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El miedo: La violencia invisible que implantó el terrorismo de Estado

por 11 septiembre, 2013

El miedo: La violencia invisible que implantó el terrorismo de Estado
En este artículo Freddy Timmermann, director de la Escuela de Educación en Historia y Geografía de la Universidad Católica Silva Henríquez, explica que la producción de terror durante la dictadura instala la existencia de una identidad individualista, funcional al Estado neoliberal, que aparece tempranamente como la principal meta del régimen cívico-militar.

Henry Kissinger y Augusto Pinochet

Henry Kissinger y Augusto Pinochet

El principal rasgo vivencial del régimen cívico militar chileno, que se desarrolla entre los años 1973 y 1989, es el ejercicio de la violencia, pero de una especial, propia de un Estado militar terrorista, de una “violencia invisible” como es el miedo. El miedo se vincula a un objeto que se percibe como peligroso y genera incertidumbre, dolor y la necesidad de liberarse de él. También, efectos psicofisiológicos. Ante el miedo, en grados variables, la persona se paraliza, huye o lo enfrenta. De esta forma se logra desestructurar la identidad comunitaria (cooperativas, sindicatos, partidos políticos, juntas de vecinos, etc.) que venía adquiriendo un protagonismo principal -discutible a ratos, por cierto- en la construcción de los espacios sociales desde la década del sesenta. La producción de terror (un tipo de miedo que se caracteriza por una simplificación extrema de las posibilidades de dispensa de él) instala la existencia de una identidad individualista, funcional al Estado neoliberal, que aparece tempranamente como la principal meta del régimen cívico-militar.

El terror, en cuando miedo específico al civil como enemigo interno, se produce en Chile, primero, para generar en las FF.AA. el tono psicológico adecuado a una operatoria de guerra, que hasta entonces existía sólo en una élite de oficiales, muchos de ellos planificadores del golpe cívico-militar. El Plan Zeta, el Libro Blanco y la Caravana de la Muerte se cuentan entre ellas. Su objetivo era también lograr articular un disciplinamiento y la adhesión a un nuevo sentido de lealtad, que quiebra el honor militar hasta entonces existente. Posibilita que al primer golpe cívico-militar del 11 de septiembre de 1973 siga uno propiamente militar, desde el Ejército, los años 1974 y 1975. Estas técnicas de guerra psicológica son aplicadas por aquellos militares que reciben instrucción en academias norteamericanas en guerra contrasubversiva y en doctrina de seguridad nacional en su fase más extrema, desde mediados de la década del sesenta.

Los objetos del terror son leídos desde distintas fuentes por la población en general. El control de la radio, la televisión y la prensa escrita muestra una verdad oficial que desde la Declaración de Principios de la Junta de Gobierno de marzo de 1974 impone un discurso en que al anterior objeto de peligro, el gobierno de la Unidad Popular y sus partidarios, suma el marxismo internacional, que puede “infiltrase”, por ejemplo, en la Iglesia Católica o en la universidades. Principalmente, son leídos en las operaciones “peineta” en la poblaciones -se reúne en una cancha a los hombres, se les tiene toda la noche de pie, se detiene a una treintena de ellos, se les asesina en otro lugar, pero se les deja cerca de la población de origen- , en los allanamientos que sobrepasan el ejercicio de la violencia requerida -se agrede a mujeres embarazadas, niños, ancianos-, en las camionetas Chevrolet C-10 que circulan a toda hora con militares con trajes de combate y caras pintadas, con una ametralladora de grueso calibre en el centro, en los detenidos desaparecidos, en las torturas, en los autos con vidrios polarizados ya en los ochenta, etc. Así, el objeto de seguridad -las FF.AA. que nos protegen del enemigo externo- se transforma en uno de inseguridad, pues, han ocupado militarmente su propio país y se les percibe como extremadamente peligrosas. Se tiene miedo de ellas. Se permite trabajar y estudiar, no reunirse, no protestar, no participar de otra forma. La “política” es prohibida y la palabra se evita. El individuo, al no poder dispensarse del terror, se contrae socialmente: ya no habla de “política”, no circula por ciertos lugares, se viste distinto, se corta el pelo y la barba, evita determinadas lecturas, etc. El miedo pasa a formar parte de lo cotidiano, pero también de su cuerpo y de su mente. Se ha producido una refundación en que el terror es naturalizado.

Este autodisciplinamiento final permite estructurar un nuevo orden social que busca no perturbar los equilibrios del mercado. Ello es debidamente cautelado por los pactos de 1989 entre los militares, la derecha y la Concertación, que no desarma el principal discurso legal existente para ello, la Constitución de 1980, ni tampoco impone una educación introspectiva y cívica adecuada a los jóvenes desde los colegios, cuyos planes y programas son modificados, reduciéndose asignaturas como Filosofía, Arte, Música, etc., convirtiendo a la enseñanza de la Historia en meros datos desprovistos de realidad, protegiendo las diversas memorias emblemáticas, planificando la jornada diaria de los colegios en una apretada agenda de tiempo-contenido, rigurosamente chequeada por jefes de UTP e inspectores. Se producen así objetos  funcionales para la competitividad mercantil y no sujetos cívicamente críticos y participantes en la construcción de un orden comunitariamente consensuado. Había aparecido en las elites el temor a la democracia y ésta es reducida a una participación formal, lejana a aquella que la identidad comunitaria mencionada posibilitaba. La política debe ser tratada técnicamente, de tal forma que no interfiera con los equilibrios macroeconómicos buscados. La derecha y la Concertación coinciden plenamente.

Si bien la anterior felicidad que buscaba imponerse merced a “delirios ideológicos” es criticable, también lo es hoy aquella que busca en el ejercicio individual del consumo lograrla, aquella que para ello teme a endeudarse y, con ello, a no acceder a los créditos, quedando como un paria social. La deuda es, más que la DINA, la CNI, o el terror anterior, el gran disciplinador de nuestra sociedad. Por no endeudarse, se trabaja excesivamente, se desatiende la familia, a los amigos y a sí mismo, y los jóvenes quedan en orfandad social, sin acompañamiento alguno.  Se portan, por lo tanto, miedos que se desconocen, algunos propios de la globalización negativa en que estamos inmersos, pero otros científicamente producidos por el Estado neoliberal.

La instauración de la confianza, como el gran y necesario antídoto contra el miedo, pasa, por lo tanto, entre otros aspectos, por objetivar lo que somos, y ello no ocurrirá mientras las diversas memorias emblemáticas y los intelectuales orgánicos a su servicio sigan ocultando sus roles en la historia reciente de Chile. Se teme lo que no se conoce, o aquello que se conoce imperfectamente. Mientras más ignoremos nuestra historia reciente, más miedos poseemos, y ello nos privará, de conocernos, de aceptarnos, de perdonarnos, porque, más allá de las palabras, el perdón genuino es aquel que, además del arrepentimiento, trabaja para reparar el daño causado. Y el daño causado es haber desestructurado a Chile de su anterior identidad comunitaria.

Los miedos tienen su historia, a veces muy larga, en su construcción. Lo primero, es realizar esta genealogía del miedo en el Chile actual, discutirla, aceptarnos como sujetos con miedos, con sus objetos de miedo. Luego vendrán las acciones para liberarnos de ellos -entre otras, reformando los objetivos sólo mercantiles de la educación actual-, lo que requerirá extrema paciencia y perseverancia. Los problemas históricos  -los miedos de Guerra Fría, los miedos neoliberales- que aun tenemos se resuelven sólo en tiempos históricos que, por cierto, no son los tiempo-eficiencia del neoliberalismo.

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