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	<title>El Mostrador &#187; Wenceslao Unanue</title>
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	<description>El primer diario digital de Chile - Noticias, reportajes, multimedia y último minuto</description>
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		<title>Conversando con el Rey de Bután: lecciones de un hombre bueno</title>
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		<pubDate>Mon, 08 Apr 2013 05:49:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Wenceslao Unanue</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
		<category><![CDATA[Bután]]></category>
		<category><![CDATA[pobreza]]></category>

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		<description><![CDATA[¿Existe en su país educación privada? —me preguntó directamente el rey. Sí, respondí. Pero ¿supongo que es la educación pública la que obtiene los mejores resultados? —preguntaba nuevamente el monarca. Con bastante incomodidad debí explicar nuestra vergonzosa realidad educacional. Sorprendido con los datos, sólo se limitó a dar un par de consejos. En Bután sucede completamente lo contario —partió diciéndome. La mejor educación es la pública, pues sólo así podemos asegurar que tanto ricos como pobres tengan igualdad de oportunidades. ¿Cómo esperan disminuir las inequidades y mejorar la movilidad social, si son los primeros quienes acceden a la mejor educación? —preguntaba el rey.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[La crisis climática, las crecientes desigualdades, los elevados niveles de pobreza, y nuestras aterradoras tasas de enfermedades mentales, han llevado a las Naciones Unidas ha concluir que el mundo necesita urgentemente un nuevo paradigma de desarrollo. 

Especialmente interesada en ayudar a la construcción de este nuevo modelo, la ONU ha seguido atentamente el ejemplo de Bután, reino que desde hace años basa su progreso en la búsqueda de la Felicidad Interna Bruta, y no solamente en el progreso material. Para ello, en enero recién pasado, le solicitó a un grupo de 50 expertos mundiales viajar a este pequeño reino a aprender de sus logros. Tuve la suerte de integrar dicha delegación.

¿Qué características tan distintivas puede tener este país de menos de un millón de habitantes como para haber logrado llamar la atención del mundo desarrollado? La respuesta es muy fácil: liderazgo y valores. Sí, el liderazgo y los valores de un rey que siempre puso la felicidad de su gente como el foco principal de toda política pública. 



Tuvimos la oportunidad de conocerlo personalmente. 

Mientras compartíamos una taza de té, el rey nos explicaba algunas de sus más difíciles decisiones. 

Partimos hablando de salud.

¿Debiera Bután tener medicina privada? ¿Qué pasaría con la equidad —se preguntaba el monarca— si su sistema de salud se abriera al mercado? La conclusión, a riesgo de contradecir las más modernas teorías capitalistas que reinaban en aquella época, no merecía discusión. Habría un éxodo inmediato de profesionales desde el ámbito público al privado, y un incremento sustancial en los precios de los servicios médicos. ¿Quiénes serían los más perjudicados? Los más pobres, concluyó sin duda alguna el rey. La decisión, por tanto, fue no autorizar el ingreso de privados, y fortalecer la medicina pública. Sólo así, ricos y pobres, tendrían el mismo derecho a gozar de una salud digna y de calidad, nos comentaba con orgullo. 

Llegó el momento de conversar sobre desarrollo.

Asombrados con la claridad de sus ideas, el rey no dejaba de sorprendernos con cada una de sus reflexiones. Al terminar mis estudios de postgrado —nos decía— sólo quería que mi pueblo se pareciese a Singapur. Sus estándares de crecimiento, desarrollo y modernidad hacían que dicha nación asiática fuese un modelo envidiable para el monarca de Bután. Pero no sólo para él, pues la ciencia económica ya había clasificado a este país dentro los llamados “tigres asiáticos”. Sin embargo, mantos de dudas comenzaron a venirse sobre el monarca y decidió meditar. Días profundos de encierro lo hicieron cambiar de parecer. No sólo el progreso material es lo que importa, afirmaba. 

Si bien es cierto el rey sabía que Singapur había venido mostrando tasas de crecimiento económico notablemente altas, también descubrió que dicha nación venía empeorando su calidad de vida. Por un lado, niveles crecientes de enfermedades mentales (estrés, suicidios, etc.), contaminación, degradación del medio ambiente, y violencia. Por otro, pérdida del sentido de comunidad, abandono de sus tradiciones culturales, y falta de sentido de vida. ¿Por qué habría de querer esto para mi pueblo nos decía el rey? Su respuesta, por tanto, fue otro rotundo no. Bután se caracteriza por su capital social, por sus altos niveles de confianza, por la vida en comunidad, y por el respeto a su cultura. Elementos que se han ido perdiendo en algunos de los países más desarrollados del planeta, y el rey no estaba dispuesto a aceptarlo sólo a cambio de avances económicos. Los butaneses aún se lo agradecen.

El turno final fue para nuestra educación escolar. 

¿Existe en su país educación privada? —me preguntó directamente el rey. Sí, respondí. Pero ¿supongo que es la educación pública la que obtiene los mejores resultados? —preguntaba nuevamente el monarca. Con bastante incomodidad debí explicar nuestra vergonzosa realidad educacional. Sorprendido con los datos, sólo se limitó a dar un par de consejos. En Bután sucede completamente lo contario —partió diciéndome. La mejor educación es la pública, pues sólo así podemos asegurar que tanto ricos como pobres tengan igualdad de oportunidades. ¿Cómo esperan disminuir las inequidades y mejorar la movilidad social, si son los primeros quienes acceden a la mejor educación? —preguntaba el rey. Pocas veces he sentido tanta vergüenza de nuestro modelo educacional como en dicha oportunidad. 

Sabía que estaba lejos, muy lejos de Chile. Pero este rey se encargó de mostrarme que las distancias entre las dos naciones no son sólo físicas. En Chile vivimos en otro planeta. 

Llevaba casi una semana en Bután. Hasta esa taza de té, muchas cosas me habían sorprendido de este pequeño país. Sin embargo, nada como la visión y claridad de su rey. Jamás vi en él un atisbo de duda respecto del tipo de sociedad que se ha empeñado en construir. Su visión y sus valores no dejaban espacio para la discusión. Líderes como este son los que nuestro Chile tanto necesita.]]></content:encoded>
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		<title>Chile y el crecimiento infeliz: ¿Por quién debemos votar en las presidenciales?</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Nov 2012 05:48:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Wenceslao Unanue</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
		<category><![CDATA[Crecimiento Económico]]></category>

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		<description><![CDATA[Chile no sólo ostenta estos gravísimos indicadores de suicidio, sino que además muestra tasas de depresión (17 %) y de obesidad infantil (28 %) muy similares a lo que le ocurre a los países más enfermos del planeta.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<strong></strong>Por siglos, los economistas hemos estado preocupados de cómo incrementar la felicidad de la población. Sin embargo, también por siglos, nos hemos negado a la posibilidad de que esta variable sea medible, y por lo tanto, un objetivo de políticas públicas. Por lo mismo, la ciencia económica ha decidido enfocarse en “calidad de vida”, más que en felicidad humana. Pero la pregunta obvia que resulta de estas reflexiones es… ¿cómo se mide “calidad de vida”? La respuesta que hemos escuchado por decenas de años es que debemos hacerlo a través del crecimiento económico y del Producto Interno Bruto (PIB).

Los motivos que llevaron a la economía a medir calidad de vida a través del PIB (que en definitiva representa ingresos) se centran en los postulados básicos de esta ciencia: a mayor ingreso (o mayor PIB per cápita), los individuos pueden aumentar su consumo, y por lo tanto lograr mayores niveles de “utilidad”, lo que en definitiva representaría mayores niveles de felicidad. Por lo tanto, la economía ha asumido que la felicidad está directamente relacionada a la capacidad de compra.

Sin embargo, el razonamiento de la ciencia económica es erróneo. Afortunadamente, durante los últimos 30 años han surgido voces de prestigiados científicos mundiales (incluidos varios premios noveles en economía) que nos han demostrado lo equivocados que estábamos.

Por un lado, la psicometría y las neurociencias han demostrado que la felicidad sí puede ser medida válidamente, por ejemplo a través de escáner cerebrales. Los adelantos científicos muestran que hay un lado del cerebro que se “enciende” cuando las personas experimentan felicidad, y que se apaga cuando hay sufrimiento.



Pero por otra parte, la ciencia nos ha demostrado también que si bien es cierto que el crecimiento económico ha ayudado a los países a disminuir la pobreza y a mejorar diversos indicadores económicos, es un grave error asociar crecimiento económico a felicidad y calidad vida. Y más grave aún es asociar felicidad a capacidad de compra, pues por ejemplo, si se miran los datos del banco Mundial, Chile ha crecido un 120 % en términos reales durante los últimos 15 años (US$ 2000), llegando a tasas envidiadas no sólo por Latinoamérica, sino que por el mundo entero. Sin embargo, de acuerdo a datos recientes de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) en su reporte del 2011 titulado “Health at Glance”, nuestro país aparece como el segundo país que más ha aumentado sus tasas de suicidio (55 %), siendo superado sólo por Corea. Curiosamente, Corea ha sido catalogada como parte de los llamados “tigres asiáticos” por sus altas de crecimiento económico durante las últimas décadas.

¿Paradójico, verdad?

Pero Chile no sólo ostenta estos gravísimos indicadores de suicidio, sino que además muestra tasas de depresión (17 %) y de obesidad infantil (28 %) muy similares a lo que le ocurre a los países más enfermos del planeta.

La reflexión entonces es obvia. El crecimiento económico nos lleva a mejorar diversos indicadores de progreso material, pero para nada se asemeja a un progreso real en la calidad de vida y en el bienestar individual de las naciones. Por el contrario, parece ser que nuestro país, a pesar de sus altos ingresos promedio, estaría sufriendo lo que muchos llaman “la paradoja del crecimiento infeliz”. ¿Es este el Chile que queremos construir?

¡Sin duda que no!

Al parecer, hemos vivido engañados por mucho tiempo. Nos hemos enorgullecido de las “maravillosas” tasas de crecimiento que hemos venido mostrando, pero nos hemos olvidado de mirar el deterioro en nuestra calidad de vida. Con miras a las próximas elecciones presidenciales, este es un especial llamado a pensar en el tipo de gobernante que queremos para nuestro país. Creo, sin ninguna duda, que es hora de que entreguemos nuestros votos a quienes estén preocupados de un Chile distinto, y no sólo de un Chile con más ingresos. Depende de nosotros comenzar a generar el cambio en nuestra sociedad. Depende sólo de nosotros dejar atrás la paradoja de este <em>crecimiento infeliz</em> que nos está cubriendo con su manto de muerte y soledad. Y qué mejor forma que dar una señal clara en las próximas elecciones presidenciales. Queremos un presidente (o presidenta) que nos lleve a construir un país distinto. Un país sano, y no un país enfermo. Queremos, en definitiva, un presidente que nos ayude a construir un país feliz.]]></content:encoded>
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		<title>Una nueva cara de la desigualdad en Chile: pobreza e infelicidad</title>
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		<pubDate>Fri, 31 Aug 2012 06:49:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Wenceslao Unanue</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
		<category><![CDATA[desigualdad]]></category>
		<category><![CDATA[Infelicidad]]></category>
		<category><![CDATA[pobreza]]></category>

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		<description><![CDATA[El PNUD nos ha mostrado una nueva cara de la desigualdad. Los más pobres en Chile no sólo son más pobres materialmente, sino que son más pobres emocionalmente. Perciben además que viven en una sociedad que los ha marginado, que vulnera sus derechos, y que no les permite consolidar un proyecto de vida digno. Situaciones intolerables para una sociedad democrática que pretende alcanzar el desarrollo.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Hace muy pocos días fueron dados a conocer los resultados sobre “bienestar subjetivo” –componente fundamental de la felicidad humana– que el Presidente Piñera encargara al Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) tiempo atrás.

¿Por qué podrían estar el gobierno, y el PNUD, interesados en medir la felicidad en Chile? ¡Muy simple! Porque más de 30 años de investigación han logrado demostrar científicamente que la felicidad le hace bien tanto a las personas, como a las organizaciones y a los países. Por lo tanto, y tal como ya lo ha planteado Naciones Unidas, la felicidad debiera ser el objetivo central de todo país que aspire al desarrollo. Sin embargo, los resultados del informe nos entregan una peligrosa luz de alerta en este difícil camino que pretendemos emprender. Los resultados muestran que en nuestro país existe una nueva y desconocida cara de la desigualdad: la infelicidad de los grupos más vulnerables.

Para nadie es nuevo que Chile se ha caracterizado durante décadas por tener una de las distribuciones de ingresos –diferencia entre lo que ganan los más ricos y los más pobres– más desiguales del mundo, reflejando un proceso creciente de injusticias e inequidades que como sociedad no hemos sabido resolver. Pero lo que hasta ahora era un hecho desconocido, es que estas desigualdades se han extendido al plano emocional y de relaciones personales y sociales.



El PNUD plantea textualmente que “… hoy en el país no sólo las capacidades materiales o tradicionalmente atendidas (como necesidades básicas y salud) están mal distribuidas, también lo están las que pueden considerarse no materiales (como vínculos y proyecto de vida). Ello puede verse, por ejemplo, en la distribución, según estratos socioeconómicos, de la percepción de soledad y la definición personal de metas y proyectos de vida”.

Por lo tanto, los más pobres en Chile no sólo cuentan con menos recursos materiales, sino que además presentan mayores niveles de soledad, menor calidad y cantidad de relaciones sociales y menores posibilidades de forjar un proyecto de vida que los haga felices. Por ejemplo, frente a la afirmación “frecuentemente me siento solo”, el 14% del grupo ABC1 (los más ricos) respondió afirmativamente, mientras que en el grupo E (los más pobres) este porcentaje fue 3 veces más elevado, alcanzando un 42%. Pero eso no es todo. Los datos muestran, además, que son precisamente los más pobres lo que se sienten más vulnerados en el respeto a su dignidad y derechos, y lo que menos confían en las instituciones ante la posibilidad de reclamar frente a situaciones de maltrato e injusticias.

¡Inaceptable!

El PNUD nos ha mostrado una nueva cara de la desigualdad. Los más pobres en Chile no sólo son más pobres materialmente, sino que son más pobres emocionalmente. Perciben además que viven en una sociedad que los ha marginado, que vulnera sus derechos, y que no les permite consolidar un proyecto de vida digno. Situaciones intolerables para una sociedad democrática que pretende alcanzar el desarrollo, avalado fundamentalmente en su crecimiento económico, en sus bajos índices de desempleo y en sus altas cifras de inversión. Absurdo. Este es un ejemplo más del porqué el centrarnos solamente en indicadores materiales para medir el progreso de las naciones es insuficiente.

Se necesitan, por lo tanto y con urgencia, nuevos indicadores de progreso que permitan monitorear la real calidad de vida de los chilenos. Y se necesitan, por sobre todo, políticas públicas que ayuden a eliminar las injusticias con que nos hemos acostumbrado a vivir. Sin estos cambios, debemos olvidarnos definitivamente de llegar al verdadero desarrollo.]]></content:encoded>
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		<title>Marihuana y felicidad: la valentía de Rossi</title>
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		<pubDate>Mon, 30 Jul 2012 06:49:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Wenceslao Unanue</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
		<category><![CDATA[Fulvio Rossi]]></category>
		<category><![CDATA[Marihuana]]></category>

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		<description><![CDATA[Afortunadamente, hay algunos valientes que se han atrevido a desafiar lo establecido a costa de su propia imagen y de sus futuras carreras públicas. Recientemente el senador Fulvio Rossi ha abierto la discusión, desmitificando, incluso como médico, una serie de temas tabúes que existen respecto al consumo de la marihuana. Y qué bien que alguien se haya puesto los pantalones de la honestidad.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Durante los últimos meses ha habido un gran consenso, tanto en Chile como en el mundo, acerca de la importancia de ubicar a la felicidad en el centro de las políticas públicas. Cabría preguntarse entonces ¿podemos los chilenos ser realmente felices?

Más de 30 años de investigación en la ciencia de la felicidad nos pueden dar una pista. La Teoría de la Autodeterminación, por un lado, ha descubierto que para ser felices, los seres humanos debemos satisfacer tres necesidades psicológicas básicas. Dentro de ellas, la necesidad de “autonomía”, es decir, la necesidad de sentirnos libres para escoger nuestro propio destino, entra a ser una de las más relevantes. Por otro lado, Solomon Schwartz, la persona que más ha investigado en el mundo sobre valores y objetivos de vida, ha descubierto que la honestidad y la transparencia son cruciales a la hora de predecir la felicidad. Obviamente honestidad y la autonomía van de la mano.

Entonces la pregunta ahora es ¿somos autónomos, libres y honestos los chilenos? No.

Y no, simplemente por dos razones. Primero, porque vivimos en un país que nos ha coartado importantes libertades, y segundo, porque nos hemos acostumbrado a un vivir con un doble estándar vergonzoso. Sólo un par de ejemplos…



Mi hermana estuvo a punto de morir unos pocos años atrás. Su tercer embarazo se complicó dramáticamente a los pocos meses de gestación y tenía muy pocas probabilidades de sobrevivir si no se llevaba a cabo un aborto. El diagnóstico médico era claro: había que intervenir a la brevedad.  Sin embargo, nada podíamos hacer. La ley chilena lo prohibía, incluso cuando las vidas de la madre y del niño estaban en riesgo.

¡Absurdo!

Todos sabemos que basta tener algo de dinero y un “buen” dato donde acudir, para encontrar los profesionales, los implementos y el cuidado necesario para abortar un embarazo no deseado. Incluso, estudios afirman que nuestro país tiene una de las tasas de abortos ilegales más altas de Latinoamérica y del mundo.

Pero nuestro país goza de otro pergamino vergonzoso. Sólo hace pocos años (2004) se logró aprobar la ley de divorcio en Chile. Malta es el único país después de Chile que lo ha hecho, y al 2011, sólo en Filipinas y en el Vaticano está prohibido. O sea, fuimos casi los últimos en el mundo en legalizar un derecho universal.

¿Por qué? Porque nuestra legislación, falsa e hipócrita, nos resultaba cómoda. Durante años supimos convivir con una de las más grandes mentiras de todos los tiempos: la “anulación”. Sí, así es. Dado que en esos años el divorcio estaba prohibido, quienes decidían separarse simplemente acudían a los tribunales y buscaban algún método para demostrar que su matrimonio era nulo en el origen. Por ejemplo, se podía argumentar que la dirección de solteros era falsa, que los testigos no conocían a los novios, o que incluso nunca hubo sexo entre la pareja. Nuestra sociedad entera (incluidas autoridades y los tribunales) tenía clara esta realidad, la asumían, la aceptaban y convivían felizmente con ella.

Sólo bastan este par de ejemplos para darnos cuenta de lo poco autónoma, honesta y transparente que es nuestra sociedad. Son estas cosas las que nos están alejando de la felicidad verdadera.

¿Y si hablamos de marihuana? Lamentablemente, la figura no cambia mucho.

No hay dudas de que el consumo esporádico de marihuana es algo extendido en todos los estratos sociales, y en casi todas las culturas, incluida la nuestra.  ¿Por qué entonces en Chile nos negamos a esta realidad? Porque al parecer, como sociedad, nos es más fácil convivir con un nuevo doble estándar. Parece que nos es más cómodo convivir con una absurda ley que por un lado autoriza su consumo individual, pero por otro prohíbe su venta y producción. ¡Ridículo! Todos sabemos (incluidas nuestras autoridades) que con un poco de dinero, la droga se puede conseguir fácilmente en unos pocos minutos, y a la vuelta de la esquina. Pero parece que nos es más fácil convivir con la mentira que darle solución al problema de fondo. Más aún, lo que nuestra legislación fomenta con este tipo de contradicciones donde el auto-cultivo está prohibido, es incentivar el narcotráfico.

¿Lo seguiremos tolerando? ¡Espero que no!

Afortunadamente, hay algunos valientes que se han atrevido a desafiar lo establecido a costa de su propia imagen y de sus futuras carreras públicas. Recientemente el senador Fulvio Rossi ha abierto la discusión, desmitificando, incluso como médico, una serie de temas tabúes que existen respecto al consumo de la marihuana. Y qué bien que alguien se haya puesto los pantalones de la honestidad. Chile ha cambiado y no quiere más dobles estándares. Chile quiere claridad, legalidad y libertad para decidir. Chile quiere también verdad.

Según Rossi no hay un sólo estudio concluyente que demuestre que el consumo esporádico de marihuana es perjudicial para la salud, y la población necesita tener esta información. Recién después de contar con ella, y con una legislación clara, cada ciudadano podrá decidir si consumir o no.

Pero lo de Rossi es digno de elogios no sólo por abrir este debate en particular. Ha apoyado también la igualdad de derechos para los homosexuales y el matrimonio gay, en una época en que temas como estos eran impensados para nuestra sociedad.

Hoy, gracias a iniciativas como estas, tenemos Ley Antidiscriminación y las minorías sexuales son reconocidas en nuestra sociedad. Fue también pionero en fortalecer el debate sobre el aborto terapéutico y en enfrentarse a una gran masa de parlamentarios y políticos conservadores que, sin mayores argumentos, descalificaban su postura y trataban de imponer posturas morales y religiosas a una sociedad que es cada vez mas laica. Esperemos que esta vez el senador socialista tampoco se deje amedrentar por los “poderosos” de siempre y continúe su lucha por una sociedad más justa, donde no sólo quienes posean dinero y contactos puedan optar por marihuana, divorcios o abortos terapéuticos. Sólo de esa forma los chilenos podremos sentirnos libres, dueños de nuestro propio destino, orgullosos de caminar con la verdad por delante, y en búsqueda de la verdadera felicidad.]]></content:encoded>
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		<title>Felicidad e impuestos: lo que el debate en Chile ha dejado pasar</title>
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		<pubDate>Sun, 17 Jun 2012 06:49:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Wenceslao Unanue</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
		<category><![CDATA[Reforma Tributaria]]></category>

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		<description><![CDATA[Un aumento de impuestos puede ayudarnos a salvar el planeta. Hoy en día estamos ad portas de una catástrofe ecológica irreversible y necesitamos urgentemente cambiar los hábitos de consumo que han puesto al medioambiente en riesgo. Si los impuestos nos llevan a trabajar menos, o simplemente a “ganar” menos dinero, esto se traducirá en menos consumo y en menos presión por la producción de bienes que utilizan intensivamente recursos no renovables. Si es así, bienvenidos los impuestos si estos nos ayudan a proteger el clima, la biodiversidad y las aguas.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Durante los últimos meses nuestro país ha estado discutiendo fuertemente una posible alza tributaria. Y tal como ha sucedido por siglos, han surgido voces a favor y en contra. Lamentablemente, los argumentos utilizados han caído en “más de lo mismo”, destacando la ausencia de miradas modernas e innovadoras del problema.

Los argumentos de quienes se oponen son ya bastante conocidos. Se plantea que impuestos mayores (a las empresas) desincentivarán la inversión, y por lo tanto la creación de empleo. Se sostiene también que tributos más altos (al trabajo, por ejemplo) disminuirán las motivaciones a buscar empleo y/o incrementarán el “ocio”. En resumen, colapsos en el mercado laboral.

¡Absurdo!

A las empresas inversionistas no sólo les interesan los impuestos a pagar. Les interesan también la estabilidad económica, el sistema institucional y la seguridad jurídica del país al que llegan. Chile ha demostrado ser un líder regional en estos temas y los empresarios lo saben. Además, nuestros impuestos están muy por debajo de los tributos que pagan naciones desarrolladas y eso es innegable. Por lo tanto, en Chile hay espacio suficiente para este tipo de medida.

Pero olvidémoslos por un minuto de los argumentos tradicionales a favor y en contra. ¿Hay razones adicionales para justificar un alza tributaria?

Sí. La nueva Ciencia de La Felicidad tiene mucho que decir.



Comencemos, por tanto, con una pregunta central. ¿Cuál es nuestro principal objetivo de vida? Hoy en día hay un gran consenso de que ese objetivo (así como lo planteara Aristóteles) debiera ser la búsqueda de nuestra felicidad. Sí, nada más y nada menos que felicidad. Después de todo, ser felices es a lo que debiéramos aspirar todos los seres humanos. Pero al hablar de felicidad no estamos hablando sólo de estados de ánimo momentáneos, sino que de una felicidad que ayude a encontrarle sentido y proyección a la vida.

En este sentido, el recientemente lanzado Informe de Felicidad Mundial (IFM), editado por los famosos economistas Richard Layard, John Helliwell y Jefrey Sachs, ha ahondado en el estado de esta variable en el mundo, en sus causas y consecuencias, y en recomendaciones de políticas públicas. Los resultados son sorprendentes y debieran abrirnos la mirada en torno al debate tributario en Chile.

El informe deja entrever al menos 4 aristas en las cuales el estudio de la felicidad podría clarificar la nebulosa sobre si aumentar o no los impuestos.

Primero, el reporte (que analizó más de 150 países durante los últimos 6 años), ha demostrado que si bien el ingreso monetario es un factor importante en la felicidad humana, no es el más importante. Pero más interesante aún, la investigación ha demostrado que el ingreso genera mayor felicidad, pero a tasas decrecientes. Es decir, mientras más ingreso tengamos, cada peso extra nos dará menor y menor felicidad adicional. Desde este punto de vista, un aumento tributario es absolutamente justificable y necesario. Los más ricos no debieran sufrir con la pérdida de ingreso producto de mayores impuestos, mientras que los más pobres ganarían tremendamente a raíz de los beneficios que el Estado les otorgaría.

Segundo, ha quedado demostrado que los individuos nos preocupamos más de nuestro ingreso relativo que de nuestro ingreso absoluto. Por ejemplo, si mi ingreso y el ingreso de toda la población (o de mis amigos) aumenta al mismo tiempo, mi felicidad casi no cambia. Sin embargo, si sólo aumenta mi ingreso y el del resto permanece constante, mi felicidad se ve aumentada sustancialmente. Por lo tanto, la lección es que cada peso extra que recibo, si sólo lo recibo yo, aumenta mi satisfacción a tasas decrecientes, pero disminuye la felicidad del resto de la sociedad. Por lo tanto, en la medida que me vaya haciendo más rico, voy haciendo más infelices a mis pares. Es aquí donde surge otro argumento para un incremento de impuestos. Debiéramos lograr gravar aquel ingreso adicional que no me produce mayores beneficios, pero que sí hace infeliz a la sociedad.

En tercer lugar, Richard Layar del London School of Economics, plantea que lo que la economía tradicional ha visto como un peligro, para ciencia de la felicidad es una oportunidad. Por ejemplo, efectivamente mayores impuestos al trabajo pueden aumentar el “ocio” y disminuir las ganas de trabajar. Pero si pasa eso (hablando de personas no en la línea de pobreza, por supuesto), bienvenido sea pues aumentará nuestro tiempo libre para disfrutar la vida. Los hallazgos han demostrado que la familia y las relaciones sociales son por lejos el factor que más impacta en la felicidad individual y nacional, pero nos falta tiempo para ellas. Por lo tanto, si bien es cierto que impuestos mayores pueden llevar a los individuos a trabajar menos horas, aquí es donde precisamente radica la ventaja. Quizás el aumento de impuestos nos puede quitar dinero, pero a cambio nos dará tiempo libre para disfrutar la vida. Tiempo libre que definitivamente hubiese sido muy difícil tomar voluntariamente.

Finalmente, un aumento de impuestos puede ayudarnos a salvar el planeta. Hoy en día estamos ad portas de una catástrofe ecológica irreversible y necesitamos urgentemente cambiar los hábitos de consumo que han puesto al medioambiente en riesgo. Si los impuestos nos llevan a trabajar menos, o simplemente a “ganar” menos dinero, esto se traducirá en menos consumo y en menos presión por la producción de bienes que utilizan intensivamente recursos no renovables. Si es así, bienvenidos los impuestos si estos nos ayudan a proteger el clima, la biodiversidad y las aguas.

En fin, la nueva ciencia de la felicidad nos ha iluminado con argumentos frescos que pueden incorporarse al debate tributario. Es de esperar que sean tomados en cuenta y no pasados por alto en un Chile que pretende ser un Chile feliz. El planeta, y los más pobres lo agradecerán.]]></content:encoded>
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		<title>Mercado, crisis valórica y desigualdad: los colegios del futuro</title>
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		<pubDate>Wed, 02 May 2012 06:48:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Wenceslao Unanue</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
		<category><![CDATA[desigualdad]]></category>
		<category><![CDATA[Educación]]></category>

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		<description><![CDATA[Cientos de estudios científicos han mostrado que, amparados en un sistema capitalista, la cultura de consumo nos bombardea diariamente con mensajes que incentivan valores centrados en el consumo, el dinero, el poder, y la competencia. Muchos podrían argumentar que es legítimo y aceptable. Sin embargo, no lo es. Los mismos estudios han demostrado que este tipo de valores materialistas transforma a las personas, y las vuelven cada vez más individualistas y poco solidarias. Pero además, genera diversos problemas psicológicos (depresión, ansiedad, estados anímicos negativos, etc.), los vuelve menos productivos, y también más destructivos del medio ambiente.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Hoy en día las desigualdades sociales y económicas nos están llevando a una de las peores crisis que pudiésemos haber imaginado. El que el 20% más rico de la población mundial consuma el 86% de sus bienes, no sólo tiene implicancias morales, sino que también atenta contra la paz social y contra el futuro del planeta. En este sentido, desde hace ya años que Chile viene liderando estas enormes inequidades.

¿Dónde se origina esta lacra social? Muchos argumentarán que en la falta de crecimiento económico. Otros, culparán al gobierno. Incluso algunos, varios siglos atrás, responsabilizaban a la religión. Falso y absurdo.

Las inequidades se originan en la escasez de valores que imperan en nuestra sociedad. Sí, en una escasez de valores exacerbada por nuestro actual modelo económico.

Cientos de estudios científicos han mostrado que, amparados en un sistema capitalista, la cultura de consumo nos bombardea diariamente con mensajes que incentivan valores centrados en el consumo, el dinero, el poder, y la competencia. Muchos podrían argumentar que es legítimo y aceptable. Sin embargo, no lo es. Los mismos estudios han demostrado que este tipo de valores materialistas transforma a las personas, y las vuelven cada vez más individualistas y poco solidarias. Pero además, genera diversos problemas psicológicos (depresión, ansiedad, estados anímicos negativos, etc.), los vuelve menos productivos, y también más destructivos del medio ambiente. Y como si fuera poco, son más agresivos y menos pacíficos.



Por lo tanto las inequidades, el hambre y la pobreza no son producto de la falta de recursos. Son producto tanto de nuestra poca empatía con los que sufren, como de nuestra preocupación por lo material. Ya Gandhi nos decía hace mucho que el mundo tiene suficientes recursos para satisfacer todas nuestras necesidades, pero no nuestra avaricia. Entonces, lo que nuestra sociedad requiere no son sólo más recursos. Lo que hoy requerimos con urgencia es la promoción de verdaderos valores. Valores que pongan en el centro al ser humano y a la naturaleza, y no al consumo y a lo material.

Pero si bien es cierto que todo el día escuchamos hablar de lo importante que es el dinero y el consumo, ¿quién habla en Chile de promover la honestidad, la solidaridad, el altruismo y la compasión? Este es el problema.

¿Por qué? Porque se ha encontrado que valores como la lealtad, la honestidad, la amistad, la equidad, la libertad, el respeto, y la protección del medio ambiente —entre otros—, llevan a las personas a poseer relaciones familiares y sociales más constructivas, a ser físicamente más sanas, a ser más productivos laboralmente, a ser más pacíficos, a vivir más años, a cuidar más la naturaleza, y a ser más solidarios y generosos. Justamente la clase de personas que necesitamos para cambiar el mundo y erradicar las desigualdades, el hambre y la pobreza.

Sin embargo, nadie enseña este tipo de valores en nuestra sociedad. Es como si esperáramos que por “arte de magia” los ciudadanos se convirtieran en buenas personas. Y la verdad es que eso no ocurre. Necesitamos enseñar a ser buenas personas! En pocas palabras, a diferencia de los valores materialistas que SI son trasmitidos diariamente por la TV, la radio, Internet y los medios de comunicación masiva, estos valores <em>pro-sociales</em> son dejados a la “mano invisible” del mercado que, como ha quedado demostrado, no tiene interés alguno en promoverlos. En concreto, el “mercado” nos “enseña” diariamente valores que nos están llevando a aumentar las injusticias sociales, pero no nos enseña a amar la naturaleza, a ser generosos y altruistas, a ser compasivos y pacíficos, ni a luchar por un mundo mejor. Todo esto es dejado a las fuerzas invisibles de la oferta y la demanda que, lamentablemente, jamás han hecho el trabajo que le corresponde.

¿Qué hacer entonces? Simplemente, debemos tomar las riendas de nuestro destino. Si queremos eliminar las injusticias sociales, debemos comenzar a educar en valores. No podemos dejarle esta tarea al mercado. Debe ser un objetivo concreto de políticas públicas.

¿Dónde empezar? En las escuelas. Sí, el mejor lugar son nuestras escuelas. Tal como lo planteara hace algunos meses el famoso profesor del London School of Economics, Richard Layard, las escuelas son el lugar natural donde los niños, desde pequeños, comienzan su formación como seres humanos. Por lo tanto, es aquí donde debemos radicar el cambio. Es aquí donde debemos empezar a enseñar el valor de la equidad, la justicia, el respeto y la tolerancia. Es ahí donde nuestros niños deben aprender que el héroe no debe ser quien tiene más recursos ni más dinero, sino que aquel que ayuda a construir un mundo mejor, disminuyendo las injusticias sociales y protegiendo la tierra.

¿Quién podría querer robar, mentir, matar, destruir el planeta o hacer otro tipo de daño si creció sabiendo que es algo indeseable e inaceptable? El prójimo sería parte de su identidad, y por lo tanto, de sus ganas de ayudarlo. Por lo tanto, aquí radica el desafío para una sociedad de futuro.

En definitiva, debemos convocar a la sociedad entera, y a sus mejores técnicos, a idear este nuevo modelo educacional. El cambio que necesitamos probablemente no llegará desde nosotros los adultos. Ya hemos demostrado ser ineptos! Sin embargo, podemos generar las condiciones para que las nuevas generaciones puedan llevarlo a cabo. El cambio y la esperanza está en los niños del mañana, y es ahí a donde debemos apuntar.]]></content:encoded>
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		<title>Las Naciones Unidas y el nuevo Paradigma de Desarrollo: la felicidad</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Apr 2012 06:48:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Wenceslao Unanue</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
		<category><![CDATA[ONU]]></category>

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		<description><![CDATA[Hoy en día ya no hay duda de que aumentos en el PIB no son sinónimos ni de progreso ni de mayor bienestar. De hecho, el Premio Nobel de economía Joseph Stiglitz ha desmenuzado los errores en que incurrimos al considerar esta variable como sinónimo de desarrollo. Sin embargo, durante más de 70 años hemos venido asumiendo esta errónea premisa. Sin duda el crecimiento económico es importante, pero no puede ser la principal variable a considerar a la hora de medir los avances de las naciones.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Diversos estudios han mostrado que, al contrario de lo que muchos piensan, la felicidad está estrechamente relacionada a nuestro capital social y muy poco al dinero y a lo material. Pero si esto es así,  ¿por qué seguimos midiendo el bienestar y el progreso de las naciones a través del crecimiento económico? Suena absurdo. Hoy, por lo tanto, ha llegado el momento en que comencemos a dar más importancia a medidas de bienestar y felicidad, medidas que han sido postergadas por mucho tiempo. Afortunadamente, las Naciones Unidas, lideradas por el Reino de Bhutan, han dado impulso a este gigantesco proceso de cambio. Probablemente el cambio más importante en los últimos 70 años.

Déjenme explicarles…

El mundo está en un serio peligro. Por un lado, la International Energy Agency (Agencia Internacional de Energía, IEA) ha planteado que estamos consumiendo recursos naturales un 35% más rápido de lo que estos pueden renovarse, lo que en pocos años agotará la energía del planeta y nos llevará a una crisis ecológica irreversible. Por otra parte, tenemos un modelo económico en crisis que cada vez aleja más a ricos y a pobres y que ha generado múltiples revoluciones sociales. Un sistema económico con tremendas desigualdades, donde el 20% más rico de la población mundial consume el 86% de sus bienes, mientras que el 20% más pobre sólo el 1.3%; donde el 20% más rico consume el 58% de la energía del planeta, mientras que el 20% más pobre menos del 4%; donde los primeros consumen el 84% de su papel y el 87% de sus vehículos, mientras que los segundos menos del 15%; donde el 20% más rico emite el 63% de los gases con efecto invernadero, mientras que los más pobres menos del 2%.

¡Inaceptable e insostenible!

Para muchos, el origen del problema se centra en nuestro afán desmedido por promover un crecimiento económico ilimitado en un planeta que, como ya sabemos, posee recursos “finitos”. Un sistema económico donde su estandarte de lucha ha sido por años el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB), mientras que el ser humano ha pasado a segundo (o quinto) plano.



<strong> </strong>

Hoy en día ya no hay duda de que aumentos en el PIB no son sinónimos ni de progreso ni de mayor bienestar. De hecho, el Premio Nobel de economía Joseph Stiglitz ha desmenuzado los errores en que incurrimos al considerar esta variable como sinónimo de desarrollo. Sin embargo, durante más de 70 años hemos venido asumiendo esta errónea premisa. Sin duda el crecimiento económico es importante, pero no puede ser la principal variable a considerar a la hora de medir los avances de las naciones. El desafío es, entonces, cómo incorporamos nuevas medidas de bienestar que reflejen nuestro verdadero avance. Medidas que de verdad reflejen la calidad de vida de nuestra generación y de las generaciones venideras.

Necesitamos, por lo tanto, medidas que generen los incentivos suficientes para vivir en una sociedad más próspera y más sustentable. Necesitamos con urgencia un nuevo paradigma de desarrollo.

Afortunadamente, en un hecho histórico, la  Asamblea General de las Naciones Unidas, mediante la resolución A/65/L.86, presentada por el Reino de Bhutan y apoyada por 68 Estados Miembros, junto con la unanimidad de su pleno, ha hecho un llamado formal a la construcción e implementación de este nuevo paradigma. Paradigma al que se le ha llamado “enfoque holístico hacia el desarrollo” y que se ha comenzado a discutir en una de las reuniones más importantes de los últimos 70 años realizada en la sede de la  ONU la semana recién pasada.

La ONU ha apoyado la idea de que necesitamos un paradigma que ya no estará basado en el PIB, sino que en la felicidad. Así es, en la felicidad.

En este sentido, la ONU le encomendó al mismo Reino de Bhutan liderar el proceso de implementación de este nuevo modelo de desarrollo, reuniendo la semana pasada en Nueva York a líderes claves de los países miembros, junto con los más prestigiosos economistas y científicos del mundo, además de representantes de la sociedad civil, y líderes espirituales. La conclusión fue una sola: debemos re-pensar urgentemente nuestro sistema de mercado y re-orientarlo hacia uno que apunte a una integración más armónica entre nuestras necesidades y la naturaleza, y que ponga al ser humano y a su felicidad al centro del debate. La búsqueda de la felicidad debe pasar a ocupar el rol que durante 70 años ha ocupado el crecimiento económico.

Aunque es difícil de dimensionar, este nuevo paradigma es mucho más de lo que podamos imaginar. Cuando empezamos a medir algo, empezamos a hablar de ese algo. Y cuando las personas hablan de ese algo, los individuos (y sus psiquis) comienzan a buscar ese algo. Esto es precisamente lo que ha ocurrido con el PIB. El actual modelo económico incentiva la búsqueda de crecimiento económico y progreso material. Pero al hacer eso, ha hecho infeliz a muchos. La búsqueda de lo material (por sobre lo intrínseco) ha sido causante de mucha infelicidad y sufrimiento, tal como diversos estudios científicos lo han demostrado. Hoy, nuestro mundo está centrado más en el dinero que en lo que realmente nos hace felices. Sin embargo, si cambiamos el foco, las cosas cambiaran. Por ejemplo, si cambiamos este paradigma y ahora empezamos  a medir felicidad, las personas comenzaran a hablar más de la felicidad. Pero al hablar más de ella, sin duda se buscará más. Y todos sabemos que la búsqueda de la felicidad produce un círculo virtuoso. Personas más felices no sólo son más felices, sino que además son más productivas en sus trabajos, aprenden más rápido en las escuelas, cuidan más la naturaleza y viven más años. Lo que el pasado lunes 02 de abril sucedió en la  ONU, esperamos que sea uno de los cambios más grandes que el mundo haya experimentado en pos de su florecimiento, y de la disminución de las injusticias, la miseria y del sufrimiento humano.

¡Al menos es lo que yo espero!]]></content:encoded>
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		<title>Ballesteros, ¡pobre víctima!</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Dec 2011 05:48:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Wenceslao Unanue</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
		<category><![CDATA[Corte Suprema]]></category>
		<category><![CDATA[Derechos Humanos]]></category>
		<category><![CDATA[Poder Judicial]]></category>
		<category><![CDATA[Rubén Ballesteros]]></category>

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		<description><![CDATA[¿Pueden las “circunstancias” servir de pretexto para no perseguir las violaciones a los Derechos Humanos? ¿Puede el “destino” y el miedo justificar el abandonar la defensa de las víctimas de asesinatos, torturas y secuestros? Ya sabemos la respuesta. Amenazado o no, el Poder Judicial dejó de cumplir su rol. No hay más vueltas que darle.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[¿Podría un mandato comenzar peor? Difícil. ¿Podría el Presidente de la Corte Suprema iniciar su período con menor credibilidad y mayores críticas? Lo dudo. Sin embargo, Rubén Ballesteros ha superado todo pronóstico. Y las dificultades que ha enfrentado no son sólo producto <strong>-</strong>como muchos piensan<strong>-</strong> de su pasado. Son el resultado de su presente.

Las violaciones a los derechos humanos en época de dictadura no son algo nuevo. Tampoco la brutal intervención del régimen militar en el Poder Judicial, y menos el abandono de funciones de éste último.

Afortunadamente, durante los últimos años algunos magistrados han esbozado cierto arrepentimiento que podría ayudar a la reconstrucción de la paz social. Sin embargo, las recientes declaraciones del Presidente electo de la Corte Suprema no han hecho más que enlodar este valioso proceso y reabrir antiguas heridas.



Al ser consultado por el rol de la justicia durante la era de Pinochet, Rubén Ballesteros se ha remitido nada menos que a justificar el actuar de su institución en aquella tenebrosa época. Para él, los hombres somos víctimas de nuestras “circunstancias…” y ahí radicaría la expiación de sus culpas.

¡Ridículo!

¿Pueden las “circunstancias” servir de pretexto para no perseguir las violaciones a los Derechos Humanos? ¿Puede el “destino” y el miedo justificar el abandonar la defensa de las víctimas de asesinatos, torturas y secuestros? Ya sabemos la respuesta. Amenazado o no, el Poder Judicial dejó de cumplir su rol. No hay más vueltas que darle.

Sin embargo, el peor error del próximo presidente de la Suprema es tratar de convencernos de que no tuvo opción.

¡Absurdo!

¿Quién se podría tragar ese cómodo y simplista argumento? ¡Nadie! Ballesteros y muchos otros decidieron, voluntariamente, seguir siendo parte de ese aparato judicial intervenido y punto. Y eso agrava la falta.

Pero lo más importante es que don Rubén claramente desconoce que, independiente de que el hombre deba responder a situaciones difíciles y enfrentar destinos adversos, la opción es siempre individual. Y así como en dictadura algunos jueces decidieron renunciar a su derecho a defender la verdad y la justicia, otros valientes chilenos optaron por arriesgar sus vidas y enfrentar la tiranía. Ejemplos sobran. Así como ante la adversidad algunos hombres eligen ser villanos, otros eligen ser héroes. ¿Qué papel habrán elegido los jueces a que hace alusión Ballesteros? Sólo él podrá responderlo.

¿Cómo no entender entonces a las organizaciones de derechos humanos que fustigan su llegada? ¿Cómo no sumarse a sus críticas, si el primer gesto que vemos es un intento de validar la omisión imperante bajo el régimen militar? ¿Cómo no pedirle explicaciones a alguien que quiere aparecer como la víctima y no como el victimario? Hoy en día el país no necesita líderes que justifiquen la tiranía, amparándose en el “destino”. Hoy lo que Chile necesita es entender que el miedo y la presión jamás serán una justificación para el crimen y la cobardía. Chile ha dado a luz a miles de hombres y mujeres que jamás sucumbieron a amenazas ni a intereses mezquinos. ¿Habrá alguna vez escuchado de ellos el presidente electo? La respuesta es obvia.

<strong> </strong>]]></content:encoded>
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		<title>¿Humorista o Presidente?</title>
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		<pubDate>Wed, 14 Dec 2011 05:43:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Wenceslao Unanue</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
		<category><![CDATA[Destacado]]></category>
		<category><![CDATA[imitación]]></category>
		<category><![CDATA[Sebastián Piñera]]></category>
		<category><![CDATA[Stefan Kramer]]></category>
		<category><![CDATA[Teletón]]></category>

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		<description><![CDATA[Sólo deseaba que el Presidente diera una señal clara de autoridad, seriedad y respeto. Quería que abandonara el recinto y creo que era su obligación. De haberlo hecho, por primera vez habría sentido orgulloso por él. Después de todo, ¿por qué permitir que un payaso te trate de “perrito” casi 10 veces en menos de 5 minutos? ¿Qué autoridad habría aguantado que, frente a todo Chile, se hiciese una cruel alusión a una enfermedad como lo son sus tics nerviosos? Simplemente, sentí pena y vergüenza ajena por el trato indigno al Presidente. Al presidente de Chile.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Para nadie es un secreto que discrepo profundamente del manejo económico, político y social que Piñera le ha impregnado a su gobierno. Sin embargo, nos guste o no, es el presidente de Chile y merece nuestro respeto.

¿Cómo justificar, entonces, las burlas y la humillación de que fuera objeto en la pasada Teletón? Simplemente inaceptable.

Es verdad que no podemos desconocer que el humor es parte necesaria de cada cultura, y que desde la vuelta a la democracia, todos nuestros ex-mandatarios han caído en sus redes. ¿Cómo olvidar, por ejemplo, a los famosos Toppins y sus parodias de Eduardo Frei? Sin embargo, hay una gran diferencia entre una parodia como esa y las graves ofensas que recibió el Presidente ese día.

Debo reconocer que mientras observaba la rutina de Kramer, no podía dejar de preguntarme qué hubiera hecho Ricardo Lagos frente a la misma situación. No tengo duda de que se habría retirado de inmediato. Y eso era lo que correspondía.



Avanzaban los minutos, y aumentaba mi incomodidad. Sólo deseaba que el Presidente diera una señal clara de autoridad, seriedad y respeto. Quería que abandonara el recinto y creo que era su obligación. De haberlo hecho, por primera vez habría sentido orgulloso por él. Después de todo, ¿por qué permitir que un payaso te trate de “perrito” casi 10 veces en menos de 5 minutos? ¿Qué autoridad habría aguantado que, frente a todo Chile, se hiciese una cruel alusión a una enfermedad como lo son sus tics nerviosos? Simplemente, sentí pena y vergüenza ajena por el trato indigno al Presidente. Al presidente de Chile.

Mi rabia, impotencia y vergüenza continuaron al día siguiente. Kramer y la Teletón habían logrado burlarse, frente a todo el país, de nuestra máxima autoridad. Y eso es inaceptable. ¿Qué camino le quedaba a Piñera –pensaba –  para recuperar el tan anhelado respeto de su pueblo? Sólo uno, cambiar su estilo y comenzar a inspirar admiración.

La historia nos ha demostrado que los pueblos exitosos salen adelante, en gran parte, gracias a sus líderes y a su fuerza interna. Por lo tanto, no es verdad que podamos prescindir del liderazgo de nuestros mandatarios. Al contrario, los necesitamos. ¿Qué más quisiese yo que nuestro Presidente, sea del color político que sea, lograse demostrarnos lo equivocados que estamos? ¡¿Qué más quisiera yo que comenzar a sentir orgullo nuevamente por quien dirige nuestro país?!

Pero mis deseos, al menos en este mandato, difícilmente se harán realidad.

Ignoraba completamente que el respeto de los chilenos no es la mayor preocupación de nuestro actual gobernante. Si fuese así, ¿cómo entender, entonces, que después del impasse con Kramer, y en medio de decenas de jefes de Estado y de Gobierno presentes en la Cumbre de Tuxcla, México, se haya dado el lujo de terminar su presentación con un chiste? Sí, con un bochornoso chiste machista que le valió ser objeto de innumerables críticas en las redes sociales tanto de Chile como del mundo entero!  ¿Qué presidente serio terminaría una exposición de ese nivel con una ofensa a las mujeres, sólo por intentar agradar al resto de la audiencia? Sólo uno que no valore el rol que debe cumplir cuando representa a una nación. Sólo uno que crea que está en un asado y no en una reunión de presidentes.

Independiente de si el chiste fue una ofensa a las mujeres, e independiente de si fue gracioso o no, lo mínimo que espero es que nuestros mandatarios actúen con seriedad cuando nos representen. No quiero humoristas, quiero presidentes.

En fin, con molestia comprendí que estamos lejos de contar con un Presidente que inspire el orgullo y la admiración que un Jefe de Estado de Chile merece. Con nostalgia comprendí que pasaran años antes de que volvamos a tener a la cabeza de nuestro gobierno, autoridades respetadas y admiradas internacionalmente. Porque para volver a tenerlas, nuestros presidentes deben renunciar a ser humoristas para elegir ser Presidentes.]]></content:encoded>
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	</item>
		<item>
		<title>La destitución de Labbé</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Nov 2011 05:49:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Wenceslao Unanue</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blogs y Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[Columnas]]></category>
		<category><![CDATA[Cristián Labbé]]></category>

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		<description><![CDATA[El resultado obvio debiera ser su destitución.  De esto no cabe duda. Esperemos que esta vez sus vínculos con los poderes fácticos que aún existen en Chile no logren desviar el curso de los antecedentes.  Esperemos que su pasado como vocero de Pinochet, como su guarda espaldas privado y como ex agente de la temida DINA no distraigan a nuestros tribunales. Esperemos que los tiempos del “intocable” Labbé estén en retirada y la justicia haga su trabajo.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[Acostumbrado a hacernos ver que su poder lo coloca por sobre las leyes y por sobre nuestra institucionalidad, una vez más el alcalde Labbé se ha burlado de todo Chile. Sin embargo, esta nueva burla le debiera costar su destitución.

Por increíble que parezca, el alcalde de Providencia será el anfitrión principal de un “homenaje” a uno de los más grandes criminales y asesinos que Chile haya conocido en toda su historia: el brigadier (R) Miguel Krassnoff. Este "homenajeado" por Labbé ha sido condenado por la justicia chilena a purgar penas que juntas suman más de 140 años de cárcel. Krassnoff, jefe de brigadas de exterminio de la DINA, ha sido condenado por perseguir, arrestar y hacer desaparecer personas inocentes; por cometer con ellos las peores aberraciones físicas y sicológicas; y por torturarlos hasta morir. Incluso se le acusa de haber torturado y asesinado a diversas mujeres embarazadas, y de ser un reconocido enemigo del pueblo judío.



Lo de Labbé es simplemente inaceptable. Estamos hablando de “homenajear” a uno de los más grandes asesinos no solo de Chile, sino que del mundo entero. ¿Seguiremos permitiendo que el alcalde se burle una y otra vez de nuestro país, de nuestra memoria y de nuestras instituciones? No se trata aquí de ser de derecha o de izquierda, ni de ser de la Concertación, de la Alianza o comunista. Se trata de que de una vez por todas debemos tener la capacidad de decir que en nuestro país no queremos este tipo de autoridades. Autoridades que no nos representan y que, muy por el contrario, nos avergüenzan.

Probablemente el alcalde debe estar disfrutando de la nueva polémica que ha generado. Seguramente debe estar tranquilo pensando que, tal como ha ocurrido en otras oportunidades, las cosas volverán a la normalidad y nada lo moverá de su silla en Providencia. Sin embargo, esta vez se equivoca. La polémica por la inmoralidad de organizar el homenaje Krassnoff ya no es solo una polémica valórica. Esta vez ha ido demasiado lejos. Esta vez ha caído en una abierta ilegalidad al utilizar recursos públicos para fines particulares.

Tal como la prensa lo ha dado a conocer, las invitaciones para dicho “homenaje”, a realizarse en dependencias municipales (Club Providencia), fueron firmadas directamente por Cristián Labbé Galilea, nada menos que en su calidad de Alcalde de la comuna. Por lo tanto, Labbé esta vez no sólo enfrentará un juicio ciudadano –juicio que por cierto poco le importa– ante la desfachatez de “homenajear” a un criminal de la estirpe de  Krassnoff. Esta vez deberá enfrentar a la contraloría y a los tribunales chilenos por el uso de recursos públicos con fines personales. La utilización de su cargo como alcalde; el envío de correspondencia con fondos públicos; y la utilización de un recinto dependiente mayoritariamente de la alcaldía (4 de 7 miembros del directorio) como lo es el Club Providencia, han dejado al descubierto la malversación de caudales en la municipalidad de Providencia. El resultado obvio debiera ser su destitución.  De esto no cabe duda. Esperemos que esta vez sus vínculos con los poderes fácticos que aún existen en Chile no logren desviar el curso de los antecedentes.  Esperemos que su pasado como vocero de Pinochet, como su guarda espaldas privado y como ex agente de la temida DINA no distraigan a nuestros tribunales. Esperemos que los tiempos del “intocable” Labbé estén en retirada y la justicia haga su trabajo.]]></content:encoded>
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