La nueva generación de cine español y los altibajos de Alex de la Iglesia - El Mostrador

Sábado, 16 de diciembre de 2017 Actualizado a las 02:03

800 Balas, la nueva pel

Cultura - El Mostrador

La nueva generación de cine español y los altibajos de Alex de la Iglesia

por 4 diciembre, 2003

Visiblemente menor a La Comunidad, su anterior película, 800 Balas se aleja de la oscura y reconocible estética de su realizador, por lo que la nostálgica y algo cursi emotividad del relato, unida a un humor negro decaído, hacen de esta especie de oda a los spaghetti western un filme mediocre.

Almería, desierto de Tabernas, año 2002. Texas Hollywood es un polvoriento poblado del Oeste donde hace ya décadas que no se ruedan películas. Allí malvive Julián (Sancho Gracía), un veterano especialista de cine con un pasado intachable pero con un futuro desesperanzador. A su lado trabajan otros marginados y nostálgicos sin remedio: Cheyene (Ángel de Andrés López), el pistolero cobarde; Manuel (Manuel Tallafé), el doble temerario; Arrastrado (Enrique Martínez), el jinete sin suerte; Ahorcado (Eduardo Gómez), el colgado triste; Enterrador (Luciano Federico), el italiano gafado; Don Mariano (Ramón Barea), el dueño del poblado y media docena de gitanos disfrazados de indios.



Todos ellos se ganan el sustento recreando patéticas escenas de acción para los escasos turistas que visitan la zona. De la noche a la mañana, las existencias de estos pobres diablos dan un vuelco de ciento ochenta grados con la aparición de Carlos (Luis Castro), un niño que asegura ser nieto de Julián.



Tal vez si 800 Balas no fuese una película de Alex de la Iglesia, la mirada ante este trabajo cinematográfico sería distinta. Sin embargo, acostumbrados a su particular forma de contar historias, no podemos hacer vista gorda ante su traspié (analizado como parte de una filmografía) y no compararla con sus anteriores largometrajes.



Si bien Alex de la Iglesia intentó homenajear a los western italianos, su visible cambio de horizonte impidió que el filme generara lo que en la actualidad se espera del realizador español. La búsqueda de la risa fácil (un hecho totalmente ajeno para el cineasta en anteriores producciones), la sucesión de repetidos sketch televisivos y algunos giros argumentales, hacen de 800 balas un filme desordenado, algo cliché y bastante predecible.



El atractivo real de esta tragicomedia radica en su preocupación por pequeños personajes y los conflictos que les aquejan. Este submundo creado por los habitantes de Texas Hollywood, anclados en un pasado incierto, da ese aliento necesario para no caer en el tedio, generando cierta cercanía hacia tipos menores, con conflictos internos y dramas morales. Autocercados en un mundo paralelo que les genera felicidad y los aleja de su patética y cruda realidad, hombres y mujeres sin opciones, participan como actores de un filme que nunca existió.



En el fondo, 800 Balas, además de presentarse como una oda al cine western italiano, emerge como un sincero y desgarrador homenaje a quienes no brillan en el séptimo arte.



A los extras, a los dobles, a los técnicos. A todos las personas anónimas que se dedican al difícil rubro de las imágenes en movimiento, Alex de la Iglesia les rinde pleitesía y les regala un rollo de celuloide, como compensación por sus constantes esfuerzos.



El problema es la forma como el director aborda la historia. No es común que De la Iglesia le reste importancia al guión y, por lo mismo, resulta extraño ciertas trabas o desajustes (como la construcción de un mall en Texas Hollywood para justificar el enfrentamiento entre estos mundos: el real y el del oeste) en la historia que terminan por crear cierta sensación de inverosimilitud.



"Ya no se hacen películas de las buenas, como las de antes. Ahora sólo se hacen películas para viejas, o si no esas chorradas de efectos especiales", comenta apesadumbrado Julián, el protagonista de cinta.



Al parecer el director bilbaíno realizó esta nueva producción dentro de este contexto de desconsuelo o, tal vez, bajo la premisa de una supuesta renovación en su narrativa. Sin embargo, los resultados no fueron los esperados.



Tomando en cuenta su sagaz humor, particular sensibilidad al plasmar argumentos, la irónica mirada de los acontecimientos y su singular atmósfera de terror, 800 Balas parece ser el hijo bastardo de un cineasta, creado y formado para deformar con gracia y estilo. Sin duda que Alex de la Iglesia nos debe una.



La oscura estética de 'Alex'



Es indudable que el cine de Alex de la Iglesia da qué hablar. Independiente de sus buenos o malos resultados estéticos y comerciales, sus trabajos no pasan desapercibidos. Amado por algunos y odiado por otros, este singular cineasta, excesivo, compulsivo, arrebatado y bizarro por naturaleza, ha sabido conformar uno de los más particulares, desgarradores y fértiles universos fílmicos, repletos de humor negro, símbolos y referencias a los comics y filmes serie B.



De la Iglesia, con el correr de los años, se ha convertido en uno de los íconos más relevantes del nuevo cine español. Sus lúgubres y tenebrosas atmósferas para desarrollar historias, junto con su gran talento para satirizar situaciones, han convertido al cineasta en un personaje de culto y un referente obligado para quienes gustan de los ambientes tétricos y el cine de terror bizarro.



En 1993, El Deseo, la productora de Pedro Almodóvar, le produce el que sería su primer largometraje, Acción mutante, una apocalíptica historia de unos extraños seres en constante metamorfosis dispuestos a conquistar la tierra.



Aquí el director español hacía gala de un puñado de excesos y caricaturas suficientes como para hacer ver que aquel novato no era un cualquiera, y que pese a desarrollar trabajos serie B (de hecho el cineasta armó el set de filmación con los muebles de su madre), su talento vislumbraba un futuro aterradoramente esperanzador.



Dos años más tarde, llega sin duda su mejor largometraje en lo que va de su carrera, El día de la bestia. Con innumerables premios alrededor del mundo, De la Iglesia se dio a conocer ampliamente gracias a esta especie de comedia de acción con atisbos de cine de terror y humor negro, en un ejercicio sólido de cómo ironizar brutalmente sobre las diversas formas de llegar a Dios.



El día de la bestia contaba la historia de un ingenuo cura interpretado por Alex Angulo, que intenta evitar que nazca el Anticristo. Para encontrarlo tendrá que hacer todo aquello que va contra su moral: roba, ataca y se martiriza para conseguir estar más cerca de su enemigo, descubriendo que los caminos para alcanzar la santidad están muy próximos al mal absoluto.



En 1997, Alex de la Iglesia filma Perdita Durango, donde una mujer joven y peligrosa (Rosie Pérez) sueña cada noche con un jaguar que lame su cuerpo desnudo y se acuesta a su lado. Morena, sexy y muy descarada, lo suyo es aprovecharse del prójimo y vivir a tope, arrastrando con cierto orgullo un pasado bañado en sangre y extrañas pasiones. El filme, pese a no agrupar gran cantidad de taquilla en las salas, logró desarrollar dos personajes principales muy bien compuestos que se convirtieron en la base del trabajo. Agresivos, arriesgados y un tanto salvajes, Pérez y Javier Bardem, dentro de una historia relativamente simple, pero tratada con una intensa estética, dieron al tercer largometraje del realizador español, una altura poco común para cintas de bajo presupuesto.



En el '99 aparece Muertos de risa. Este es sin duda uno de los filmes menores del realizador. Sin embargo, la atmósfera que se expele en cada cuadro, nunca se aleja de la característica principal de De la Iglesia. A fuerza de bofetadas y mofletes temblorosos, Nino y Bruno se transforman en la mejor pareja cómica del humor español de los setenta. Su historia es, en cierto sentido, la historia de todos: admiración, celos, envidia, ultraviolencia y catarsis, componentes de un relato extraño y complejo.



Un año más tarde aparece La comunidad, una película intensa, dinámica y escalofriante que mezcla fuertes dosis de suspenso, efectos especiales y humor con un tratamiento crítico hacia la obtención de dinero fácil y sus infaltables consecuencias. Su protagonista es Julia (Carmen Maura), una mujer de unos cuarenta años que trabaja como vendedora de pisos para una agencia inmobiliaria. Tras encontrar 300 millones de pesetas escondidos en el apartamento de un muerto, no le queda más remedio que enfrentarse a la ira de los miembros de una comunidad de vecinos muy particular, encabezada por un administrador sin escrúpulos.





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