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Actas Urbe: el trabajo de una poeta imprescindible

por 20 junio, 2014

Actas Urbe: el trabajo de una poeta imprescindible
Galo Ghigliotto es editor y escritor.

"Escribir poesía no es una actividad natural y tranquila aun cuando escribir lo sea. Ni siquiera es una actividad en el sentido de lograrse como proyecto de valor para el mercado. Inconsumible, hija de su tiempo, su imperativo es alejarse de su época. Exigencia de la que desearía escapar, la poesía es para quien escribe estas líneas, un estar cautiva que compromete no sólo a la mano sino a todo el cuerpo al sometimiento de las palabras, a la aceptación de “el más terrible de los bienes”. 

actas urbe

Así declara Elvira Hernández en un “Arte poética” extraída de una antología de poesía chilena, e incluida en el libro recopilatorio de varias de sus obras, Actas Urbe (Santiago, 2013), recientemente publicado por Alquimia Ediciones. Quizás sea también un “arte de vida”, que refleje el compromiso y la personalidad de una de las escritoras más originales que ha visto Chile en el último medio siglo, pero lamentablemente –algo nada extraño en un medio como el chileno– demasiado poco difundida en el mismo periodo.

Algo de esa desventaja viene a repararse ahora, con la aparición de Actas Urbe. El volumen incluye los textos más esquivos de la poeta, como ¡Arre! Halley ¡Arre! (1986), Meditaciones físicas para un hombre que se fue (1987), Carta de viaje (1989) y El orden de los días (1991), entre otros, más textos publicados en revistas desaparecidas, plaquettes inubicables, varios poemas inéditos, un “apéndice crítico” que contiene fragmentos de entrevistas a la autora, además de una genial autoentrevista que ella se realizó para la Revista Trilce. Vale destacar, además, el prólogo a la edición escrito por Guido Arroyo González, quien logra contextualizar con adecuado tino la experiencia inmediata del lector tomando en cuenta lo inagotable de una poesía como la contenida en el volumen.

Ante todo, cualquier intento de acercarse a la obra de Elvira Hernández arrojará unos cuantos datos básicos que harán imaginarla más como un personaje mítico que como autora de una obra importante. Es fácil averiguar que nació en Lebu, en 1951, bajo el nombre de María Teresa Adriasola, publicó un puñado de libros, uno de los cuales –La bandera de Chile¬ (escrito en 1981)– circuló clandestinamente durante la dictadura en hojas mimeografiadas, luego de que la revista donde iba a ser publicada fuese incendiada completamente por los milicos. En casi todas esas fuentes se indica además que Elvira Hernández ha sido inscrita en la llamada “neo-vanguardia”, grupo donde también se matriculó a Soledad Fariña, Verónica Zondek, Juan Luis Martínez y Raúl Zurita. Sin embargo, las investigaciones, los artículos, las tesis y los papers sobre su obra son más bien escasos, si se compara con algunos de sus compañeros de nómina. Esto puede deberse a la tradicional inclinación de la academia por las “sandías caladas” o a otro factor que limita el conocimiento de sus libros: la inexistencia de los mismos. Durante años, las primeras publicaciones de Elvira se han mantenido inconseguibles, como verdaderas rarezas literarias que por haberse publicado fuera de Chile –Carta de viaje (1989) y La bandera de Chile (1991) en Argentina; El orden de los días (1991) en Colombia¬–, regresaron tarde o nunca a nuestro país y fueron leídas por unos pocos afortunados. Otra causa puede ser aún más prosaica, y es que tratándose la poesía de un género que no suele enriquecer a los editores, son los mismos poetas quienes se encargan de dar a conocer su obra y participar en cuanto festival o congreso exista, con una copia de sus libros bajo la manga para promover el trabajo propio. En el caso de Elvira Hernández, quienes tienen la suerte de conocerla han comprobado que no es su costumbre hacerse autobombo. La poeta se ha concentrado en definir el trazado de su obra, contundente, insólita, alucinante.

Leer a Elvira es entrar a un espacio sin tiempo, acercar el oído a una voz que viene desde muy lejos y se pierde en el horizonte. Es difícil y completamente inútil intentar describir su poesía de acuerdo a una temática: la hablante aparece ahí donde el lenguaje deje espacio, se pone a su servicio y se deleita en ese campo de juego extendiendo los límites, lejos de cualquier exabrupto íntimo o de género: aquí no hay jadeos ni lascivia, aunque sí una feminidad matizada por la reflexión, el oficio de una trapecista que se cuelga de las palabras para voltear sus significados y multiplicarlos. Ese es, principalmente, el mérito de esta autora: en una época plagada de autobiografías poéticas, de vitalismos sordos y de embriaguez ante las “nuevas tecnologías” y sus arrobas, el trabajo de Elvira Hernández sigue su camino, imperturbable, bajo el incandescente sol de las modas. La exquisita y en apariencia accidental ironía de sus versos conecta con la gracia de los poetas romanos, la astucia del siglo de oro o la imaginación surrealista. Eso –y más, claro– pero con el toque del terruño. Es por eso que, de la misma manera en que poemas suyos escritos hace treinta años se leen frescos, no sería raro que su poesía ya esté dialogando, en algún lugar, con lectores futuros.

Mejor que pegar aquí alguna selección de poemas es recomendar una actualización con las obras de Elvira Hernández, autora imprescindible. Este libro, al abrir el universo cerrado hasta ahora de una poeta de tal categoría, constituye uno de los fenómenos editoriales más importantes del último tiempo en poesía. No sólo por la ya subrayada calidad poética, sino porque rescata un trabajo hecho a pulso, sin ambiciones exacerbadas ni vehemencia. Cierro con una auto-presentación de la autora, citada en el prólogo, que da algunas luces más sobre su carácter y su estilo: No pertenece a la mayoría ni la minoría. No es de vanguardia ni neo-vanguardia, ni marginal, ni underground. Nunca fue poeta joven. No se exilió ni adentro ni afuera. Ha estado ausente y ahora hace el número.

 

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