Nebraska, viaje a las escarpadas costas del corazón - El Mostrador

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Crítica de cine

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Nebraska, viaje a las escarpadas costas del corazón

por 27 febrero, 2014

Víctor Minué Maggiolo es periodista, máster en edición, UAB.

Detrás del burbujeante glamour y la taquilla, de tanta película promovida por el marketing, el periodismo especializado, realizadores consagrados con un ramillete de actores rutilantes y posibilidades logísticas inestimables, detrás de toda la parafernalia que se espuma y deshace tan pronto como aparece, asoma discreta, en blanco y negro, robando suspiros, la road movie del bueno de Alexander Payne: Nebraska.

Este incipiente director, hijo inmigrantes griegos, -su padre cambió Papadopoulos por Payne-, nos regala una bella y evocativa historia. Comenzó poco a poco a ganarse un espacio con Entrecopas (2004), comedia negra protagonizada por el gran Paul Giamatti,  un escritor sin escritura pero con historias y fracasos, -acaso lo mismo- que decide junto a su amigo actor perderse en una catártica y disparatada travesía por los viñedos de Santa Bárbara.

Cabe mencionar la especialidad de Giamatti, erudito ya en el arte de tallar infiernos privados de artistas (un año antes había interpretado al dibujante Harvey Pekar del cómic homónimo American Splendor). Siete años tardaría en aparecer Los descendientes (2011), un film ambientado en Hawai, que explora las trágicas calamidades de un padre viudo y su inefable reverso en lo absurdo, con un George Clooney contenido entre el estoicismo heroico y el ridículo. Acá Payne dota al humor absurdo de una elegancia expresiva llamativa, que recuerda algunos pasajes de -la también comedia negra- Burn After Reading de los hermanos Cohen.

Pero a diferencia de éstos, Payne tiene una clara vocación naturalista, preciso en retratar los cambios de ánimos de los personajes, generalmente situados en exteriores y rodados con planos abiertos de paisajes, a menudo crepusculares y con un trabajo fotográfico prolijo y  soberbio -Hedon Papamichael- que da sentido a la trama episódica y a la admirable obstinación del director por un timing narrativo minimalista.

NEBRASKA

Nebraska (2013) cumple con estos principios del universo narrativo de Alexander Payne. Es -al igual que Entre Copas y A propósito de Schmidt- también una road movie (según David Trueba El Quijote fue la primera road movie de la  historia; aquí Nebraska funciona como el viaje de regreso a Ítaca de La Odisea de Homero) que cuenta la historia de Woody Grant (Bruce Dern), un padre octogenario, desbordado, al parecer, por una idea loca e irrealizable: cobrar el supuesto premio de un millón de dólares que ha ganado por correo.

David (Will forte), su hijo, cumple con el sentido del deber: acompañarlo en la quimérica aventura que le permitirá seguir viviendo con dignidad. Entonces, como sucede a menudo en los viajes iniciáticos, son más un descenso a las profundidades del corazón -cuyo tránsito es más importante que el pretexto que los origina- que otra cosa.

Y el provecto Bruce Dern está perfecto en esto: interpreta un papel conmovedor. Abismado por una desoladora fragilidad y terquedad infantil decide iniciar la diáspora, quien sabe  -no lo sabemos y de alguna manera no nos importa-  para ventilar los interiores irrespirables de una vida, como la de cualquier hombre o mujer, bordada por culpas y frustraciones, ajusticiar deudas pendientes con el pasado, o quizá reencontrarse con su hijo: aquí es donde la historia gana en emotividad, inevitablemente.

Nebraskacritica

A la manera de Penélope, su esposa Kate (June Squibb podría consagrarse como la actriz más veterana en obtener un Oscar) se muestra tempestuosa y sardónica, pero estoica y fiel, y presume de ello, cuando recuerda con nostalgia su vida junto a Woody en Hawthorne. Un pueblo que no existe en la realidad. Quizás inventado por Payne, ¿secreto homenaje al viejo escritor estadounidense, Nathaniel Hawthorne?, no lo sabemos.  Pero si sabemos que los cuentos de Hawthorne  eran “leves, de estilo elegante y depurado”, al igual que el naturalismo  de Payne, que filma un Hawthorne en blanco y negro con un discurso visual austero como las personas del pueblo: seres desconfiados, solos y grises, que ven pasar el implacable paso del tiempo con insoportable levedad, resignados a la banalidad de las rutinas. Personajes que podrían figurar en cualquier cuento de Raymond Carver, pero que a diferencia del escritor adscrito al  realismo sucio,  Alexander Payne los sitúa en un deshabitado  “páramo crepuscular, o lunar” -curiosamente las palabras con que Borges describió  los cuentos de  Nathaniel Hawthorne-, geografía imaginada, quizás un símil paródico al pueblo donde nació, Omaha, en Nebraska.

El viaje como último regalo correspondido o como una utopía liberadora de un padre y de su hijo que intenta devolverle algo de dignidad y fulgor a sus últimos días, en una sociedad que cada día infantiliza más a sus adultos mayores, Nebraska es una apuesta para examinar y revisar estas costumbres, pero también para redefinirlas desde el corazón, obligándonos a nosotros los espectadores a conectar con las cosas simples. Ya lo decía Bertoni sobre Ezra Pound, “siempre cuando uno piensa y siente de verdad, balbucea con la lengua sencilla”. Así nos cuenta Nebraska, Alexander Payne.

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