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Historias de Sábanas

Jo, Jo, Jo...

por 22 diciembre, 2017

Jo, Jo, Jo…

Se mordió los labios y miró a hurtadillas en rededor, más que nada para ganar tiempo y salir airosa. Lo que menos esperaba era tener a un tipo vestido de rojo frente a ella.

—Disculpa… ¿Te conozco?

La sonrisa ladeada que le brindó el de barba, la puso nerviosa. Casi no se le veía la cara entre tanto pelo blanco, al parecer artificial y ese ridículo gorro rojo. Apenas podía divisar unos ojos marrón claro que chisporroteaban, exquisitos.

—Insisto… ¿Quién eres?

Él amplió su sonrisa y pudo regocijarse en unos dientes blancos coronados por unos labios suculentos que invitaban a portarse realmente mal.

—¿Hablas, cierto?

El imitador de tomate limachino, se señaló a sí mismo desde el pecho a la cadera y ella se demoró más de un segundo en el pliegue que se formaba en la entrepierna, manía aprendida en la universidad y que no lograba erradicar.

—Ok, no sé si sea un sueño o estoy muy borracha, pero en esas fachas… o eres broma o empieza a hablar… ¿Me vas a asaltar, violar o entretener?

El tipo de rojo lanzó una carcajada ronca y no hubo barriga que se le moviera. En frente, ella mantenía la seriedad y la dignidad, con harto esfuerzo, pero las mantenía.

—¿Te vas a presentar o quieres que te diga Viejito Pascuero?

—Prefiero Santa Klaus o San Nicolás… lo de viejito es deprimente. —Tenía una voz ronca y seductora que le hizo agua los helados y la obligó a poner cara de tonta.

—Ah, qué bueno saberlo. ¿Estoy borracha, cierto? Mucho cola de mono… nunca me ha hecho bien.

—¿Y qué si lo estás? ¿No quieres aprovechar este regalito adelantado?

Borrachera o no, era muy seductora la invitación, más cuando San Nicolás empezó a mover la cadera  y la entrepierna se le abultó más que la nariz de Rodolfo, el reno.

A ella se le escapó una risita nerviosa y estiró la mano, dio tres pasos tambaleantes, harto indignos y deslizó la mano por la suavidad de esa tela escarlata que parecía brincar.

Nicolás o cómo se llamara, se quedó quieto y la rodeó por la cintura atrayéndola con fuerza hacia él y recién se dio cuenta que estaba en blusa y calzones. Lo que podía ser muy bueno o un gran inconveniente. Iba a decir algo decente como un jadeo o un alarido, pero no alcanzó, él en un movimiento muy ladino, se sentó en sofá y la puso sobre sus rodillas, con las piernas por fuera de las suyas.

—Eh… hola, me llamo Margarita. ¿Qué onda, viejito? No le salió tan ondero como quería, más bien su lengua se detuvo en la “R” y se le pegó al paladar.

—Deja eso de viejito… no es sexy. —Y se abrió un poco la chaqueta navideña, dejando ver unos pectorales de gimnasio que tuvo que tocar para comprobar que eran de verdad.

El amplió su sonrisa y se adosó a ella, los dientes blanquitos, aliento a menta y de una, le arrancó la blusa. Le abría sacado un ojo con un pezón de no haber tenido puesto su push up, Victoria Secret de vereda.

De nuevo esos ojos marrón claro y el aroma a menta. Decidió quitarle la barba y el gorro ridículo pero él no se lo permitió. —Goza, Margarita, no pienses tanto.

“Como si fuera muy fácil revolcarse con un tipo vestido de rojo gracias a una borrac… no es tan mala idea. Total, es un sueño y más que sea para pasar el estrés navideño”.

Aceptó el desafío y le abrió con cierta delicadeza la chaqueta, se topó con pectorales y piel blanca, calugas y un tatuaje de Rodolfo, el reno, bien extraño, pero asumió que su imaginación estaba hasta las masas de cola de mono y que mientras no tirara con el reno, todo estaría bien.

Y todo se puso mejor cuando San Nicolás se levantó con ella en brazos y la depositó a los pies del arbolito, que no recordaba haber decorado, y se le fue encima ataviado solo de la barba artificial y el gorro rojo con pompón incluido.

—¡¡¡¡Viejito…viejito, viejiiii y la conc…!!!! —gritó cuando sus piernas recibieron lamidas dignas de ser dadas por los camellos de los Reyes Magos.

Su sostén Victoria Secret de vereda quedó hecho mierda arriba del pesebre gracias a los dientes blancos de Santa Klaus. Ese hombre tenía manos de fuego y de seguro trabajaba haciendo pan amasado o cacharros de greda, porque le amasó las chiquillas como jamás lo habían hecho y se dio gusto reacomodándoselas.

Lo sublime estaba por venir y apareció tras una, no tan abundante, cabellera castaña, saludándola con reverencias y adentrándose en sus entrañas con inusual delicadeza y urgente fogosidad.

Iba en la grosería ciento once cuando se encontró cabalgando arriba de Papa Noel a toda máquina, bien afirmada por las caderas y sin que al chico de rojo se le moviera ni el gorrito ni la barba.

Llegaron…

La primera vez, ella y al ratito él. Las siguientes veces se turnaron y cuando el cansancio y lo poco de borrachera que le quedaba le ganó, se durmió arriba de él, abrazándolo con ganas, para que no se le fuera el espíritu navideño sin celebrar la Pascua de los Negros como correspondía.

Despertó cuando el sol le dio de lleno en los ojos. Tenía sed y calambres. Y del Viejo Pascuero sólo quedaba el gorro rojo arriba de uno de los Reyes Magos.

“¿Soñé o no?” Fue lo  segundo que pensó. Lo primero fue: “cresta, estoy pilucha”. Y lo tercero fue: “¿De quién es ésta casa?”

Apretó los ojos como para despertar en serio, pero cuando los abrió, seguía a los pies de ese arbolito navideño, con el mismo pesebre donde lo que quedaba de su sostén, hacía equilibrio para no caerle a María encima.

Se giró lentamente y dio un feroz grito.

Allí, un poquito a su derecha, estaba durmiendo el Viejito Pascuero, que resultó ser su vecino, el kinesiólogo.

Él se despertó y ella se cubrió con el gorrito pascuero lo poco que pudo, eligió las chicas superiores, porque la inferior quedaba a resguardo de su rodilla.

—Yo…

—No grites, me duele la cabeza.

—Ok, préstame el baño.

—Sí, pasa… ya sabes dónde está.

—¿Qué…? ¿Cómo…? ¿Anoche…?

—Creo… tomé cola de mono.

—Idem… permiso. Cresta, mi ropa.

—Relájate, vives al frente… por si lo olvidaste.

—Gracioso.

—¿Yo…? ¿Quién fue la que se equivocó de puerta, anoche?

—Y tú te aprovechaste.

—Era que no… con lo rica que estás

—Hijo de… No le digas a nadie.

—Yaaaa… Egoísta.

—Yo lo niego todo. “Cuando sepan mis amigas, seguro me aplauden”.

—Como quieras… en todo caso yo te iba a invitar un trago.

—Que sea de sal de fruta. Tengo acidez.

—Ok… ¿Hoy día? Prometo llevar el trajecito de Papa Noel. Parece que te gustó harto.

—Pervertido.

—¡¿Yo?! ¿Y quién era la que cantaba Rodolfo el Reno a toda boca mientras…?

—Cállate…

—Eso mesmo gritaron los vecinos como diez veces anoche. Te sugiero nunca más cantar en la fiesta navideña del edificio.

—¿Podrías dejar de hablar?

—Tranquila… eres linda y me gustas mucho. Te iba a invitar anoche, pero me evitaste el bochorno cuando te metiste a mi departamento cantando jingle bells.

—¿Y por qué estabas vestido de viejo pascuero?

—Porque me tocó repartir los regalos. ¿No te acuerdas?

—Eh… sí, algo. ¿Eras tú? Yo creí que estaba soñando.

—Tchiiisss el medio sueño. Todavía me duelen las…

—Cállate. Gracias por… nos vemos.

—Eh… Margarita, ponte algo encima, puede haber niños en el pasillo.

—¿Niños…?

—Sí, los mismos a los que le gritaste duendes pendejos, dejen de sobajear al viejito que está más rico.

—Mentira.

—Nop… pregúntale al conserje.

—Mejor me voy.  Chao, San Nicolás. Gracias por… ya sabes.

—Cuando guste, señorita. Acá siempre va a tener…

—¿Viste mi llave?

—De seguro sigue metida en mi cerradura. Eso sonó feo.

—¿Sabes? Mejor me voy y evitamos recordar este episodio por el resto de nuestras vidas.

—¿Y el trago?

—Sigue en pie. En cuanto se que me quite la resaca, conversamos. Chao, San Nicolás.

—Chao, señora de Klaus.

“Eso sonó genial, pero ni muerta se lo reconozco”.

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