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Ensayo

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La tercera teta, la comadre y la madrina, una geografía del afecto

por 17 marzo 2014

 La tercera teta, la comadre y la madrina, una geografía del afecto
Felipe Reyes. Escritor y editor.

La tercera teta

A ciencia cierta, la tía es la alternativa materna, la segunda mamá, la tercera teta. La tía se hace protagónica en el campus familiar de la mamá soltera o abandonada, un clásico en estas sociedades de ausencia de padre (pero también tiene su lugar en el vínculo sagrado, “la base de la sociedad”). La tía es servicial, abnegada, desprendida. La tía es testigo, consejera, consuelo. Se nace tía, no se hace. La tía cocina, baila, sabe de crucigramas, de teleseries, de tejidos (de lana, de croché, de hilo). Por lo general es la cuñada, o la hermana de leche, que ha estudiado un oficio breve, y con los cariños profundos ha sido profusa aunque desafortunada. La tía ideal es la consanguínea, soltera, viuda o separada. Pero también está la otra tía, sin cadenas de sangre, pero con la misma decencia, esa del parentesco social o barrial, la amiga de la casa, de la sobrevivencia, la que sirve café con sanguches aliados en el velorio. Vale su estatus y no su estatura. La tradición dicta que la tía debe ser de preferencia gorda – la tía posmoderna tiene más cintura y hasta puede que se vista a la moda– y dominar a la perfección el arte de consolar. Su anclaje está en la confianza más con la mamá que con el papá (cuando la hay). Es más sabia que experta, ha pasado por cuanto taller de costura, cocina o manualidades que ha dado la municipalidad y anda siempre acompañada de su generoso monedero.

No hay teleserie, película o programa de cahuines que no haya alimentado la figura de la tía como mamá sustituta: ama y señora del consuelo. Cités, pasajes de población, de villas o campamentos han servido de arquetipo más que materia lingüística para la tía ficcional. En los culebrones de pantalla chica, la tía ha forjado una cultura latinoamericana redentora de la inmoralidad manejando los líos y enredos del familión a través de una estética quirúrgica: la tía apacigua, trabaja de mediadora, jamás echa leña al fuego. A excepción de La tía Julia y el escribidor, la novela de Vargas Llosa, ahí la tía es incestuosa y rompe el canon: realiza su performance sexual y luego agrega: “podría ser tu mamá”. No importa: la escritura la reformula y la ficción la perdona.

La tía escucha, observa, aconseja y no pide nada a cambio. Como la tía de la serie Los Sopranos: la abnegada Cristina es también madre, pero más tía que mamá. Chris, su sobrino, es adicto a las drogas duras, y ella lo malcría con una pizca de lujuria gansteril. No le importa ser esposa de un criminal deprimido, ella es la tía de la mafia. Aunque menos anómalo que Cristina, el cine estadounidense ha donado también a nuestro Vademécum familiar unas tías más alejadas de la sacrosanta imagen latinoamericana. Como la tía Betsy de Días de radio, la película de Woody Allen. Más con nostalgia que con humor, Allen (Joe en la película y con diez años de edad) rememora su infancia en vísperas de la Segunda Guerra Mundial en el seno de una excéntrica y numerosa familia judía y obrera (o al revés) de Brooklyn. Ahí no hay consuelos o mimos de tía, pero sí inolvidables incursiones de ella y uno que otro amante furtivo en el famoso Radio City Music Hall. Finiseculares y lejos de razas y credos, las tías existen ajenas a políticas y economías. Ya lo dijo Engels: Padres e hijos pueden forjar enclaves familiares, pero si no hay tías (al estilo de barrio), no son buenas familias.

La comadre, la cuasi verdad

Como una lengua submarina. El álbum de familia de América Latina define dos tipos de comadres: una de uso doméstico, otra de práctica lumpenesca. En la cultura del gremio maternal, la comadre es el auxilio mecánico en la familia histérica femenina: no consuela sino consolida la cultura de la queja. Pero la comadre puede ser también la celestina, la alcahueta, la medijoquedileque. Está siempre lista para el comentario diario y el cahuín, esa secreta virtud oculta por obscena, un enigma desnudo a la suerte de una lengua venenosa y sin compasión. Regístrese, comuníquese y publíquese. Si el compadre fue diseñado para los espaldarazos en los arranques y las farras, la comadre es idónea para el complot y el boicot. Sobre todo en los oficios del corazón.

Más que hábil, una correcta comadre es astuta y hasta falaz. No confundir: la comadre está más cerca de la madre que de la madrastra. Impulsa la artesanía coqueta de la copucha y es una tesorera del deseo. Enarbola el secreto en sus dos fases (no hay secreto que no se secretee). Es decir, guarda una verdad y muestra una cuasi verdad. Si en las teleseries (de preferencia mexicanas o venezolanas) la comadre muestra el secreto o lo insinúa sin desnudarlo (“Ésa no es tu hija…”, confiesa en su lecho de muerte antes del estertor final), en la vida real la comadre es la otra esposa, la impostora, con menos responsabilidades pero con más afecto: dirige el tráfico de los celos en el seno familiar-vecinal (en el barrio, una comadre llega a ser la alcahueta, rara vez una celestina), y le da certificado al adulterio como resultado de la promiscuidad comunitaria y el desgaste familiar. Así la comadre es la renovadora de la trenza social, ésa que acumula la mayor cantidad de ahijados como un gran pretexto para su existencia, aunque sus funciones de comadre tengan poco que ver con los críos (o criaturas).

El día de la comadre es el domingo. Lo espiritual contra lo espirituado. Sólo ese día se olvida de Dios y se pasea del brazo con el diablo, en cuerpo y alma. Ser comadre es una obligación que no descansa ni el séptimo día. Si para la mayoría el domingo es desagradable por ser la resaca del sábado o la paranoia del lunes, para la comadre, ése, el día D, porque finalmente el domingo, en la cultura Mall-Home Center, es la hora burguesa del miserable. La comadre también se ha convertido en la manager de la fiesta o kermesse profondos, en el motor de la llamada “actividad vecinal”, esa festividad barrial de primeros auxilios económicos a beneficio de un enfermo, una viuda, un reo, o, en el peor de los casos, un escritor impublicable.

La figura de la comadre viene de mucho antes y no es precisamente del Nuevo Mundo. Ya está instalada en Las alegres comadres de Windsor, de Shakespeare, por ejemplo, escrita en 1600, con todo su premonitorio sentido y su contenido lúbrico. Las comadres shakesperianas fueron delineadas por encargo de la mismísima Isabel I de Inglaterra, mujer caprichosa, con la ética de Sir John Falstaff –personaje que también aparece en Enrique IV–, popular en Inglaterra por mujeriego, farrero y vividor. Desde la Edad Media se admite a la comadre como gestora del tráfico adúltero. No olvidemos a Lady Chatterley, vencida por el pesado manto del deseo y “empiernada” con su guardabosque gracias al apoyo de unos discretos compadres. Si a la inglesa la existencia de la comadre supone un compadre experto en los entuertos del adulterio, a la chilena la comadre no necesita comparsa y menos marido. Ella es ella en sí misma, el centro de la galaxia.

La madrina, la vereda de la virtud

El hada. La madrina es la madrina, es decir, te da jerarquía, seguridad, hasta dignidad. No faltaba más. Es parte de la figura tutelar consagrada por la religión católica, aunque en estos tiempos no admite fronteras de fe: la madrina es solicitada en religiones de todo calibre, su figura se incorpora al linaje desde los israelitas hasta los evangélicos pasando por el arte japonés de los haikaris.

Un padrino puede ser un gran amnésico y olvidarse de tu santo y hasta de tu cumpleaños, pero la madrina debe ser inmaculada, una madre virtual o su clon platónico. Si la tía es la madre de leche –en polvo– y sustituta, la madrina es algo así como la madre del reparto. Es decir, la madre sofisticada y constitutiva, la marca registrada del estilo y la dignidad familiar.

Es curioso: la madrina de la calle resulta ser la prostituta, esa mujer de mala vida que te ofrece la buena vida (al menos por una hora). Su contraria: la madrina de la casa, de pureza diplomada en bondad. Aún en tiempos de escasez, la madrina es atenta al gesto. En el barrio –en la población–, la madrina es el estilo, el único pedigrí, y no importa que la familia transite por la calle del pecado; la identidad de la madrina, per se, debe habitar en la vereda de la virtud. Es común en los casamientos católicos que, después de la novia, la segunda fémina importante es la madrina. Madrina de abolengo suele ser la madre del novio. No tanto la tía. Menos la hermana. La recién casada podrá salir con fallas de fábrica o con un pasado travieso y tramposo, la madrina jamás.

Una madrina de la clase alta sirve para el decoro; la de clase baja para el auspicio. La madrina de barrio debe regular la exhibición púdica de un clan, cuidar que la mujer disimule su esclavitud al hogar, a los hijos, su dependencia al marido, su devoción pasiva a las modas. A diferencia de la comadre, una madrina –cama adentro– existe sólo para salvar a los justos de la cintura para abajo –los matrimonios deberán ser inmaculados–, y para ordenar las direcciones de la tolerancia. A uno le puede faltar un padrino y sobrevive, pero si no tiene una madrina (la mujer que asume el activo y el pasivo de la moral de la familia) puede fracasar. En los cuentos infantiles las hadas eran, antes que cualquier otra cosa, la forma y el estilo. Por eso las hadas siempre han sido madrinas.

 

 

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