El Funeral de Víctor Jara - El Mostrador

Viernes, 15 de diciembre de 2017 Actualizado a las 20:11

Con motivo de los 40 años de la muerte del cantautor, republicamos esta crónica de el Granvalparaiso.cl

Cultura - El Mostrador

El Funeral de Víctor Jara

por 4 septiembre, 2013

El Funeral de Víctor Jara
Periodista. Autor del libro "Contra Bachelet y otros"

Victor Jara fot 11

 

Es sábado de 2009 y muy temprano nos levantamos con Sandra y Giovanni para ir al funeral de Víctor Jara. Salimos desde la casa de mi madre en La Florida. Nos vamos en micro hasta Bellavista y ahí tomamos el metro al centro.

Para mí es una emoción. Ya no vivo en Chile, vine a presentar un libro y a un matrimonio, y compré el pasaje hace muchos meses. Luego invité a Santiago a mi amigo italiano Giovanni, que está unos meses viviendo en Buenos Aires. Una semana antes de llegar me enteré que el funeral de Víctor Jara iba a ser un día después de mi llegada. Y me alegró mucho poder participar.

Víctor fue asesinado poco después del golpe militar de 1973. Tiraron su cadáver en un suburbio de Santiago, llegó a la morgue y allí lo reconoció un funcionario, quien avisó a su viuda Joan Jara. En aquellos días su funeral fue casi clandestino, sólo estaba Joan y otras dos personas. El vespertino “La Segunda” informó de su muerte en un recuadro breve, avisando como de pasada, como si nada, como si Víctor hubiera fallecido de un ataque al corazón.

En junio de este año su cuerpo fue exhumado en el marco de un proceso judicial para esclarecer su muerte, y tras una nueva autopsia, su familia decidió velarlo y organizar un entierro como Dios manda. Como él se lo merecía. Hoy será su traslado desde la sede de la fundación homónima en el centro de Santiago, donde lo han velado desde el jueves, hacia el Cementerio General.

Es un día lleno de sol. Como en una semana hay elecciones presidenciales, la ciudad está tapizada de propaganda electoral, de fotos, aunque curiosamente ninguna imagen señala el partido del postulante. Sólo hay sonrisas, una frase, un color. La gobernante Concertación de centro-izquierda ha tenido éxito en su objetivo de despolitizar la sociedad chilena para cimentar una falsa paz social que calma la demanda de bienes mediante las tarjetas de crédito. De 12 millones de mayores de 18 años sólo votan ocho millones, y apenas un 10 por ciento es menor de 30 años. El electorado es cada vez más viejo. Con razón la derecha lidera las encuestas.

Esta es la patria de Víctor que supimos construir. Un cantante de otro mundo, de otra época, de un Chile que desapareció para siempre debajo de las botas militares, las modernas autopistas que cruzan Santiago, los malls. Víctor, militante comunista, padre de familia, actor, cantautor, ícono de una izquierda chilena que hoy carece totalmente de símbolos. Si ayer estaban Allende, Neruda, Violeta Parra, el propio Jara, hoy hay un desierto. Gladys Marín murió en 2005. Hoy los símbolos de la izquierda son escasos, son guerrilleros de la cultura como Pedro Lemebel. A Pedro sin duda también lo habrían matado el 73. A Víctor le metieron 44 tiros. Su asesino sigue suelto. Capaz que nos lo topemos en el supermercado.

En metro llegamos hasta la estación Cumming. De ahí caminamos hasta la Plaza Brasil. Ahí está el galpón Víctor Jara, donde desde el jueves han velado al cantante, hasta donde han llegado a darle el último saludo desde la presidenta Bachelet hacia abajo. La gente se amontona a la salida, igual que los periodistas, fotógrafos, camarógrafos. Se mezclan todas las generaciones, los grupos, los gritos. “¡Jota jota!”, grita alguien. “¡Cé cé!”, responde una multitud. “¡Jota jota!”, repite. “¡Cé cé!”, repiten las voces. “¡Jota jota!”. “¡Cé cé!”. Y todos juntos: “Ju-ven-tu-des Co-mu-nis-tas-de-Chi-le”.

Será el primero de muchos gritos de la tarde. Gritos que recuerdo de la época de la adolescencia, cuando recién llegado del exilio iba a las marchas del Once, y de la universidad, cuando íbamos al Ministerio de Educación a protestar por los escasos créditos para estudiar. Gritos que me ponen los pelos de punta.

Repentinamente empieza a sonar “Manifiesto”, aquel punteo de guitarra que escuché tantas veces, y lentamente empieza a abrirse la puerta del galpón. Ya sale. Víctor está saliendo. La gente comienza a aplaudir. Yo empiezo a sollozar. Víctor, ¿somos los chilenos dignos de ti? Han pasado 36 años de tu muerte y recién ahora venimos a enterrarte.

El féretro, con varias coronas, una de la Central Unitaria de Trabajadores, otra de Los Jaivas, sale a paso de hombre. Giovanni toma fotos y filma. Nos metemos entre la multitud, que lentamente empieza a marchar. Yo agarro a Sandra de la mano. Luego se escucha “La Internacional”.

Un amigo argentino había dicho: “son raros ustedes los chilenos. Cuando protestan, antes tienen que pedir permiso y acordar incluso la ruta de la marcha”. Es verdad. También nos hemos acostumbrado a la represión. En muchos países del mundo la represión policial sólo se da en casos extremos. En Chile es la regla. Eso no cambió con la democracia. El ensañamiento de la policía chilena con la gente sigue igual que en la época de Pinochet.

Esta vez, los carabineros nos miran en soledad, de dos o tres, a media cuadra de distancia, desde las calles laterales por donde vamos pasando.

Marchamos por el centro de Santiago. Allí, en sus construcciones, se refleja el rostro de Chile, como el de una mujer que se ha vuelto rica y cuya cara está deformada por una cirugía estética mal hecha. Al lado de decimonónicas casas bajas se alzan los modernos edificios de moda desde los 90, que también se encuentran en Ñuñoa y La Florida. Departamentos minúsculos, con paredes de cartón, donde todo se escucha -los gritos, los gemidos, las peleas de al lado- para la emergente clase media local. Un amigo me dirá luego que estas construcciones sufrirán su prueba de fuego en el próximo terremoto de Santiago. ¿Por qué antes se construía mejor? ¿Por qué las Torres de San Borja salvan mil veces más que los nuevos edificios del centro? Hoy parece que sólo se construye de forma decente en los barrios ricos de la capital. El resto que se joda.

Caminamos bajo el sol inclemente. Gracias al celular nos encontramos con amigos de Sandra: Luto, Lore, Jorge, María José. Más adelante veo al Lucho, un ex compañero de la universidad que anda en bici. Vino solo, su hija está enferma, su mujer se quedó cuidándola. Me da mucho gusto verlo. Por ahí también saludo a Andrés, un dirigente universitario de la misma época, rodeado de gente como siempre.

En la marcha hay distintos grupos. Están los militantes comunistas, el Colegio de Profesores, la barra “Los de Abajo”, que son hinchas del club de fútbol Universidad de Chile, hay un grupo de ciclistas, hay viejos militantes de la Universidad Técnica del Estado (UTE), donde trabajaba Víctor al momento de ser detenido, hay estudiantes de la Universidad de Valparaíso, la Agrupación de los Ex Presos Políticos, un grupo de actores pintados como la bandera de Chile que llevan una gran estrella blanca, agrupaciones culturales diversas, gente del Partido Socialista Unido de Venezuela, del Comité de refugiados peruanos en Chile, en fin, mucho chascón, mucha mina artesa, mucho extranjero, mucho ex exiliado, ex retornado, ex escondido en el horrible Chile de fines de los setentas.

Los amigos de Sandra le advierten a Giovanni que no se haga una falsa imagen de Chile, que eso no es Chile, que esa marcha es más bien una excepción, un manotazo de ahogado, que tal vez el verdadero Chile está en los malls, en el Metro que recorre Santiago, en la Vega Central.

En la marcha también varios chicos cantan a capella, sólo con una guitarra. Canciones viejas, muy viejas, de la prehistoria de Chile, un Chile que se fue para siempre, un Chile que mataron a palazos (sí, a palazos), a correazos, a tiros, un Chile que fue quemado con ácido para que no quedara nada. Canciones de Quilapayún, canciones como el “Venceremos”, el “Pueblo Unido”, canciones que Giovanni conoce de Italia, donde Inti Illimani vivió su exilio, canciones que ahora puede cantar acá, en las calles de Santiago, algo que no sé si imaginó alguna vez.

Pasamos al lado de la estación Mapocho, donde salía el tren a Valparaíso, que algún genio cerró a fines de los ochenta para entregar el monopolio del transporte a la costa a los contaminantes buses de Tur Bus. Le cuento a Giovanni que afortunadamente se transformó en centro cultural, donde hacen eventos como la Feria del Libro, donde uno puede entrar y deleitarse con miles de textos que jamás podrá comprar porque nunca salen menos de 20 dólares.

Llegamos al puente del Mapocho que da a avenida La Paz. Allí nos detenemos. El sol es inclemente.

Giovanni se saca una foto con el Mapocho de fondo. Él viene de Toscana, de la montaña, pero está fascinado con los Andes.

Seguimos caminando por avenida La Paz. Los vendedores de helado y agua y cerveza hacen su agosto. Han pasado tres o cuatro horas. Tenemos hambre. Con los chicos hablamos de comer en la Vega o el Mercado después de la marcha.

Desde un parlante, un locutor pide abrir espacio para que la carroza pueda seguir avanzando. Apela a los compañeros a tener respeto por los familiares de Víctor.

Nos instalamos detrás de una camioneta. Allí una banda toca cumbias. Hay un baterista, un trompetista, un bajista. La gente baila. Saltamos. Me pregunto cómo Víctor nos querría en su funeral: llorando, con pena, como hemos estado muchos durante mucho rato, o festejando la vida, la vida que él amó, a la que cantó en tantos versos.

Desde un edificio, uno de esos edificios nuevo, en lo alto, en un balcón, alguien asoma con una manguera y empieza a tirarnos agua para refrescarnos. La gente celebra, se instalan debajo del chorro para beber, mojarse el pelo. Desde otros balcones la gente mira, cuelga una bandera.

Y llegamos al cementerio. Han instalado un escenario. Ahí volvemos a evocar a Víctor. “¡Compañero Víctor Jara!”, exclama una mujer. “¡Presente!”, grita la multitud. “¡Compañero Víctor Jara!”. “¡Presente!”. “¡Compañero Víctor Jara!”. “¡Presente!”. “¡Ahora!”. “¡Y siempre!”. “¡Ahora!”. “¡Y siempre!”. “¡Ahora!”. “¡Y siempre!”. “¡Hasta la victoria!”. Y la multitud ruge: “¡SIEMPRE!”.

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