Retrasos, frío y mala organización no evitaron explosión de euforia en Festival Frontera - El Mostrador

Lunes, 18 de diciembre de 2017 Actualizado a las 15:39

Más de 40 mil personas asistieron al evento realizado en el Club Hípico

Cultura - El Mostrador

Retrasos, frío y mala organización no evitaron explosión de euforia en Festival Frontera

por 11 noviembre, 2013

Pese a que a la organización se les fue de las manos el control de la programación de los eventos, los asistentes que llegaron al recinto bailaron y corearon cada uno de los temas de las bandas que presentaron su show. Tiro de Gracia estalló, Jorge González emocionó, Anita Tijoux revolucionó, Molotov arrasó y Los Fabulosos Cadillacs no defraudaron.

Kilométricas filas de gente rodeaban pacientemente el recinto del Club Hípico intentando acceder a la primera edición del Festival Latinoamericano de la Música y las Artes, el Frontera Festival 2013. El retraso por más de una hora en la apertura de las puertas fue clave para que el transcurso normal del festival se viese alterado. Esto provocó, por ejemplo, que grupos internacionales menos conocidos tuviesen, para su desgracia, que competir simultáneamente con las bandas locales más conocidas, que jugaban con ventaja. También los problemas técnicos hicieron su aparición, haciendo que se modificaran los programas de ciertas bandas. Fue el caso de Jorge González, que no pudo presentar su nuevo disco o los problemas con la organización que impidieron a Movimiento Original subir al escenario; Tiro de Gracia salvaguardó la situación cubriendo su ausencia. Los Fabulosos Cadillacs también sufrieron las consecuencias de los retrasos. El plato fuerte del festival tenía que haberse producido a las 22 horas y finalmente fue a las 00:30 de la madrugada cuando la banda legendaria hizo su aparición.

Más allá de la tensión, fue a partir de las 16 horas de la tarde cuando el Festival llegó a sus momentos más álgidos. Las “sandías caladas” comenzaban a subir al escenario. Ya no había marcha atrás. La gente ya estaba preparada, ansiosa, agrupada esperando el comienzo del show.

Tiro de Gracia subía al escenario henchido, seguro, dispuesto a todo. Su hip hop con visos electrónicos, dejó que el aire libre expandiera su sonido hasta la última alma que los coreaba. Con un grupo de baile espectacular, la banda se fue metiendo al público en el bolsillo, que no dejó en ningún momento de cabecear acompañando su ritmo. Sus discursos alentadores: “El ser humano es parte de nuestras vidas”,  y sus letras provocadoras: “Quiero reventar mi sexo dentro de ti”, no dejaron indiferente a ninguno de sus seguidores.

Y la locura se iba adueñando de los asistentes que no sabían a qué escenario atender. Y todavía no terminaba Tiro de Gracia cuando en el siguiente escenario, situado a 300 metros, ya estaba comenzando Jorge González, uno de los más esperados. Durante ese pequeño camino de transición de un lugar a otro, los que se paraban contemplaban el caos controlado. La masa se cruzaba contrapuesta. Los que iban con los que venían, como flechas en sentido contrario.

Con un retraso de media hora, los pantalones rojos, amarillos, verdes y azules impregnaron un escenario que se vistió de pop rock de los noventa con arreglos electrónicos. Y un solo líder a la cabeza, Jorge González. Con “Paramar”, los saltos del público fueron la tónica dominante. Ni el día nublado, ni las nubes incómodas de polvo –que no cesaba en casi todo el recinto– hicieron que no se empañara el objetivo que González traía bajo el brazo: hacer explotar el recinto. Los jóvenes gritaron, corearon y, lo más importante, el vínculo entre ambos fue innegable. Los poperos, los noventeros, los de ahora y los de antes disfrutaron hasta quedarse sin voz.

Y el momento mágico no se hizo esperar. A los cuarenta minutos de concierto llegó “Fe” y todo el mundo se rindió, incluida la prensa que cubría el evento. Las cámaras de fotos dejaron de flashear y el público, inamovible,  se quedó poseído por la fuerza de la canción, que marcó un antes y un después en la vida musical del cantante. Y cantaba y cantaba, no dejaba de cantar: “Me gusta que seas feliz… poses escépticas que cantan de política, sacúdete tu libertad”, frases de sus temas más conocidos que levantaban los pies de sus fieles seguidores. Y se puso al piano y ya no hubo más que decir. Las caras se desencajaron en gritos exacerbados. Poco más de una hora duró un concierto que, debido a problemas técnicos, no pudo desarrollarse más y presentar el nuevo disco del ex cantante de Los Prisioneros. Remató diciendo: “Lo siento, tengo que terminar con sólo esta canción; Sexo”. Y claro, la dialéctica musical se convirtió en sexual.

Nuevamente cruce de flechas humanas corrían, esta vez para ver a Anita Tijoux, banda local.

Subió al escenario, como es ella, sin adornos, sin maquillaje, con una polera suelta y con calzas. No le hacía falta bailar ni animar a la masa que la seguía sin intermedios, sin descanso de miradas. Nada. No hizo falta nada más. Sólo escuchar su hip hop, con letras llenas de protesta, de indignación. Sonaron sus temas más conocidos y un tema de su nuevo álbum, “Vengo”, que recuerda el origen del pueblo chileno: “Vengo a contar la historia no contada de los ancestros, de pómulos marcados y alma tatuada, historia de una tierra saqueada”, son algunas de las frases que se contiene la letra.

Mientras, al lado Los Tetas ni defraudaron ni tampoco destacaron. Con sus letras incendiarias, sexuales, agitaron a un público que se entregó por completo. Un público que se iba calentando para una de las bandas internacionales más esperadas del Festival Frontera 2013. Se encendieron las luces en el umbral con la noche y Molotov apareció triunfante. Todavía Chico Trujillo no había terminado su actuación y, delante del escenario de los mexicanos, no cabía un alma más. Con un fuerte sonido electrónico que dejaban adivinar las letras, Molotov lo dio todo. La música ensordecedora no eclipsó las ya marcas de identidad en sus canciones: “Vale madre, todo el power, chinga a tu madre, fucking”. El rock electrónico corrió por las venas de los chilenos que llevaban un año sin verlos. Se fueron del escenario con un “los saludamos a todos con un pisco sour, concha de tu madre”. Evidentemente, el público, vibró.

Y la noche cayó y dieron las diez. Y al fondo a la derecha estaba ella. Escondida tras su melena rubia. Sólo acompañada por dos músicos, se encontraba Cristina Ronsenvige. El estridente sonido se cambió por melodía y las roncas voces por un potente hilo de voz. La cantautora española es de sobra conocida por su timidez. No en vano, esconde la cara tras su pelo en todos sus conciertos y su mirada la pierde en el suelo. Eso no impidió que sonase entre el silencio del público un ¡Qué grande eres Cristina! Un público fiel, educado, en un concierto muy distinto. Una intimidad y misticismo que supera los saltos y los gritos.

Entre bambalinas es frágil, casi se rompe del frío. Y escondida tras una polera que le cubre el pelo, lamenta su mala suerte por el retraso que la hizo coincidir con Molotov y Chico Trujillo. No puede competir. Y comenta que tiene un público fiel pero que gran parte de él le faltó. En exclusiva para Cultura+Ciudad, Cristina adelantó que editará su próximo álbum en Chile: “Será mucho más rockero y menos intimista”.

Y el plato fuerte de la noche se hizo esperar. Con dos horas de retraso, a las 00:30 aparecieron en el escenario Los Fabulosos Cadillacs. Sin embargo, este diario comprobó a través de la organización que, diez minutos antes de las 00 hrs., todavía estaban cenando. Pese a todo, el público les acompañó. Lo cierto es que la gran masa se había disipado un poco. Aún así, muchos seguidores no dejaron de corear a la banda que, hacía poco más de un año, se presumía se retiraba. Por lo tanto, la aparición era mucho más esperada. Los temas más conocidos impregnaron de magia muchos momentos del concierto.

Un festival en el que el polvo era un integrante más del panorama musical y el frío no dejó calarse gracias a los litros de alcohol que se convirtieron en envases mimetizados con el paisaje del Club Hípico. Fueron a pasárselo bien y lo consiguieron.

 

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