Fernando Rubio: “La obra se construye en el cuerpo del espectador” - El Mostrador

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Rompiendo la barrera del escen

Cultura - El Mostrador

Fernando Rubio: "La obra se construye en el cuerpo del espectador"

por 24 junio, 2006

Uno de los montajes más exitosos del dramaturgo argentino, ''Cuentos para un invierno largo'', se presenta en Matucana 100 por estos días. Como en sus otros proyectos artísticos, siempre centrados en la relación íntima entre el artista y el testigo-activo de la obra, en este proyecto que se cuenta cara a cara, dice, hay una exploración sutil e insondable.

"Hola. ¿Te puedo hacer una pregunta y una foto?"



Así, con esa introducción disparada a propósito de nada, a un desconocido, comenzó para Fernando Rubio un proyecto 'infinito', un trabajo que parecía simple, como todo lo inacabable, una tarea existencial y artística en partes iguales. Fernando es director de teatro, pero ahora dirigía una foto y una pregunta. Y la pregunta era, en verdad, una puerta: "¿qué es lo más bello que hiciste en tu vida?" La interrogante, por cierto, contiene una trampa: está formulada en pasado. Eso obliga a que quien responde piense en lo hermoso para atrás, a que haga un ejercicio de memoria y de nostalgia.



Más allá de la (in)sinceridad de la respuesta, la reflexión, la provocación, generan un impacto en la persona y en el artista. Y crean un espacio de intimidad con límites imprecisos, dentro de los cuales se genera un pequeño relato, que luego se ensamblará -o no- con los relatos de otras personas que accedieron a la pregunta y a la foto.



El archivo de Fernando creció lo suficiente como para hacer una instalación y un libro con las respuestas. Un trabajo que denominó "dramaturgia fotográfica", y que ha continuado, más allá de los plazos del proyecto puntual. "Es un trabajo que decidí hacer hasta que me muera, porque no tiene una temporalidad, no tiene un correlato con la idea tradicional de presentación o representación", explica.



Confiesa que una de sus grandes obsesiones tiene que ver con un relato que se genera en un espacio acotado, íntimo e irrepetible. "Uno se acerca a una persona y genera un momento de intensidad -dice-; creo que ahí se construye lo más potente de la obra, más allá de que las fotos sean expuestas o se impriman en un libro. Lo más potente es el momento del encuentro. La obra empieza a tener un cuerpo infinito. Ahí hay algo intraducible."



Y un encuentro de similares condiciones es el que, antes de comenzar con las fotos, implementó experimentalmente en centros culturales y calles de Argentina en el 2002, con el montaje "Cuentos para un invierno largo", que actualmente se presenta en Chile, en el centro cultural Matucana 100, con elenco nacional encabezado por Fernanda Urrejola y Héctor Morales. Una serie de monólogos que se transmiten en casetas a las que sólo entra un actor y una persona del público por vez. Una experiencia que Rubio ha hecho también en Italia, Alemania y Portugal, entre otros sitios. Un trabajo que tampoco termina, como el de las fotos, y que se ensamblan en la fascinación por el otro y sus misterios. "No puedo asegurar absolutamente nada, ni quiero -dice, sobre su obra-. Pretendo seguir haciéndome unas cuantas preguntas. Por lo menos hasta que me muera."



En encuentro como centro del montaje



En el caso de "Cuentos para un invierno largo", se trata de una exploración intensiva entre el que representa y el que mira esa representación, y cómo lo que se muestra puede variar circunstancialmente, de acuerdo con las persona que asista al monólogo. "El límite entre actor y espectador es impreciso -asegura-. Me parece que en eso hay algo muy interesante, y es lo que sostiene muchos de mis trabajos: donde lo estético empieza a tener límites muy frágiles con lo humano, con lo cotidiano. Hay un hecho estético, hay algo que es improbable o ficticio, pero a la vez, todo el tiempo hay una conmoción provocada por esa construcción. Lo que sucede en cada vivencia no tiene definición, y eso es lo que más me interesa."



-¿De qué modo se completa la interpelación mutua entre actor y espectador en este caso?
-Creo que, si bien el espectador es activo, la mayoría elige jugar un rol más pasivo. La transformación del rol del actor frente a una persona varía, pero los decibeles no son siempre tan grandes. No es que el trabajo del actor dependa del espectador. Sí puede llegar a depender si un espectador se pone hablar, pero en realidad en primer plano está el encuentro y el relato.



-Pero supongo que para el actor es mucho más fuerte la mirada de una sola persona en un espacio íntimo que cuando está en un escenario.
-Claro. Además, pasa que el actor sigue todo el tiempo una línea, que es la que marcan el texto y la dirección. En este caso, hay una línea paralela, que está provocada por el encuentro con la persona. Eso es muy variable, según quién es la persona que está enfrente. Imagínate que tengo una historia que es siempre la misma, que te la cuento y que a la tercera palabra vos empezás a llorar desconsoladamente hasta el final. A mí no me va a generar lo mismo contar esa historia que a otra; no es lo mismo si la persona que está frente a mí es ciega, o no escucha, o me mira con indiferencia. Siempre va a variar en sus tonalidades.



-Pero son precisamente esas variaciones de decibeles lo que les otorga la magia.
-Sí, eso es lo que lo hace un experimento verdadero, es lo que lo hace una experiencia renovadora y vital cada vez. Que nadie sepa cómo va a ser, dónde termina esa experiencia. El actor se encuentra a sí mismo nuevo cada vez.



-Esta obra se estrenó en el 2002 -en pleno invierno largo- en Argentina. ¿Qué generó?
-Muchas cosas. Sobre todo, porque los primeros lugares en los que se presentó esta obra, fuera de centros culturales, o centros de arte, fue directamente la calle: el Obelisco, plazas, parques. Entró a ver la obra gente que nunca había ido al teatro. Estos textos generaron una enorme conmoción. Había una referencia directa a una situación extrema, como la que se estaba viviendo.



Hay algo que me atrae de la precariedad de la memoria"



-Esta concepción del arte, y la centralidad en la relación entre espectador y creador, la trasladas a la fotografía.
-Sí. Siento que la obra se construye en el cuerpo del espectador. En esa frase, creo que se resume todo mi trabajo último. El trabajo con las fotografías fue la mayor expresión de toda esta búsqueda. La obra es cada una de esas personas. Comienzo a tomar fotografías a gente que conozco, que no conozco, en la calle, gente enferma, gente recién nacida que no puede contestar... y se empiezan a armar los relatos; por eso lo llamé dramaturgia fotográfica. No sé cuánto de eso es cierto, y no pretendo conocerlo. Hay algo que me atrae del paso del tiempo y la precariedad de la memoria. O la excelente memoria, pero atravesada por la tergiversación.



-En estos trabajos está el tema del relato fragmentado, y de cómo va tomando un cuerpo coherente, articulado, a pesar de que son puros destellos, o trocitos de narraciones que se pueden ensamblar de múltiples formas. ¿Es esa una de tus obsesiones?
-Sí. Creo que es una necesidad mía entender el relato como un fragmento, entender todo lo que se construye desde la palabra como un fragmento. Saber que la palabra es un generador de sentido nos da la posibilidad de pensar que todo eso es mucho más grande que lo que simplemente se dice o lo que simplemente se escucha.




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