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	<title>El Mostrador &#187; Rodrigo Pinto</title>
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		<title>Fuck America</title>
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		<pubDate>Thu, 08 Mar 2012 08:06:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rodrigo Pinto</dc:creator>
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		Si el título suena duro, la novela cumple ampliamente las expectativas que despierta; el protagonista, Jakob Bronsky, es un sobreviviente del exterminio nazi que llega a Estados Unidos en 1952 solo para encontrar otras formas de la humillación y la exclusión. Mucho menos dramáticas, por cierto, pero también desoladoras; aunque hay que agregar que el [...]]]></description>
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		Si el título suena duro, la novela cumple ampliamente las expectativas que despierta; el protagonista, Jakob Bronsky, es un sobreviviente del exterminio nazi que llega a Estados Unidos en 1952 solo para encontrar otras formas de la humillación y la exclusión. Mucho menos dramáticas, por cierto, pero también desoladoras; aunque hay que agregar que el acidísimo humor del autor rescata la novela, por completo, del tremendismo y la auto compasión.

Edgar Hilsenrath (Leipzig, 1928) es muy poco conocido en el ámbito del castellano; solo<a href="http://www.maeva.es/"> Maeva</a>, una editorial dedicada más bien a la literatura masiva, le había publicado previamente una novela, El nazi y el peluquero (2004), que ya desapareció de su catálogo. Fuck America, a su vez, fue editada en 2010, treinta años después de la primera edición alemana, por Errata Naturae, una editorial independiente que cultiva tanto el rescate literario (por ejemplo, varias novelas de Jean Genet) como la filosofía y el <a href="http://www.elmostrador.cl/media/2012/03/fuck-america-de-edgar-hilsenrath-388x600.jpg"><img class="size-full wp-image-245612 alignright" title="fuck-america-de-edgar-hilsenrath-388x600" src="http://www.elmostrador.cl/media/2012/03/fuck-america-de-edgar-hilsenrath-388x600.jpg" alt="fuck-america-de-edgar-hilsenrath-388x600" width="194" height="300" /></a>ensayo. La novela progresa rápido, con diálogos veloces y directos que sitúan a Bronsky como un real paria, que sobrevive con los peores trabajos posibles, que estafa a quien puede y, por las noches, en las mugrientas mesas del café donde se reúnen los expatriados, escribe una novela de la que solo se dicen dos cosas: que se llama El Pajillero y, casi al final, que intenta contar su experiencia en los años de la guerra. Hilsenrath tuvo esa misma experiencia vital, de modo que es obvio el contenido autobiográfico; pero no es nada obvio el tratamiento que le da a través de frecuentes conversaciones de Bronsky consigo mismo y con la permanente invención de diálogos y el desarrollo de situaciones imaginarias donde se confunden el deseo, la posibilidad y la culpa que suelen portar las víctimas.

-¡América es la tierra prometida!
-América es una pesadilla.

El diálogo es entre Bronsky y Mary Stone, una muy exitosa animadora televisiva que proclama un abominable rosario de máximas de pensamiento positivo:

«¡Quien cree en sí mismo tiene el mundo a sus pies!» – «Quien irradia amor es hermoso». – «El que ama no necesita mirarse al espejo para contarse las arrugas». – «Escoja al compañero adecuado, y no tendrá problemas de pareja». – «Deje pasar una o dos noches antes de tomar una decisión importante». «Si le cuesta comunicarse no le eche la culpa a los demás». (…) «Si fracasa, no culpe a la tierra de Dios, sino a usted mismo. Pregúntese. ¿Qué me ocurre? ¿Dónde está la confianza en mí mismo? Aquí todos tenemos una oportunidad».

Naturalmente, no es la real Mary Stone quien acompaña a Bronsky en la cama, donde este último le ha aplicado una técnica milagrosa para curar la frigidez; es la Mary Stone que Bronsky imagina y que ha pasado directamente desde la pantalla de televisión a su lecho. Pero es aquella confidente imaginaria, la encarnación absoluta del sueño americano, de la fe en Dios, en la voluntad y en el optimismo, la elegida para que Bronsky narre finalmente su historia y se atreva a sumergirse en el hoyo negro de la memoria para iluminar, por fin, la atroz vivencia de los años del dominio nazi. Ahí el relato alcanza otra consistencia y el humor negro abre paso a un relato descarnado, preciso y sin mayores adjetivos que quizá por lo mismo es más impresionante. Y sirve también para entender por qué Bronsky y tantos otros refugiados son incapaces de incorporarse al sueño americano, a ese tejido de ilusiones, publicidad y pragmatismo que apenas acepta la diferencia y segrega con fiereza. Y todo para aprender una verdad tan amarga como el libro: «He aprendido que el nacimiento de cada individuo es a la vez su condena a muerte y me pregunto qué sentido tiene todo esto». Si no fuera por la infalible intuición de Hilsenrath para el humor negro y para atrapar al vuelo las situaciones donde el ridículo gatilla la risa, sería una novela mucho más dura aún; aunque, si se piensa bien, no pierde una gota de su capacidad crítica y de su desarmante lucidez.

<strong>Edgar Hilsenrath. Fuck America. Errata Naturae, Madrid, 2010. 262 páginas. Traducción de Iván de los Ríos.</strong>]]></content:encoded>
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		<title>El vértigo del poder</title>
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		<pubDate>Wed, 31 Aug 2011 09:05:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rodrigo Pinto</dc:creator>
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		«La continua, descarada y repugnante adulación de la gente que le rodeaba le había llevado a un punto en que ya no veía sus propias contradicciones, no analizaba sus actos y palabras a la luz de la realidad, la lógica o al menos el sentido común, y estaba plenamente convencido de que todas sus decisiones, [...]]]></description>
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		<a href="http://www.elmostrador.cl/media/2011/08/nicolas2b.jpg"><img class="size-full wp-image-193283 alignright" title="nicolas2b" src="http://www.elmostrador.cl/media/2011/08/nicolas2b.jpg" alt="nicolas2b" width="158" height="200" /></a>«La continua, descarada y repugnante adulación de la gente que le rodeaba le había llevado a un punto en que ya no veía sus propias contradicciones, no analizaba sus actos y palabras a la luz de la realidad, la lógica o al menos el sentido común, y estaba plenamente convencido de que todas sus decisiones, por más insensatas, injustas e incoherentes que fuesen, se volverían sensatas, justas y coherentes solo porque las había tomado él».

Lev Tolstói. Jadzhi Murat. Nórdica Libros, Madrid, 2008. página 120. Traducción de Víctor Gallego.]]></content:encoded>
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		<title>Pobres feas</title>
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		<pubDate>Mon, 29 Aug 2011 09:59:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rodrigo Pinto</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[«Uno de los rasgos distintivos de esa familia, que los hijos habían heredado de ambos lados, era su elevada estatura; todos eran de una altura poco común, en el caso de las chicas, excesiva, y, con la única excepción de mi padre, de una fealdad poco común. Tres de sus hermanas, Emily, Susan y Sally, murieron cuando yo empezaba a ser un hombre de mediana edad; las pobres desgraciadas, por muy amables que fueran, tenían un aspecto tan grotesco que resultaba difícil pensar que pudieran haber tenido alguna vez un pretendiente o que se hubieran podido creer destinadas a ser otra cosa que las eternas solteronas que les había tocado en suerte ser. Con su más de un metro ochenta de estatura, sus cuerpos enjutos y sin pechos, sus voces broncas y sus manos y pies enormes, Emily y Sally podrían haberse hecho pasar fácilmente por su hermano menor, mi tío Denton, con las ropas de éste, sin que nadie se percatase de la impostura ni mejorasen sus perspectivas en la vida. Ese tío mío, de piel correosa y aspecto caballuno, que vivió más años que el resto de su familia, me dijo que su padre era un hombre bien parecido. Si eso era cierto, en la única fotografía que vi de él no debió de salir bien».

<em>J.R. Ackerley, Mi padre y yo. Anagrama, Barcelona, 1991. págs. 22-23.</em>]]></content:encoded>
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		<title>La biblioteca ideal versus la biblioteca posible</title>
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		<pubDate>Wed, 17 Aug 2011 10:39:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rodrigo Pinto</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Si por un azar abrupto me convirtiera en un hombre rico –con esa riqueza material que parece ilimitada respecto de los patrones habituales de consumo de una persona común y corriente-, convertiría mi biblioteca en un proyecto. Con seguridad, compraría menos libros y me desharía de muchos de los que tengo. Importaría menos la cantidad [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Si por un azar abrupto me convirtiera en un hombre rico –con esa riqueza material que parece ilimitada respecto de los patrones habituales de consumo de una persona común y corriente-, convertiría mi biblioteca en un proyecto. Con seguridad, compraría menos libros y me desharía de muchos de los que tengo. Importaría menos la cantidad que el perfil de las estanterías. Probablemente apostaría por la narrativa latinoamericana. Viajaría para ratonear en librerías de usados y mercados callejeros en busca de títulos desaparecidos. La mantendría al día con catálogos contemporáneos. En fin, le dedicaría tiempo y trabajo, porque, a fin de cuentas, si efectivamente fuera un hombre rico, tendría que rellenar los días de una manera creativa e imponer un cierto orden al ejercicio de la lectura y la escritura; en ese sentido, la definición de la biblioteca sería, también, la definición de un horizonte de trabajo.

Pero, en la realidad, cada buen lector, cada persona para quien el libro es una necesaria compañía, construye la biblioteca posible, la que está al alcance del bolsillo y de las oportunidades, que se arma en viajes, en saldos, en librerías de viejo, en liquidaciones, a punta de encargos y del simple azar que te conduce hacia un libro u otro. Entras, por ejemplo, a la bodega de un distribuidor santiaguino, a un  espacio trasero donde van a dar los libros que no se han vendido en seis o más años. Los libros que nadie quiso, lo que acumularon polvo en las librerías e iniciaron el largo camino de regreso hacia aquella bodega o que, peor aún, nunca salieron de ella porque nadie los solicitó. Allí puede haber –de hecho, hay- tesoros, libros que tú habías buscado en vano, títulos que alguna vez perdiste, pero también hay muchos otros que te llevas guiado tanto por la genuina curiosidad como porque están ahí, arrumbados y a precio vil, al diez o al cinco por ciento del valor que tendrían si en lugar de esa bodega estuvieran en la vitrina de una librería de la plaza. ¿Cómo resistirlo? Son el material de la biblioteca posible, y hay que obedecer a las incitaciones del azar. O vas a Buenos Aires y en alguna librería de Corrientes liquidan títulos de una editorial normalmente muy cara y que alguna vez quisiste tener, pero luego te interesaste en otros temas y autores, pero ahí están, a unos cinco dólares, una ganga: te llevas un montón. O das con un autor que te interesa. Buscas sus libros. Y libros sobre aquel autor. Y así das con otros, y sigues la rama del árbol, y de repente estás comprando y leyendo a gente que no sabías que existía. Y le das gracias al azar.

Esa es la biblioteca posible, que siempre tendrá muchos libros que están por si acaso o porque sí, porque los encontraste baratos, porque alguna vez te interesaron, porque quieres tener completa una colección de ensayos de muy buen gusto, porque estaban entre los saldos, porque hubo un ofertón, porque alguna vez quisiste saberlo todo sobre los ríos africanos o sobre la inquisición en Chile o sobre el nacimiento de las universidades en la vieja Europa, esas bibliotecas dentro de bibliotecas que proliferan también según las posibilidades y según la variación de tus ingresos.

Todo puede cambiar, es obvio, con los libros electrónicos, que no ocupan espacio y además están al alcance de un click. Cuando se cumpla la promesa de la infinita abundancia, estarás más cerca, entonces, de la posibilidad de la biblioteca ideal, de aquella que tú diseñas y labras como si se tratara de una escultura o mejor dicho de un bonsái, que crece de manera controlada y en la dirección que tú le das; y que, así mirada -una colección de ficheros alojada en un disco duro o en la nube-, tiene que ser muy atractiva para vencer la insipidez de la fórmula. Pero sabes que no será lo mismo. Que aquel conjunto de íconos podrá adaptarse a tu designio inicial, pero es tan distinto que te arropen y te abriguen los libros que el azar puso en tu camino y que forman tu biblioteca posible, que tiene, al fin y al cabo, una personalidad única, un carácter propio y distinto que no obedece tanto a un diseño preconcebido, sino a esa combinación de azar, necesidad y gusto que, vaya, tanto se parece a la vida.

<strong>(*) Columna publicada originalmente en El Post, 20 de julio de 2011</strong>]]></content:encoded>
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		<title>El proyecto Hemon</title>
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		<pubDate>Thu, 21 Jul 2011 11:50:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rodrigo Pinto</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Cuando leí, hace algunos años ya, La cuestión de Bruno y El hombre de ninguna parte, de Aleksandar Hemon, me pareció que había encontrado al escritor del futuro, al hombre por el que había que apostar todas las fichas, y dije, varias veces, que era mi candidato al Premio Nobel de Literatura en unos 20 [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Cuando leí, hace algunos años ya, <em>La cuestión de Bruno</em> y <em>El hombre de ninguna parte</em>, de <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Aleksandar_Hemon">Aleksandar Hemon</a>,  me pareció que había encontrado al escritor del futuro, al hombre por  el que había que apostar todas las fichas, y dije, varias veces, que era  mi candidato al Premio Nobel de Literatura en unos 20 o 30 o 40 años  más. Hemon nació en 1964, así que, si vive unos 80 años, lapso nada  extraño en un país desarrollado (es bosnio, pero vive en Estados  Unidos), tiene hasta 2044 para recibir el galardón.

El Nobel es, en todo caso, una lotería, y no vale la pena abundar en  ello. Quería decir con eso que me parecía un escritor al que había que  seguirle la pista, un escritor que hablaba por nuestro tiempo y lo  interpretaba de manera cabal. Me parecía también admirable que  escribiera en inglés, una lengua adoptada ya adulto, igual que Conrad y  Nabokov. No podía dejar de recordar a <a href="http://es.scribd.com/doc/22574172/Deleuze-Guattari-Kafka-Por-Una-Literatura-Menor">Deleuze y Guattari y su definición de literatura menor</a>,  la que “una minoría hace dentro de una lengua mayor”. Hablan de Kafka,  que escribe en alemán, pero el alemán de la minoría judía en Praga,  donde se habla mayoritariamente checo; y apuntan, como otra  característica de una literatura menor, que en ellas “todo es político”.  En cambio, agregan, en las grandes literaturas, “el <em>problema individual</em> (familiar, conyugal, etcétera) tiende a unirse con otros problemas no  menos individuales, dejando el medio social como una especie de ambiente  o trasfondo. (…) La literatura menor es completamente diferente: su  espacio reducido hace que cada problema individual se conecte de  inmediato con la política”. Hemon, bosnio que escribe en inglés y que  expresa la experiencia de su comunidad inmersa en la cultura  estadounidense, manifiesta de manera clarísima la presión por politizar  un discurso que se articula desde los bordes y desde ahí hace crujir  tanto el lenguaje como la expresión de cuestiones como el desarraigo, el  extrañamiento, el exilio, la extrañeza.

Todo ello era especialmente notorio en los cuentos de <a href="http://www.lsf.com.ar/libros/32/CUESTION-DE-BRUNO-LA/"><em>La cuestión de Bruno</em></a> y en la novela <a href="http://www.anagrama-ed.es/titulo/PN_566"><em>El hombre de ninguna parte</em></a>, escritas tanto desde la memoria como desde la experiencia, desde el recuerdo de Sarajevo y desde la vivencia del desarraigo. <a href="http://www.antartica.cl/antartica/servlet/LibroServlet?action=fichaLibro&amp;id_libro=115148"><em>El proyecto Lázaro</em></a> profundiza y enriquece esa vertiente, puesto que pone en línea otras  experiencias de migración y rechazo, de búsqueda de nuevos horizontes y  de racismo, de fuga de la violencia homicida y encuentro con otro tipo  de presión sobre las personas, una violencia más solapada pero no por  ello menos atroz.

En mi reseña de <a href="http://yonosoyfunes.wordpress.com/2011/07/21/2011/06/22/el-hombre-de-ninguna-parte/"><em>El hombre de ninguna parte</em></a> propuse algunas similitudes entre la obra de Hemon y la de Bolaño: el  tratamiento del desarraigo y el hábito de desarrollar historias que ya  aparecían en algún libro anterior. Agrego ahora otra: así como Bolaño se  situaba como personaje a través de su alter ego Arturo Belano, Hemon  repite, bajo distintos nombres y profesiones, a un mismo personaje que,  como él, es un exiliado bosnio en Estados Unidos. Antes, en los dos  libros anteriores, se llamaba Josef Pronek; en <em>El proyecto Lázaro</em>,  Vladimir Brick, que tiene a su Ulises Lima en el personaje del  fotógrafo Rora. Y una más: como Bolaño, Hemon adopta una estructura  distinta y a la medida de cada proyecto literario. Así, por más que  exista una poderosa continuidad temática en su obra, cada proyecto tiene  una identidad fuerte y distinta. No se sabe hasta dónde Hemon  prolongará esta suerte de sistema planetario de novelas con órbitas  concéntricas en torno al desarraigo. Mientras tanto, esta nueva novela  arroja inesperadas luces sobre dos momentos de la historia, sin dejar de  gravitar en torno a Sarajevo y la desaforada violencia de las guerras  civiles en la península de Los Balcanes. Y es que Brick se pone como  tarea investigar el asesinato de un joven judío, Lázaro Avervuch, en  Chicago en la primera década del siglo pasado, cuando sucesivas olas de  inmigrantes fluían desde Europa Oriental en una fuga desesperada de los <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Pogromo">pogromos</a> que devastaban los barrios judíos en la madre Rusia. La novela fluye  entonces en una doble vía, en capítulos que se sitúan en uno u otro  tiempo, hasta que progresivamente la historia de Lázaro se entromete en  la de Brick y Rora, que han partido a Ucrania y Moldavia en busca de las  raíces de la historia del joven judío y de su hermana Olga (quien quizá  es la gran heroína de la novela); y aún se podría hablar de una  tercera, compuesta por las historias de Sarajevo que Rora le cuenta a  Brick durante su viaje. Hay dos periodistas de apellido Miller en la  novela. Uno está al servicio del poder en Chicago y deforma hasta  extremos increíbles la historia de Lázaro y de Olga; el otro es  corresponsal de guerra en Sarajevo. No sabemos qué escribe, pero sí del  modo en que se relaciona con el poder; él es el poder.

Mucho más que en sus anteriores obras, Hemon pulsa las teclas del  grotesco, del ridículo, del humor sangriento. Sus descripciones de las  ciudades ucranianas y moldavas logran desalentar a cualquier proyecto de  turista, al tiempo que revelan, como otros autores de la zona, el feroz  contraste entre sectores rurales y urbanos pobres atrasados y la  invasión que Occidente lleva a cabo a través de productos comerciales y  de la industria del entretenimiento. Es una novela que amplía, sin duda,  su reflexión –literaria- sobre los efectos de la guerra civil y del  desarraigo, pero desde una clave más universal y también más  desesperanzada, que revela, sobre todo, las dificultades que implica  cerrar el círculo; o, más bien, el problema de no cerrarlo, de dejar  abiertas las interrogantes, de regresar, una vez más, al punto de  partida, pero en la caída de la espiral y no del encuentro con la propia  historia.

<em>La cuestión de Bruno</em>. Anagrama, Barcelona, 2001. 245 páginas.<em>
El hombre de ninguna parte</em>. Anagrama, Barcelona, 2004. 257 páginas.<em>
El proyecto Lázaro</em>, Duomo, Barcelona, 2009. 362 páginas.

<strong>(*) Texto </strong><strong>publicado en <a href="http://elpost.cl/content/el-proyecto-hemon">El Post</a>, 29 de junio de 2011</strong>]]></content:encoded>
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		<title>La novela de Kennedy</title>
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		<pubDate>Fri, 15 Jul 2011 11:36:27 +0000</pubDate>
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		<div>
		<a href="http://www.elmostrador.cl/opinion/2011/07/15/la-novela-de-kennedy/" title="Libro Kennedy"><img title="Libro Kennedy" src="http://www.elmostrador.cl/media/2011/07/Libro-Kennedy-192x300.jpg" alt="La novela de Kennedy" width="128" height="200" /></a>
		</div>
		<br/>
		John F. Kennedy fue un gran presidente, pero también un cuasi inválido que ocultó sus enfermedades y un seductor compulsivo. Nadie lo ha retratado hasta ahora con más humanidad y certera intuición que Jed Mercurio en Un adúltero americano. “De repente el presidente se encuentra tumbado en el suelo, con un dolor parecido el de [...]]]></description>
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		<div>
		<a href="http://www.elmostrador.cl/opinion/2011/07/15/la-novela-de-kennedy/" title="Libro Kennedy"><img title="Libro Kennedy" src="http://www.elmostrador.cl/media/2011/07/Libro-Kennedy-192x300.jpg" alt="La novela de Kennedy" width="128" height="200" /></a>
		</div>
		<br/>
		<a href="http://es.wikipedia.org/wiki/John_F._Kennedy">John F. Kennedy</a> fue un gran presidente, pero también un cuasi inválido que ocultó sus  enfermedades y un seductor compulsivo. Nadie lo ha retratado hasta ahora  con más humanidad y certera intuición que <strong>Jed Mercurio</strong> en <a href="http://www.anagrama-ed.es/titulo/PN_761" target="_blank"><em>Un adúltero americano</em></a>.

“De  repente el presidente se encuentra tumbado en el suelo, con un dolor  parecido el de un puñal que le atravesara la espalda y las piernas”. Su  caída no tiene nada de heroica. <strong>Kennedy</strong> ha abordado con  pretensiones sexuales a la dama equivocada y ahora yace tendido,  incapaz de moverse por la faja que mantiene rígida su columna vertebral.  El seductor también se equivoca, y ambos males -los físicos y mentales,  las gravísimas lesiones en la espalda y la bulimia sexual- conspiran  para humillarlo en la pieza de un hotel en el Medio Oeste.<a href="http://www.elmostrador.cl/media/2011/07/Libro-Kennedy.jpg"><img class="size-medium wp-image-182053 alignleft" title="Libro Kennedy" src="http://www.elmostrador.cl/media/2011/07/Libro-Kennedy-192x300.jpg" alt="Libro Kennedy" width="192" height="300" /></a>

Este episodio refleja bien la tensión contenida en una novela que se  centra en los años de su presidencia, con obvios vistazos a hechos  anteriores –fundamentales en la estructura narrativa, porque explican  mejor al personaje-, especialmente al momento en que <strong>Kennedy</strong> comandaba una torpedera en la Segunda Guerra Mundial y quedó con graves  lesiones luego de naufragar y rescatar a varios de los soldados a su  cargo. También está muy presente la historia de su matrimonio con <strong>Jackie</strong>,  todo un acontecimiento en la biografía de un seductor que procuró  conciliar dos líneas que todos suponemos paralelas: el amor excluyente  por la mujer escogida para compartir la vida y la imposibilidad de  resistir el señuelo de la atracción sexual por otras. <strong>Kennedy</strong>, tal como lo muestra <strong>Mercurio</strong>,  no era un dechado de virtudes amatorias ni, mucho menos, un atleta  sexual; en la época de su presidencia, los atroces dolores de espalda lo  obligaban a portar una rígida faja y el cóctel de antibióticos,  antiinflamatorios y un impresionante conjunto de drogas para controlar  la diarrea, el dolor de cabeza y un sinfín de enfermedades lo reducían a  poco más que un monigote sólo capaz de tenderse de espaldas.

Para el personaje retratado por Mercurio (con mucho fundamento  biográfico, por cierto), el señuelo irresistible es la novedad. Ni la  juventud, ni la belleza, ni las habilidades en la cama, son factores  dominantes (aunque obviamente tienen importancia a la hora de escoger)  para decidir el momento de la caza. La adrenalina fluye, para el  seductor impenitente, sólo con la nueva conquista. Algunas de las  mejores páginas de la novela exponen, precisamente, la teoría del  seductor que <strong>Mercurio</strong> elabora a partir del personaje de <strong>Kennedy</strong>,  guiado por principios inconmovibles para su vocación de cazador.  Algunos son previsibles -¡jamás reconozcas nada!-, pero otros entran de  lleno en el pantanoso terreno de la moral: “Como mujeriego, los recelos  de la culpa nunca deben impedirle satisfacer sus apetitos. Eliminar la  culpa es la base de su éxito como fornicador”.

Más que entrar aquí en esa discusión, vale la pena destacar el modo brillante en que <strong>Mercurio</strong> desarrolla el tema sin estigmatizar a <strong>Kennedy</strong> y sin tampoco incurrir en un exceso de indulgencia. En realidad, quizá  la mayor virtud de la novela está allí, en ese retrato dibujado  concienzudamente que muestra al padre amante de sus hijos, que no se  perdonaba no leerles un cuento antes de dormir (y que alcanza cotas  conmovedoras hacia el final del libro); al esposo considerado, que contó  siempre con una única confidente y aliada para todo lo importante en su  vida; y al seductor impenitente, al macho alfa que irradia poder y  atractivo sexual y, puesto además que está en la cumbre del poder,  encuentra natural que las mujeres que están al alcance de su mano le  rindan la correspondiente pleitesía. ¿Y cómo un macho alfa tan  obviamente exitoso y con tanta experiencia en materias de seducción  recurría también a los servicios de prostitutas? Simple: “El mujeriego  opta por el sexo con una prostituta porque simplifica las posibles  dificultades derivadas de la tentación de una mujer a irse de la lengua o  a demorarse después del sexo”.

Suele  usarse el término “caricaturesco” de manera peyorativa, pero no siempre  es así. Una buena caricatura resalta los rasgos más propios del  semblante de una persona y, por esa vía, suele lograr un retrato que  expresa mejor cómo esa cara es percibida por el resto. <strong>Mercurio</strong> trabaja su texto en esa línea; exagera cualidades y defectos,  extrapola, reduce a un par de trazos muy marcados a personajes como <a href="http://www.letraslibres.com/index.php?art=12276" target="_blank"><strong>Frank Sinatra</strong></a>, <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Marilyn_Monroe" target="_blank"><strong>Marilyn Monroe</strong></a> y <a href="http://youtu.be/CqxhVj0oJmM"><strong>J. Edgar Hoover</strong></a> (y aún a<strong> JFK</strong> y <strong>Jacqueline</strong>,  si bien de manera mucho más acuciosa y con más elementos en la  ecuación) y logra así una presencia muy fuerte de estos actores  secundarios en la trama de la novela. <strong>Frank</strong>, de quien  nunca se escribe el apellido, es un chulo –en el sentido criollo del  término- que nunca acierta con su lugar en el entorno de una figura de  poder tan marcada como el presidente de Estados Unidos. <strong>Marilyn</strong> es una cocainómana que también se equivoca en sus pretensiones: diva,  diosa, objeto del deseo, no puede resignarse al papel secundario y  aspira, sin remilgos, a convertirse en Primera Dama.

<strong>J. Edgar Hoover</strong> es uno de esos personajes dibujados  con pocos trazos (no corresponde acá el adjetivo “gruesos”), destinados  sólo a destacar su papel en la biografía de <strong>Kennedy</strong>. Es sabido -aunque <strong>Mercurio</strong> no explota esta variante del relato- que <strong>Hoover</strong> tenía muchos esqueletos en su armario. De noche, en la intimidad de su  casa, solía vestirse de mujer; era gay, pero odiaba a los gays. Era  además racista y misógino, de manera que sistemáticamente bloqueó el  ingreso de negros y mujeres a la organización que dirigía con mano de  hierro. Jamás estuvo dispuesto a ceder un milímetro del impresionante  poder que acumuló durante décadas a la cabeza del Federal Bureau of  Investigation, FBI; y, aunque la mayoría de los presidentes de Estados  Unidos quiso sacarlo del cargo, el que más cerca estuvo fue <strong>Kennedy</strong>. <strong>Hoover</strong>, siempre alerta, atacó el flanco más vulnerable. <strong>Robert</strong>,  el ministro de Justicia y su superior directo, era un fiero opositor a  toda práctica de corrupción y vínculos gubernamentales con  organizaciones criminales y tenía pocas debilidades explotables; pero <strong>John F</strong>., su hermano presidente, tenía secretos que <strong>Hoover</strong> no vaciló en poner en la bandeja del chantaje.

Acá  también la novela funciona por la vía de la selección escogida de  hechos que en realidad representan cadenas factuales mucho más largas y  complejas y sobre las cuales hay diferentes versiones. Por ejemplo, en  la novela tiene mucho peso el día de cumpleaños de cumpleaños de <strong>JFK</strong> en 1962. Sin la presencia de <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Jacqueline_Bouvier_Kennedy" target="_blank"><strong>Jacqueline</strong></a>, <strong>Marilyn Monroe</strong> le cantó el <em>Happy Birthday</em> de manera tan sugestiva que desató una ola de rumores sobre una posible relación entre ambos. <strong>Robert Dallek</strong>, autor de la biografía más autorizada y contundente sobre <strong>JFK</strong>, sostiene que no es posible inferir nada a partir de ello; pero <strong>Anthony Summers</strong>, el biógrafo de <strong>Hoover</strong>, afirma que <strong>John</strong> y <strong>Marilyn</strong> eran amantes de larga data. Con todo, no fue <strong>Marilyn</strong> la que pesó más en la balanza: otra de las ocasionales acompañantes del Presidente era <strong>Ellen Rometsch</strong>, una elegante prostituta que venía de Europa del Este y que, según <strong>Hoover</strong>, podía ser espía. En la novela, <strong>Mercurio</strong> explota de manera inteligente el vínculo entre los rumores sobre la vida sexual del presidente con el escándalo <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/John_Profumo" target="_blank"><strong>Profumo</strong></a>, ocurrido al otro lado del Atlántico. <strong>Profumo</strong>,  ministro de Defensa del Reino Unido, también era cliente de prostitutas  selectas, y se descubrió que su preferida atendía igualmente al  embajador de la Unión Soviética ante su gobierno. La prensa olió sangre y  presionó. Hasta entonces, en uno y otro lado del océano, la vida  personal de los políticos no era un asunto de interés para las grandes  cadenas de periódicos ni para la televisión; se entendía que la esfera  privada de las personas no tenía por qué ser auscultada ni menos aún  expuesta a los ojos del público. El caso <strong>Profumo</strong>,  inicialmente por sus implicaciones políticas y luego por el  descubrimiento de la prensa respecto al poder de sus denuncias, abrió  una nueva etapa en la relación de los medios con los representantes del  pueblo (el proceso fue más lento y hubo episodios a ambos lados del  Atlántico, pero <strong>Mercurio</strong> lo centra en este episodio). En la novela, <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Harold_Macmillan" target="_blank"><strong>Harold MacMillan</strong></a>, el primer ministro inglés de la época, conversa con <strong>Kennedy</strong>:

“-Las cosas han cambiado, <strong>Jack</strong>, casi de la noche a la mañana.  Le han cogido el gusto.
-¿A qué, <strong>Harold</strong>? –dice el presidente.
-Al escándalo.”

Y agrega el narrador del libro, algo más adelante:

“Un escándalo no sería noticia si las noticias no hubieran cruzado la  línea divisoria entre información y entretenimiento, y la prensa en el  Reino Unido ha descubierto en el mercado una fuerza nueva y poderosa, y  en consecuencia nunca ha corrido tanta tinta”.

Así se entiende mejor el poder de <strong>Hoover</strong>, asentado  en escuchas ilegales, matonaje y espionaje a sus compatriotas por  motivos que no tenían nada que ver con los fines de su organización.  Hizo mucho trabajo sucio para sus sucesivos jefes y estableció un estilo  que no vaciló en usar contra esos mismos superiores. <strong>Mercurio</strong> recrea una reunión muy larga entre <strong>Hoover</strong> y <strong>Kennedy</strong>,  donde el primero, según se dice tanto en las respectivas biografías  como en la novela, le mostró al Presidente una larga serie de  fotografías, que incluían desde las secretarias de la Casa Blanca que se  sucedían en otorgarle favores sexuales (apodadas <strong>Fiddle</strong> y <strong>Faddle</strong>;  Mercurio añade a la más improbable Fuddle) hasta las prostitutas que le  proveía un empleado de la Casa Blanca especialmente contratado para  fines como ese (o similares) y apodado “<strong>Tapadera</strong>” en la novela, más amigas que lo visitaban periódicamente y hasta las levantadas en encuentros ocasionales. <a href="http://www.elpais.com/articulo/internacional/KENNEDY/_JOHN_FITZGERALD/ESTADOS_UNIDOS/amante/John/Kennedy/confiesa/actuo/mensajera/Mafia/elpepiint/19880223elpepiint_22/Tes" target="_blank"><strong>Judith Campbell</strong></a>, amiga del mafioso <a href="http://edant.clarin.com/diario/2000/07/20/s-05601.htm"><strong>Sam Giancana</strong></a>, y <a href="http://www.crimemagazine.com/president-and-prostitute-jack-kennedy-and-ellen-rometsch" target="_blank"><strong>Ellen Rometsch</strong></a>, la eventual espía soviética, eran las piezas más escogidas de la colección. En la reunión, <strong>Kennedy</strong> se niega a responder preguntas sobre su vida privada: “Ningún  norteamericano debe responder a ellas ni tendrá que hacerlo nunca”. A la  luz de la historia posterior y los interrogatorios que sufrió <strong>Bill Clinton</strong> por el caso de <strong>Monica Lewinsky</strong>, hay un punto de ironía en la frase que <strong>Mercurio</strong> atribuye a <strong>Kennedy</strong>.

Y acá está el nudo por donde la narración interpreta el caso <strong>Kennedy</strong>. Sin afanes historiográficos ni tampoco excesos psicologistas, <strong>Mercurio</strong> ofrece una lectura impecable de un personaje complejo y su tragedia,  que tiene, en la novela, aristas impensadas que calzan de manera  perfecta con la historia. Ahondar más en el punto puede ser impertinente  para el futuro lector del libro, de manera que es mejor cerrar acá esta  revisión: el autor no sólo lee bien al personaje, no sólo recrea de  manera brillante su época y las decisiones que debió tomar, sino también  escribe una novela extraordinaria por su claridad de estilo y sobre  todo su capacidad de conducir, con mano segura, un relato que toca  tantas y tan delicadas fronteras entre el sexo, el poder, la enfermedad y  la muerte.

<strong><a href="http://www.antartica.cl/antartica/servlet/LibroServlet?action=fichaLibro&amp;id_libro=105822">Jed Mercurio. <em>Un adúltero americano. </em>Anagrama, Barcelona, 2010. 365 páginas</a>.</strong>

<a href="http://www.laie.es/libro/j-f-kennedy/204390/978-84-8307-614-9"><strong>Robert Dallek. <em>J.F. Kennedy. Una vida inacabada</em>. Península, Barcelona, 2004. 829 páginas.</strong></a>

<a href="http://www.antartica.cl/antartica/servlet/LibroServlet?action=fichaLibro&amp;id_libro=24136"><strong>Anthony Summers. <em>Oficial y confidencial. La vida secreta de J. Edgar Hoover</em>. Anagrama, Barcelona, 1995. 613 páginas.</strong></a>]]></content:encoded>
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		<title>Marte en Aries</title>
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		<pubDate>Wed, 06 Jul 2011 10:19:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rodrigo Pinto</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En astrología, «Marte en Aries» indica una persona enérgica, directa, impulsiva, pero también un guerrero en el campo de batalla. Lo más probable es que el escritor austríaco Alexander Lernet-Holenia (1897-1976), que participó en las dos guerras mundiales y que vivió los 21 años que mediaron entre una y otra como «un interludio», haya escogido [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[En astrología, «Marte en Aries» indica una persona enérgica, directa, impulsiva, pero también un guerrero en el campo de batalla. Lo más probable es que el escritor austríaco <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Alexander_Lernet-Holenia">Alexander Lernet-Holenia</a> (1897-1976), que participó en las dos guerras mundiales y que vivió los 21 años que mediaron entre una y otra como «un interludio», haya escogido el título de la novela que quiso publicar en 1941 con ese significado, hombres en guerra, guerreros en el campo de batalla. Sin embargo, es curioso comprobar que<a href="http://my.opera.com/astrologia/blog/2007/02/21/marte-en-aries"> otra atribución de significado astrológico</a> a «Marte en Aries» describa tan bien el ánimo, el temple, la disposición de la Alemania nazi:

«Fuerte combatividad, voluntad de afirmación, sin tener en cuenta a los demás. Inconstancia en la acción. Estados depresivos que generan agresividad. Dificultad en las relaciones con los demás. Fe en sí mismo, audacia. Falta de diplomacia, impaciencia, impulsividad. Rudeza, reacciones instintivas. Energía intelectual, sensualidad intensa. Independencia. Disarmónico: Excesiva irritabilidad. Frases y gestos violentos que suscitan hostilidad. Frustraciones, acciones irracionales con graves consecuencias. Falta absoluta de diplomacia».

Clima anímico en que se inscribe <a href="http://www.comunicacion-cultural.com/2011/02/02/marte-en-aries/">Marte en Aries</a>, novela que sin duda recoge al menos la cronología biográfica del autor; tanto él como el protagonista, el teniente Wallmoden, se enrolaron como voluntarios en 1915 para combatir en la Primera Guerra Mundial; ambos regresaron a su regimiento en 1939, a cumplir con la obligación de dirigir, cada cierto tiempo, ejercicios bélicos; y ambos fueron atrapados por el torbellino bélico que los llevó a participar en la campaña de Polonia, en septiembre de aquel año.

De ahí la extraordinaria viveza de las escenas bélicas, al ritmo de ese avance veloz desde Eslovaquia hasta los valles y las colinas de Polonia, a la sombra de los <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Tatras">Montes Tatras</a>, en un paisaje fantasmagórico dominado por el polvo: «Se alzaba en gigantescas nubes, se levantaba como torres, se fraguaba como una tempestad. Todo el país yacía bajo los velos en los que se disolvía y de los que iba cayendo una especie de llovizna. No se podía comer nada sin que crujiera entre los dientes, no se podía tocar nada sin introducir la mano en el polvo, era como si se tratase de advertir a los hombres que ellos mismos eran solo polvo, nada más que polvo». Pero Lernet-Holenia está muy lejos de participar con exaltación en el espíritu bélico. Al contrario, el panorama de desolación y muerte que pinta en las páginas de esta novela, así como la viva resistencia de las tropas polacas que muestra, fueron algunas de las razones para que Goebbels vetara la publicación de Marte en Aries en 1941 (y probablemente también la total ausencia de alusiones a la ideología nazi; la guerra, acá, es más un hecho ineluctable que una empresa gloriosa, un acto del destino antes que un designio de la voluntad).

Pero lo más destacable de esta novela, con todo, no es eso. Es decir, solo esas páginas de caos, ruido incesante, torbellinos de polvo, multitudes en fuga y feroces escaramuzas justifican la lectura, páginas que se articulan desde una voz impersonal que, sin embargo, denota de inmediato el conocimiento de primera fuente tanto como un extraordinario desapego de la escena. El conde Wallmoden está ahí, pero también en otra parte: en sus sueños, en sus mareos –síntomas de un estado de exaltación, según el médico a quien consulta-, en su enamoramiento de una mujer misteriosa que lo evade tanto como lo invita, en sus conversaciones sobre fantasmas y sus reflexiones sobre mundos paralelos. Es que Lernet-Holenia es mucho, muchísimo más que un cronista bélico. Antes bien, la guerra parece una excusa para adentrarse en territorios misteriosos, allí donde se cruzan las fronteras entre la vida y la muerte, entre el mundo del sueño y el mundo de la vigilia, entre la imaginación y la realidad. Las sorprendentes continuidades que establece entre esas distintas esferas le da a Marte en Aries una textura realmente extraordinaria, una fisonomía peculiar que lo constituye, sin duda, en un autor cuya singularidad merece un más amplio conocimiento. Tal como ocurre en <a href="http://www.siruela.com/catalogo.php?opcion=buscar&amp;id_libro=948&amp;completa=S">El barón Bagge</a>, editada por Siruela por primera vez en la tristemente desaparecida colección de narrativa de terror y misterio «<a href="http://leelibros.com/biblioteca/index.php?q=node/32952">El ojo sin párpado</a>», la actividad onírica tiene un papel destacado -aunque menos relevante en la trama-, pero hay más de una conexión entre aquella cabalgata frenética en busca del enemigo ausente y este otro deambular por el campo de batalla entre apariciones y desmayos que trasladan a Wallmoden a otro estado de conciencia o a otro plano de la realidad:

«Cuando nos quedamos sin conocimiento, no existe una pérdida de conciencia completa, sino que solamente nos trasladamos (como en la muerte) de un reino a otro, pero estos reinos carecen de embajadores, y solo muy de cuando en cuando –en contadísimas ocasiones- se desprenden partículas de los otros reinos y, como madera flotante procedente de algún continente lejano, varan en las costas de nuestras percepciones; o como pájaros que se han perdido, de tarde en tarde viene a parar entre nosotros el alma de algún fallecido o ángeles o dioses extraviados».

Hay que agregar, finalmente, que hay también una trama levemente policial o de espionaje, no se sabe bien, que otorga a ciertos diálogos y encuentros (muy importantes en la novela) un singular aire de extrañeza; y que la inolvidable visión de Wallmoden la noche previa a la invasión, miles de cangrejos que huyen del río que constituye la frontera y se arrastran por tierra en una cinta que «continuamente subía y bajaba un poquito, raspaba y crujía y hasta daba la sensación de soltar de vez en cuando un ligero sonido metálico», es tanto un adelanto de la debacle que se cierne sobre el teniente y sus hombres como la imagen que atrapa de manera perfecta los universos encontrados que Lernet-Holenia hace confluir -y chisporrotear en su contacto hasta la incandescencia- en esta novela.

Párrafo escogido

«Antes, cuando los escuadrones se ponían en marcha, se oía el estruendo de innumerables cascos de caballos, como si el viento levantara montones de hojas marchitas o como si se precipitaran témpanos de hielo. Ahora zumbaban los motores. Antes, cuando uno estaba en las líneas o se avanzaba un poco a ellas, creía ver el paisaje cubierto de regimientos como de inamovibles figuras geométricas, en las que, como si fuesen constelaciones, se sabía con exactitud, en todo momento y en todas partes, en qué punto se hallaba cada uno, los abanderados, los cornetas, los oficiales, y cuyo hermético orden incluso hubiera mantenido erguido a un muerto; y ahora también se notaba la ensambladura de la comunidad, la más terrible de la que jamás hayan existido, y se percibía que uno no solo avanzaba rumbo al peligro con la gente, sino en la comunidad de la gente, de la que no había escapatoria. ¿Rumbo a qué peligro? No se sabía. Nunca se sabe».

Alexander Lernet-Holenia. Marte en Aries. <a href="http://www.editorialminuscula.com/frameset.html">Editorial Minúscula</a>, Barcelona, 2011. 218 páginas.

<strong>(*) Artículo publicado originalmente en El Post, de junio de 2011</strong>]]></content:encoded>
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		<title>El placer del descubrimiento</title>
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		<pubDate>Fri, 17 Jun 2011 11:37:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rodrigo Pinto</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Bueno, no la descubrí yo, sino Impedimenta. Y antes que ellos, Mondadori, pero me parece que muy poca gente logró apreciar el talento de Penelope Fitzgerald hará un poco más de diez años, cuando sus novelas La flor azul (1998) y A la deriva (2000) circularon por las librerías; y ya ni siquiera aparecen en [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Bueno, no la descubrí yo, sino <a href="http://www.impedimenta.es/impedimenta.htm">Impedimenta</a>. Y antes que ellos, Mondadori, pero me parece que muy poca gente logró apreciar el talento de <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Penelope_Fitzgerald">Penelope Fitzgerald</a> hará un poco más de diez años, cuando sus novelas <em>La flor azul</em> (1998) y <em>A la deriva</em> (2000) circularon por las librerías; y ya ni siquiera aparecen en los catálogos de la editorial. Y antes, desde luego, la descubrió el editor inglés que decidió publicar sus libros (cuestión arriesgada, la dama llegó al mundo editorial cuando estaba a punto de cumplir 60 años), y luego los lectores ingleses. Estuvo a punto de ganar el Booker Prize en 1978 con <em>La librería</em>, la novela suya que acabo de leer y que me sedujo desde las primeras líneas, y lo obtuvo con la siguiente, <em>A la deriva</em>, sobre su vida en una casa fluvial sobre el Támesis. Publicó otros libros, ganó otros premios, murió en 2000 a los 83 años.

Y ahora me tocó a mí descubrirla. Bueno, no fue tan así tampoco, leí comentarios en twitter y un librero me la recomendó encarecidamente. No es extraño, obviamente <a href="http://www.impedimenta.es/ficha.php?id=50"><em>La librería</em></a><em> </em>es un libro que puede tocar teclas especiales para quienes venden o editan o tienen que ver con los libros, pero no hay tanto librero o editor como para lograr lo que descubrí al mirar el colofón: entre marzo y octubre de 2010, llevaba seis ediciones. Es que el encanto de Penelope va mucho más allá de ello y pasa, en buena medida, por el modo fragmentario en que avanza y los muchos espacios que debe rellenar el lector. Una cierta aspereza, una clara distancia, marcan el tono de la novela, acorde con el paisaje de desolados pantanos en la costa del Mar del Norte del condado de Suffolk.

La protagonista es Florence Green, una mujer que derrocha coraje. Al menos así se lo dice un personaje importante del pueblo, desgraciadamente recluido en una soledad insobornable que sólo la quijotesca empresa de Florence –abrir una librería en la localidad- logra romper. Ella es una mujer menuda, que pasa ya de los cuarenta, solterona muy a la inglesa, «un poco insignificante vista desde delante y completamente insignificante por detrás», que cree que Hardborough es una buena plaza para la venta de libros, puesto que no hay nada semejante en muchos kilómetros a la redonda. Para tal fin, compra Old House, una histórica y venerable casona llena de corrientes de aire y humedad que además tiene su propio habitante, un <em>poltergeist</em> (en la época de la narración, 1959, se les llamaba <em>rappers</em>, «golpeadores»), con la ayuda de un crédito bancario. Pero antes incluso de que tome posesión de Old House e instale las estanterías de libros abajo y su domicilio en el segundo piso, su decisión despierta una sorda resistencia, que termina por convertirse en guerra cuando gente de la vecindad se agolpa en la puerta en busca de un ejemplar de <em>Lolita</em>.

La construcción de la novela es de una sutileza que abisma. Donde parecería imponerse la obviedad, Fitzgerald opta por la elipsis, la distancia, el corte; y aunque hay pocas tramas más fáciles de contar, se trata también de una de las más difíciles de reproducir en su ritmo quebrado y en la delicadeza con que asoman los distintos actores del drama. El final, por otra parte, es una maravilla de concisión: pocas líneas han dicho tanto y tan bien para rematar un desarrollo simplemente soberbio. Y pocas cosas dan tanto placer como decidir no ser parco en el elogio de una novela cautivante. Ahora espero que llegue pronto a Chile <a href="http://www.impedimenta.es/ficha.php?id=68"><em>El inicio de la primavera</em></a>, otra vez de la mano de Impedimenta, y que Random House atine y reedite las que publicó antes. O que ceda los derechos. También estoy dispuesto a aceptar los designios del azar y que estén arrumbadas en esos mesones de ofertas en las librerías de la porteña avenida Corrientes. Juro que la próxima vez que vaya a Buenos Aires voy a llevar “Penelope Fitzgerald” escrito en la frente, por ahí por el tercer ojo.

<strong>(*) Texto publicado en El Post.cl</strong>]]></content:encoded>
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		<title>Sciascia detective</title>
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		<pubDate>Wed, 08 Jun 2011 11:17:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rodrigo Pinto</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Posteos del Día]]></category>

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		<description><![CDATA[En 1970, 37 años luego de la muerte de Raymond Roussel en un hotel de Palermo, el escritor italiano Leonardo Sciascia recibió la petición de ubicar el certificado de defunción del escritor francés, depositario de un culto escaso, pero culto al fin y al cabo, a la altura de un raro entre los raros. Sciascia [...]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[En 1970, 37 años luego de la muerte de <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Raymond_Roussel">Raymond Roussel</a> en un hotel de Palermo, el escritor italiano <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Leonardo_Sciascia">Leonardo Sciascia</a> recibió la petición de ubicar el certificado de defunción del escritor francés, depositario de un culto escaso, pero culto al fin y al cabo, a la altura de un raro entre los raros. Sciascia cumplió con el encargo, pero en el camino se encontró con variadas sorpresas. De ahí nació <a href="http://www.gallonero.es/actas-relativas-a-la-muerte-de-raymond-roussel-2/"><em>Actas relativas a la muerte de Raymond Roussel</em></a>, un trabajo de acopio de antecedentes que arroja mucho más luces sobre Sciascia, sus métodos y sus obsesiones que sobre Roussel. Es que al siciliano, con seguridad, el francés lo dejaba frío; en realidad, es difícil encontrar a dos escritores más opuestos en su manera de enfrentar la escritura.

Como bien dice <a href="http://www.revistafosforo.com/julioreija.htm">Julio Reija</a>, traductor y autor del epílogo (en realidad, un sustancioso ensayo de unas 30 páginas), «Raymond Roussel juraba inventarse cada una de las imágenes y acciones de sus obras, trabajando desde la pura alquimia lingüística y el ejercicio de la imaginación, y sin dejarle en sus libros ni un solo resquicio a la experiencia. Leonardo Sciascia golpeaba las afiladas teclas de su <a href="http://www.google.com/search?q=olivetti+lettera+22&amp;hl=es&amp;client=firefox-a&amp;hs=mNv&amp;rls=org.mozilla:es-CL:official&amp;prmd=ivns&amp;tbm=isch&amp;tbo=u&amp;source=univ&amp;sa=X&amp;ei=BY-9TaHKG4bk0gGv4JHmBQ&amp;ved=0CCcQsAQ&amp;biw=1600&amp;bih=736">Olivetti Lettera 22</a> al son del compromiso con la búsqueda de la verdad, hasta el punto de asegurar en bastantes ocasiones que nunca se inventaba nada, ni los personajes de sus novelas ni el estilo de su escritura».

Pero había algo en esas actas que despertó al sabueso: inconsistencias, equivocaciones en los nombres, contradicciones entre los testigos (leves, eso sí), una rapidez absolutamente insólita en ese tipo de procesos, además de la inicial resistencia burocrática a entregarle papeles que debían ser del dominio público. De ahí su insistencia en obtener los documentos y su posterior publicación de <em>Actas…</em>, un volumen muy breve donde Sciascia presenta la evidencia, cita extensamente los documentos oficiales, agrega entrevistas posteriores a los descendientes y señala, paso a paso, punto a punto, todas las lagunas y rarezas contenidas en el brevísimo proceso. Y concluye: «Innegablemente, hay muchos puntos oscuros en los últimos días de vida y muerte de Raymond Roussel. Y si se declinan desde el punto de vista de la sospecha, el asunto adquiere un no sé qué de misterioso, de <em>detective-story</em>». La pregunta mayor es si Roussel se suicidó, como dice el documento oficial, o si cometió un descuido fatal en la ingesta de narcóticos o «substancias barbiatúrdicas», como tan graciosamente las llama el acta oficial. La cuestión es más bien banal. <a href="http://www.lecturalia.com/libro/17798/raymond-roussel">Michel Foucault</a> y otros estudiosos se inclinan por el suicidio; Sciascia, por el descuido. El procedimiento judicial también se inclinó por el deliberado atentado contra la vida propia y, según Sciascia, ello fue fundamental para que el proceso tuviera una resolución tan rápida (una mañana, nada más, aún con la participación de diversas instancias oficiales).

Así, aún cuando se tratase de un descuido con resultados fatales, «la muerte de Roussel era en efecto un suicidio, y un extranjero que acaba poniéndole fin a su vida en Italia, y en un momento en que la gloria de la Italia fascista resonaba en los cielos atlánticos y ratificaba la paz europea con el pacto entre las cuatro grandes potencias, ¿no parecía, tal vez, aludir no sólo a la imposibilidad de convivir, sino también a la imposibilidad de vivir en la Italia fascista? La policía italiana había refinado en aquella época su capacidad de captar alusiones, de descifrar símbolos y alegorías. Y ¿no es precisamente el suicidio el gesto que alude de forma suprema a la imposibilidad de vivir bajo la tiranía?».

¿Rizaba Sciascia el rizo? Es bien probable que no, dado que el proceso completo duró sólo una mañana en manos de «esa misma magistratura cuyo paso es en la totalidad de los casos de una impresionante lentitud y un atroz peso para quienes se encuentran implicados». Con seguridad, la extrema premura explica también las inconsistencias, los errores y los descuidos en la investigación, que caminó a pasos agigantados hacia el establecimiento de una causal de muerte sin autopsia y sin entretener más a testigos y cercanos. Pero hay una razón distinta, que nos devuelve a Sciascia, a sus técnicas narrativas, a su manera de afrontar el trabajo del escritor, con esta frase casi al final de las <em>Actas</em>: «los hechos de la vida siempre se vuelven más complejos y oscuros, más ambiguos y equívocos, o sea, tal y como <em>verdaderamente </em>son, cuando se los escribe» (la cursiva es de Sciascia).

Es un enfoque, para mí, novedoso. Se suele decir, por el contrario, que «poner las cosas por escrito» acarrea claridad y perspectiva. Sciascia desmiente la especie; escribir es traer hacia la superficie y explicitar el verdadero carácter de las cosas, con sus ambigüedades y sus tinieblas. Quizá acá está la clave para leer mejor sus ficciones (siempre encaramadas en las espaldas de la realidad), sus lúcidos ensayos, su obra que inquieta y perturba. Y también para leer, desde luego, este librito. Estoy de acuerdo con Julio Reija en que Sciascia puede haber sentido una cierta cercanía con Roussel en cuanto ambos fueron unos solitarios que caminaban a destiempo, aunque por muy distintas razones; pero no en que el suicidio de su hermano Giuseppe haya motivado el intento de exculpación de Roussel que Sciascia lleva a cabo en las <em>Actas</em>. La auténtica profundidad y complejidad del texto pasan por la desesperanzada mirada de Sciascia sobre la sociedad siciliana e italiana, así como por su convicción de proclamar, aunque sea incómoda, la verdad. Aunque sea una verdad tan menor como que el hipocondríaco Roussel, que buscaba en los narcóticos una experiencia de paz e iluminación, la alcanzó, finalmente, pero a costa de morir sobre el colchón que había puesto en el suelo, porque tenía miedo de caerse de la cama.

(*)<strong> Artículo publicado originalmente en <a href="http://elpost.cl/content/sciascia-detective">El Post</a>, 3 de mayo de 2011</strong>]]></content:encoded>
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		<title>El amigo catete. Soma Morgenstern y Joseph Roth</title>
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		<pubDate>Thu, 02 Jun 2011 11:25:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rodrigo Pinto</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Posteos del Día]]></category>

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		Hay amistades literarias que permanecen en el tiempo y otras que se redescubren y arrojan nuevas luces sobre las respectivas obras. Una es la de Soma Morgenstern con Joseph Roth, aunque para muchos efectos es como su tía solterona. No fue un albacea como Brod con Kafka (aún contra su voluntad), pero sí el amigo [...]]]></description>
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		<a href="http://www.elmostrador.cl/opinion/2011/06/02/el-amigo-catete-soma-morgenstern-y-joseph-roth/" title="El amigo catete. Soma Morgenstern y Joseph Roth"><img title="El amigo catete. Soma Morgenstern y Joseph Roth" src="http://yonosoyfunes.files.wordpress.com/2011/06/huida-y-fin-de-joseph-roth.jpg?w=193&amp;h=300" alt="El amigo catete. Soma Morgenstern y Joseph Roth" width="128" height="200" /></a>
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		Hay amistades literarias que permanecen en el tiempo y otras que se redescubren y arrojan nuevas luces sobre las respectivas obras. Una es la de <strong><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Soma_Morgenstern">Soma Morgenstern</a></strong> con <strong><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Joseph_Roth">Joseph Roth</a></strong>, aunque para muchos efectos es como su tía solterona. No fue un albacea como <strong>Brod</strong> con <strong>Kafka</strong> (aún contra su voluntad), pero sí el amigo fiel, que lo conoció cuando ambos eran aún estudiantes en Galitzia y que estuvo junto a él en París, cuando <strong>Roth</strong>, ya sin la compañía de mujeres como <strong>Manga Bell</strong> o<strong> <a href="http://www.elpais.com/articulo/narrativa/Luz/apaga/elpbabnar/20020105elpbabnar_1/Tes">Irmgard Keun</a></strong>, continuaba el circuito de alcohol y escritura que ocupaba sus días desde la mañana al anochecer. <strong>Morgenstern</strong> se hizo cargo de las maletas de <strong>Roth</strong>, aquellas en donde guardaba todos sus bienes (nunca tuvo casa; vivía en hoteles y trenes, bebía en cafés y restaurantes), pero sólo para pedir que las revisara el editor de <strong>Roth</strong>. Ambos eran proscritos; judíos galitzianos cuya patria, antes austríaca, era entonces polaca (luego soviética y ahora ucraniana), cuyos libros habían sido prohibidos en Alemania, país en donde también se habían agotado, por cierto, las colaboraciones periodísticas para ellos.

Pero si <strong>Roth</strong>, según escribió <strong><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Carlos_Barral">Carlos Barral</a></strong> en el prólogo de <a href="http://www.antartica.cl/antartica/servlet/LibroServlet?action=fichaLibro&amp;id_libro=23953">La leyenda del Santo Bebedor</a>, bebía para alejar “esa molesta lente de lucidez que el alcohol tan oportunamente mitiga cuando conviene”, <strong>Morgenstern</strong> atestiguaba, con indignado moralismo, el deterioro de su amigo. Así describe él mismo su propósito al escribir <a href="http://www.pre-textos.com/escaparate/product_info.php?manufacturers_id=696&amp;products_id=1056">Huida y fin de Joseph Roth</a>: “mi intención era describir con exactitud, por medio de su ejemplo, cómo el alcohol destruye a un artista del valor de <strong>Joseph Roth</strong> física, moral, social y, por desgracia, también mentalmente”. Quizá <strong>Morgenstern</strong>, el pacato, tiene razón, y no <strong>Barral</strong>, que celebra “las funciones sacrales del alcohol” y detesta a quienes “ignoran la gloria de los paraísos artificiales, el aliento a la imaginación creativa, la mitigación de las timideces y la burbuja de cordialidad y solidaridad con las que el alcohol envuelve a los que lo aprecian”.

<a href="http://yonosoyfunes.files.wordpress.com/2011/06/huida-y-fin-de-joseph-roth.jpg"><img title="huida y fin de joseph roth" src="http://yonosoyfunes.files.wordpress.com/2011/06/huida-y-fin-de-joseph-roth.jpg?w=193&amp;h=300" alt="" width="193" height="300" /></a>La polémica está servida desde hace demasiado tiempo como para perderse en ella: ¿qué habría escrito <strong>Roth</strong> sin la absenta verde –<a href="http://books.google.com/books?id=h8Q7pNB12BAC&amp;pg=PA175&amp;lpg=PA175&amp;dq=l%E2%80%99absinthe+aux+vert+piliers+rimbaud&amp;source=bl&amp;ots=sqw9b8pdBE&amp;sig=ddOI9cha2kriXnoSiFumLzDV3yc&amp;hl=es&amp;ei=f2SvTcTbD62N0QGkiaWzCw&amp;sa=X&amp;oi=book_result&amp;ct=result&amp;resnum=1&amp;ved=0CCkQ6AEwAA">l’absinthe aux vert piliers</a> del verso de <strong>Rimbaud</strong>- que lo acompañaba en mesas y terrazas donde escribía incansablemente cartas, artículos periodísticos, panfletos monárquicos, cuentos y novelas? Claro que si uno lee las cartas advierte lo mismo que <strong>Morgenstern</strong>, el deterioro, la decadencia, las peleas amargas con sus más queridos y respetados amigos (<strong><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Stefan_Zweig">Stefan Zweig</a></strong>, por ejemplo), pero también la bibliografía de <strong>Roth</strong> arroja, aún cuando ya el alcoholismo anunciaba los monstruos del delirium tremens, una joya tan bien labrada y lograda como <em>La leyenda del Santo Bebedor</em>. Es inútil preguntarse qué favorece más la creatividad, si la vida cortesana de <strong>Goethe</strong> en la corte de Weimar o la desesperada lucha contra la miseria de <strong>Dostoievski</strong> en Moscú. Lo mismo ocurre con los paraísos artificiales. Quienes los frecuentaron –<strong>De Quincey</strong>, <strong>Baudelaire</strong>, <strong>Roth</strong>, <strong>Lowry</strong>- no desmerecen en nada frente a quienes escribieron en la disciplina y la soledad del abstemio ocasional o militante.

De cualquier modo, aunque sólo sea por ese gesto de arriscar la nariz y lamentarse por la debilidad del otro, <strong>Morgenstern</strong> cae mal en este libro; uno no puede menos que simpatizar más con <strong>Roth</strong>. ¿Pero quién es este amigo catete con nombre de droga (inventada, eso sí, por <strong>Aldous Huxley</strong> en <em>Un mundo feliz</em>), que, aunque respeta su genio, pinta a su amigo de la infancia con luces harto poco favorables? Es otro escritor galitziano, para empezar, como <strong>Roth</strong>, <strong>Bruno Schultz</strong>, <strong>Paul Celan</strong> y, mucho más recientes y activos, <strong>Yuri Andrujovich</strong> o <strong>Andrzej Stasiuk</strong> (hace algún tiempo escribí algo sobre Galitzia, <a href="http://lecturasylibros.blogspot.com/2007/05/desde-un-no-lugar.html">aquí</a>). Y un escritor que, cuando evade el tono pedagógico y cargado a la moralina de su libro sobre <strong>Roth</strong>, es muchísimo mejor, como en su libro <em>En otro tiempo. Memorias de juventud en Galitzia Oriental</em>, editado por <a href="http://www.editorialminuscula.com/frameset.html">Minúscula </a>en 2005, o –dicen, porque no he podido leerla aún- en su trilogía <em>Destellos en el abismo</em>, de la que <a href="http://www.funambulista.net/?s=morgenstern" target="_blank">Funambulista </a>editó los dos primeros tomos, <em>El hijo del hijo pródigo</em> e<em> Idilio en el exilio</em>, en 2009, y el tercero, <em>El testamento del hijo pródigo</em>, en 2010.

<a href="http://yonosoyfunes.files.wordpress.com/2011/06/santo-bebedor.jpg"><img title="santo bebedor" src="http://yonosoyfunes.files.wordpress.com/2011/06/santo-bebedor.jpg?w=201&amp;h=300" alt="" width="201" height="300" /></a>La historia ha sido más generosa con <strong>Morgenstern</strong> que con el siempre cuestionado <strong>Max Brod</strong>, ya sea por no cumplir con las instrucciones de <strong>Kafka</strong> o por ir mucho más allá del trabajo del albacea en la edición e interpretación sesgada de los textos de su amigo. <strong>Soma</strong>, en cambio, recibe la valoración que nunca tuvo en vida. Vistos en perspectiva, estos dos amigos que nacieron con un año de diferencia resaltan sus diferentes maneras de abordar la vida y la literatura. El más famoso vivió con rapidez e intensidad, tuvo tres parejas y ningún hijo, fue reconocido en vida y murió en su ley, en brazos del alcohol; y, aunque <strong>Morgenstern</strong> sugiera un fin terrible y atormentado, parece mejor quedarse con el epitafio que <strong>Roth</strong> escribió pocos meses antes para <strong>Andreas Kartak</strong>, el protagonista de su última novela, y que tan bien se aplica a sí mismo: “Denos Dios a todos nosotros, bebedores, tan liviana y hermosa muerte”. Y su amigo fiel, el sobreviviente, soportó como <strong>Job</strong> –personaje tanto de la <em>Biblia</em> como de una hermosa novela de <strong>Roth</strong>- todos los males del mundo; perdió a su familia casi completa en los campos de concentración nazis, excepto a su esposa y a su hijo, que pudieron huir a Dinamarca y luego se encontraron con él en Estados Unidos; perdió sus bibliotecas, escritos y archivos en dos sucesivas fugas; perdió el habla en su exilio neoyorquino y la recuperó lentamente mientras tejía el resto de su obra (la trilogía es de los años treinta y cuarenta; sus escritos autobiográficos, de los años sesenta y setenta) debatiéndose entre la afasia y la tentación del suicidio. La posteridad, sin embargo, vuelve a hermanarlos en la memoria de esas amistades que nada pudo romper.

<em><strong>(*) Columna publicada originalmente en El Post, 21 de abril de 2011</strong></em>]]></content:encoded>
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