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Crítica de TV: Festival de Viña del Mar, ni chicha ni limoná

por 4 marzo 2014

Crítica de TV: Festival de Viña del Mar, ni chicha ni limoná
Laura Landaeta, periodista.

Festival de Viña del Mar 2014

Desde que Canal 13 convirtió la escenografía de la Quinta Vergara en un glamoroso estudio de TV al estilo de  "Viva el lunes", eliminando la ya mítica concha acústica, el Festival de Viña se transformó en un programa más. Un programa que navega en el doble estandar típico de nuestra televisión nacional. Esa eterna disyuntiva entre el rating y el deber ser.

Y claro, es irrespetuoso poner una competencia a las 3 de la mañana, pero es también iluso pretender competir en lides más justas cuando accedes a participar en el festival de la parrilla sobrevalorada y eterna.

Entonces, más que concentrar nuestra atención en si está o no está bien el horario de la competencia o de la final, lo más complejo es evidenciar que la TV chilena prefiere mantenerse en ese absurdo límite entre la omisión y el pedir perdón, y no apostar con determinación.

Estamos a años luz de ser como Eurovisión. Y tampoco nos importa. Nos conformamos con la mediocridad, con un ballet de cuatro chicos tratando de llenar un espacio enorme con una coreografía calcada a la letra de la canción. No hay espacio para la creatividad, poniendo en evidencia ese discurso ochentero del "pan y circo" y llevando artistas de un solo hit o a un humorista argentino esperando la consabida y burda pifia chovinista. Predecible y errático.

Quizás es por eso que preocupa mucho más que Chilevisión pague exorbitantes cifras de dinero a directores como Álex Hernández para que deje un sello en esta, la última versión del canal privado. Y que más encima éste no haga más que convertir uno de los eventos más importantes de TV chilena en una mala copia del Festival de la Una. Una en la que no sólo no se respeta a los competidores, sino que tampoco se respeta al público, a la imagen, a los artistas invitados, a la marca Viña del Mar.

Pero lo del director fue ser consecuente con su parte, hacerse cargo de su historia como creador de Mekano y Yingo y apostar por más de lo mismo. Aunque uno alguna vez ilusamente esperó ese momento de genialidad e iluminación en el que le otorgara a las competencias el carácter sagrado que las vio nacer y las vuelve arte... El arte de trascender al estilo de otros certámenes internacionales de renombre.

Pero esfumada la esperanza, se conformó con el lugar común, manteniendo viva esa crítica permanente por el criterio de los horarios, las competencias, los garabatos de los humoristas. Para la historia se contentó con ser sólo uno más, haciendo a todas luces un festival que no es ni chicha ni limoná.

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