¿Por qué nos gustan tanto Los 80? - El Mostrador

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¿Por qué nos gustan tanto Los 80?

por 15 octubre, 2013

¿Por qué nos gustan tanto Los 80?
Marco Fajardo es periodista de Cultura+Ciudad.

Los_80

Ayer vi el primer capítulo de la sexta temporada de “Los 80” y al terminar me hice esta pregunta: ¿por qué a los chilenos nos gusta tanto esta serie?

Una de las primeras conclusiones es que los Herrera son el fiel reflejo de la nuestra clase media, ampliamente mayoritaria en nuestro país, una clase media de familia numerosa (cuatro hijos, en el caso de los Herrera), que está pagando una casa propia, donde ambos padres trabajan y la plata no sobra.

Cada uno de los personajes además muestra una arista de nuestra sociedad, partiendo por el jefe de familia, Juan Herrera (Daniel Muñoz, impecable e infalible como actor, a estas alturas), enormemente dolido por haber perdido su empresa y por haber tenido que retornar a la fábrica para volver a ser un obrero después de treinta años (eso reclama), donde más encima debe soportar a un supervisor insidioso (¿quién no ha tenido un jefe insidioso?).

¿Quién no lleva a cuestas un fracaso, como la quiebra de un negocio, el no haber podido terminar la universidad o el fin de un matrimonio? Para Juan Herrera además la carga es doble en su condición machista, porque se siente disminuido frente a su esposa, Ana (Tamara Acosta), que sí va ascendiendo y es reflejo de otro ícono de nuestra sociedad: la mujer chilena, que se las rebusca, que lucha y que hace lo que sea para sacar adelante a su hogar (y con éxito).

En el primer capítulo, Ana, en su empeño por lograr un ascenso (no buscado, por cierto), cuenta con la ayuda de su hija Claudia (Loreto Aravena), reflejo de otro gran drama chileno contemporáneo: los universitarios chilenos. Al menos los de clase media y baja, que desde el fin de la gratuidad de la educación superior, en 1981, no sólo deben preocuparse de estudiar para pasar los ramos, sino de rellenar formularios, hacer fotocopias y conseguir comprobantes, a ver si efectivamente logran el tan ansiado crédito estatal para poder seguir su carrera.

Por otro lado está su hermano Martín (Tomás Verdejo), un obrero del periodismo como tantos, que no cree en el plebiscito que se aproxima  (¿cuántos no creímos en el plebiscito de 1988, tras las farsas de 1978 y 1980?) y que, además, como tantos otros chilenos, fue padre de joven, una condición casi perfecta para separarse con prontitud o, al menos, no durar demasiado con la mamá del niño (o niña), en medio de las dificultades económicas e inmadurez propia de la edad.

Incluso Félix (Lucas Escobar) apuntó a nuestro corazón en este capítulo, porque hizo suspirar a muchos al recordar otro clásico en nuestras biografías: el primer pololeo. Y no con cualquier niña, no: es Sybilla (Constanza Rojas), una extravagante niña retornada de Suecia, que se pinta las uñas de negro (¿qué niña se pintaba las uñas de negro en aquellos días de fines de los 80 en Santiago de Chile?). Una niña sin prejuicios sociales ni temor, como se vio, que a diferencia de Félix y Bruno (Pablo Freire) no tuvo miedo de ir a una población de blocks de Puente Alto con una cámara fotográfica y preguntarle a un grupo de muchachos por una dirección (como retornado de Alemania Oriental –un país sin clases sociales, prácticamente– debo confesar que el miedo a las poblaciones, del cual carecía al llegar a Chile, me lo inculcó la TV con el paso de los años).

Los tres chicos iban en busca de una supuesta amante de su padrastro Exequiel (Daniel Alcaíno, cuyo personaje es un perfecto ejemplo del clásico tallero chileno que existe en cada sala de clases, en cada oficina, en cada fábrica), apuntando a otro gran tema de Chilito (y, por qué no decirlo, de nuestra humanidad): la infidelidad, algo tan viejo como la rueda, que es bien conocido de capitán a paje.

¿Queda alguna duda de por qué los chilenos podemos identificarnos con esta serie? Mientras ustedes opinan, yo espero con ansias el segundo capítulo de una obra que, sin duda, ya se ha convertido en un clásico.

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