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El brindis de la muerte: "La noche de enfrente" de Raúl Ruiz

por 23 agosto, 2013

El brindis de la muerte: “La noche de enfrente” de Raúl Ruiz
Javier Agüero. París 8.

"La noche de enfrente" de Raúl Ruiz

"La noche de enfrente" de Raúl Ruiz

La noche de enfrente (2012) es la última película dirigida por Raúl Ruiz (también fue el guionista). Inspirada en los cuentos infantiles del escritor chileno Hernán del Solar, esta obra se presenta de inicio y como siempre con Ruiz, inquietante, sonámbula y penetrante. Si bien la historia del jubilado que espera la muerte no parece un tema, en rigor, original, la poética y simbología que se desliza en cada una de las escenas -magistralmente actuadas por Sergio Hernández- permiten apreciar el golpe al sentido, a la linealidad y a la estructura que fueron siempre la vocación y riesgo de este artista chileno.

Es una película que mezcla en una sola aventura onírica todos los símbolos posibles de una chilenidad bizarra y profunda. Celso Barra es el personaje central que vive una vida acorralada por los relojes, por el fantasma de su niñez (que finalmente lo asesina), por los brindis barrocos al interior de una oficina ella misma destinada a la muerte, por los veleros dentro de las botellas que acaricia, etc. Podríamos aventurar que la inspiración de Ruiz deambula entre Heidegger y Lewis Carroll, entre Ser y tiempo y Alicia en el País de las maravillas, o bien, entre una leyenda mapuche y las aventuras de Condorito. Lo que hay, sin duda, es el delirio de una muerte vecina que transforma a la vida en una experiencia exuberante y cargada de significantes entrecruzados, metafóricos y llenos de tristeza.

Por otra parte, esta obra remite complejamente a la experiencia de la extranjería y a la de ser dos personas en dos países diferentes. El fenómeno de la intraducibilidad que refleja la clase del profesor que enseña francés a los alumnos chilenos, los cuales aplauden con los ojos cerrados como sintiendo la tragedia de habitar dos lenguas, invita a pensar la propia experiencia de Ruiz, la del exilio y la lejanía. Hay, en su trabajo, un saldo y una prótesis de origen. Seguimos siendo en un país una persona y en el que estamos otra. El Chile que dejamos recuerda, quiere, odia y añora a una persona que ya no es, producto de que la experiencia de la extranjería saboteó en gran medida aquello que fuimos.

Es probable que sea en este momento donde la vorágine surrealista alcanza su mayor apogeo. “La historia de la humanidad no es más que la historia de algunas metáforas” decía Borges y esa historia, esa humanidad y esas metáforas, se sintetizan en esta última obra maestra de Raúl Ruiz de manera trágica y desbordante. Celso Barra es un hombre que vive en una ficción, la ficción que le imprime la cercanía con la muerte. Sin embargo esa ficción alterna con la realidad y se transforma en sonambulismo, en el no saber si estamos despiertos o soñando, vivos o muertos. Lo surreal no es lo irreal, es la exageración de una realidad que se ve trastocada y estremecida. Los diferentes niveles de vida y de muerte con los que juega Ruiz provocan ese efecto complejo y paradojal de no saber donde alojamos, en el que de todas las vidas y todas las muertes nos reconocemos.

Técnicamente la película es superlativa. Desde la fotografía y la interpretación de Sergio Hernández, pasando por el guion y la lírica cuidadísima de cada escenografía hasta el enorme trabajo musical de Jorge Arriagada, el filme logra dar la impresión de un sueño teatral que muchas veces es pesadilla. Una de las escenas finales, la del Celso niño matando al Celso viejo, confirma la impresión de un pasado enorme y letal que siempre acecha y termina por atrapar al presente insignificante, minúsculo y jubilado. Muerte con rostro de infancia o llamada Rododendro (así se llamaba el hombre que don Celso pensaba que lo mataría), muerte con la Portada de Antofagasta de fondo o bien guarecida en los bares, La noche de enfrente es una autopsia al sentido y a los cánones.

Bien podría considerase el réquiem que Raúl Ruiz compuso para sí mismo.

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