Un oso rojo: La aceptación de lo inevitable - El Mostrador

Viernes, 24 de noviembre de 2017 Actualizado a las 15:40

Un filme argentino de Adrián C

Cultura - El Mostrador

Un oso rojo: La aceptación de lo inevitable

por 19 septiembre, 2003

Sustentada en la genial creación e interpretación de su personaje principal, Un oso rojo -pese a presentar el abuso y por consiguiente monotonía de sus sonidos- desarrolla de gran forma una historia melodramática en la que un hombre, una especie de héroe marginal, debe enfrentarse a la vida que ha perdido y a su ineludible futuro.

Cargada de una fuerte dosis de crítica social, Un oso rojo habla de la soledad, del abandono, de quienes tienen una vida y de pronto la pierden por un error. Usando como lenguaje metafórico la violencia y la marginación social, el director Adrián Caetano logra dar con una íntima conexión entre la historia y su personaje principal, creando un poderoso y conmovedor retrato de la condición humana expuesta a situaciones crudas, chocantes, incomprensibles y lastimosas.



Es particularmente interesante el trabajo de Julio Chávez en el rol principal, creando un personaje violento por naturaleza pero emocional y sensible a la vez. Esa estampa de matón abuenado le calza a la medida sobre todo por esa dosis de misterio que esconde a través de todo el metraje.



El lazo de afecto con su hija y la particular relación con su ex mujer -donde no sabes si de un momento a otro ella lo besa y se quedan juntos o lo abofetea y le cierra las puertas en las narices- son sin duda los ejes que dan más interés a un filme intenso, emocional y emotivo.



La primera escena de la película es simplemente genial y atractiva, precisa y concreta. En esta inmejorable pieza de narración condensada dramáticamente, con una destacada y ajustada economía recursos y en pocos minutos, el director Adrián Caetano nos presenta al protagonista y sus secundarios, plantea los lazos entre ellos y establece los primordiales caminos narrativos que su relato desarrollará durante el filme.



Filmada principalmente en exteriores, la película de Caetano cuenta la historia de Oso, (Julio Chávez) quién hace siete años cayó preso por homicidio y robo a mano armada, y ahora sale en libertad. Es un hombre parco, impredecible, violento por naturaleza o por necesidad, y es probable que en todos estos años no le haya dicho a nadie lo que oculta en los silencios y la tristeza de la mirada. Alicia (Agostina Lage), su hija, cumplía un año el día del asalto y Natalia (Soledad Villamil), su mujer, quizás nunca lo haya perdonado.



Ahora, mientras sale a la calle en libertad condicional, Oso piensa que tal vez pueda volver a empezar. El Turco (Rene Lavand) le debe todavía su parte del asalto y a través de un compañero de celda contacta a Guemes (Enrique Liporace), quién lo emplea como chofer en su agencia de taxis.



Oso ha perdido a Natalia que vive ahora con Sergio (Luis Machin) y su hija apenas lo recuerda, pero está dispuesto a recuperarlas o al menos a reparar los daños. Como en un western desencantado y urbano, Un oso rojo imagina el destino de un justiciero marginal en la crudeza real de un suburbio porteño.



Pese a lo reconocible de su argumento, la película al espectador por fuerza de sus personajes, lo estremecedor de su realidad y la seudo heroicidad de sus acciones. Pero sin duda lo más rescatable del filme es ese retrato que el director plasma de la Argentina contemporánea. Esa incisiva mirada de un pueblo en crisis, cala hondo. Al salir de prisión Oso se encuentra con un país en crisis, socialmente descompuesto, corrupto y violento, donde la muerte es cosa de todos los días.



Esa lucha diaria por la supervivencia es lo que Caetano desarrolla de buena manera al presentar a sus personajes tal y como son -sin la necesidad de blanquearlos en el camino-. El protagonista se ve inmerso en mundo que le es ajeno, que le han arrebatado, pero no por ello se ve en él un cambio de lo que es por naturaleza con la intención de recuperar lo que ha perdido.



Si bien Caetano trabaja de gran forma la humanización del rudo y duro Oso, este mantiene la línea de vida que conoce. Ni su hija, ni el abandono de su mujer hacen que este particular delincuente deje lo que ha destruido su vida, y esa es la gracia del filme.



Una de las escenas claves de Un oso rojo es la del asalto y posterior ajuste de cuentas del protagonista. Sin exageraciones visuales en torno a la violencia, Oso le cierra la boca a quién pensaba que la soledad y el desamor que lo envenena, serviría como excusa para que una especie de iluminación divina saneara su alma y su conciencia. A veces la inevitabilidad de nuestras acciones se torna excusable.

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