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Crítica de cine: “El Gran Hotel Budapest”, no existe tal lugar

por 4 abril 2014

Sólo un director como Wes Anderson puede reunir a algunos de los mejores actores del orbe para dramatizar bajo una mirada personalísima, acerca de la soledad esencial de las ilusiones humanas, el agobio mental de crecer en una familia disfuncional, la difusa identidad de la memoria, el recuerdo de una estación de amor en el desierto de la barbarie, la belleza y el refugio de la poesía y, también, pensar en la vida errante del escritor austriaco Stefan Zweig. A no engañarse: estamos en presencia de una obra de arte superior de nuestra época.

“Pero ¿acaso existe un amor ridículo? Todo amor sincero es posible. ¿Qué es amar? ¿Qué es amar, sino añorar?”.

Manuel Mujica Lainez, en El escarabajo

El dolor afectivo en lenguaje de comedia cruza la diagonal de toda la filmografía del realizador estadounidense Wes Anderson (Texas, 1969). Quizás así lo sea porque su temática, de otra manera, sería demasiado dura para expresarse abiertamente. Por eso su afectación y estilo teatral, su estética barroca y planos generales que evocan lo fantástico y a veces lo maravilloso. Es la única forma de exhibir lo intolerable, el margen de lo soportable.

De lo contrario, no estaría permitido afirmarlo: ninguno de los personajes que aparece en El Gran Hotel Budapest (2014), según lo expresa el director y guionista, tiene un pasado y una coyuntura familiar que pudiera definirse como “normal”.

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Son todos unos solitarios sin mayor conexión con sus grupos humanos de origen, que no sea otro que el interés momentáneo o el apremio de las circunstancias. Unos expatriados que huyen de sus aspiraciones truncadas, de un pasado que los atormenta, para congregarse por un verano, por una estadía, por una temporada, en ese elegante edificio encaramado en las montañas de la Europa central del período de entreguerras.

En ese lugar inexistente, en un relato que comienza a ser planificado al interior de la ficción, y cuyo padre intelectual es el arte de Jorge Luis Borges, los distintos protagonistas buscan la mutua identificación en el abandono, en la carga emotiva y en el círculo vicioso de la orfandad, en el mapa del ostracismo. “Yo era un niño solitario, y él fue bueno conmigo”, dice el personaje encarnado por Edward Norton, un oficial de origen noble, apenas se vislumbra su salida en escena. “Los dos estábamos solos en el mundo”, añade el joven Moustafa, inmigrante árabe, cuando narra su matrimonio con la excéntrica y encantadora Agatha (el formidable papel de Saoirse Ronan).

Bien poco, casi nada es lo que se sabe del concierge del hotel Gustave H (Ralph Fiennes), omisión de patronímico incluida, salvo que, al igual que sus continuas amantes, ricas y rubias, ancianas y frágiles, es absorbente e inseguro, melancólico y, en una variación del hombre anacoreta, un amante de la poesía que repite constantemente versos extraídos de antologías de la métrica romántica.

Un ermitaño es Jude Law, el joven escritor, quien acude al Gran Budapest a curarse de su neurastenia y, por casualidad y obra del destino, llega a conocer los secretos del jefe de servicio ya desaparecido, y de las ánimas del recinto que lo acoge, a su nuevo propietario y al recuerdo puro –en la definición de Dostoyevski y repetida por el uruguayo Horacio Quiroga– que lo aferran con uñas y dientes a esas paredes sentenciadas a derrumbarse tras la cortina de hierro.

The Grand Budapest Hotel

Otro misántropo es el rol asumido por Adrien Brody, quien ausculta en su desprecio por la humanidad, su violencia y falta de escrúpulos, la figura borrosa de un padre ausente, y la falta de cuidados que le brindó su madre, una millonaria egoísta, quien prefería ir a un centro de esquí y revolcarse con el concierge, antes que ocuparse de su persona, la de sus hermanas, y consumir en la justificación de esos lazos filiales el tiempo a su lado.

El antagonismo, el peligro, la indagatoria de la verdad y la épica a las que se ven enfrentados los estelares, no es otra cosa que el aprendizaje y la conciencia de que la vida se acaba inesperadamente, de que respiramos y dejamos de respirar, citando un verso de Jorge Teillier, así, sin mayor explicación.

Y que a la contraposición de esa magnífica y penosa catedral, intentamos oponer el hallazgo, el encuentro y el sueño del amor, unos cuantos bastiones y otros regazos de consuelo, en símbolos y presunciones de tranquilidad, que nos asegurarían una permanente salvación.

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La existencia, agrega el cineasta, sería semejante a una de las mejores líneas del Neruda de capa y sombrero de ala ancha, que pernoctaba en el poniente de Santiago, a cuadras de la Quinta Normal: “Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido”. En otras palabras, que a unos instantes de plenitud, de cierta aproximación y de amistad, oponemos la miseria de años largos y tal vez de décadas infames. “Sólo sigo atrapado aquí, porque en este lugar fui brevemente feliz con Agatha”, le contesta un veterano y asolado Mr. Moustafa al interrogador Jude Law.

A estos lúcidos pensamientos, le acompañan una trama inspirada en textos del austriaco Stefan Zweig, el mismo escritor que escribió insistentemente la biografía y el derrotero de los otros, a fin de ocultar el desarraigo y el dolor inabarcable que guardaba en el suyo propio. Además de un virtuosismo técnico y un dominio de la dirección de arte que escasos directores pueden conjugar bajo la sombra y las exigencias cuantitativas de la gran industria.

Hace unos años, en el contexto de una íntima clase universitaria, le escuché preguntarse, al cronista y periodista chileno Francisco Mouat, sobre la extraña razón y el motivo de cómo, la gran mayoría de las personas, por una opción insensatamente democrática, puede vivir y atravesar este penoso sendero prescindiendo de la poesía, del masaje de su rima. Wes Anderson se cuestiona lo mismo.

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