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Álvaro Bisama habla de Estrellas Muertas, su última novela

Cultura - El Mostrador

El margen exacto de un incendio

por 3 septiembre 2010

El margen exacto de un incendio
Hace tres años que dejó Valparaíso para instalarse en Santiago, hoy realiza clases de literatura en distintas universidades y colabora en diversos medios como columnista. Esta es su tercera novela, ambientada en los noventas, en una universidad del puerto, y como marco de fondo están las bandas punk, las Juventudes Comunistas, los retornados, las peñas, los escombros de la utopía transformada en un apocalipsis del sinsentido.

Aún faltan unos minutos para que sean las 13:00 horas y Álvaro Bisama ha terminado sus clases de literatura en la Universidad Alberto Hurtado, se pasea por Plaza Brasil haciendo hora no sólo para lo que será su almuerzo sino que también lo que terminará siendo esta entrevista. Revisa noticias en su iPhone, ve su Twitter, ofrece un tema para la revista en la que trabaja como columnista, tararea una canción imposible de identificar, todo al mismo tiempo. Y es que al parecer el ex comelibros funciona así: frenético y multifuncional.

Bisama dejó su rol de crítico de libros cuando decidió ponerse a escribir ficciones, a sacar novelas, a ser escritor. Caja Negra el 2006, Música Marciana el 2008 y ésta, Estrellas Muertas, es la más reciente producción en ese catálogo monstruoso que junto a publicaciones de ensayo y crónica como Zona Cero, Postales Urbanas y Cien Libros Chilenos, han venido creando esa cartografía anómala y particular que el autor ha lanzado como un virus en el panorama escritural chileno, alimentada por sus lecturas desde aquella pieza adolescente de la Villa Alemana de los noventas en la que creció leyendo comics y escuchando bandas de rock, hasta transformarse en el insigne académico y teórico de la cultura pop.

No es el único abandono que ha hecho, hace tres años dejó Valparaíso para instalarse en Santiago y, de cierta forma, esta novela también lo es.

portada estrellas muertas-¿Cómo nace Estrellas Muertas?

-Uno nunca sabe de dónde vienen las historias. El título siempre estuvo. Y la idea de que se iba a tratar de una pareja. Y el hotel en ruinas del final. También tenía una idea de contención: en este libro no iba a explotar nada. Era una promesa que no cumplí a cabalidad. Hay cosas que explotan en el libro.  O implosionan. Pero todas estas intenciones no cuajaron hasta que conseguí tener claro lo de los incendios. Fue ahí cuando supe que podía seguir adelante, llegar al final de la historia. La novela se trataba de eso, de contar la vida de quienes viven el margen exacto de un incendio. De contar la historia de quienes respiran ceniza.  El resto fue desgranándose sin que me diera cuenta. Eran fotogramas sueltos que fui pegando como si detrás de ellos estuviera una historia.

Los fantasmas

“Estábamos en el café Hesperia, a las ocho y media de la mañana, en el puerto”, dice la voz que narra Estrellas Muertas, en su primera página, en su primera línea. A partir de ahí, dos jóvenes, en pleno cierre de su relación de pareja, empiezan a recordar los fantasmas que los acechan desde su época universitaria, principalmente centrados en la figura de otra pareja: La Javiera y El Donoso. Son los noventas, en una universidad de Valparaíso, están las bandas punk, incendios, las Juventudes Comunistas, los retornados, las peñas, los escombros de la utopía transformada en un apocalipsis del sinsentido. Porque la novela es eso: la desesperanza de jóvenes, cargar con una culpa ajena, ser hijos de una herida generacional heredada.

“Esta es una novela de jóvenes viejos, de sujetos acabados tempranamente, desgastados. Es una novela sobre el daño, sobre lo que pasa cuando la juventud se va”.

-Da la idea de que hay un trabajo de memoria, de tomar material de experiencias juveniles ¿Qué hay con esa distancia?

-Hay harta distancia. Descreo de lo biográfico, me aburre. Nunca me ha interesado, salvo como una barrera que cruzar, algo con lo que ironizar. Ahora sí, en la novela hay trazos de espacios reales pero son más bien un decorado o signos en los que me interesaba investigar.  Además, las novelas juveniles me apestan. Estrellas Muertas es una especie de antinovela juvenil. No hay mensajes trascendentes sobre el hecho de ser adulto. La confusión es total, se carece de consuelo. Nadie aprende nada acá.

-En cierta medida retratas una Neverland que se quedó perdida en algún lugar, donde no hay vuelta ¿no?

-Neverland siempre estuvo ahí. El pasado siempre es un museo. A veces es Michael Jackson el que ordena lo objetos. A veces es Neruda. Yo espero, por mi lado, que sea Lihn o Asterios Polyp, el héroe de Dave Mazzuchelli. Lo que importa es que ahí los objetos no están vivos, brillan congelados en los salones de la memoria. Sus movimientos son artificiales. La novela es quizás la novela del recorrido por un parque temático que no tiene conciencia de tal.

-A pesar de estar localizada en los 90s, igual es raro el tiempo en la novela, es una especie de sombra de los 80’s y 70’s ¿Qué hay con eso?

-Los 90 tienen ese aire de indefinición que me interesa como lugar para escribir. Tienen por un lado momentos de alta intensidad, tienen momentos muertos sin fondo, está ahí la ironía como gesto que da vueltas, está ahí la levedad.

Las mutaciones

Hace algunos días, Estrellas Muertas fue lanzada en el Bar The Clinic. Más allá de los actos propios de un evento de este tipo, llama la atención la variedad de asistentes que repletaron la salita: escritores, académicos, periodistas, dibujantes, figuras de televisión, músicos, artistas plásticos, y es que todo esto da cuenta de la transversalidad del trabajo de Álvaro Bisama, su capacidad de hacer del todo un nodo personal, un mundo en el que confluyen sus ensayos sobre el arte culto, con su obsesión por la cultura tras que grafican sus novelas y hasta un podcast sobre televisión llamado Somos Millones que lleva a cabo con el poeta Felipe Cussen.

Alvaro Bizama 2

Fotos: Carla Mc-Kay

-Pensé mucho en Violeta Parra cuando corregía el libro. Me parecía que hablaba de lo que les pasaba a los personajes. Supersordo también está ahí. Ciertas lecturas de Lihn y ciertas lecturas de Méndez Carrasco y Gómez Morel.  Me parece que podría sonar por ahí Nick Cave. Me parece que también Villalemana Rok! Cuando cantaba el Chagi.

-En Estrellas Muertas dejaste un poco el pop para reconstruir una época. Háblame de eso.

-Dejé el pop porque la novela exigía que lo dejara. La historia no admitía esa entrada. Además, estaba un poco cansado del asunto. No del pop, pero sí de sus lugares comunes. Por lo mismo, quizás la novela está escrita en fragmentos, que permiten escapar la idea de un retrato más global, que es algo que me parece autoritario, demasiado cerca de la idea de la novela como un arte de certezas antes que de preguntas, que es lo que me interesa. También, la idea de escribir para testimoniar una época siempre me pareció lejana. Por el contrario, la novela registra las señales mínimas del entorno, en  espacios desolados que los amplifican hasta volverlos irreconocibles.

-¿Y qué hay de las novelas que sí se escribieron y publicaron en los 90’s? Ninguna se hace mucho cargo de esa juventud destrozada.

-No sé. No me interesan. Me dan lo mismo, salvo un par de cuentos de Ernesto Ayala y Alfredo Sepúlveda y el candor de “60 kilómetros” de Francisco Ortega. Y ese viejo “Santiago zombie” de Pablo Illanes. Cada vez me parece más lejana y fallida esa narrativa, ese realismo culto, esa elegancia. Por supuesto, ni siquiera pensé en eso cuando escribía el libro. No me interesó pensar con quien iba a dialogar. Estaba la voz y eso era todo: la voz, los incendios, las parejas destruidas, el punk y el abandono. No me puse a pensar en nada más. Los personajes están desnudos de esa pretensión, no la desean, no quieren simbolizar nada más allá de ellos mismos. Esta no es una novela sobre ritos de paso sino sobre otra cosa: lo que sucede cuando esos ritos se acaban y nada puede metaforizar nada. Así que eso: esta novela es quizás el reverso de esas novelas de juventud. Esta es una novela de jóvenes viejos, de sujetos acabados tempranamente, desgastados. Es una novela sobre el daño, sobre lo que pasa cuando la juventud se va.

-¿Le das alguna explicación a por qué los protagonistas de tu novela están tan destruidos?

-No. Siempre hablo de eso en el podcast que hago con (Felipe) Cussen: “gente hecha bolsa”. Quizás me interesan esos momentos muertos que siguen al clímax de cualquier tragedia, la épica como un recuerdo imposible, como una señal que no volverá sobre los cuerpos. Son los personajes, lo que hay en el relato. No me cuestiono eso. En otra novela mía aparece un cantante de glam rock japonés. Y en otra un fotógrafo que se pierde en Saigón. Ellos están ahí, más allá de mis deseos. Escribo historias. A veces, los personajes están destruidos. A veces, tienen insomnio. A veces, llegan los extraterrestres que comen arroz a raptárselos.

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