lunes, 24 de septiembre de 2018 Actualizado a las 07:34

Historias de sábanas

Capítulo 7: “Te amo, Beatriz, no quiero vivir sin ti..."

por 9 julio, 2018

Capítulo 7: “Te amo, Beatriz, no quiero vivir sin ti…”
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Casi media hora después, llegamos a mi edificio. Me extraña ver una patrulla de carabineros con la baliza encendida, espero que ese viejo del edificio de Beatriz no me haya denunciado de nuevo, porque esta vez sí que no lo golpeé.

Reduzco la velocidad por si acaso, entrando al subterráneo sin contratiempos. Miro hacia atrás, las chicas están completamente dormidas.

-Llegamos -susurro apenas me estaciono. Beatriz es la primera en abrir los ojos, se despierta desconcertada.

-Estamos en mi departamento -le recuerdo.

-Sí, sí, tienes razón –responde, aún con somnolencia-, dejo a Sofía en su cama y luego me marcho.

-No es…-

-Sí lo es -me corta, abriendo la puerta. Sostiene bien a Sofía, quien al despertar le da un beso y se queda pegada a su hombro.

-Papi. Trae los gatitos.

Beatriz ahoga una sonrisa. Yo, como un idiota, agarro a todos los animales como puedo, incluso ese que tiene manchas en el ojo, me rasguña.

-Gato de…

-Qué lindo es, ¿verdad Mauricio? -me corta Beatriz, al intuir lo que iba a decir, ya que Sofía tiene los ojos ahora sí que muy abiertos.

-Ese se llama Pirata –bosteza, alargando la manito para que se lo entregue, y yo, encantado, lo hago, así cojo mucho mejor al resto de bolas de pelos.

Dentro del ascensor, nos miramos, pero ella voltea la vista hacia otro lado.

Al salir escucho, ¿música? Que extraño, y proviene justamente de mi departamento. No alcanzo a poner la llave, cuando la puerta se abre.

Todo el mundo está aquí, y cuando digo todos, ¡no exagero!

-¡Sofía! -grita Macarena, corriendo a abrazarla, incluso se la quita literalmente de los brazos a Beatriz. Comienza a besarla por todos lados, pidiéndole perdón y, de pronto, comienza a besar a la salvadora, dándole las gracias.

-¿Y a mí qué?

-Mi niña -chilla mi madre tomando ahora a mi hija-, cómo se te ocurre salir de noche - la regaña con la voz rota por el llanto.

-Casi me da un infarto -agrega mi padre, acercándose también.

-Sofía está bien -comento para tranquilizarlos a todos.

-Por supuesto que está bien -asegura la feminista, que no está sola, sino que con sus otras dos amigas, y… ¡en mi casa!-. Todo gracias a Beatriz -dice abrazándola y, al hacerlo, noto por el rabillo del ojo cómo una lágrima le cae.

-¿Por qué lloras?

-Pensé lo peor -susurra bajito para que nadie la escuche, pero estoy atento a cada uno de sus movimientos. Justo cuando voy a acercarme para consolarla, Macarena me abraza fuerte, muy fuerte, como cuando éramos pequeños y necesitaba de mi ayuda.

-Perdón, Mauricio, te juro que si le hubiera pasado algo, jamás me lo habría perdonado -recita llorando, hecha un mar de lágrimas.

Creo que nunca había habido tanta gente reunida en este departamento. Las chicas se llevan a un costado a Beatriz, en tanto mi madre sigue besando a Sofía.

Mi padre, el más sensato, es el primero en retirarse para darle espacio, pero no menos compungido.

-¿Estás bien, hijo? -quiere saber mi madre acariciándome la cara, y acto seguido chillar-. ¡Dios mío! ¿Qué te pasó en la cara?

-Nada –respondo, retirándome, pero claro, es Claudia la que pone cizaña.

-Uf, parece como si alguien te hubiera dado un golpe.

-¡Un puñetazo! -exclama Francisca festinando.

-¿Cómo fue que te pegaron así? -vuelve a preguntar mi madre, la rodeo en mis brazos, dándole un beso en la frente-. Dime, hijo.

-Estoy bien, no fue nada.

-Es que tú no te has visto cómo te quedó el ojo -comenta Claudia acariciando a los gatos, mientras Francisca está expectante a mi respuesta.

-Aún no he tenido tiempo.

-Pues no te preocupes -agrega Claudia-, solo te diré, que para príncipe azul no estás.

-¡Príncipe azul! -chilla la feminista mirando mal a su amiga-, este de príncipe no tiene ni la p de…

-Francisca -chilla Beatriz-. Creo que es hora de irnos.

-No, niña -dice mi madre. Y si pudiera besarla en estos momentos por ocurrente, juro que lo haría-. Tenemos que celebrar que Sofía está bien.

-Y a los gatos -se burla mi querida hermana que está con una servilleta en la mano y ya intuyo el por qué.

Sofía bosteza y Beatriz le habla.

-¿Quieres dormir? -. Mi niña no dice nada, solo asiente con la cabeza y, con lo educada que es, se despide de todos, toma la mano de Beatriz, a un par de gatos y se van a su habitación.

Cuando desaparecen de mi vista, Macarena se pone seria y pregunta:

-¿Dónde estaba? ¿Qué te dijo?

-Estaba en La Vega.

-¡En La Vega! -chilla mi madre.

-Quería… unos gatos.

-Dios mío, mi niña -se tapa la boca y de nuevo lágrimas brotan por sus ojos.

-¿Pero y el gato que tenía? -quiere saber mi padre, acercándose a mi madre para consolarla.

-Es…

-El gato que tenía, señor, su hijo lo devolvió, y dejó a la pequeña sin su mascota favorita -me acusa la feminista con una sonrisa digna de quien ha ganado una batalla.

-¡Pero cómo! ¿Por qué? -se altera mi madre.

-Ah…, yo le voy a decir -vuelve a entrometerse, ya con la bandera ganadora en la mano.

-No te preocupes, Francisca, puedo responder yo.

-Te escucho y tomo palco -responde

-Devolví el gato a su verdadera dueña que es Beatriz.

Mis padres asienten, pero es Macarena la que niega con la cabeza y todos dirigen su atención a ella.

-Mauricio terminó su relación, no quería nada de ella, por eso devolvió el gato.

-¿Es cierto eso, hijo?

-Sí, papá -respondo avergonzado. Escuchado así suena cruel.

-¡No eres un adolecente! ¿En qué cabeza cabe hacer una cosa así?

-En la hueca de su hijo.

-Si ya acabaron las interrogaciones…

-¿Qué vas a hacer ahora con tanto gato, Mauricio?

-No sé –respondo a mi padre suspirando-, la verdad es que acá no se pueden quedar.

-¿Y por qué no? -inquiere Francisca.

-Porque son cinco. ¿Quieres llevarte uno y colaborar con la protección animal? Te puedo regalar una polerita -me burlo yo ahora de ella, que me fulmina con su mirada.

-Yo podría llevarme uno -dice mi santa madre, y no quiero ni ver la cara de mi padre.

-Bueno, yo podría llevarme otro -agrega Macarena-, no creo que los perros tengan algún problema, además estarán adentro.

-Bueno, ya que todos se están apuntando, me quedo con uno -murmura Paula tomando al más negrito.

-No -respondo tajante, todos me quedan mirando extrañado-, primero le preguntaré a Sofía, trataré de explicarle que no nos podemos quedar con todos, pero la dejaré decidir a ella.

-¡Ay no!- chilla teatralmente esa…-, ¡ahora sí que se cae el mundo!

-Francisca -le da un codazo Claudia, y parece surtir efecto ya que se queda callada.

El único que disfruta del espectáculo es mi padre, que no sé porque razón le ha tomado cariño a estas chicas.

-¿Dónde vas mamá? -quiero saber, cuando se levanta con el teléfono en la mano.

-Voy a avisarle a María José que la niña ya está bien. Pobre, ha estado tan preocupada, tal vez sería bueno que viniera.

Y como si yo ahora tuviera dos cabezas, las chicas se giran a mirarme, y no de la mejor manera. Delante de mi madre no puedo hacer un escándalo, incluso mi hermana está de su lado, uniéndose a la mirada aterradora que llevan.

-No -respondo tajante-, no es necesario que venga. Es tarde y quiero descansar.

-Toda la razón -salta Claudia-, creo que debemos irnos, mañana algunos trabajamos.

-Porque claro, aún tenemos trabajo, y tenemos dignidad.

-Y no nos manipulan.

Hablan todas a la vez, y estoy seguro que tendré que dar un par de explicaciones después, conozco a mi padre y, sobre todo, esa mirada observadora, que exige respuestas.

-Voy a buscar a Beatriz, mi niña debe estar durmiendo ya.

-Voy yo -digo saliendo del salón, la verdad es que desde que la vi desaparecer quiero estar con ella, la necesito más de lo que estoy dispuesto a aceptar. Al llegar a la puerta de la habitación, increíblemente, se respira paz, ambas están abrazadas, y sin poder evitarlo, un suspiro se me escapa del alma. Eso hace que Beatriz se sobresalte, atontada, hasta que se da cuenta de mi presencia.

-¡Mauricio!

-Tranquila, solo soy yo.

-Me quedé dormida -se disculpa saliendo de la cama, dejando perfectamente tapada a Sofía que está soñando profundamente.

-Estás cansada, ya es tarde. Deberías darte una ducha y dormir -le confieso guardando mis manos en los bolsillos para que no vea mi nerviosismo.

-Tienes razón -asiente aún aturdida-, una de las chicas me irá a dejar a mi casa.

-A tu casa -respiro hondo sin aceptar la resignación―. ¿Por qué allá? Te puedes quedar acá.

-Porque no sería correcto, porque ya no tenemos nada, porque todo se acabó entre nosotros, ¿no te bastan todas esas razones?

Niego con la cabeza.

-Te estás engañando a ti misma, Beatriz.

-¿Engañarme? -Abre muchísimo los ojos, atraviesa el dormitorio y pasa por mi lado contorneando esas sensuales caderas que me vuelven loco-. Lo que acaba de suceder no cambia lo que te dije esta tarde -me recuerda su firme declaración, rechazando la palma de mi mano que va hacia su cara.

-Todo fue un mal entendido, podemos superarlo juntos, mi vida.

-¿Tú crees? ¿Y qué pasará cuando un nuevo problema nos azote? ¿Qué ocurrirá si yo, por pendeja, vuelvo a cometer un error? ¿Qué sucederá cuando estés enojado y te den ganas de vengarte de la peor manera posible? No nos engañemos, Mauricio, nosotros somos como una bomba de tiempo.

-Lo único que estás haciendo es minimizar lo que teníamos, nuestra relación.

-No es eso, solo intento quitarte la venda de los ojos.

-Por la mierda, Beatriz, ¡sigues sin entenderlo! -asevero descontrolándome un poco-. Tenemos todo para ser felices, deja de pensar en un futuro que ninguno de los dos conoce y atrévete a vivir el presente, ¡este presente!

-¡No puedo!

-Claro que puedes -digo sujetándola de los hombros, obligándola así a mirarme-, yo te ayudaré a superar lo que sucedió, arreglaré las cosas en la oficina, todo volverá a ser como antes.

Algo va mal. Beatriz deja de mirarme y por un instante veo como tiembla su barbilla, pero cuando vuelve a fijar su mirada noto un pozo oscuro en sus ojos.

-Necesito que me dejes para poder olvidarte antes de que yo misma me niegue a hacerlo -escucho cada una de sus palabras con angustia, su voz es de total aflicción, siento que la estoy perdiendo.

-¡No! Me niego a dejarte, me niego hasta que tú te lo plantees.

-Es que no lo entiendes, no es una propuesta, es mi decisión, y solo yo soy dueña de tomarlas. No puedes obligarme a quererte…

Dicho eso mis manos caen como peso muerto por sus hombros, el silencio se hace entre nosotros y, después de varios minutos, mi cordura es la que habla, porque mi corazón quiere otra cosa.

-Tienes razón, Beatriz, no puedo obligarte a estar junto a mí -respiro para darme valor y no mostrarle mi voz quebrada-, lo único que sé es que te quiero. Te amo con toda mi alma…, esa mi verdad. Cometí un error al no pensar que algo estaba sucediendo, que tú no podías reaccionar así por nada. Te defraudé. Pero estaba dispuesto a enmendar mi error cada uno de los días que me queden por vivir…, sin embargo, no puedo obligarte a estar a mi lado.

Otro tétrico silencio, más duro y extenso que el anterior, solo nuestras miradas se cruzan, nuestros cuerpos ni siquiera se tocan, cuando ya no puedo más, suelto el aire que tengo reprimido y, aunque me niego siempre a hacerlo, dejo que sea mi corazón el que habla:

-Jamás pensé que amaría a una mujer como te amo a ti, jamás pensé en volver a tener una oportunidad. Tú eras mi luz, ¿recuerdas? Aún me pregunto como pude ser tan imbécil, y en qué momento la rabia cegó mi cordura y me hizo cometer ese acto deleznable, te pido perdón, perdón por ser un cabrón que se deja llevar por un arrebato, te pido perdón por hacerte parte del caos que es mi vida, te pido perdón por tocarte esa primera vez en mi oficina, te pido perdón por todo lo hijo de puta que fui, que soy, y que seguramente seguiré siendo, porque a tu lado me sentía una mejor persona. Pero tienes razón, te perdí. Puedes irte, Beatriz.

No sé si es lo que esperaba escuchar, pero no dice nada, y estoy seguro que se está aguantando las ganas de llorar, porque yo me siento igual. Sus ojos tratan de decirme algo que no soy capaz de entender y sus labios sellados gritan por hablar.

-No te preocupes por María José, yo lo arreglaré.

-Ya no le tengo miedo -murmura en un hilo de voz-, ya sabes toda la verdad, y eso es lo único que importa.

Doy un paso hacia adelante y ella da uno hacia atrás.

-A mí sí me importa -intento sonar sensato y no gritarle que abra los ojos y se dé cuenta de lo que sucedió-: íbamos a comenzar una vida juntos. Los tres: Sofía, tú y yo. Una familia, tuya y mía, eso era lo único que quería, que mi vida girara en torno a las dos mujeres más importantes de mi vida.

-Mauricio… -gime, mi mano se va directo a su mejilla, la acaricio con suavidad, incluso contorneo sus labios-. No sigas…

-Por qué, si yo aún recuerdo tus labios sobre los míos, tu piel en mi piel, tu olor…, tu sabor y tus gemidos cada vez que hacíamos el amor –recito, con tanta suavidad, que se me erizan los vellos de la piel al recordar. No quiero esta distancia, me acerco muy despacio hasta quedar a escasos centímetros y, como no obtengo negación, mis labios se pegan a los suyos. Enredo mis dedos en su pelo para que no se aparte, me cuesta respirar, pero no quiero dejarla, no quiero separarme, hasta que es ella quien lo hace.

-Te amo, Beatriz, no quiero vivir sin ti, olvida el pasado y comencemos un futuro nuevo, enséñame a vivir con esa luz que siempre he admirado de ti.

Nada, se separa de mí lentamente con el rostro contraído, me mira, por última vez, y se va.

No soy capaz de retenerla, no puedo, no debo, pero quiero. Y, cuando al fin me decido, camino al vestíbulo, pero me quedo de piedra cuando escucho cómo Claudia, que no es mi gran fan, le habla:

-Beatriz, estás segura de lo que estás haciendo…

-No le vas a decir nada -pregunta Paula histérica.

«¿Qué me tiene que decir?».

-No, y no voy a hablar de esto aquí, nos podemos ir por favor -ruega.

-Mauricio se merece saber la verdad, estás siendo una cobarde.

-Estoy con Paula.

-Sí, pero es mi decisión, y a ustedes no les queda nada más que respetarla -les dice un tanto enojada.

-Sabes, Bea, hay que ser muy tonta para no valorar el lado cursi que tiene el idiota de Costabal, que solo a ti te entrega, sabiendo que es un cabrón redomado y el mismísimo diablo.

-Sé lo que hago.

-No sabes una mierda, eres una pendeja caprichosa que no quiere intentarlo de verdad.

No aguanto más, necesito saber qué mierda es lo que oculta Beatriz, pero justo cuando voy a dar un paso, Sofía me llama, llorando. Suspiro, no lo pienso dos veces y voy a socorrer a mi pequeña, que llora en mi pecho asustada por una pesadilla que acaba de tener.

Y mientras la tengo entre mis brazos, respirando su olor tranquilizador, escucho el cerrar de la puerta. Unos pasos se acercan, es mi madre que me dice que se va, se despiden solo con una seña.

-¿Quieres que me quede? -pregunta Macarena cuando vuelvo al comedor.

Niego un par de veces.

-Esto es lo que tengo -le indico con la mano-. Sofía y yo, a eso tengo que acostumbrarme.

-Pero…

-Sin peros, Macarena, no valen la pena, ya lo intenté todo.

-¡Tiene que haber una solución!

-Por primera vez creo que las chicas tienen razón en algo.

-¿Las amigas de Beatriz?

Asiento positivamente.

-No quiere intentarlo, se rindió.

-No puedes hablar así, ella dio todo por ti.

-¿Y qué ganó? -sonrío melancólico-. ¿Algo?

-Por culpa de María José -gruñe como nunca la había visto antes-. ¡Tienes que hacer algo!

-Y lo voy a hacer, hermanita, aunque con eso se rompan todas las relaciones con la familia Rojas.

-¿Y no te importa?

-Por Beatriz, soy capaz de cualquier cosa.

-A nuestra madre no le va a gustar.

Me encojo de hombros.

-Ya va siendo hora de que se quite la venda con esa zorra.

-¡Mauricio!

-¿Qué?, una santa no es.

-Pero tampoco para insultarla.

Ahora sí que me río con ganas después de muchos días, sacando al diablo que llevo dormido dentro.

-¿Insultarla? No, hermanita, eso sería ser benevolente, si yo no soy feliz, ella tampoco lo será, y pagará de la misma manera que yo.

-Me das miedo. ¿Qué vas a hacer?

-No voy a quemar el pan en la puerta del horno, no seas curiosa. Y no, no es necesario que te quedes por mí, pero sí por ti -le digo dándole un abrazo fraternal-. Quítate la culpa por lo de Sofía, no hay mejor tía que tú en este mundo, y si te lo digo yo… es porque es verdad.

-Te quiero.

-Y yo, aunque no te lo diga nunca.

-No me importa, lo sé, al fin y al cabo a la única persona que recurres cuando estás en problemas es a mí, así que no hace falta que me lo digas para saber que soy todo para ti -se ríe, me besa, y se va a dormir. En tanto yo, termino de apagar las luces, me sirvo un vaso de whisky, me siento en penumbras y empiezo a urdir mi gran plan.

-Como lo voy a disfrutar, cuñadita -murmuro solo, celebrando de antemano.

Tomo el teléfono y le dejo un mensaje de voz en whatsapp: “María José, siento no haber podido hablar antes contigo, pero se complicaron las cosas con Sofía, mañana te paso a buscar y nos vamos juntos al trabajo. Un beso, creo que tenemos que hablar”.

Dicho esto, aprieto enviar, y pienso que en realidad lo que quería decirle es que es una zorra de mierda, que me las va a pagar todas, que su maldito apodo de Calienta José lo lleva bien puesto, y que se merece todo y más sobre lo que le va a pasar. Conmigo no se juega, Cotetita. Conmigo no.

Al otro día, apenas veo a María José esperándome, el estómago se me retuerce. Pero la venganza se sirve en plato frío y éste me lo comeré congelado.

Cuando me ve, su sonrisa se ensancha. Ni siquiera le abro la puerta, nunca lo he hecho, y menos ahora. Se sienta, me da un beso que dura más de lo necesario y cruza las piernas de manera sexy. Sé lo que quiere, se lo doy.

-Hoy estás muy guapa.

-¿En serio? -pregunta un tanto asombrada.

-Por supuesto.

-Mauri, ¡qué feliz me hace saberlo! –chilla, dándome otro beso, pero esta vez, muevo la cara unos milímetros y alcanza la comisura de mis labios, sorprendiéndola. Para no quedarme corto, mi mano se sitúa en su pierna, acariciando en movimientos lentos de arriba abajo.

-Mauricio…

-No digas nada. Es hora de hacer las cosas bien.

-No sé… no sé qué decirte.

-María José -suspiro hastiado-, está claro que no tenemos nada que decirnos, somos adultos- le digo. Ambos nos miramos, demostrando que tenemos claro hacia dónde vamos o, al menos, lo que yo quiero que crea.

-¿Será solo sexo, Mauricio? ¿Acaso ya no queda nada de lo que sentimos alguna vez? Porque yo sigo…

-El sexo entre nosotros siempre fue increíble -la corto- si estás de acuerdo, seguimos adelante.

-No hablo solo de sexo, hablo de nosotros.

-Esto es lo que puedo ofrecerte por el momento, María José -me encojo de hombros-, y si no quieres, lo dejamos como que nunca ha pasado nada.

-¡Quiero! Pero también quiero formar parte de ti, tener una relación, que incorporemos a…

-Qué quieres, María José, ¿follar o un cuento de hadas? Porque lo primero te lo puedo garantizar, lo segundo es una quimera.

-Un día lo tuvimos.

Así como si no viniera ningún auto detrás me detengo en medio de la calle, ni siquiera me orillo, y mucho menos me importa que el idiota de atrás tenga la mano pegada a la bocina.

-Está bien, te entiendo, puedes irte ahora -hablo bajo, para que no note mi rabia, ¿cómo pude estar cegado tantos años?-. ¿Te bajas?

Ella solo niega con la cabeza y, acto seguido, pasa la mano por mi entrepierna. Es como si no la sintiera, nada de nada reacciona en mi cuerpo.

-Acepto.

«¡Perfecto! No te soporto».

-Una cosa, si estás conmigo, no estás con nadie más.

-¡Por supuesto! –chilla, haciéndose la ofendida.

-María José, como diría mi hermana, no nos veamos la suerte entre gitanos, que no nos conocemos desde ayer.

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