Vejara: tocar el cielo y volver - El Mostrador

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Neo rock chileno en La Habana

Cultura - El Mostrador

Vejara: tocar el cielo y volver

por 18 junio, 2001

La banda nacional Vejara llegó a la Casa de las Américas con su estilo rock de raíz folclórica y llevó su distorsión al parque Lennon para tocar junto a la estatua del ex beatle "Tan callao", con letra de Nicolás Guillén. Los aplausos fueron muchos y Vicente Feliú grabará una versión de Javier Guíñez para un tema de Víctor Jara.

A la herencia musical indígena Vejara adosa el matiz de la distorsión de una Fender stratocaster, batería y bajo, en un trío instrumental de rock con un sonido peculiar que, hasta acá, tiene más reconocimiento en el extranjero que en el país.

Están empecinados en el aporte a la identidad de la música chilena. Ya escalaron al cielo, en las dos presentaciones en la Casa de las Américas y el recital que dieron en Parque Lennon, de La Habana.

"Ahora puedo tocar en cualquier lado y va a ser menos que en la sala Che Guevara de Casa de las Américas. Llegamos al fin. El grupo se puede acabar. El estadio Nacional repleto no es nada. El Luna Park no es nada", declama visiblemente satisfecho Javier Guíñez, el líder del grupo. La banda ya aterrizó de vuelta en Chile y el 28 de junio se presenta en N'aitún.



El proyecto Vejara comenzó en 1994 cuando Guíñez, junto a los hermanos Mauricio y Luis Barruerto, no contentos con el grupo Farabundo -en que divulgaban repertorio selecto- se dejaron llevar por el sonido de las radios y crearon la banda en homenaje al músico chileno.



"Vejara es por Víctor Jara, que además de músico es el símbolo de lo mal pagado, de la mala fortuna, del nivel de desgracia al que puedes caer por tener una convicción tan notable como artista. Entonces, es un homenaje para él. Aunque no toquemos sus canciones lo reconocemos como mentor, porque fue capaz de hacer popular y masivo lo que era de raíz folclórica", dice Guíñez.



Mestizaje



Por ahora sólo de mano en mano gira Cadenas Tricolores, en el primer disco contundente en rítmica mapuche, afroamericana, andina, mestizaje popular combinado con versiones pesadas de cumbiones, tarkeadas, reinterpretaciones de antiguas melodías de Roberto Márquez y Violeta Parra.



La propuesta es una estética que los tradicionalistas del folclor miran sospechosamente. Aunque las piezas no llegan a la destrucción total, sino que a un estilo sonoro "revolucionario", como les dijeron en el Caribe.



"Logramos hacer como un engaño, porque la sonoridad del grupo es la de un grupo de rock, pero no es rock, por ningún motivo. Es música folclórica", explica el líder de la banda.



-¿Cómo ves el panorama musical de tus contemporáneos?
-En Chile los músicos nuevos escapan de la realidad social. Eso se refleja en la gran cantidad de artistas que se dedican a la práctica de la música extranjera, el reggae, funk, el metal, la música británica en general. Acá faltaba y sigue faltando el elemento de inicio que haga recordar que se puede hacer música sin necesidad mirar todo el tiempo hacia afuera.



-¿Crees que todos entienden el sentido de reinterpretar con distorsión la obra, por ejemplo, de Violeta Parra?
-Hay gente que tiene una tendencia más purista con respecto al folclor. Pero el folclor no es algo estático, no es una foto fija. Hoy podemos cuestionar la vigencia de la cueca como folclor, porque tiene que estar en uso.



-Y en el campo ¿qué?
-En el campo, más que nada, se tocan rancheras. Hablamos de folclor cuando hablamos del sound. Eso tiene una raíz folclórica indígena y todos creen que viene de Colombia. Tiene una reminiscencia indígena, Inca, bien clara.



-Víctor Jara trabajó en ámbitos diversos, desde lo campesino a la incursión electroacústica. ¿Intentan continuar esa línea creativa?
-La idea es retomarlo. Pero no pienso en colgarme de él. Siguiendo el mismo método queremos ir recorriendo distintos aspectos de la música. Ya hicimos estudios en Chile de la sonoridad quechua, aymará e Inca. Ahora estoy investigando la cueca.



La ruta



En el afán de la búsqueda y de ese no sé qué del sabor latinoamericano intraducible a partituras, los integrantes viajan al terreno de cantores populares y aprenden nuevos elementos que luego producen textos en mapudungún, festejos peruanos, festividades religiosas, huaynos urbanos, híbridos de sabor caribeño y temáticas chilotas, sin abandonar temas emblemáticos de la Nueva Canción Chilena.



"No hacemos covers. Tratamos de tocar arreglos de temas que fueron parte de una generación y van mucho más allá. A lo mejor la versión como sonaba antes ya no sirve para interpretar ese mensaje. Entonces nosotros adaptamos por ejemplo, poesía de Nicolás Guillén, cosas de Illapu y poemas de Pablo Neruda.



Se saben creadores y productores de buena carne de exportación porque van más allá en la rítmica indígena que un casual eco de trompe o alguna esporádica danza nortina sampleada.



"No falta el que hace un tema de postal. Los músicos acá tocan por placer sin responsabilidad. Influenciados por el marketing creen en un sueño de la música que no existe. Sin embargo, acá hay elementos para tener una música propia y para que a nosotros nos copien desde el extranjero", enfatiza Guíñez.



-¿Cuáles elementos?
-La raíz racial fuerte de la etnia mapuche. Hay prejuicios contra ellos. Los mismos músicos han escapado a algo de lo que son parte. La música mapuche es muy compleja.



-¿Elaborada?
-Elaboradísima. Tiene montones de escalas, formas. Es complejísima. Usan distintos temas, distintas velocidades y cada velocidad tiene un nombre. Hay tonos definidos, formas establecidas: bailes de aves, de personas, música relacionada con la religión y música relacionada con el placer. El kultrún es ceremonial; y el guillatún y el machitún, también. Pero si quieren hacer un hueveo ocupan la macawa, un tambor mapuche no ritual de laurel, que tocan los hombres y que usaban los jinetes.



Bajo la promesa de un próximo recital en Chile con Vicente Feliú, Vejara subsiste a pulso y manejando más invitaciones al exterior. Aunque por ahora yacen confinados en la autoproducción, preparan el segundo y tercer disco.



Guíñez sigue adelante, indagando el canto a lo poeta -a lo divino y a lo humano-, y en la métrica de las décimas del baile nacional. Amparado en el engaño de la distorsión avanza con su "grupo revolucionario", dejando huellas en la misma ruta en que anduvieron por los setenta Los Blops, el camino del tono eléctrico y acústico con sabor local.

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