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Crítica de cine: “El renacido”, las bestias vienen de día

por 25 enero 2016

Crítica de cine: “El renacido”, las bestias vienen de día
Es una sinfonía audiovisual. Para aquel juicio califica el sexto largometraje de ficción del realizador mexicano Alejandro González Iñárritu, un título que compite por doce premios de la Academia (incluidos los de mejor película, director, actor protagónico y secundario). A sus exquisitos y contundentes deslizamientos de cámara (ya explorados en “Birdman”), le suma, ahora, las notables interpretaciones de Leonardo Di Caprio y de Tom Hardy, la cota dramática del libreto, y la forja de una escena fílmica y sonora, equivalentes a la calidad de una novela clásica.

“En mis visiones de la noche oscura / soñé con alegrías que se fueron; / pero un sueño de vida y luz, despierto, / me ha dejado abrumado de dolor”.

Edgar Allan Poe, en The Poems

Una carrera artística como la que ha hecho Alejandro González Iñárritu (Ciudad de México, 1963), sólo puede entenderse en estos tiempos modernos y masivos: la de un hispanoparlante que ha obtenido los galardones más prestigiosos a los que puede aspirar un director de cine, hoy en día: desde la Palma de Oro de Cannes, hasta los que entrega cada año, la Academia de Hollywood. Y eso, con sólo seis largometrajes de ficción a su haber. El último: El renacido (The Revenant, 2015), crédito que es una obra maestra, y que incluso supera en aptitudes a Birdman (2014), la vencedora de las estatuillas más apreciadas por la industria, durante la ceremonia de la pasada temporada, en Los Angeles, California.

Son varias las cualidades que hacen de la cinta que reseñamos, una película excepcional. Y comenzaremos este análisis por anotar esas virtudes “capitales”, a nuestro entender: las órdenes dadas por González Iñárritu a su equipo de cinematografía (cámara), las actuaciones de Leonardo Di Caprio y Tom Hardy, y la utilización de la música incidental o soundtrack (compuesta indistintamente por partituras de Carsten Nicolai y de Ryuichi Sakamoto), como elementos para matizar los grados de intensidad dramática, que se suceden en el transcurso narrativo del filme.Inspirada en una novela del escritor Michael Punke (1964), El renacido traslada a imágenes en movimiento parte de la biografía del explorador norteamericano Hugo Glass, especialmente las que el “hombre de frontera” vivió durante la segunda década del siglo XIX: su travesía por la cuenca alta del río Missouri (Montana, en el noroeste de los Estados Unidos), después de ser atacado por un oso salvaje -mientras cazaba a estos animales-, con el propósito de comercializar sus valiosas pieles.

Filmada también en locaciones de Canadá, México y el sur de la Argentina, lo importante es que la visualización del concepto escénico, más allá de situarse en esos parajes donde predominan el invierno y la nieve, se encuentra gestado y concebido, gracias a las posiciones que adopta la cámara, y a los ángulos elegidos por el realizador, para dar cuenta de esa realidad; en donde la naturaleza y la inmensidad, contienen y explayan la violencia suscitada por distintos bandos y facciones, tanto humanas, como de animales.

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Y al cierre de esa perspectiva fría y helada: el río Missouri, característica y representación acuosa, torrente visual y metafísico, en signo de la lucha emprendida entre por la civilización y la barbarie, entre el voluntarismo republicano por un lado, y las fuerzas indomables de la naturaleza, por el otro.

Por eso, no es casualidad que González Iñárritu se esmere en fotografiar a sus personajes, desde la postura técnica de un continuo travelling en primer plano, y estratégicamente de “contrapicado” (foco dirigido de abajo hacia arriba): se trata de manifestar la heroicidad de un puñado de hombres (de origen europeo y aborigen), frente a un espacio físico que lejos de dominar, los sojuzga y oprime con su mera y sola presencia espontánea, de facto. Hablamos, de este modo, de una cámara de rasgos “existencialistas”, porque su objetivo apunta a situar al elenco en esa atmósfera de agobio y de incertidumbre vitales: los actores se encuentran abandonados ante el azar, lo impredecible, y asimismo la aparición violenta y definitiva, de la muerte. Pero, también, y misteriosamente, de cara a lo onírico y el delirio.

 

El montaje es brillante. Si observamos al hecho de que se filmó en una decena de lugares diferentes, y eso ni se “descubre”, es porque el trabajo de edición y de engarce, además de subordinarse a un libreto exhaustivo y propicio para ese tipo de labores, acata a una direccionalidad de sentido narrativo y argumental, que prescinde de las desagradables sorpresas, derivadas de la poca planificación, léase, improvisación. Así, interactúan, con una sincronicidad imperceptible, las escenas de una sola toma, unidas con planos secuencias que responden al estilo de filmación de González Iñárritu: registros rápidos, concisos y de giros perturbadoramente bellos, con el fin de mantener el eje cardinal y espacial del campo enfocado.

Leonardo Di Caprio (quien encarna al aventurero Hugh Glass) es el mejor actor del planeta: desde sus primeros roles a principios de la década de 1990, jamás ha tenido rivales de temer dentro de su generación, y si ciertas voces críticas, le tutelaban algún recelo descalificatorio, aquello se debía a que amén de poseer un talento interpretativo llamativo, distinto y sobresaliente, responde a los apelativos de un varón de aspecto agraciado.

Al igual que Robert Redford en su momento (cuando era joven), el artista norteamericano ha sufrido el desdén de sumar demasiadas cualidades y destrezas, para una sola rúbrica. Desde Woody Allen, Martin Scorsese, hasta Steven Spielberg, lo han convocado a fin de trabajar en sus proyectos; ahora, agrega a su currículum el haber estado bajo las órdenes profesionales del mayor cineasta hispanoparlante de la historia: el azteca Alejandro González Iñárritu.

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El inglés Tom Hardy (en el papel del forajido John Fitzgerald), es otro artista para tener muy en la agenda: irreconocible en las exigencias del maquillaje que su personaje le hace adquirir, aborda constantemente situaciones límites, que lo obligan a sacar de sí, toda su artillería gestual y representativa: las ejerce de rufián inmoral, de sujeto inescrupuloso, de delincuente temerario, y hasta de valiente pistolero. Demasiado para un rol secundario, una interpretación que debería granjearle la estatuilla correspondiente, sin reparos, quejas, ni inconvenientes de última hora.

La citada música incidental. Junto a los elementos escénicos analizados en los párrafos anteriores, satisface al mandato de estimular, en los sentidos individuales del espectador, una estética de la ansiedad, del suspenso y de la fragilidad -propias del respirar anónimo-, en torno a una apreciación de la precariedad global y general, de la existencia.

Por supuesto, que la prevalencia de este elemento sonoro, se debe al propósito de producir un efecto en el ánimo de las audiencias: ayudar a componer esa imagen visual y rítmica de la desolación, de la ruina y de la destrucción, como metáfora cinematográfica del triunfo de lo agreste y de lo belicoso, en respuesta a un pretendido e ilusa aspiración humana, de vencer al cosmos y a sus prerrogativas casi divinas.

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La similitud de motivos entre los últimos títulos de González Iñárritu y de Quentin Tarantino (Los ocho más odiados), es inaudita y sorprendente: la nieve, el frío, la dureza y la nostalgia, por las regiones del noroeste, del Estado de la Unión; la presencia -en perpetuo desarrollo- de lo que surge fuera de campo. Son paralelismos creativos para consignar, en los apuntes y paralelismo de inquietudes, que se atisban en dos filmografías cumbres del séptimo arte contemporáneo

El renacido es una cinta hermosa, tanto en la amplitud de sus propuestas, como en la magnitud de los juicios que provoca. Donde más allá de sus fueros privativamente audiovisuales, el realizador mexicano continúa con el perfeccionamiento hermenéutico de esas preguntas y reflexiones, que se ha planteado desde las trilogía iniciada con Amores perros (2000), y proseguida con 21 gramos (2003) y con Babel (2006), hasta alcanzar los créditos de Biutiful (2010) y de Birdman: la interrogante permanente alrededor del hecho magnífico de lo sobrenatural, la disputa filosófica entre las ideas de la materia y del espíritu, la satisfacción del acto ritual que provoca la consumación de una venganza, y la ilusión del amor y del encuentro con la belleza cotidiana, de un sueño, de un poema, para salir airosos, en el simple y escueto oficio de vivir como mortales, encima de la faz de la Tierra.

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