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El largometraje se puede ver gratuitamente en la videoteca del Museo de la Memoria

Cultura - El Mostrador

“De vida y de muerte”, el documental sobre la Operación Cóndor del mítico cineasta Pedro Chaskel

por 28 abril, 2015

Luego de temporadas de silencio, el legendario realizador nacional –uno de los nombres insoslayables del género local junto a Patricio Guzmán y Fernando Agüero- regresa a la pantalla grande con uno de sus trabajos audiovisuales de mayor estilo periodístico. Fundamentado en una investigación que comenzó a grabar el año 2000, y basado en el testimonio de una decena de entrevistados, el autor aborda el plan de exterminio coordinado por los gobiernos de Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia. Puede no ser el mejor de sus créditos analizado bajo el aspecto puramente cinematográfico, pero sí el más “comprometido” cívicamente, desde los tiempos en que filmó “Por la vida” (1987).

A diferencia de muchas de sus películas anteriores, en donde prevalecen la mirada y la cámara de un director audaz y talentoso, en esta ocasión, el factor que predomina en los casi 60 minutos que dura De vida y muerte (2015), proviene de la calidad de la información y de las fuentes, que Pedro Chaskel -uno de los nombres insoslayables del género local junto a Patricio Guzmán y Fernando Agüero- coloca a disposición del espectador.

“Documentales del Cóndor, hechos en Latinoamérica, no conozco ninguno, salvo un programa de televisión argentino, que era en un estilo de tomas cortas y efectos especiales, bastante precario, lo que me convenció todavía más de que había que hacer películas austeras”, cuenta a El Mostrador Cultura+Ciudad, el mítico cineasta.

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El origen del largometraje, fue el siguiente: “En 2000 me gané un Fondart –precisa el documentalista- y comencé a filmar la obra y a trabajar al respecto. Debió haber sido un mes de grabación, por lo menos, donde viajamos a Paraguay, e hicimos entrevistas, y rescatamos imágenes de archivo, en distintos países. A mi lo que más me interesaba era enfrentarme audiovisualmente hablando, a estas miserias de la Dictadura (1973-1990)”, recuerda Chaskel.

“Me demoré años –continúa el documentalista-, pues no tenía ni guión ni escaleta, sólo tenía la idea intelectual e histórica de la Operación Cóndor: un alto de papeles, de escritos míos, de otros autores, de libros que se referían al hecho y partimos a estos países sabiendo que había personas relacionadas con el evento y punto”, confidencia.

“Ahora –prosigue- cómo iba a ser ese relato, yo no lo tenía muy claro. Y no me preocupaba mucho, la verdad, porque en realidad no tenía problemas con eso. A veces los documentales tienen sus reglas propias, y tú en el camino ves y descubres cosas nuevas, pero en este caso fue complicado y las posibilidades de armar este tinglado eran múltiples. Eso por un lado. Y por otro parte, todo lo que hacía no me costaba mucho. Entonces, llegué a un punto en que dije ‘bueno, dejémoslo a ver si se ocurre algo más adelante’, y así fueron pasando lo años”, analiza el montajista de La batalla de Chile.

“Ahora, me doy cuenta que la edición está al revés, lo que puse al final, lo puse ahora al principio, había una cierta orientación narrativa un poco invertida”, analiza Chaskel. “En el montaje tú siempre tienes que descubrir las posibilidades para fabricar un relato cinematográfico, una estructura de cómo contar la historia, pero lo que pasa es que yo todavía no terminaba de descubrirla bien, y por eso nunca terminaba el documental”.

“Es una obra distinta a los anteriores –se sincera-, cinematográficamente, quizás, un poco carente –son puras entrevistas y material de archivo- aunque periodísticamente muy completo: es un documental austero y sin muchos artificios de cosas formales, de hecho, las fuentes que aparecen, están ahí para que se lean, lo que fue un descubrimiento mío en la sala de montaje, porque yo tenía música para todo eso. Pero me di cuenta de eso, de los papeles y del silencio, una situación en que la cámara, la máquina, pasa a ser el ojo del espectador, y el uso de las melodías siempre agrega un toque emocional, que azuza los sentimientos, que es una manipulación, finalmente, y yo deseaba que los sentimientos surgieran del texto, así es quede la música que compusimos, sólo utilizamos un poco, lamentablemente para nuestro diseñador de sonido”, agrega.

“El silencio –continúa el maestro- ayuda a reflejar lo trágico de este documental, es una buena decisión cinematográfica, creo yo, y la música la pongo al final y luego ajusto el montaje con las piezas, pero en esta ocasión, cuando lo ví en silencio, dije, por aquí va la cosa, el silencio te produce una sensación extraña, y como decía Robert Bresson, el gran descubrimiento del cine sonoro fue el silencio”, teoriza el autor.

De vida y de muerte tiene cierta intimidad y recogimiento, porque denuncio también la complicidad de la sociedad civil con ese genocidio, especialmente de la prensa, del cuerpo diplomático y de la ciudadanía de a pie… Pues no debemos olvidar que un grupo importante de chilenos apoyó a la dictadura, que hay gente que se enriqueció con esto; no es que los militares se volvieron locos con lo que hicieron, existen empresas y gente que se enriqueció mucho con lo que aquí sucedió. Por eso, la figura de Allende incomoda, porque fue un político coherente, que murió con las botas puestas, un tipo molesto para gente que transó: el Presidente tuvo la posibilidad de rendirse y de no suicidarse, y en cambio optó por el sacrificio”, piensa Pedro Chaskel.

-¿Es un documental hecho desde el desencanto, entonces?

-Mira, la motivación del largometraje nació por un personaje que murió en el Cóndor, y a mí lo que me interesaba esa actitud que algunos tomaron en prisión, de ser el apoyo de los compañeros que estaban presos, pese a las dificultades. Uno de ellos (el argentino Patricio Viedma) tuvo ese comportamiento, y a partir del caso de él, aparece la motivación de hacer este documental, una cosa personal si tú quieres, un homenaje a ese compañero y a los que anónimamente fueron como él… Por un lado me interesaba explicar todo el asunto, por eso la mitad de la película es contar lo que fue el Cóndor, que Manuel Contreras la inició con documentos que existen, que las relaciones con Estados Unidos ayudar a llevarla a cabo, y luego viene el resto del documental que trata de la gente, de los sobrevivientes, su experiencia y la de sus camaradas de prisión y de tortura.

“Todas las entrevistas las hice yo –con María de la Luz Lagarrigue, que hizo la investigación, Pablo Salas y yo-, éramos los tres, si se nos ocurría una buena pregunta la formulábamos igual, creando cierta empatía con el entrevistado. De esa forma, pienso que este documental está unido con Por la vida (1987), el que tiene sus contactos con esto, con los jóvenes que participaban del movimiento, iban a las protestas, que por ello tenían problemas con la familia, que estaban muertos de miedo, pero iban igual a las marchas, gente muy noble, difícil de encontrar en la medida en que se transmite. Así, en ese trabajo anterior descubrí eso, y ahora lo volví a apreciar, que es lo más importante”, opina Chaskel.

“La entrevista final la realicé sobre Jorge Isaac Fuentes Alarcón (“El Trosko”), lo te da la idea de un personaje con un valor humano muy grande, en ese sentido creo que ese testimonio vale más que la denuncia que hago del Cóndor, pues las declaraciones de esta gente son tanto o más importantes, y cuando yo entendí eso, es que empezó a funcionar el montaje, que había que explicar el Cóndor, pero también atestiguar esos casos de nobleza, que eso era lo importante, entonces, el documental empezó a fluir. Eso fue el año pasado y decidí terminar la obra, porque ya había encontrado la hebra con el fin de concluirlo”, argumenta.

“¿Si me gustó el producto? Quedé bastante conforme después de sufrir harto, y no creo que hubiese hecho algo mejor. Con este material, con ese tema, con esos entrevistados, era lo que yo podía hacer, y me siento satisfecho del resultado, siento que funciona, no es una gran película, pero tiene buen nivel, y su fortaleza se encuentra en la investigación que se hizo y en dar a conocer esos ejemplos de entrega y humanidad”, profundiza el cineasta.

“Por último, me inclino porque este documental le enseñe a los espectadores más jóvenes, que en las situaciones límites, a veces, se manifiesta lo mejor de los actores sociales, de los seres humanos: la lealtad, la fidelidad, la preocupación por el otro, sacrificar la vida por el compañero de lucha, además de la entereza para enfrentar situaciones terribles y de pesadilla como fue el Cóndor. Por eso, mi amigo, no criticaría en absoluto a alguien que se cagó de miedo, porque es verdad que no todos fueron coherentes, a mí me pueden decir que el Che Guevara era un loco, un obsesivo, lo que tu quieras, pero los muchachos de hoy se entusiasman con él, por su coherencia, por su valentía”, describe emocionado.

-¿Cuál es el objetivo de De vida y de muerte?

-Enfrentar histórica y audiovisualmente a las nuevas generaciones, con lo que pasó aquí en Chile y en Sudamérica, y que pese a lo desolador de la coyuntura, también, en esas circunstancias de porquería, hay lugar para que aflore lo mejor de los seres humanos: mi cine, en general, está centrado en la gente, en las personas, que son seres de carne y hueso, vívidos y reales, más que simples y puras imágenes.

 

 

 

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