“La vida de Adèle”, la película de amor lésbico que demoró un año en estrenarse en Chile - El Mostrador

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“La vida de Adèle”, la película de amor lésbico que demoró un año en estrenarse en Chile

por 19 junio, 2014

El esperado largometraje del realizador tunecino Abdellatif Kechiche (1960), es una ambiciosa obra de aprendizaje existencial, filmada al estilo de una novela, que se extiende por casi tres horas. Con una cámara en mano —que opta por los primeros planos y se concentra exclusivamente en las caras de sus personajes—, este provocador cineasta aspira a retratar, visual y dramáticamente, las ideas de la predestinación en el encuentro de la pasión, la ausencia de la casualidad en la formación de los afectos, y la obligación que tenemos los seres humanos, de decidir sobre nuestros actos, a fin de labrarnos el éxito o un fracaso esenciales.

“Los veinticinco años que había vivido desde entonces se empequeñecieron hasta convertirse en un latido agónico y luego desaparecer. Me es muy difícil expresar con la fuerza adecuada aquella llamarada, aquel estremecimiento, aquel impacto de apasionado reconocimiento. En el brevísimo instante durante el cual mi mirada envolvió a la niña arrodillada, mientras pasaba junto a ella en mi disfraz de adulto, el vacío de mi alma consiguió embeberse de todos los detalles de su resplandeciente hermosura. La miré y la remiré, y comprendí, con tanta certeza como que me he de morir, que la quería más que a nada en este mundo”.

Vladimir Nabokov, en Lolita

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La cita argumental que Emma (Léa Seydoux) hace de Jean-Paul Sartre: “la misteriosa debilidad de los rostros humanos”, es el fundamento narrativo que ocupa Abdellatif Kechiche, para justificar el uso de su peculiar lenguaje cinematográfico. Un estilo cuyo lente se concentra en expresar las emociones y los estados psicológicos de sus protagonistas, mediante el enfoque obsesivo de un primer plano revelador; eso, encima de los detalles, gestos y miradas de sus perfiles.

El director franco-tunecino comparte junto al filósofo y escritor de La náusea, esa creencia: que si nos fijamos bien en la máscara exterior de una persona, quizás, lleguemos a vislumbrar su gramática interna, a registrar los decibeles de su alma.

Adèle está a punto de concluir la escuela secundaria en la ciudad de Lille, y de pronto cae en la conciencia de que le atraen con mayor fuerza erótica las mujeres, que los integrantes de su sexo opuesto. Mientras, en su clase de literatura tiene la obligación curricular de leer La Vie de Marianne  (redactada entre 1727 y 1740), del escritor y dramaturgo galo del siglo XVIII, Pierre Carlet de Marivaux. La referencia es obvia y evidente. El rol de la bella actriz Adèle Exarchopoulos, será ahora esta Mariana que, desde la centuria de las luces, traslada su peripecia vital a la bifurcación de los sentidos, en todo orden de cosas, que se diagnostica en la posmodernidad.

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Y al tópico, en efecto, al que le dedica sus energías creativas Kechiche, resulta uno bien puntual: el del hallazgo previsto, dentro del accionar dramático, por unas fuerzas mágicas y enigmáticas, del amor verdadero. Sentimiento en el cual los involucrados se disponen a mirarse con el objeto de gustarse y no de agradarse. Una situación que para un papel secundario de este filme: “No tiene género, y sólo se reconoce por la felicidad que nos provoca”.  Este afecto, habría que “buscarlo” antes de que la vida, siempre caprichosa e imprevista, se acabe y se nos escurra frente a la muerte: es la sugerencia de ese mismo rol de aparición fugaz en el reparto.

La noción de una “casualidad” en el descubrimiento de la pasión, que desarrolla el realizador, podría entenderse como una contradicción con la intertextualidad que él mismo despliega en torno a la filosofía existencialista de Sartre en la película. Un corpus de mucha más “cientificidad” y con una menor orientación hacia lo trágico y lo poético, que los postulados de Albert Camus y de Gabriel Marcel, por ejemplo, los otros dos grandes pensadores franceses de esta “escuela”. Especialmente en relación con el último de los mencionados, quien era un autor cristiano que apelaba continuamente al concepto de “misterio”, para referirse a los hechos y cruces inesperados de un individuo con otras personas, los de esa estirpe que nos sacuden y cambian el rumbo de nuestros caminos.

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Quizás Abdellatif Kechiche utiliza el voluntarismo del autor de El ser y la nada (1943), sin Dios ni abstracciones de carácter supremo y restrictivo, para decirnos que después de acontecido el “azar” sobrenatural, ese del descubrimiento, debemos poner el empeño en la posesión del sujeto amado, en su conquista.

Entonces, en una esquina cualquiera de Lille, a la espera de la luz verde de un semáforo para proseguir la caminata, se vislumbran al pasar, Adèle y Emma. Se miran y nace, instantáneamente, “el flechazo”, la revelación estética y espiritual de sentir que estamos cerca de una persona que puede llegar a ser importante, a la que si nos es permitido, hasta podríamos querer y amar con devoción. Dura un segundo la conciencia de esa lucidez. Luego, la primera mujer, sueña con la segunda, preparando en el mundo de lo onírico, los besos y caricias, que se prodigarán en la dimensión de lo real.

Claro, el tener la certeza de una situación que escapa a lo ordinario en ese ámbito, no asegura la bienaventuranza de la ofensiva. La vida es más compleja, aunque las sincronías y las “entre vistas” asombrosas, ocurran constantemente. Ya lo simbolizó Arthur Rimbaud en sus Iluminaciones (1874): “Él es el amor, medida perfecta y reinventada, razón maravillosa e imprevista; él es la eternidad: amada máquina de las cualidades fatales”.

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Rememoro a C. S. Lewis y su Una pena en observación (1961), el hermoso libro que escribió tras perder a su esposa, la poeta norteamericana Helen Joy Davidson Gresham, de quien se enamoró cuando ya tenía 54 años, y pensaba que la desmesura romántica jamás tocaría las puertas de su sensibilidad. También pienso en el periodista italiano Dino Buzzati, quien sobrepasada las cinco décadas, recién conoció a su gran adoración femenina, Almerina Antoniazzi. De esa experiencia, surgió su novela autobiográfica Un amor (1963). Por eso, un melancólico sentimiento de la espera, de una tenue “irrealidad”, un anhelo de mágica, transgresora y tenebrosa belleza, traspasó toda su magnífica obra literaria y su vida entera.

La historia y la cámara “existencial” de Abdellatif Kechiche, el vacío en el que se inspiran, la soledad, la impotencia, la fe, la esperanza y el rastreo del “otro” en los lugares impregnados del ser amado irremisiblemente perdido en que se basan, homenajea a dos grandes cineastas franceses, ambos tocayos, uno muerto y el otro vivo: a El diario íntimo de Adela H. (1975), del inmenso François Truffaut, y a El tiempo que queda (2005), del genial François Ozon.

Y por supuesto, al artista fundamental al momento de hacer el intento indispensable de reconstruir lo que somos: al Stendhal de Vida de Henry Brulard (1890), y de sus Recuerdos de egotismo (1893).

Una gran película, qué duda cabe. Lástima que esperáramos un año entero para poder verla.

 

 

 

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