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Una película de María José San Martín

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Crítica de cine: “Rara”, en el museo de la inocencia

por 1 noviembre, 2016

Crítica de cine: “Rara”, en el museo de la inocencia
El primer largometraje de ficción de la directora nacional ganadora de un premio en la categoría Generation Kplus, de la Berlinale 2016, sobresale por su oficio fílmico y artístico. Inspirada en un caso judicial chileno, la obra se detiene en la cotidianidad de una pareja lésbica, mirada desde la sensibilidad y el aprendizaje vivencial de una adolescente, hija de una de las involucradas en el lazo afectivo. A un pulido libreto, se le agregan una cámara y una fotografía coherentes con sus objetivos audiovisuales, y la sorprendente interpretación escénica de la joven actriz Julia Lübbert.

“Ya que elegimos lo posible, lo que podemos elegir –ya nada puede rescatarse del pasado, ni los cambios ni los sentidos- son fantasmas que nos guían, porque detrás de las inciertas intuiciones surgen los presagios ajenos, oscura certidumbre, los ojos vacíos y la mirada ciega”.

Ricardo Piglia, en Los diarios de Emilio Renzi – Los años felices

A través de unas poéticas páginas de su novela La chica del Crillón (1935), el incomparable Joaquín Edwards Bello describe a la ciudad de Viña del Mar, bajo la perspectiva de una observancia y una particular sensibilidad femenina (ficticia), criada por estas latitudes: más de ocho décadas después, María José San Martín realiza un hermoso paralelo, valiéndose de una cámara cinematográfica con Rara (2016), su debut como directora, después de un amplio recorrido en labores secundarias, y luego de participar en variados proyectos dirigidos por otros nombres y otras rúbricas.

El lente con oficio de este largometraje es uno de los principales puntos de análisis estéticos y fílmicos del mismo. La creación de una puesta en escena restringida, inteligente y que a través de escasos cuadros y ambientaciones, se explaya con elocuencia plástica: una urbe de provincia, un par de casas y sus jardines, las instalaciones del colegio al que asisten las niñas protagonistas, unos restaurantes; pero la geografía costera y periférica es reconocible, y una virtud audiovisual de la dirección de arte.

Un análisis somero, entonces, diría que Rara es una cinta en torno a las disyuntivas cotidianas y sociales de una familia, cuya dualidad parental se encuentra conformada por una pareja lésbica, en un contexto situado en la V Región de Chile. Parte de razón tienen. Sin embargo, una revisión mayor indica que la obra de Pepa San Martín revela el singularísimo punto de vista de una adolescente, acerca de lo que significa desenvolverse en ese universo minoritario y distinto (para la sociedad local), que representa crecer en un grupo familiar con esas características. Ese ojo y ese lente, en este caso, se encuentran personificados por el papel de la joven Julia Lübbert (en el rol de Sara): su naturalidad enmudece el juicio de los espectadores, y provoca la admiración del resto, a causa de su inmenso talento interpretativo.

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El guión se articula, de esa manera, en la óptica y tratamiento que se efectúa al interior de una psicología femenina, que se asoma a la pubertad y por ende a la definición de sus gustos y opciones sexuales, al parecer claramente sentenciados, en el caso de la muchacha, más atribulada por los acontecimientos propios de su edad, que a disquisiciones de otro tipo. La cámara continúa con esa estrategia de “relatar” aquella historia mínima, pero matizada con esas inclemencias inherentes a la vida familiar: las hermanas discuten, pelean, y la pareja conformada por Paula (Mariana Loyola), y la veterinaria argentina Lía (Agustina Muñoz), también presentan las disyuntivas reiterativas de dos personas unidas por un sentimiento amoroso y sexual.

Algo perturba a Sara, no obstante: y tanto el lente, como el libreto, se esfuerzan por precisar ese malestar: la muchacha se sentiría “removida” por una suerte de tribulación existencial, en torno a su identidad filial, derivado del divorcio de sus padres (Paula y Víctor, interpretado éste por el actor Daniel Muñoz), y en lo relativo a la atracción que siente por un compañero del colegio. Y, por supuesto, también, debido a la singularidad y a la orientación que manifiesta su madre, después de separarse de su pasado heterosexual.

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El espacio audiovisual de la intimidad de la adolescente, se encuentra atenazado por una soledad “acompañada”: tiene una amiga, aunque ésta no la consuela mucho, y así se debate emocionalmente entre la aceptación de sus circunstancias y la realidad que a veces le avergüenza: un preciso montaje, advierte esos detalles narrativos, que son el resultado de ese maridaje nacido entre libreto, y un plan de acción cinematográfica, concatenados cerebralmente.

La puesta en escena (ya enumerada brevemente) concluye por delinear una estética donde el tiempo parece detenido, irrumpe un deseo incomprensible, y la protección que ofrecen una familia y el cariño de una hermanita (Catalina, encarnada por Emilia Ossandón), simplemente no bastan. En efecto, Rara es una película de iniciación, expuesta desde la diferencia de asomarse al mundo y a sus problemáticas, en el centro de un grupo familiar peculiar: los quiebres se insinúan en la sutileza de unas miradas, gestos, y unas breves palabras pronunciadas luego de un desgaste anímico que el lente refuerza a base de primeros planos, que nunca pierden, empero, su contacto con el entorno diegético.

Uno de los mayores logros de la dirección, sucede del pensar una régie provinciana (por sus costumbres, decorados, dispositivos cinéticos, diseño de vestuario, propuesta escénica y en la mentalidad moral de sus compañeros y vecinos), aunque moderna en sus formas de vida superficial y medios de interacción tecnológica y económica. La “diferencia” estructural, conceptualizada desde el regionalismo chileno: una originalidad de Pepa San Martín, originado según ella misma, por su formación cultural respirada en la pequeña ciudad de Curicó. Pueden ser meses en la biografía de Sara, y la cámara de esa estética del sosiego y de la quietud, fomenta la inmovilidad, una primavera climática que se sostiene en la juventud de la protagonista, y en la cita a esa iniciación forzada, especial, distinta.

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De esta forma, la psicología femenina adquiere dos vertientes: la heterosexual, y la lésbica. No por nada, la muchacha advierte a su amiga que ella: “Tiene claro que le gustan los hombres”. Madre e hija se enfrentan en esa dualidad y orientación, enlazadas por el afecto filial, y pese a las rupturas, por el amor incondicional que se profesan y tienen en la inocencia de la biología y del tiempo. La referencialidad de la realizadora es inédita en el cine nacional, y su preocupación por las minucias creativas y artísticas, se agradece.

Rara es un filme engarzado alrededor de una idea literaria de la filmación: el libreto manda, y la introspección emocional de la protagonista, invocan a una formulación transcritas en las páginas de un texto matriz hilado y perfeccionado hasta el extremo: no se advierten deslices e incoherencias argumentales. Quizás la contemplación de Sara es demasiada fuerte e intensa para advertir otro roles igual de bien construidos en el elenco: la madre, Paula, debatiéndose entre sus obligaciones como jueza y su opción afectiva. Lía, esa trasandina que cruzó la Cordillera y se instaló a respirar el amor prohibido y transgresor, al lado del mar. Son factores que continúan cimentando, la escritura de un guión de altísima calidad, y de un filme por sobre la medida técnica y artística, para los cánones nacionales.

Un voto de distinción a la música incidental de Ignacio Pérez Marín.

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