creíble, ni siquiera por el sentido común.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<strong></strong>Mientras la PSU nos habla del verdadero sello que marca la distancia de ‘unos’ y ‘otros’ en nuestra sociedad, Golborne nos dice que no, que no es eso, que no es la cuna ni el bolsillo, sino el ‘mérito’ lo que hace la diferencia.

Si realizamos un cruce de sentidos, es del todo interesante el resultado de la Encuesta CEP entregado ayer, pocas horas después de la entrega de otros resultados, igual de importantes y significativos, como lo son los resultados de la PSU.

Son muchas las conexiones analíticas que existen entre ambos resultados, pero uno que es del todo relevante —porque va directo al fracaso— es el análisis que podemos hacer de la estrategia comunicacional de la campaña de Laurence Golborne. De sus ideas fuerza.

Sólo un 15 % de los encuestados está decidido a votar por él, frente a un 54 % que lo está por la Dama del Jardín, Michelle Bachelet. Mientras Golborne ya está desplegado y no hay dirigente de la UDI que aproveche la oportunidad para destacar sus supuestas virtudes, Michelle Bachelet está viviendo del rédito que producen los constantes ataques a su supuesto silencio intencional.

Hasta el fanatismo juvenil de un Diego Schalper ayer se desvaneció casi por completo (sabemos que no es fácil convencer a un barra brava) y deslizó por las redes sociales la idea de subir a otro candidato, obviamente más competitivo. Y el hombre más de terreno, Manuel José Ossandón, vicepresidente de RN, fue más duro y habló directamente de fracaso: sólo a un 16 % le gustaría que el próximo presidente sea de la Alianza y de ese 16 %, sólo un 11 % le gustaría que fuese Golborne.

En consecuencia, durante este último tiempo mientras más atacan a la Presidenta Bachelet, mejor para ella. Está claro. Tranquila, sin hacer ni decir prácticamente nada. El punto es que mientras más se desarrollan las ideas fuerza de Golborne, peor. Mientras más la UDI se esfuerza por desplegar el leitmotiv de su campaña, peor.

¿Por qué y qué tiene que ver con la PSU?

<strong>La porfiada PSU</strong>

La PSU cuando habla una vez al año, habla fuerte. Este año no fue la excepción: el sistema educativo chileno reproduce brutalmente la estratificación social y económica del país.



Tal vez uno se adormece durante el año, pero la diferencia es —repito— brutal e insalvable, inconmensurable. Del total de colegios que rindieron la PSU esta vez, solamente el 15 % de ellos eran Colegios Particulares Pagados, pues bien, ellos se llevan el 62 % del total de los puntajes nacionales versus el 14 % de los Liceos Públicos (el otro 24 % se lo llevan los Particulares Subvencionados). Es decir 86 % de los colegios que pagan versus el 14 % de los públicos gratuitos.

El promedio histórico de la PSU de los Colegios Particulares Pagados es de 610 puntos: el de los liceos públicos, 450 puntos. El promedio histórico del SIMCE de Matemáticas de los de los Colegios Particulares Pagados es de 301 puntos: el de la escuela pública, 235.

La explicación está en la cuna de esos jóvenes. En el bolsillo de sus padres. En la educación que puedan comprar; donde ‘educación’ significa una trayectoria curricular, pero sobre todo, una mixtura de redes, influencias y amistades, es decir, cuando se compra educación se compra sobre todo un ‘cierre social’ que marcará para siempre la distancia de unos y otros, de “los que son como uno” y “los otros”…

Si aquí no está una de las principales fuentes del malestar que ha tenido a los jóvenes en la calle desde hace una década, dónde. Si aquí no está una de las razones que mejor explican el apoyo transversal y ciudadano que tuvo la movilización estudiantil del año 2011, dónde.

La campaña de Golborne va directo al fracaso, fundamentalmente porque no entiende —es una analfabeta política— o porque no sabe leer los resultados de la PSU, y han elaborado un relato contra fáctico en absoluto creíble, ni siquiera por el sentido común.

Mientras la PSU nos habla del verdadero sello que marca la distancia de ‘unos’ y ‘otros’ en nuestra sociedad, Golborne nos dice que no, que no es eso, que no es la cuna ni el bolsillo, sino el ‘mérito’ lo que hace la diferencia.

¿Quién puede creer tamaña ficción? François Dubet y la amplia sociología que hay al respecto lo subrayan claramente: sólo pueden creer y reafirmar la ‘ficción del mérito’ los vencedores. El discurso del mérito es un discurso de ‘winners’ para ‘winners’.

Eso en primer lugar, porque de fondo, el discurso del mérito está sustentado sobre la base de una ficción, sobre la base de la posibilidad de un punto cero de partida, de un grado cero en el que todos nos podemos encontrar desde un comienzo para desde ahí diferenciarnos (en justicia) en función del mérito de cada uno: nada más cercano a una ficción que esto, a un experimento de laboratorio.

La realidad es mucho más brutal como brutales son los resultados de la prueba PSU: todos sabemos cómo operan sus causas y todos sabemos que si hubiésemos tenido más dinero, hubiésemos podido comprar una mejor educación. ¿Y si no es le dinero qué? Para todo el resto la respuesta es rotunda: un poco más de suerte, o un poco más de fortuna, y recién ahí ‘mérito’. Lo que es claro es que no existe un grado cero como punto de partida que haría justo y hasta deseable la diferenciación por mérito.

El mérito no vende porque es contra fáctico y lo único contra fáctico que vende son las utopías, que vendía quise decir, porque hace rato que nadie vive de utopías.
<h3><strong>De la campaña del SÍ al los mineros</strong></h3>
La historia de esta ‘crónica de muerte anunciada’ de la campaña de Golborne es relativamente clara. Luego de la debacle de las Municipales se activaron todas las alarmas a fin de montar inmediatamente una contraofensiva para desmarcar a Laurence Golborne de todo el fiasco de ellas, especialmente del balconazo de Santiago. Ahí ya estaba decidida la salida del gabinete y era hora de capitalizar todo lo ganado desde los mineros a la fecha.

Si no se recuerdan, lo que había capitalizado Golborne con los mineros, lo dejo en boca de la Concertación, para que se vea la magnitud del consenso. Pancho Vidal: “Esto demuestra al resto de los ministros que se puede estudiar en el liceo público y ser muy eficiente”; Ximena Rincón: “Golborne no sólo se la jugó por el rescate, sino que ha impuesto un nuevo estándar de eficiencia al gabinete”; Sergio Aguiló: “El ministro ha tenido un desempeño sin peros. Ha demostrado una alta capacidad técnica y humana. Se merece un siete”. Claro y contundente.

Pues bien, ya en plena campaña desplegada por la UDI, con un Golborne fuera de La Moneda, resumo en las palabras serpenteantes de Pablo Longueira el ‘relato meritocrático’ dicho con pasión en Cooperativa este 27 de Noviembre pasado: “...Yo creo que Laurence Golborne es una gran figura que representa el espíritu nuevo que está naciendo hoy: la meritocracia. La persona que finalmente, independiente de donde haya nacido… estudió en el Instituto Nacional, su juventud la hizo en la comuna de Maipú, es un profesional destacado de Chile… yo creo que Laurence Golborne representa ese nuevo Chile que está emergiendo, un Chile de oportunidades, donde tiene que primar la meritocracia; Laurence Golborne refleja ese partido popular comprometido con los sectores más postergados de la sociedad que hemos construido por más de 30 años, por lo tanto refleja mejor que nadie ese perfil del chileno que está emergiendo en un país de oportunidades… Laurence Golborne refleja en forma extraordinaria y conoce mejor que nadie cómo se le gana a la vida, cómo una persona con su esfuerzo, con su trabajo con sus capacidades es capaz de ser un profesional exitoso en Chile, y creo que es el sueño de la gran mayoría de la familia chilena…”. Longueira resume mejor que nadie el ‘relato Golborne’ que está fracasando.

Ahora bien, siga Ud. con mucho cuidado el relato UDI presente en todos sus dirigentes, y encontrará los mismos ingredientes de Longueira. Estos errores de la derecha no son nuevos, esos de tratar de vender algo que el sentido común niega en las calles.

El mismo error ya la derecha lo había cometido antes en la Campaña del SÍ a fines de los ‘80. Y la nombro no por azar, para nada, pues según se ha informado (Qué Pasa) quienes están oficiando como coroneles de Golborne serían Juan Antonio Guzmán y Sergio Melnick sumados a otros próceres de esas épocas. Hay que recordar el sentido de discipulado de Golborne con ellos.

El relato de Golborne es como el relato de la Campaña del SÍ ¿se recuerdan de él? <strong>“Chile, país Ganador, SÍ, porque nos hemos ganado la democracia, SÍ, marchemos todos hacia un país ganador”.</strong>

Esto decía Büchi para justificar el neoliberalismo y su chorreo en la campaña por TV: “Primero quisiera indicar que no sólo se ha ‘hablado’ de crecimiento de las exportaciones, sino que estas han aumentado ‘efectivamente’… la población percibe este beneficio de distintas maneras, la forma más inmediata es para aquellos que han obtenido un empleo o han mejorado su empleo gracias a que la empresa en que laboran está participando de los mercados de exportación… también existe otro tipo de beneficios, es un beneficio más indirecto, pero no por ello menos importante, las exportaciones aseguran el crecimiento de la economía, los países que han logrado exportar son países que también han logrado crecer, cuando las economías crecen, existen más posibilidades de empleo, más estabilidad en los empleos, y mejores remuneraciones en dichos empleos, ese es el beneficio mayor que va a recibir la ciudadanía de la política de fomento de exportaciones y del hecho concreto que esas exportaciones se estén produciendo hoy en Chile…” Y luego el coro exclamaba: <strong>“¡País Ganadoooor! ¡SÍ!”</strong>

El parangón es evidente. Chile no era un país ganador o sólo lo era para los vencedores, no para los vencidos. El país ganador del SÍ era tan contra fáctico como el ‘Golborne meritocrático’ que todos supuestamente desearían ser.

No es ser ofensivo, pero Laurence Golborne, si es meritocrático verdaderamente, lo era solamente en relación a los demás ministros del primer Gabinete de Piñera, que ninguno de ellos, todos con cuna y apellido, lo era. Y vista así, la historia de cómo Golborne llegó a ser el ‘Ministro Golborne’ no es una historia de meritocracia simplemente, sino una historia de azar y de disciplinamiento, más bien. Pero ese es otro tema.
<h3><strong>Golborne: el Romney chileno</strong></h3>
Finalmente, un pequeño alcance más. El 13 de Noviembre pasado, en Radio Duna, recordaba Eugenio Tironi una extraordinaria columna de <a href="http://www.nytimes.com/2012/11/09/opinion/brooks-the-party-of-work.html?ref=davidbrooks&amp;_r=0">David Brooks en el New York Times</a>.

En ella, Brooks advertía que la derrota de Romney ante Obama tenía que ver fundamentalmente con el desgaste del discurso tradicional republicano (anti-Estado, pro-libertades individuales, proemprendimiento, de igualdad de oportunidades…) que no le hace necesariamente sentido a los nuevos estadounidenses latinos, asiáticos o afro. Esos nuevos estadounidenses cuando escuchan que <em>USA debe volver a ser lo que era si quiere recuperar su liderazgo económico político global</em>, ellos dicen NO, pues representa la clásica dominación del hombre blanco republicano (justamente eso que no son ellos), y no le hacen asco, por ejemplo, a la preeminencia del Estado, su regulación al <em>laissez-faire</em> o su presencia en la esfera pública.

Es lo que le está ocurriendo a Golborne con su discurso meritocrático. Es lo que le sucedió a Pinochet con su Chile ganador. Ni nuevo Chile meritocrático, ni nuevo Chile ganador. A la gente no le hace sentido el discurso de la derecha porque no refleja, no lo que ellos piensan, creen o desean, sino más radicalmente, lo que ellos viven cotidianamente.

Laurence Golborne terminará siendo el Romney chileno porque ese discurso meritocrático de la derecha es para la inmensa mayoría de los chilenos ‘malestar’ o ‘trabajo duro’ (es PSU pura y dura) y nadie puede vender eso como slogan publicitario de campaña.

Según el suplemento de Reportajes de La Tercera de 26/12/2010; pág. 9, “Golborne ha comentado entre sus cercanos que él conoce poco de política, pero sí mucho de <em>marketing</em>. Suele referirse a conceptos sobre las marcas consolidadas y líderes del mercado que son impenetrables a cualquier campaña en su contra. Así, según ha dicho, la ‘marca’ Golborne es tan resistente como la de Coca-Cola, Macintosh o ‘Michelle Bachelet’: se les puede criticar constantemente, pero los consumidores la seguirán prefiriendo”.

Vistos los acontecimientos, sabía también bien poco de <em>marketing</em>, y lo que es más grave, de PSU.]]></content:encoded>
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		<title>Bachelet: el efecto Rorschach de la Dama del Jardín</title>
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		<pubDate>Mon, 31 Dec 2012 05:42:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Retamal</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[Michelle Bachelet]]></category>
		<category><![CDATA[Presidenciales 2013]]></category>

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		<description><![CDATA[El silencio intencional de Bachelet no existe, es un invento de un diario, o de unos políticos de tercera línea, o de un grupo de precandidatos, o de una tropa de asesores comunicacionales que proyectan sobre él algo que no existe sino sólo en sus propias intencionalidades: el interés de sacar partido fácil, el producir una dialéctica de tú a tú con la única posible Presidenta del 2014 y todo cuanto se le pueda ocurrir a uno como rédito de una posible infracción a un silencio intencional falso, creado por ellos mismos como realidad.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[El silencio de Michelle Bachelet ha terminado por transformarse, debido fundamentalmente a la obsesión de La Tercera y a su comparsa de la UDI, en una especie de ‘Mancha de Rorschach’.

¿Cómo ha sido posible esto? Permítanme —pido permiso— una muy breve explicación introductoria.

El genio de Rorschach se apoyó sobre una idea simple y revolucionaria a la vez; se trata de una de las ideas más importantes del siglo XX y que dio muchos frutos epistemológicos a la fenomenología, la psicología y el psicoanálisis: la percepción que los sujetos hacen de la realidad es una verdadera construcción y configuración interpretativa de ella. Los sujetos dotan activamente a la realidad de un sentido, un horizonte y una orientación. Contrariamente a lo que se piensa, la percepción que los sujetos hacen de la realidad está lejos de ser una dimensión puramente pasiva o receptiva, ahí lo revolucionario.



Rorschach intuyó que los sujetos proyectan sobre el azar de los acontecimientos, o sobre un conjunto de manchas, un sentido que proviene fundamentalmente de sus propias vivencias, experiencias y prejuicios. Creó un famoso test —el test de Rorschach— en el que a un sujeto se le pide que se pronuncie sobre qué percibe en una serie de láminas con manchas azarosas, y lo que hacen los sujetos es proyectar sentidos y configurar formas desde sí.

Ahora bien, es en este sentido que decimos que el silencio de Michelle Bachelet ha terminado por ser una ‘Mancha de Rorschach’. Una serie de sujetos lo dotan de sentido, lo interpretan, lo cargan con intencionalidad y hasta lo han llegado a vincular con una mala voluntad moral (‘ley de hielo injusta para Chile’ dijo MEO con su tono dramático de siempre; ‘el país está en ascuas del silencio de una persona’ dijo con su tono afectado de siempre Carlos Peña; acto de precaución con algo de ‘coñetería intelectual y política’ insinuó nuestro niño-terrible-de-la-tercera edad, Fernando Villegas con una mala leche archiconocida). En realidad, el silencio nos habla más —este es el punto— de la proyección de quienes lo configuran como acto político-discursivo que de la intencionalidad verdadera que pudiese tener… pues en realidad, no tiene.

El silencio intencional de Bachelet no existe, es un invento de un diario, o de unos políticos de tercera línea, o de un grupo de precandidatos, o de una tropa de asesores comunicacionales que proyectan sobre él algo que no existe sino sólo en sus propias intencionalidades: el interés de sacar partido fácil, el producir una dialéctica de tú a tú con la única posible Presidenta del 2014 y todo cuanto se le pueda ocurrir a uno como rédito de una posible infracción a un silencio intencional falso, creado por ellos mismos como realidad.

No es un silencio cómplice de alguna de esas típicas estrategias RDA a lo Escalona, Andrade o Carvajal. No es de esos silencios aburridos de Fernando Paulsen que se va a USA a un ‘silencio reflexivo’ y habla en verdad todos los días en la radio. Menos un silencio como el Andrés Allamand (¿lo recuerda alguien?) en un desierto misional autoimpuesto como ruta de sanación. Tampoco es el desierto silencioso de un Mauricio Israel (literal) o el de un J.C. Eichholz, igual de aburrido —el silencio— escribiendo crónicas semanales en el decano. No. Lo de Bachelet no es de esos tantos silencios, retiros y desiertos de la elite comunicacional y política que Chile ha conocido.

Todos esos muchachos desesperados por dotarle sentido a un supuesto silencio intencional han terminado, finalmente, por transmutar a Michelle Bachelet en una nueva personificación de ese extraordinario personaje creado por Jerzy Kosinski en su novela <a href="http://www.anagrama-ed.es/titulo/CM___9">‘Desde el jardín’</a>.

Seguramente muchos hemos visto, además de leer la novela, la película protagonizada por el gran <a href="http://www.youtube.com/watch?v=PKLtNgbybMo">Peter Sellers</a> en el que interpreta a Mr. Chance. Es la historia de un personaje que no hacía ni decía sino lo que los otros interpretaban que hacía y decía. Un personaje extraño, único, especie de buen salvaje domesticado por la TV. Un personaje que, encerrado gran parte de su vida, sólo se preocupó de ver TV y cuidar un jardín y que al ser consultado, por ejemplo, por la economía norteamericana sólo atinaba a decir y hablar de jardinería. El punto es que todo el mundo (¡hasta el Presidente!) lo interpretaban como si fueran palabras sabias de un experto en economía.

Proyectaban sobre unas palabras azarosas, sobre un comportamiento azaroso, sobre un discurso azaroso todo un sentido que en verdad no tenía, pero que era interesado e intencional. Proyectaban sobre las ‘manchas discursivas’ de Mr. Chance su propio discurso.

En eso han transformado a Michelle Bachelet, en la Dama del Jardín (¿la vieron salir de su casa el otro día?) que mientras preocupada de las fiestas de fin de año, la cargan con un silencio falso e inexistente, o real y claro solamente en la mente de algunos afiebrados.]]></content:encoded>
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		<title>La socialité concertacionista</title>
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		<pubDate>Tue, 18 Dec 2012 05:42:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jaime Retamal</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Universidades]]></category>

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		<description><![CDATA[Sólo hace un par de semanas hice una reflexión en torno a uno de los temas tradicionales de los movimientos estudiantiles universitarios, como lo es la democracia universitaria. Bastó simplemente la reflexión, para que un socialité concertacionista, el Profesor Titular de la Universidad Diego Portales Alfredo Joignant, enjuiciara negativamente desde sus salones de honor una humilde verdad: desde la vuelta a la democracia, la Concertación no hizo nada a favor de modificar los Decretos con Fuerza de Ley que le garantizan, al cuerpo de rectores de las universidades chilenas, una institucionalidad a la medida de un contexto autoritario propio de la dictadura del Capitán General Augusto Pinochet Ugarte, es decir, no hizo nada a favor de la democracia universitaria.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Podríamos decir que la historia reciente de Chile ha conocido tres “Concertaciones” distintas.

A la primera Concertación la llamaremos <strong><em>‘la pura’</em></strong>, la que originalmente fraguó la derrota de Pinochet y la conquista de la democracia, la que se articuló como una épica ejemplar para América Latina y como un gigante moral al interior de nuestro país, esa que fue capaz de vencer los particularismos partidistas por el poder en pos de una gesta que marcó el fin de los 80 y los primeros años de los 90.

A la segunda Concertación, la que conocimos como gobierno desde el periodo aylwinista hasta el fin del bacheletismo, la que se encargó de modernizar el país, más con los instrumentos del libre mercado que con los de la regulación y gestión estatal, más con los instrumentos de la privatización que con los de esa cultura pública tradicional chilena, más con el coqueteo a los banqueros y empresarios que con el deseo y la esperanza de un Chile más justo y solidario de las mayorías, a esta segunda Concertación llamémosla <strong><em>‘la pragmática’</em></strong> (Moulián la llamó ‘la transformista’, para no usar el mote ‘travesti’, por respeto al travestismo, por cierto). Es la Concertación que se obnubiló con el poder, el dinero y la gloria, la que se hizo de un extraordinario ropaje tecnócrata. Es la del MOP-Gate, la del CAE, la del Transantiago, la de los tigres, la de la justicia-en-la-medida-de-lo-posible, la que se-la-jugó-por-Pinochet, la que desmovilizó la sociedad chilena y creó la farándula cultural que tontifica patológicamente.

Es también la que creó un sinnúmero de personajes de salón —la <strong><em>‘socialité concertacionista’</em></strong>— altamente reconocidos por su discursividad republicanoide y su locuacidad intelectualoide, que se hizo de un espacio en los medios de comunicación y que representa intereses de partido, células de partido o lisa y llanamente redes de influencia, <em>lobby</em> y poder líquido. Están en la radio, la televisión y la prensa escrita. Es una <em>socialité</em> que paga favores (o se paga de favores) mediante empleos públicos o privados, mediante granjerías en fundaciones o simplemente se consuela mediante paletadas, hasta guiños, de uno con poder de verdad: Lagos, Escalona, Bachelet, Gutenberg, Girardi, etc. Es la <em>socialité</em> que está siempre del lado de la razón y la mayoría: la razón de Estado, republicana, con sentido de futuro, de gobernabilidad, de realismo, la que está del lado de la historia de la gran política. La que da cuenta de sí misma con una pose de ‘star’: cigarrillo en boca, tono gutural, fraseología yanqui o francesa según sea PhD, bolso de cuero posmoderno, lino, cachemira… dignos de una de esas crónicas asertivas y profundas de la siutiquería nacional de Oscar Contardo, la que ‘rasquea’ y ‘gordea’ a todo el mundo.



Finalmente, estos últimos meses estamos asistiendo a una tercera Concertación, la que llamaremos <strong><em>‘la programática’</em></strong>, que desde un comienzo no sabía si plantearse comunicacionalmente más a la izquierda o no (pues eso era: nadie podría creer que en serio podrían ser alguna vez de izquierda) y que hoy por hoy posa de abierta, participativa y democrática por el solo hecho de convocar a unas primarias entre cómicas y patéticas. Pues bien, en ese mundillo comunicacional, la <em>socialité</em> concertacionista emite mensajes, elabora juicios de valor, crea relatos, ensaya frases, y busca minar —es claro— todas las opciones que no tengan ese ‘olorcillo a pucho de izquierda’ que la alegría de Bachelet trae.

Todos sabemos que, en verdad, por debajo de esa estrategia comunicacional de las primarias propia del mundillo de los <em>socialité</em> concertacionista, se está fraguando un programa redentor que volverá a dejar contentos a los banqueros y empresarios de siempre, a los dueños de todos los <em>retail</em> chileno (desde el supermercadista al universitario) y a los que siempre ganan cualquiera sea el gobierno de turno.

Todos lo sabemos: los políticos de verdad siguen haciendo su trabajo como siempre lo han hecho (encerraditos… a oscuras) y serán las primarias el momento en el cual —ya con el programa de Bachelet en mano— validarán por ‘sus’ mayorías las ideas republicanas que Chile necesita y que vienen desde el norte. El resto es humo.

En ese acto electoral de primarias la <em>socialité</em> concertacionista (de comentarista) y los políticos de la Concertación programática (de protagonista) se reunirán para hacernos creer que han cambiado sus métodos y que —ahora sí— han escuchado la voz del pueblo, <em>de los jóvenes, de los ciudadanos de Freirina a Punta Arenas, de Huasco a Santiago, de Chile… porque hoy estamos ante un nuevo Chile que necesita una nueva estrategia de desarrollo, crecimiento y democracia</em>… Prepárense o vayan escuchando a la <em>socialité</em> atentamente.

Pero la pregunta es evidente, para la <em>socialité</em> y para los políticos de la Concertación que viene ¿cuánto de ese programa acogerá las demandas que la movilización social ha levantado en estos últimos años?; ¿está la Concertación programática dispuesta a morder la mano del empresariado que le dio de comer cuando eran pragmáticos?

En lo que respecta al <em>retail</em> universitario, todas las señales dicen que no se avanzará sino que por las actuales líneas propuestas por el gobierno de Piñera, que dicho sea de paso, venían ya históricamente desde la Concertación pragmática: la creación de instituciones públicas que regulen el mercado del <em>retail</em> universitario, ahora con ‘mano dura’, será la apuesta (hasta la derecha apoyará ciegamente… les conviene esta vez) para frenar el malestar estudiantil. <a href="http://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2012/12/16/lagos-asegura-que-en-su-gobierno-no-se-evito-el-lucro-porque-no-habia-instrumentos-para-fiscalizar/">Ya Ricardo Lagos está cuadrando a la <em>socialité</em> y a su discurso</a>. Es claro. Respecto a las otras problemáticas universitarias, la respuesta será también negativa.

Sólo hace un par de semanas <a href="http://www.elmostrador.cl/opinion/2012/11/28/pena-los-rectores-y-la-estrambotica-democracia-universitaria/">hice una reflexión en torno a uno de los temas tradicionales</a> de los movimientos estudiantiles universitarios, como lo es la democracia universitaria. Bastó simplemente la reflexión, para que un <em>socialité</em> concertacionista, el Profesor Titular de la Universidad Diego Portales Alfredo Joignant, enjuiciara negativamente desde sus salones de honor una humilde verdad: desde la vuelta a la democracia, la Concertación no hizo nada a favor de modificar los Decretos con Fuerza de Ley que le garantizan, al cuerpo de rectores de las universidades chilenas, una institucionalidad a la medida de un contexto autoritario propio de la dictadura del Capitán General Augusto Pinochet Ugarte, es decir, no hizo nada a favor de la democracia universitaria.

Puse como ejemplo uno paradigmático y paradojal a todas luces, el del Rector Carlos Peña, un rector que jamás se ha sometido a proceso democrático alguno, cuando semana a semana, moraliza con su liberalismo bienpensante los sagrados domingos de reflexión del mundo católico de El Mercurio. Bastó eso para que Joignant saliera en su defensa y espetara como comentario:

<em>“Mala la columna, porque parte del supuesto que los rectores deben ser necesariamente elegidos y que las universidades serían espacios democráticos formales por definición. Nada más discutible que todo aquello. Para no latear y ser franco y directo en el argumento: no soy partidario del principio de la elección de los rectores tanto en universidades públicas como privadas, sino de comités de búsquedas. Razones hay muchas y la que más me preocupa es una que experimenté muchas veces cuando estaba en la U. de Chile: claustros de profesores quebrados pasada la elección, total ausencia de garantías de que el rector electo lo hará bien, y así sucesivamente. Me parece absurdo e inútilmente ofensivas las criticas a Carlos Peña por no disponer de una base de legitimidad de corte electoral, que considero innecesaria, así como muchas universidades públicas y privadas en países como Francia, Estados Unidos o Inglaterra.”</em><em></em>

Algunos comentaristas le replicaron y agregó:

<em>“Lo de Peña y el modo de elección de rectores no es un problema político, no tiene que ver con los déficits de la democracia chilena, y tampoco tiene que ver con la Concertación. Es un problema que se plantea en todas las universidades del mundo, y la tendencia es al comité de búsqueda[…]El problema planteado por el autor tiene que ver con los modos de gobierno de las universidades, las que no son espacios democráticos naturales dadas las jerarquías internas involucradas […] Cuando digo que las universidades no son espacios democráticos, no estoy diciendo -por favor- que son dictaduras: precisamente porque son espacios de generación y difusión de conocimiento, es que no son espacios igualitarios…”</em><em></em>

Para la historia reciente de las Universidades chilenas son comentarios fuertísimos los del profesor Joignant. Recuerdan lo peor. Sin embargo, no me voy a concentrar en los errores de su comentario (lo que dice de Francia es francamente un error para alguien que estudió en sus Universidades), tampoco en los rectores de la Universidad de Chile que critica por su gestión, tampoco en su estéril esfuerzo comparativista, y menos en su defensa febril al Rector que lo cobija y ampara (eso habla por sí solo y se entiende, es humano) sino simplemente quisiera perfilar sus comentarios contra la democracia universitaria como una invitación a los lectores a profundizar más en lo que estamos hablando, que como dije, recuerdan lo peor.

Recuerdan a la época cuando la eminencia gris de Laurence Golborne, Juan Antonio Guzmán, uno de los más reputados e históricos del <em>retail</em> universitario chileno, era ministro de Educación de Pinochet. Recuerdan cuando en 1987 impuso en una estrategia conjunta con Hacienda y Odeplan, y el mismo Pinochet, a Federici en la rectoría de la Universidad de Chile. Recuerdan todo ese proceso de autoritarismo insoportable y de argumentación retórica de modernidad universitaria. Recuerdan al fin las ideas de democracia universitaria del ministro de Odeplan, Sergio Melnick el 23 de Agosto de 1987 en El Mercurio:

<em>“La democracia es el gobierno del pueblo, de las mayorías. Hay en esa idea un concepto de masa, de cantidad. En ese sentido pocos conceptos son más antagónicos al de universidad que el de democracia. En la universidad las ideas no se cuentan… se pesan. La universidad seria es eminentemente elitista[…] en las mejores universidades del mundo las elecciones de directivos no son lo habitual[…] y esto es válido desde el director de departamento hasta el rector y presidente de la universidad”</em>

Y agregando, igual que Joignant, algo insólito desde el punto de vista comparativista, remata Melnick:

<em>“Hay universidades desde luego, donde las autoridades se generan por elecciones, pero parecen ser las menos, tanto en cantidad como en calidad”.</em>

Del mismo modo, los comentarios de Joignant recuerdan la famosa tesis de Jaime Guzmán de 1970 titulada “Teoría sobre la Universidad” en la que dice en su página 93:

<em>“Pensamos que el sistema democrático no es apto para dirigir la institución universitaria, porque siendo la democracia el gobierno de todos, su aplicación a la Universidad exige la concurrencia de profesores, investigadores y alumnos en el gobierno de ella conformando el sistema de cogobierno universitario, el cual a nuestro modo de ver es inaceptable”.</em>

Se habla en plural, pues la tesis fue escrita en coautoría de Jovino Novoa; ahora bien, en lo que respecta a la elección de rectores y autoridades, Jaime Guzmán y compañía dicen:

<em>“Tendemos a pronunciarnos, en líneas generales, por un mecanismo de democracia restringida […] si no hemos considerado en absoluto la participación de los funcionarios administrativos y demás empleados en la elección de las autoridades universitarias, ello se debe a que por no ser miembros de la comunidad universitaria importa un contrasentido el concederles participación…”</em>

Recuerdan en verdad a muchos próceres más, pero no quiero ser majadero, el sentido se entiende, los nombres expuestos muestran el arco desde el cual se ha rechazado la sola idea siquiera de democracia universitaria: desde la derecha neoliberal (Sergio Melnick) a la derecha política dura schmittiana (Jaime Guzmán).

Ya desde los 80 sabíamos que intelectuales de la Concertación como J.J. Brunner se oponían a la democracia universitaria, lo que no sabíamos era lo profundo que había descendido a la <em>socialité</em> concertacionista. Si es así, tampoco podemos esperar de la Concertación programática de hoy mucho más.

Lamentablemente, hoy la Concertación es más <em>socialité</em> que coalición política y seguramente por ello recuerda mejor las críticas de la Miss Universo Cecilia Bolocco contra el paro universitario del 87, que la lucha de Quintana y Tohá… es más propio de su naturaleza.

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