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Exige justicia

Madre de joven brutalmente golpeado por hablar como chileno escribe conmovedora carta

por 10 diciembre, 2017

Madre de joven brutalmente golpeado por hablar como chileno escribe conmovedora carta
Hace unos días un grupo de personas golpeó a un joven en Argentina por tener acento chileno. Su madre escribió una desgarradora misiva para pedir justicia. "Me llena de rabia y de impotencia el hecho de tener que agradecer que no perdió el ojo, de tener que agradecer que no tiene daño cerebral, de tener que agradecer que no lo mataron. No quiero agradecer. No tendría que agradecer" relata.

Hace unos día un grupo de sujetos atacó brutalmente a un joven de 18 años en Mendoza, Argentina, porque creyeron que era chileno cuando lo escucharon hablar.

Según informaron medios locales, se trataba de un argentino que vive hace 16 años en Chile y había ido a la ciudad junto a su padre y hermana para celebrar el cumpleaños de un familiar.

"Mi hijo salió a la calle y ahí lo estaban esperando. Lo golpearon porque creían que chileno. Le dijeron 'Así que sos chileno, vos te la aguantás', luego alguien lo golpeó. Cuando cayó al piso le pegaban patadas en la cabeza y él perdió el conocimiento", explicó su padre, Juan José Bustos, a Canal 7 Mendoza.

El joven agredido fue hospitalizado y quedó con múltiples fracturas maxilares, en su mandíbula y nariz. Incluso tuvo que ser intervenido quirúrgicamente y perdió algunos de sus dientes.

Según testigos no hubo provocación, solo lo golpearon por "parecer chileno". Tras el ataque que recibió quedó hospitalizado y con múltiples problemas esto motivó a su madre a escribir una carta exigiendo justicia a favor de su hijo.

El canal de TV argentino de noticias C5N publicó la desgarradora carta de la mamá del chico atacado por su acento chileno:
"Fabio es un estudiante de primer año de licenciatura en matemáticas. Es un deportista… y tanto puedes verlo activo en una clase de zumba como jugando en una liga de fútbol en Chile o en un partidito entre amigos. Es también un joven con una agenda social muy concurrida. Popular, sociable, bromista y amable, es el típico chico que siempre está invitado a fiestas.
En Chile le dicen “Che”, en Argentina lo llaman “Chileno”. Mi hijo nació en Mendoza pero fuimos a vivir a Chile cuando él tenía apenas 2 años y medio. La mayor parte de las veces, tanto “che” como “chileno” son apodos simpáticos y de buena onda que tiene relación con su acento que no es de aquí ni es de allá. Seu forma de ser y su forma de hablar son un sincretismo cultural entre ambos países.
En la madrugada del sábado 2 de diciembre “chileno” no fue un sobrenombre bromista. Ese día, “chileno” fue un insulto, cuando una patota de 6 rapaces sancarlinos acorraló a mi hijo, lo golpearon cobardemente por la espalda y, cuando estaba indefenso, le patearon el rostro hasta que llegó ayuda y los pusieron en fuga.
Me llena de rabia y de impotencia el hecho de tener que agradecer que no perdió el ojo, de tener que agradecer que no tiene daño cerebral, de tener que agradecer que no lo mataron. No quiero agradecer. No tendría que agradecer. No fue un accidente, no fue un azar del destino. Fueron las manos y los pies de un grupo de jóvenes lleno de maldad. No fue un momento de ofuscación ocasionado por una discusión. No fueron conocidos que se enojaron y se fueron a las manos. No puedo achacar esa agresión a una furia ciega. No fue ciega. Fue completamente consciente y xenofóbica. No tiene ni un solo moretón en el resto del cuerpo. Ni un solo rasguño. Todos los golpes fueron dados intencionadamente donde más daño podrían ocasionar: en la cabeza.
Hoy le pusieron fijaciones al maxilar. Le ajustaron las fracturas de la mandíbula. Le enderezaron, tanto como posible, los dientes que fueron posibles salvar. Está a la espera de su turno para operar. Va a tener que llevar una placa para mantener unidos los pedazos de la mandíbula. Va a tener que realizar algunos implantes dentales por piezas perdidas. Va a tener que resignarse a perder su participación en los play-offs y la final del campeonato de fútbol en su último año de liga juvenil. Va a tener que gestionar con su Universidad alguna alternativa para los exámenes que va a perder en su proceso de recuperación y rezar para no perder el semestre. Va a tener que convivir con las secuelas físicas y psicológicas de esta agresión por el resto de su vida. Y va a tener que responder a interrogantes imposibles de predecir sobre su futuro: ¿Va a rever su actitud confiada y desenfadada que siempre lo ha caracterizado? ¿Va a temer salir de noche solo? ¿Va a tener miedo de que lo agredan físicamente en cada discusión que tenga en el futuro? Y seguramente otros tantos imponderables que todavía no alcanzamos a ver en el horizonte.
Hoy lo que quiero es justicia. Es ver que se mueven las instituciones que nos deben proteger. Lo que quiero es que los jóvenes puedan caminar por las calles sin temer a un grupo de conocidos pandilleros. Es que caminen sin mirar sobre el hombro.
Hoy lo que pido es que cada testigo declare. Que hable. Que cuente lo que vio. Que golpee la puerta de la fiscalía hasta que se desborde de testimonios y no les quede otra cosa por hacer que actuar. Que se demuestre que los actos sí tienen consecuencias. Que la impunidad no existe. Que la razón y la ley son para todos.
Por último, quiero decir que no hemos perdido la fe en la humanidad. Sí estamos llenos de rabia y de impotencia por este acto de pura maldad. Pero tras la crueldad de esta agresión nos han llegado múltiples manifestaciones de bondad, de generosidad, de calidez y compasión por parte de familiares, amigos, conocidos e incluso de desconocidos."

Hoy cinco jóvenes, tres de ellos menores, fueron detenidos por la justicia mendocina, según reporta Clarín, acusados de darle una paliza y desfigurar a un joven de 18 años por su acento chileno.

La víctima quedó internada en el hospital Central de la ciudad de Mendoza y fue operada por fractura de mandíbula y nariz, por las patadas que recibió en la cara y la cabeza.

La golpiza ocurrió el viernes de la semana pasada, durante la madrugada, en el municipio de San Carlos, a 100 kilómetros de la capital mendocina.

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