Crítica de cine: “Madres perfectas”, las trampas de la felicidad - El Mostrador

Martes, 21 de noviembre de 2017 Actualizado a las 01:06

Filme dirigido por la realizadora Anne Fontaine (“Coco antes de Channel” y “Chloe”)

Cultura - El Mostrador

Crítica de cine: “Madres perfectas”, las trampas de la felicidad

por 10 julio, 2014

Adaptación de una novela de la Premio Nobel de Literatura británica Doris Lessing, esta película se presenta como una de las grandes obras cinematográficas estrenadas en el país durante el semestre. Estelarizada por las actrices Naomi Watts y Robin Wright, no sólo cuenta con un guión, una fotografía y una dirección de arte de primerísimo nivel, su motivo dramático tampoco deja de ser atrevido: la verdadera plenitud de una vida, afirman este par de creadoras (la escritora y la cineasta), va aparejado, generalmente, con lo desconocido, con el enfrentamiento y la transgresión de las convenciones tenidas por inmutables.

He intentado convencerme de que abandonar a una persona no es lo peor que se le puede hacer. Puede resultar doloroso, pero no tiene por qué ser una tragedia. Si uno no dejase nunca nada ni a nadie, no tendría espacio para lo nuevo. Sin duda, evolucionar constituye una infidelidad…, a los demás, al pasado, a las antiguas opiniones de uno mismo. Tal vez cada día debería contener al menos una infidelidad esencial o una traición necesaria. Se trataría de un acto optimista, esperanzador, que garantizaría la fe en el futuro…, una afirmación de que las cosas pueden ser no sólo diferentes, sino mejores”.

Hanif Kureishi, en Intimidad

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El poder de las emociones siempre sorprende, y los afectos se traslucen en una amalgama confusa de sentimientos extraños e inesperados. Una playa de Nueva Gales del Sur en Australia, año 2013. El sol, el viento, la arena, el oleaje del océano Pacífico. Dos mujeres que son amigas desde niñas y el par de hijos varones de cada una. Así comienza a proyectarse en la pantalla la historia de Madres perfectas (Adore, en el idioma original), el último filme de la francófona directora nacida en Luxemburgo, Anne Fontaine (1959). Conocida en Chile por películas como Coco antes de Channel y Chloe, ambas con fecha de edición en 2009.

Basada en la novela Las abuelas (2003), de la Premio Nobel de Literatura inglesa Doris Lessing (1919-2013), esta cinta se acaba de estrenar en Chile, y su paso por nuestras salas, lejos de provocar cierta expectación o algo semejante a la admiración, sólo ha generado una muda indiferencia. Lamentable, pues se trata de un thriller psicológico de alta categoría, de uno de esos títulos, que como dijo T. S. Eliot, cumple con esta máxima: “No es la grandeza ni la intensidad de las emociones, sino la intensidad del proceso artístico lo que cuenta”.

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En la costumbre parecieran gestarse los mayores vínculos que unen a las personas. Y si bien algunos parecieran ser “insanos” o incorrectos, como los que generan la tensión argumental de Madres perfectas (2013), a veces estos resultan los más prístinos, por no decir los únicos esencialmente sinceros.

Resulta un extraño proceso, que incluso trasciende la atracción física, y llega a esferas inclasificables, las que se definen de espirituales, creo, por no tener otro término mejor para delimitarlas. En ocasiones ocurren que ni siquiera se pronuncian palabras, sólo miradas -que es el lenguaje más directo y honesto de todos los que existen- y ¡paf!, una imagen, otro ser humano, se transforma en algo indefinible, que traspasa las fronteras de las certezas y de los teoremas comprobados.

Tal como acontece en estas tres piezas inmortales, acontece en Madres perfectas: en la cinta That Hamilton Woman (1941), del húngaro Alexander Korda, y protagonizada por Vivien Leigh y Laurence Olivier, y en las novelas La cartuja de Parma (1839), y El rescate (1920); firmadas por Stendhal y Joseph Conrad, respectivamente.

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Henry James, Marcel Proust y Doris Lessing, quien se inspiró en el primero, dedicaron toda su obra literaria a examinar el asunto. La última de los mencionados, claro, bajo las premisas y los objetivos estéticos del movimiento contracultural feminista, al que adhirió con entusiasmo. Pero, en realidad, la materia prima que constituye la columna vertebral de su exquisita bibliografía, es inclasificable, y va más allá de las etiquetas temporales propias de la coyuntura sociopolítica.

Lil (Naomi Watts) y Robin Wright (Roz) son dos mujeres que entre los 40 y los 50 años, han mantenido una amistad que forjaron cuando recién eran unas niñas, y vivían en la misma localidad donde lo hacen ahora; la primera viuda, y la segunda, casada y establecida con Harold (interpretado por el actor Ben Mendelsohn).

Cada una de las mujeres tiene sólo un hijo. Ian (Xavier Samuel) se llama el de Lil y Tom el engendrado por Roz (James Frecheville). En el verano austral de 2013 siguen compartiendo con idéntica cercanía a la frecuentada desde que guardan memoria. La belleza natural del lugar, la vegetación, la bahía, la tranquilidad del paraje, contrastan con las tempestades interiores que el cuarteto va a padecer.

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Basta con que uno de los integrantes del clan de eso “parientes-amigos” rompa las reglas de la normalidad, y el equilibrio alcanzado terminará en el basurero: la armonía de sus existencias y la de sus relaciones con los demás. Una audacia, y el par de besos y caricias ingenuas, prenden un torrente de pasión que contiene dos ingredientes transgresores: el de la pasión erótica entre dos personas separadas por el doble de edad, y una relación que casi podría ser el de una madre con su descendiente. Sin representar fielmente aquello, estamos en presencia de un vínculo parecido al que se conoce con la palabra “incesto”.

Filme poderoso, Madres perfectas indaga con maestría en esa frontera que separa la normalidad de lo extraño, escudriña en la rareza que predomina como un río cárstico alrededor de los lazos que mantienen entre sí los seres humanos.

La fotografía y la dirección de arte de este filme, recuerdan al expresionismo abstracto de Edward Hopper y John French Sloan, a la genialidad de la Escuela norteamericana de Ashcan, pero trasladados a la soledad del mar. Una orfandad detenida sobre una de esas tablas que cerca de la costa, sirven para descansar y acompañarse, aunque sólo sea por un momento, por un segundo, por un instante.

Y si el amor y la felicidad, siempre estados tan esquivos para la inmensa mayoría de los mortales, los encontramos adentrándonos en lo ignoto, al lado de quienes menos lo creíamos y pensábamos, se cuestionan Fontaine y Lessing. “¿Y?, qué más da”, parecen responderse al unísono.

 

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