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El autor estará el sábado en la Feria Internacional del Libro de Viña del Mar

Cultura - El Mostrador

Jeremías Gamboa, el joven escritor peruano, bendecido por Vargas Llosa

por 5 enero 2016

Jeremías Gamboa, el joven escritor peruano, bendecido por Vargas Llosa
Reconocido por la crítica como uno de los más destacados de la nueva generación de autores latinoamericanos, Gamboa cuenta con el reconocimiento del Nobel Mario Vargas Llosa gracias a su novela “Contarlo todo” (2013), una obra con tintes autobiográficos que relata la historia de un chico humilde que deja el periodismo para convertirse en un escritor. Gamboa se considera parte de una generación –la de los nacidos en los 70- que vivió largos periodos de crisis, con una infancia marcada por el miedo, que se han animado a hablar cuando ya hay cierta estabilidad en el país.

Jeremías Gamboa (Lima, 1975), el escritor revelación del Perú, estará el sábado en la Feria Internacional de Viña del Mar, cuyo invitado de honor en esta ocasión será el país inca. La feria empieza el jueves con 43 stands y un programa cultural con más de 70 actividades entre presentaciones de libros, conversatorios con los autores, espectáculos musicales, talleres y teatro infantil.

Reconocido por la crítica como uno de los más destacados de la nueva generación de autores latinoamericanos, Gamboa fue bendecido por Mario Vargas Llosa gracias a su novela Contarlo todo (2013), una obra con tintes autobiográficos que relata la historia de un chico humilde que deja el periodismo para convertirse en un escritor.

El propio autor, hijo de humildes migrantes de la región andina de Ayacucho que se instalaron en Lima en los años 60, estudió en una escuela pública, cursó periodismo en una universidad privada gracias a una beca, realizó luego una maestría en Estados Unidos y trabajó más de una década como reportero. En 2007 además había publicado un libro de cuentos, Punto de fuga (Alfaguara).

“Es un magnifico escritor y Contarlo todo, su primera novela, es enormemente ambiciosa”, declaró el Premio Nobel de Literatura 2010 durante una conferencia en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Para Gamboa, el secreto del éxito del libro es que lo puede leer alguien de grandes exigencias literarias, pero también un lector común, sin dejar de mencionar el grado de identificación que genera en mucha gente, de diversas edades, incluso en el extranjero, con un protagonista que vive de forma iniciática cosas como el amor, el sexo, la marihuana, la amistad y la juerga.

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El amigo de Fuguet

Gamboa llega a Chile por segunda vez. La primera, en 2014, en la Feria del Libro de Santiago, vino a presentar justamente Contarlo todo, de la mano de Alberto Fuguet, uno de los varios autores chilenos que admira. Aquella estadía fue breve, pues acababa de ser padre. “Ahora sí me voy a tomar un par de días más para conocer”, adelanta desde Lima.

El peruano conocía a Fuguet a partir de la película Tinta Roja del director Francisco Lombardi, basada en el libro homónimo del chileno que relata las aventuras de un joven reportero, y a partir de ahí leyó varios de sus libros.

“En Contarlo todo hay una relación temática por lo menos con el universo periodístico y las redacciones periodísticas que Fuguet trabajó en ‘Tinta Roja’”, un libro que de hecho es nombrado como tal en la obra. Ambos se conocerían posteriormente y de hecho Gamboa presentó el último libro del chileno en Lima. “Hay una bonita conexión”, admite.

“Creo que Alberto es uno de los que mejor ha leído a Vargas Llosa, que ha sabido apropiarse de lo que le es útil a él”, reflexiona.

Otros autores chilenos que le parecen interesantes son Alejandro Zambra, Álvaro Bisama y Lina Meruane. También ha leído a Diego Zúñiga, Alejandra Costamagna, sin olvidar a Roberto Bolaño, claro. “Me parece que la literatura chilena tiene ciertos rasgos de búsqueda que se parecen un poco a los de la literatura peruana”, asegura.

Entre sus propias influencias, Gamboa ha bebido de la obra de Vargas Llosa, el mexicano Juan Rulfo y el primer Gabriel García Márquez. Otros son los argentinos Manuel Puig, Roberto Arlt, Pablo Ramos y Fabián Casas, el español Javier Cercas y el estadounidense Philip Roth.

El peso del pasado

Los orígenes humildes de Gamboa sin duda están presentes en su obra. Sus padres eran quechuahablantes que emigraron para tener una vida mejor en la capital y creció en San Luis, un barrio limeño de clase trabajadora. Él mismo desempeñó diversos oficios para sobrevivir mientras estudiaba en la privada Universidad de Lima.

Gamboa admite que su ingreso a la literatura fue tardío y que, como otros autores, procede de una familia sin mayor contacto con la literatura. “No son familias universitarias ni de tradición cultural. Yo vengo de una familia andina, que habla quechua como primera lengua, de clase obrera, proletaria”, que siempre hablaron con él en español porque la cultura indígena era mal mirada en aquella época.

“A mí lo que me cambia la vida en algún sentido es la posibilidad de estudiar becado en una universidad privada. Creo que por eso también conecto mucho con escritores como Roth, para quien la educación fue central, un lugar de movilidad. Siempre he dicho que a diferencia de Vargas Llosa, para quien el acto fundante fue ir al colegio estatal militar Leoncio Prado, donde descubre al Perú, para mí fue inverso: el chico de la educación estatal que entra a la privada, se encuentra con los ‘patricios’ de Lima, los ‘pitucos’, para descubrir en ellos una humanidad también, porque el discurso obrero reduce al otro como una entelequia”.

“Por las posibilidades de educación que recibí estaba casi un poco obligado a ser escritor, por la carga que tenía, por la historia familiar que tenía”, afirma. “Es una vocación tardía, que empezó como a los 19 años”, y que se consolidó cuando supo que sus vivencias en las redacciones periodísticas podrían novelarse. “Fue una forma de identificarse en una universidad tan pija como la de Lima y al final terminó convirtiéndose en un camino vital. Las historias que fueron apareciendo ya eran tan importantes para mí que era como una cosa de vida o muerte”. De hecho renunció al periodismo para dedicarse a escribir.

La herencia cultural

Actualmente, Gamboa está escribiendo sobre el vínculo con su origen cultural. Por ejemplo, la lengua quechua le es totalmente ajena, a pesar de sus padres. Ellos eran hablantes nativos. Su padre aprendió el castellano en una escuela rural en la región andina, mientras su madre recién en la capital.

“Cuando tuvieron un hijo, hicieron lo que hacen muchos latinos en Estados Unidos. Allá hay muchas familias mexicanas que a sus hijos no les enseñan español. Mis padres no nos hablaban en quechua, era como una lengua que no existía y sólo sonaba en las madrugadas cuando escuchaban los huaynos, esta música andina, y de repente se convertían en otras personas y los oía hablar en esa lengua. Ellos creían que esa lengua a mis hermanas y a mí nos iba a retrasar y podría ser una mancha”, en una época en que ser andino era “ser estigmarizado. Lo sigue siendo, pero en esa época con mucha más dureza””.

Si no es la lengua, ¿tiene Gamboa algo de esa cultura milenaria? “Eso es parte del tema que estoy trabajando ahora”, responde. Y menciona que aunque “Contarlo todo” es una novela urbana, cierta crítica consideró que el protagonista tenía un “temperamento andino, una persona que llora constantemente, hipersensible, adolorida. Quizás hay algo quechua en la forma de sentir, de procesar las cosas, de imaginarlas”.

“Mi perspectiva es la de los hijos que se preguntan, un tema que creo se está dando mucho en la literatura de ahora, qué aspectos de la vida de los padre pudo haber impactado sobre la de ellos. En mi caso a eso se añade la raíz cultural, cuanto de quechua hay en mí, cuanto de andino puede sobrevivir”, tomando en cuenta su educación occidental.

El terrorismo

Otro tema que no le es ajeno a Gamboa es la memoria histórica. Perú vivió entre 1980 y 1992 un periodo sangriento, donde el enfrentamiento entre la insurgencia armada de Sendero Luminoso y el Estado causó centenares de miles de víctimas, además de la larga dictadura de Alberto Fujimori (19990-2000). Él recuerda, por ejemplo, los planes de evacuación que había en su universidad por si Sendero Luminoso se tomaba el recinto.

El autor de hecho participó en la Comisión de la Verdad y Reconciliación, que presentó un informe en 2003. Ese año fue convocado por el Proyecto Fotográfico de la Comisión para trabajar como editor de textos en lo que sería más adelante la muestra fotográfica y el libro visual “Yuyanapaq. Para recordar”, que reunió el trabajo de los fotógrafos que documentaron los años de violencia y terror en el país.

El autor recuerda la época de los apagones y los atentados en los años 80, incluido el de Tarata, en el barrio de Miraflores, que mató 25 personas en 1992. Además la zona de origen de sus padres sufrió mucho la violencia política, especialmente en el campo, donde hubo numerosas matanzas.

“Mis papás hablaban de los asuntos que ocurrían en Ayacucho en quechua. Sólo hablaban en quechua dos temas: el sexual, cuando querían decir algo inapropiado y estaban los niños ahí, o cuando hablaban del terror. La muerte y el sexo”.

Gamboa se considera parte de una generación –la de los nacidos en los 70- que vivió largos periodos de crisis, con una infancia marcada por el miedo, que se han animado a hablar cuando ya hay cierta estabilidad en el país. Apunta a autores como José Carlos Agüero, un historiador que escribió “Los rendidos”, y que es hijo de dos senderistas ejecutados extrajudicialmente; o “Memorias de un soldado desconocido”, de Lurgio Gavilán, que habla sobre un padre militar, sin olvidar obras periodísticas como “Muerte en el Pentagonito”, de Ricardo Uceda, que narra los secretos militares de la lucha antisubversiva y para Gamboa es unos de los mejores escritos sobre el tema en los últimos treinta años.

“Creo que el Perú tiene la suficiente distancia de esa guerra para empezar a entenderla, y la literatura está siendo muy hábil en eso”, sentencia.

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