La política en el cine de Pablo Larraín: un ejercicio de desmitificación - El Mostrador

Martes, 21 de noviembre de 2017 Actualizado a las 07:19

Su última película, Neruda, se estrenó en Chile el 11 de agosto

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La política en el cine de Pablo Larraín: un ejercicio de desmitificación

por 16 agosto, 2016

La política en el cine de Pablo Larraín: un ejercicio de desmitificación
No hay película en el cine de Pablo Larraín, en que la ficción no esté observada desde lo político. Proveniente, por origen familiar, de un imaginario conservador y de una mirada progresista por adopción, distintas fuentes del mundo del cine coinciden en que los filmes del director de "Neruda" se caracterizan por carecer de una visión partidista que idealice y mitifique la realidad, permitiéndole con ese ejercicio dar con una fórmula que le ha granjeado reconocimiento nacional e internacional.

Algo que nos dejó Martin Scorsese con Taxi Driver –aparte del conmovedor retrato de soledad y alienación urbana– fueron el sentido de absurdo y locura en el contexto de una sociedad que, tras ser sistemáticamente bombardeada por la violencia, llega al nivel de justificar e incluso celebrar los asesinatos cometidos por Travis Bickle (Robert De Niro). ¿Existe alguna explicación? ¿Se puede llegar a banalizar tanto la maldad que, después de un tiempo, no se logre distinguir que se trata, en efecto, de una maldad?

La filósofa alemana Hannah Arendt intentó dar respuesta a este enigma en su libro Eichmann en Jerusalén (que explora las razones que empujaron a los nazis a cometer uno de los genocidios más grandes de la historia) y, para sorpresa e indignación de sus pares judíos, su respuesta fue la siguiente: Eichmann, responsable de haber ejecutado la solución final, era una persona completamente normal que ni siquiera odiaba a los judíos.

“Presumieron que el acusado, como toda persona normal, tuvo que tener consciencia de la naturaleza criminal de sus actos, y Eichmann era normal, tanto más cuanto no constituía una excepción en el régimen nazi. Sin embargo, en las circunstancias imperantes en el Tercer Reich, tan solo los seres excepcionales podían reaccionar normalmente”, argumentó Arendt.

Dicho clima sociológico no era muy distinto al de Chile en los años 70, cuando la maldad, el odio y la violencia se institucionalizaron y se transformaron en una práctica común, dejando relatos que se han esforzado, desde entonces, en legitimar una determinada verdad histórica.

PabloLarrain

Pero a Pablo Larraín (39) no le ha interesado situarse en ninguna de estas vertientes (a pesar de tener una sensibilidad de izquierda) y se ha empujado hacia una zona donde sus principales herramientas son la autonomía creativa y el pensar soberano, que le han permitido hacer un cine que siempre mantiene una cuota de distancia con los hechos que retrata, como si quisiera dejar en claro que no está tratando de convencer a nadie y que su único interés es explorar los sentimientos humanos que lo conmueven.

“Pablo utiliza programas de desmitificación, en el caso de Post Mortem, por ejemplo, cuando se desacraliza la figura de Allende al exponerse su cuerpo muerto. Recordemos que Allende, para el presente, para la memoria nostálgica de la Unidad Popular, siempre es el rostro del Presidente mirando al horizonte, y aquí está destruido, su imagen está cosificada, es solo un cuerpo muerto”, reflexiona Pablo Corro, doctor en filosofía y licenciado en estética.

En su segunda película –Tony Manero–, el clima de desasosiego y desolación, donde los valores han sido transmutados y el significado de lo “normal” ha sido corrompido, es innegable. El protagonista y su psicopatía no son una casualidad, sino la consecuencia directa de la efervescencia social, el abuso de las estructuras de poder y la profunda censura cultural que implica todo régimen autocrático.

Tony Manero

Tony Manero

Los paralelismos entre Taxi Driver y Tony Manero se concentran no solo en la sociedad retratada, sino también en la forma en que se retrata: ambos protagonistas son psicópatas retraídos que, cuando no están sujetos a la “tranquila desesperación” de las salas de cine, consumen su tiempo en sus respectivos departamentos (Travis Bickle, en un fútil intento por comunicarse, le habla a un espejo, mientras que Tony Manero, atrapado en su propia obsesión, baila al ritmo de los éxitos de los ochenta).

Pero la gracia del personaje interpretado por Alfredo Castro es que –lejos de ser una copia– representa una enfermedad que caracterizó a nuestro país durante la dictadura militar: la violencia.

La violencia arbitraria y omnipotente caracterizan a la trilogía que componen Tony Manero, Post Mortem y la nominada al Oscar No, que ayudaron a consolidar a Larraín como uno de los cineastas más importantes del continente.

“Es un creador, no es un cineasta, es más que un cineasta, porque no por filmar se hace cine, y Pablo, por sobre todo, es un hombre que crea a partir de una mirada muy interesante que tiene de la sociedad”, dice el actor Alfredo Castro, que ha participado en todas las películas del director.

PostMortem

Post Mortem

El componente político ha estado presente desde Fuga (2006) hasta la recién estrenada Neruda (2016), pero sin el sentimentalismo o la ideologización inherente a los partidos políticos. En el caso de No, por ejemplo, se aborda la historia del plebiscito de 1988 desde el publicista y no desde el político, optando por un ángulo narrativo que, para algunos, puede ser desconcertante.

“Sus películas tocan temas que tocó la izquierda o que tendría que estar tocando la izquierda, pero desde una perspectiva nueva, porque Pablo le quita el rango de epopeya y le quita sentimentalismo a fenómenos que están cargados de sentimentalidad, de forma que trae al presente cuestiones que no estaban porque no tenían un lenguaje que las hiciera posibles”, dice Carlos Flores, director de la Escuela de Cine.

Pablo Corro concuerda con Flores y cree que el componente de desmitificación se presenta con mayor intensidad en la película que retrata el plebiscito: “En el caso de No, se asocia con una gestión publicitaria que está basada en los predicamentos de la venta de cualquier producto y con eso se arruina el fundamento ético que tiene el relato del proyecto de la campaña del NO”, dice.

El académico –que ha escrito sobre el uso de la luz en la filmografía de Larraín– también se refiere a la elección del formato U-matic (que se usaba en la década de los ochenta para documentar la realidad del país), argumentado que gracias a su uso los colores no calzan: se corre el rojo, el verde, se mueven para los lados, entregando la sensación de que la imagen está caduca y descompuesta.

“Esta idea de los colores corridos corresponde con la imagen del arcoíris del NO, un emblema que de manera positiva reúne la diversidad, pero la verdad es que es una diversidad en la que no se logran integrar todas las partes en una sola imagen, por eso los colores se corren, se fuerzan y se mueven”, dice.

No

No

Otros cineastas, que también han trabajado con el componente político, no están de acuerdo con la forma en que Pablo decidió abordar el plebiscito de 1988: “Discrepo de algunos aspectos en cómo se plantea la memoria de Chile, me choca un poco, esa farandulización de todo un movimiento social que logró derrotar a una dictadura y que se resuma a una gran campaña y una canción –que también fueron importantes–. Me choca porque yo filmé en poblaciones en esa época, vi la organización social y la capacidad de participación, así que creo que esa película, de la forma en que la vi, le da demasiada importancia a un personaje que viene del extranjero e inventa una canción”, dice el cineasta Gonzalo Justiniano, quien a pesar de tener diferencias con Larraín también destaca su profesionalismo y talento.

El Club, ganadora del Oso de Plata en el festival de cine de Berlín, también responde a la estética de la desmitificación: los sacerdotes, en vez de reflexionar sobre sus faltas a la moral y sus crímenes, pasan el tiempo distrayéndose con carreras de perros. “Se banaliza, se muestran las cosas como son. Sin embargo, dicha banalización se transforma en una operación que investiga nuestra historia arduamente, Larraín jamás simplifica”, argumenta Corro.

En el caso de Neruda, Larraín decide alejarse de lo que podría considerarse obvio (por ejemplo, el Neruda político, militante del Partido Comunista) y se acerca a una zona muda que poco a poco se va poblando de palabras, gestos y realidad. Esta última película, en efecto, es la consolidación de su estilo, ese que busca la historia no contada, desde el ángulo narrativo no explorado, para dar así con una libertad que, de tratarse de una biografía, estaría mucho más restringida.

“Pablo ha tenido una trayectoria, un proceso de crecimiento que, a mi entender, lo que ha hecho es ir cada vez adquiriendo más libertad en sus creaciones. Él ya tiene una metodología, que no es una cárcel para él sino más bien un punto de partida, nunca sabemos cuál será el final… Pablo ha logrado dar con su espacio de libertad –y eso para un creador es fundamental– y no se encuentra constreñido o afectado por técnicas o metodologías, sino que Pablo filma y, en el acto de filmar, reafirma una autoría que es muy importante”, comenta Alfredo Castro, quien interpreta al Presidente Gabriel González Videla en la última película del cineasta.

El club

El Club

Fábula

La productora Fábula, fundada por los hermanos Larraín en el año 2004, ha producido una decena de películas en los últimos 12 años, entre las que destacan –además de la filmografía de Pablo– Gloria, Joven y Alocada, y Crystal Fairy. “Ellos se toman muy en serio la idea de hacer una industria audiovisual en Chile, a pesar de que en nuestro país no están las condiciones para hacer dicha industria”, dice Fernando Acuña, productor de cine y evaluador de fondos de cultura.

Para entender la fórmula de los Larraín, Acuña parte con la siguiente tesis: en Chile no alcanza para financiar ni siquiera una película, de modo que, si no hay mercado internacional, el proyecto no funciona. Con este diagnóstico, los hermanos Larraín –dice– han sabido analizar y estudiar el mercado audiovisual y han hecho un trabajo por categorías. “Si hago una película de Neruda, que es una marca asociada a Chile, nuestro propio William Shakespeare, ¿cuánto dinero necesito? Hay que considerar que se trata de una película de época. Debe haber costado varios millones de dólares”, señala.

Acuña, que trabajó de evaluador de los fondos de cultura cuando fue el turno de No, cuenta que tanto él como los otros dos evaluadores le dieron, de manera inédita, el puntaje máximo (100 puntos). Sin embargo, en la siguiente ronda, el proyecto fue descalificado, “porque hubo un evaluador que le tenía bronca política a Larraín”, cuenta.

No obstante, los hermanos decidieron perseverar y finalmente se adjudicaron el financiamiento. “Ellos son muy profesionales, muy serios. Aquí yo creo que hay una actitud más bien fría de los hermanos Larraín, estos tipos se enfrentan muy seriamente e, insisto, con cierta frialdad, a los temas que trabajan”, expresa.

Neruda

Neruda

Sobre el componente político, el productor asegura que no necesariamente venden y que, de hecho, “habría que ser muy innovador para tener un proyecto político y vender”.

Una opinión parecida tiene el crítico de cine Héctor Soto, quien no cree que los Larraín anden buscando éxito comercial: “Post Mortem no es comercial, va a interpelar a un público local e internacional, pero no en términos comerciales. Esa es una película muy dura, difícil, poco grata, no creo que se haya creado para ser un éxito comercial”, sostiene.

Acuña tampoco está de acuerdo en que la supuesta distancia de Pablo con sus temas sea la clave del éxito, porque otros cineastas destacados, como Patricio Guzmán, desmienten dicha tesis. “Guzmán toca la misma tecla de los derechos humanos, le tiene una animadversión a la dictadura, un pánico a Pinochet, y él siempre hace documentales contra la dictadura y se involucra completamente, sus películas se narran en primera persona y funcionan bien”, argumenta.

Agrega: “Yo les agradezco que no hagan esas películas de los jóvenes perdidos, que nunca se entiende hacia dónde va la pareja, que no tiene diálogo ni texto ni música, esas películas insoportables del cine minimalista que le ha hecho tanto daño al cine chileno. Larraín hace buenas películas”, concluye.

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