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Amantes… de la filosofía

por 12 agosto, 2013

Amantes… de la filosofía
Profesor de Filosofía. Doctor en Educación.

 

Imagen de la película Hannah Arendt, de Margarette Von Trotta

Imagen de la película Hannah Arendt, de Margarette Von Trotta

Va a ser sencillamente absurdo intentar sortear el tema o escamotearlo. La película de Margarethe von Trotta sobre la filósofa alemana Hannah Arendt será la excusa perfecta. El film en verdad trata sobre otra cosa: tiene como nudo crítico el famoso juicio que se le hizo en Israel a Adolf Eichmann, pero por una u otra razón, un tema que saldrá a colación en cualquier comentario será la relación profunda entre Hannah Arendt y Martin Heidegger, tal vez el más grande filósofo del siglo XX.

Digo relación profunda para no decir relación de amantes, pero en verdad quiero decir lo mismo. Fue una relación muy profunda es cierto -y acá creo no equivocarme-, pero fundamentalmente fue así gracias a ella, en primer lugar, y razón seguida, gracias a la particular forma de vida que ambos radicalmente eligieron, la filosofía. Hannah Arendt y Martin Heidegger vivieron la vida siendo doblemente amantes: amantes el uno del otro y amantes de la filosofía.

El detalle mayor de esta relación no está en el hecho de que uno u otro estuviera ya casado o comprometido, o en el romance que pudiese existir entre un académico universitario y una joven estudiante, que así fue en ambos casos, sino más bien en la circunstancia de que ella fuese una judía y él un nazi, todo ello teniendo además como telón de fondo el oscuro apogeo hitleriano.

Pues bien, todo esto ha dado innumerables páginas de comentarios, desde los más superficiales hasta los más finamente elaborados, pero después de ver la película de Von Trotta uno se queda con la sensación de que ella efectivamente también fue una de las grandes figuras de la filosofía (ella siempre rehusó de llamarse o que le llamaran “filósofa”) contemporánea. El film lo que hace es mostrarnos una filósofa en acto, es decir, nos descubre a un ser humano que es capaz de pensar por sí mismo, radicalmente, hasta las últimas consecuencias, incluso aunque, como en el caso de Arendt, ello signifique una compleja controversia con el pensamiento y postura oficial del judaísmo internacional.

Hannah Arendt fue encomendada en 1960 por el New Yorker, como corresponsal de prensa, para enviar sus reflexiones en torno al juicio que se llevaba adelante en Israel en contra de un nazi tan abyecto como ‘payaso’ (la expresión es de ella) capturado en la Argentina y puesto ante los jueces en Jerusalén. Se trataba de Adolf Eichmann, responsable directo de la solución final en varios campos de concentración alemán. El punto es que ni la forma ni el fondo de los comentarios de la filósofa fueron bien recibidos, pues tejió sus argumentos con un tono irónico que dieron a entender, o que relativizaba o que exculpaba al condenado, o que incluso criticaba a los jueces y a todo el proceso. Aunque no sin pesar, ella condenó esa propaganda en su contra y fue un motivo más para conocer la estirpe que un filósofo debe tener ante el compromiso que hace con sus propias reflexiones e investigaciones. En esto la película de Von Trotta es una genialidad, pues como dije, nos muestra a una filósofa en acto.

Hannah Arendt conoció a Heidegger, 17 años mayor que ella, en 1924 a la edad de 18 años en la Universidad de Marburgo. La historia nos cuenta que el romance comenzó ese mismo año: ella atraída por quien se rumoreaba era uno de los más grandes filósofos vivos de Alemania, habría caído rendida a sus pies, cual adolescente subyugada por la mirada y la atención de su idílico ser estelar.

Pues bien, nunca estuve totalmente convencido de ello. Nunca lo creí. Una filósofa de esa envergadura, que aunque se tuvo que “hacer” filósofa, no puede haber sido en su época de juventud una simple “calcetinera”, pues ese relato calza más bien con una historia febril que no cuadra en nada con esa racionalidad constante y penetrante que encontramos en los escritos de Hanna Arendt, con esa seriedad a toda prueba.

En efecto, ya en 1924 el gran filósofo Hans Jonas pensaba que la joven Hannah era de “una intensidad, una seguridad en sus metas, un sentido de la calidad, una búsqueda de lo esencial, una profundidad, que le conferían un rasgo mágico”. Ella leyó la Crítica de la razón pura de Kant a la edad de 14 años y antes de 1924 ya dominaba el latín y el griego, siendo una conocedora profunda de la literatura más clásica de esas lenguas. El encuentro con Heidegger no podía ser sino el encuentro entre dos filósofos en acto. Es lo que más bien creo. Él más inseguro y por ello más arrogante. Ella más humilde y por ello más excepcional. Más inseguro y más humilde ante la verdad por supuesto, de eso estamos hablando.

Años más tarde, en pleno apogeo nazi, ella tuvo que escapar de Alemania y la verdad es que zafó de milagro, pues estuvo detenida. Él en cambio, ya considerado un campeón de la filosofía, asumió el rectorado de la Universidad de Friburgo en 1933, rectorado que hasta el día de hoy es recordado por su persecución académica a profesores y estudiantes judíos. La relación más intensa entre ellos sólo duró el año 1924; desde ahí los destinos eran totalmente distintos. No obstante, sabemos que esa relación entre ellos no sólo fue un romance furtivo de un año, sabemos que de muy diversas formas fueron amantes toda la vida. Amantes en un particular estilo, pero amantes.

Así como lo hizo con Eichmann, ella fue capaz de enfrentar el “caso Heidegger”, su nazismo, con la misma valentía y a amor a la filosofía. En 1933, ella le había preguntado directamente mediante una carta a Heidegger si era verdad su nazismo persecutor, a lo que él respondió seco e iracundo que no. Hoy sabemos que eso es falso y Hannah Arendt también supo por cierto de su falsedad. No obstante, varios años después del juicio contra Eichmann y a pesar de todo lo sufrido, en 1969 Hannah Arendt sorprende nuevamente al mundo intelectual con un tan extraordinario como controversial texto. Escribe un cariñoso ensayo sobre Heidegger como regalo por sus 80 años. En él claramente lo exculpa por su opción nazi comparando su nacionalsocialismo con el ridículo de Platón en Siracusa, con su aventura totalitaria. No es otra vez la “calcetinera”, sino que es la misma joven filósofa, ahora madura, dispuesta incluso a ver a través del tupido velo de la memoria y la pasión. Es la misma filósofa madura que se atrevió a decir lo que pensaba sobre Eichmann.

Obviamente que en la película de Von Trotta nos vamos a encontrar con Heidegger. No lo duden. Pero la respuesta de Hannah Arendt ante la pregunta de su amor a Heidegger es tan sutil como una línea más de su extensa producción filosófica, lo único que esta vez será más difícil de interpretar, pues se resume en unos cuantos puntos suspensivos, pues así fue la vida intensa y misteriosa de Hannah Arendt, una amante… amante de la filosofía.

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