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Del realizador parisino Jérôme Salle

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Crítica de cine: “Operación Zulú”, las imágenes de lo inapelable

por 5 enero 2016

Crítica de cine: “Operación Zulú”, las imágenes de lo inapelable
El filme del director francés Jérôme Salle es en pocas palabras, sensacional: A los magníficos roles abordados por Forest Whitaker y Orlando Bloom, se les añade un lente subordinado a una trama que combina los explosivos ingredientes que conforman la herencia del Apartheid en Sudáfrica: racismo criminal, periferia socioeconómica, violencia extrema, autodestrucción y nihilismo afectivo y sexual. Basada en la novela del galo Caryl Férey, el soundtrack de esta película lo compuso el músico Alexandre Desplat.

“Vosotros los dioses nos acercasteis a la tormenta, al amor, al agua, a la muerte, al viento, al fuego. A todo cuanto nos inflige dolor y nos brinda la vida, a todo cuanto somos capaces de entender. De lo otro no entendemos nada. Y ante esa nada se nos exige postrarnos, pero ¿quién se postra ante la Nada?”.

Cees Nooteboom, en Cartas a Poseidón

 Qué manera de comenzar el año: Operación Zulú (Zulu, a secas, en el original de su factura en 2013), título del realizador parisino Jérôme Salle (1971), casi un desconocido entre nosotros, pero dueño de un nombre en latitudes europeas y norteamericanas por El secreto de Anthony Zimmer (2005), y la saga doble de Largo Winch (2008 y 2011); es un autor que se ha especializado en concebir obras audiovisuales que combinan relatos de acción y de suspenso que, entre balas, tiroteos, luchas a muerte y estallidos de sangre y de dinamita, exhiben una realidad política, cultural y social, mucho más profunda de lo que podríamos llegar a percibir y a intuir, en una primera e irresponsable instancia.

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Y, no podía ser de otra forma, todo parte sobre los fundamentos ideológicos y técnicos de una cámara. En efecto, y salvo en el caso de la recientemente estrenada Sicario, del canadiense Denis Villeneuve, nos resulta difícil encontrar a un director que baraje tantos recursos fotográficos y escénicos, con el propósito de delinear un territorio fílmico que exprese la intimidad más desgarrada de sus personajes; en un espacio urbano que destaca por su heterogeneidad, y por la “universalidad” de la realidad que los acoge, claramente posmoderna y globalizadora, por lo menos en el significado amplio y determinante de sus señas identitarias, y de sus movimientos cinematográficos.

Fijémonos en los siguientes detalles de representación ficticia. El lente muestra a los protagonistas Orlando Bloom (el detective de la policía local, Brian Epkeen), y a Forest Whitaker (su superior, el capitán Ali Sokhela), en variedad de plataformas geográficas: los suburbios de una metrópolis sudafricana rasgados por la pobreza y el narcotráfico, imponentes estadios para la práctica del rugby, paradisíacas playas donde se contraponen la riqueza de una oligarquía, frente al desarraigo y las carencias afectivas, materiales y filiales, de la inmensa mayoría, entre suntuosas mansiones y precarias habitaciones. Y detrás, fuera de campo, el desierto de Namibia, alzándose en esfera y campo de la redención, y como posibilidad de obtener la justicia –en una paz que niegan la burocracia, y la corrupción de los engranajes políticos, administrativos y judiciales del país-, al atormentado reparto del elenco.

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La propuesta artística de Jérôme Salle avanza con el imperativo de producir un thriller, bajo la peculiar idea de un género fílmico que, sin perder intensidad dramática, tampoco rinda y entregue fácilmente, las banderas del espesor literario, y de la compleja búsqueda existencial, de sus roles principales (no en vano, el guión de Operación Zulú, se inspira en la novela homónima del narrador francés Caryl Férey, uno de los mejores escritores policiales, del momento, en Europa).

Así, observamos que la obsesiva carrera profesional del capitán Sokhela, esconde una terrible pérdida física y emocional, y que la aparente indiferencia y audacia del detective Epkeen, no son sino el escudo mental con el que éste se protege de otras restas espirituales e internas, tan poderosas e hirientes, como las que arrastra su enigmático jefe.

A este respecto, la calidad argumental del presente crédito es incuestionable. Pero ese atributo audiovisual resulta importante, primero, porque las secuencias de la película se hallan montadas con esa prestancia escénica, generosa en ángulos, en un sinnúmero de planos, y en un afán de recrear situaciones, indispensables para una cámara ambiciosa que anhela la “gloria”. Y luego, porque los actores con que cuenta el realizador, a fin de darle vida dramática a esas situaciones, son sencillamente magníficos y espectaculares. Dos variantes artísticas que se unen y que aumentan (direcciones de cámara y de elenco), el prestigio del producto final.

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El norteamericano Forest Whitaker invoca, en esta ocasión, y se compara, con sus mayores papeles y proezas interpretativas: con los textos que se aprendió en Ghost Dog, el camino del samurái (1999), y con los diálogos de El último rey de Escocia (2006). A cada minuto, mientras se desenvuelve un fragmento de “toma”, sus intervenciones, gestos y expresiones, arman el rompecabezas delicado y frágil que configura la psicología de ese miembro de la etnia zulú (uno de los pueblos autóctonos que componen la nacionalidad sudafricana); y quien se ha hecho a sí mismo, desde el dolor y una adversidad radical, y desoladora, para cualquier ser humano.

El desempeño de aquél rol es un triunfo para la carrera del norteamericano, e ilumina por sí sola los claroscuros que podría tener esta cinta, por ejemplo, cuando se extiende demasiado en aras de las necesidades una historia múltiple, que durante algunas escenas, bien podría manifestarse confusa y gratuita, en lo que a su impulso final y de sentido, se refiere (sin aportes a la jerarquía diegética del relato).

Orlando Bloom: no es que el trabajo del profesional inglés sea insatisfactorio en la creación de ese policía alcohólico, seductor y extrañamente eficiente…, pero puesto al lado de la notable labor de su compañero estelar; los paralelismos pueden ser odiosos e injustos, especialmente al constatar que la construcción de su personaje, además de creíble, muestran y respaldan tanto el talento, como la versatilidad de máscaras que posee, y puede ejercer, el actor británico.

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Afirmábamos que una de las virtudes del filme, derivan de ese imaginario audiovisual propio de un foco hambriento de diversas postales y de coyunturas humanas y espaciales, en su esfuerzo por delinear una realidad en permanente ebullición social y cultural: el realizador aspira a retratar una sociedad en conflicto, que no se acepta en su diversidad étnica y fundadora, pese al proclamado auto perdón y al pretendido “compañerismo patriótico”, que la empujarían hacia el futuro -proclamados desde la presidencia de Nelson Mandela (1994-1999)-; y también, por supuesto, evidenciar las contradicciones superficiales, y vitales, que socavan, fracturan y quiebran, a esa comunidad, en los balbuceos y tratos de su convivencia básica y rudimentaria.

De esta manera, además de constituir una crítica feroz en torno al proceso de “verdad”, indulto, y de reconciliación nacional e institucional, que vivió la sociedad sudafricana, a mediados de la década de 1990 (muchos dicen que en una imitación de la chilena Comisión Rettig de esos años), Operación Zulú hunde su mirada y su objetivo cinematográfico, en la virulenta cartografía artística de lo inapelable, en esa posición existencial que no se puede combatir, más allá de la resignación, de las lágrimas, del amor, sí, del cariño, y de la soledad y del desamparo.

Y de fondo, creando una bella y trágica atmósfera sensorial, la música de Alexandre Desplat.

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