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En mis tiempos no era así

por 28 enero, 2018

En mis tiempos no era así
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Observo el celular con recelo desde el comedor. Cómo descansa descaradamente en la mesita del living, con toda su pinta de inocencia inerte. Yo, obviamente, no le compro el cuento. Entrecierro los ojos y frunzo el ceño. Si hay algo que he aprendido en mis 76 años es a no confiar en las apariencias. Sé que debajo de ese caparazón de plástico se esconde un corazón oscuro e implacable. Les cuento que es gracias a estas cavilaciones que me encuentro haciendo esto; vigilando a la criatura, cerciorándome que no cometa ninguna de sus planeadas infamias bajo mi techo. Si fuera por mí, tiraría la barbaridad a la basura, pero la Carmencita me lo regaló para que me pueda llamar, lo que me deja encadenado al aparato. Apuesto que él lo sabe. Sí. Ese estúpido teléfono se está riendo a carcajadas de mí. Tiene en cuenta mi situación, tiene en cuenta que no le puedo hacer daño. Me tengo que defender de alguna manera. Lo ataco mediante una mirada ponzoñosamente jugosa. Su pantalla se ilumina y muestra un mensaje. ¡HA! ¡Lo ven! ¡Ahí lo tienen, riéndose de mí, jugando con mi miseria!

Me acerco minuciosamente a ver qué grita la pantalla con tanta luminosidad. “Aprovecha Recarga desde $2500 y obtén 20% de bono extra, exclusivo para llamar y enviar sms, vig 3 dias.Promo hasta xx/xx/20xx Info clero.cl/recarga Suspende*143”.  No entendí un carajo. Pero lo que sí tengo claro es que esta máquina está tratando de confundirme, de mandarme órdenes de “recargar” no sé qué blasfemia para tomar ventaja cuando yo me encuentre necesitándola. ¡Nunca obedeceré sus órdenes! ¡Jamás! ¿Qué pasará cuando me digas cosas como que se aproxima alguna catástrofe, algún tsunami, para que abandone mi casa y se apodere de ella, dejándome indefenso en la calle! No mientras viva. ¿A quién se le pudo haber ocurrido semejante invento diabólico? Cómo se llamaba ese señor, Steve Jopo, o algo así…Apuesto mis muelas a que se irá al infierno por la maldición que sembró en nuestro planeta, por implantar la enfermedad que nadie parece inclinado a curar.

Todo es gracias a esa maldita enfermedad… Todos me dicen a mí el enfermo, forzándome todas esas pastillas todos los días… Pero yo he visto cómo esas pantallitas desgraciadas van quitándoles la humanidad a todos… Cómo las miran hasta cruzando la calle, atrevimiento que los deja luego en el hospital, para que luego salgan y sigan cosidos a sus luces y  sonidos. Algunos incluso han llegado al punto de requerir suero para mantenerse estable, uno de características muy peculiares, dado que se lo introducen a través de unos cables conectados a sus orejas. Antes muerto que poner a uno de esos objetos a destrozar mi oído. Prefiero seguir saludable en mis enfermedades terrestres actuales, muchísimas gracias.

Debía existir alguna forma de imponerme a la inmóvil criatura  que se encontraba a pocos metros de mí, alguna forma de imponer respeto, de declararse alfa… La única forma que veo posible es hacerlo como se hacía en mis tiempos; con la fuerza bruta. Nada de esas tonterías del diálogo y los acuerdos que nadie respeta de todos modos. Es hora de hacer oficial lo que se ha estado gestando desde hace tiempo ya, lo que todos ustedes probablemente ya sospechaban. Desde este momento le declaro la guerra oficialmente a la proclamada Samsung Galaxy. (Lo crean o no, para efectuar tal documento oficial tuve que sacar ese pedazo de papel encontrado en la cajita de cartón que me dejó la Carmencita por ahí, para que vean que me tomo esto bastante en serio).

Para no perder nada de tiempo, saqué todos los desatornilladores, alicates y  martillos que encontré por la casa, para poder armarme con toda la calma del mundo antes de que los mercados se den cuenta y los precios se disparen. Me vestí apropiadamente, listo para salir en el caso de que el conflicto se torne en mi contra y me atrincheré en la cocina, dado que es un punto bastante estratégico; tengo todo el control de la comida y  puedo ver la mesita del living con bastante facilidad. Sin mencionar que es aquí donde se guardan todos los cables, por lo que es imposible que se aventaje de ninguna manera. Esta guerra la tengo en la palma de mi mano.

Me siento en una sillita y me preparo un café. Vigilo a mi enemigo mientras fluyen por mi memoria los años de mi juventud… Tiempos más simples. Más lentos y en los cuales todavía había lugar para el pensamiento crítico, para el pensamiento propio…

xxx

Nuestro viejo se encontraba arropado de estas dulces delicias mentales de odio al presente e idealización del pasado cuando un dolor se comenzaba a instalar en su brazo izquierdo. Su manta de pensamientos sabrosos se le fue arrebatada y reemplazada con una que incluía el conocimiento de la difícil situación en la que se encontraba. Una situación que se le había estado acercando hace tiempo ya, pero nunca había encontrado el momento adecuando. Hasta ahora.

Alcanzó a llamar a una ambulancia, usando el teléfono de la cocina, y llegaron a su casa justo a tiempo, mientras su cuerpo tocaba en piso. Los paramédicos se lo llevaron en la ambulancia. El celular estuvo ahí contemplando todo el procedimiento, sin mostrar el menor atisbo de reacción. Se comunico con su contacto en el hospital.

El viejo fue salvado de la inmediatez en el hospital. Todos los familiares que se habían olvidado de él lo fueron a visitar, trayéndole flores y globos, para evidenciar que se pasaron por allí. Pero a pesar de haber escapado a la muerte, estaba bastante vulnerable, por lo que se decidió que un marcapasos debía de acompañarlo por el resto de sus días.

Puede que sobre decir que, apenas conectado el dispositivo a su corazón, disparó su ritmo cardíaco a no poder más.

La guerra consigue a su vencedor y llega a su fin.

Escrito por Doctor Neurocirujano.

Antonia Folch, estudiante.

 

 

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