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Obra musical "La carta": clamor al centro de toda injusticia

por 28 abril, 2018

Obra musical “La carta”: clamor al centro de toda injusticia
Este musical ciudadano, autoría de los hermanos Gopal y Visnu Ibarra es un homenaje a esa Violeta  con los pies bien puestos en la polis. Propone músicos invitados cada semana (Gepe, Denise Rosenthal, Ana Tijoux y Max Vivar, de Villa Cariño), tres actores, un coro ciudadano de 100 personas y una bailarina, así permite  sentir la textura social de esta creadora, piedra angular de lo que fue luego la Nueva Canción Chilena.
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Es cansador oír cuando con toda liviandad se habla de “canción protesta” o “canción política”, con la intención de referirse a un género menor o etapa anecdótica en la trayectoria de un gran artista.

No es lo mismo conversar ésto con un folclorista, rockero, rapero o tangómano que hacerlo con quienes, en ésta la era de la boludez, no han oído nunca una pieza y lanzan pronto al pozo de las ánimas esta forma en que los músicos expresan su mensaje contra las injusticias o brutalidades sociales.

Violeta Parra al igual que Mistral, Neruda, Rojas, Picasso o Luis Advis, no fue indiferente al dolor fruto de la opresión y las desigualdades. Para conocer más sobre ello, el Centro Gam está presentando La Carta, obra musical que permite conocerla en esa faceta y hacer la diferencia entre obra de arte y panfleto.

Este musical ciudadano, autoría de los hermanos Gopal y Visnu Ibarra es un homenaje a esa Violeta  con los pies bien puestos en la polis. Propone músicos invitados cada semana (Gepe, Denise Rosenthal, Ana Tijoux y Max Vivar, de Villa Cariño), tres actores, un coro ciudadano de 100 personas y una bailarina, así permite  sentir la textura social de esta creadora, piedra angular de lo que fue luego la Nueva Canción Chilena.

El espectador se podrá encontrar con piezas como “Arauco Tiene una Pena”, creación descubierta de forma póstuma en 1971 y aún vigente en relación a los despojos sufridos por el pueblo mapuche. También se topará con toda la hipocresía de nuestra clase política, cuando escuche “Miren Como Sonríen”.

Luego del asesinato del comunista español Julián Grimau en el año 63, Violeta dio a luz su famosa “Qué Dirá el Santo Padre” para preguntarle al papa Juan XXII  por ese crimen franquista, perpetrado dos meses antes de la partida de ése pontífice.  “Hace falta un guerrillero”, es otra de las canciones presentes en La Carta, cuyos versos cuequeros claman por una nueva venida de un Manuel Rodriguez.

Violeta Parra escribió La Carta por motivos específicos y universales, su hermano, el poeta y músico Roberto, fue detenido y arrastrado con grilletes durante el gobierno de Ibañez por un paro que “ya se había resuelto”. Sin embargo, esta canción trasciende la anécdota y grafica de manera brillante la inusitada violencia ejercida siempre por el Estado policial chileno contra las demandas populares.

Las autoridades chilenas de turno poseen una policía militarizada, adoctrinada para reprimir toda protesta social y Violeta, las  describe muy bien en el párrafo quinto de esta canción. En éste la milicia y el poder de la clase alta se unen para  implementar la violencia y  “matar a sangre fría”, con órdenes de quienes luego buscan total impunidad (Matanza Seguro Obrero, represión de Alessandri Rodriguez, Dictadura de Pinochet, matanza de Santa María de Iquique, etc).

A estas formas de enfrentar la realidad social en estos lares le llaman despectivamente canción protesta, o canción política. Si Victor Jara edita un álbum llamado La Población, dicho LP  es etiquetado así por los sellos y los grupos radiales concentrados. En cambio, si Bob Dylan canta “Chimes of Freedom”, estamos ante un premio Nobel. La elite chilena es tan mediocre e ignorante que canturreó por décadas los versos de Dylan, sin saber cómo poseen la misma dinamita del legado de Victor Jara o Patricio Manns.

La música inspirada en luchas sociales o injusticias es la manera que posee el artista para decirle a su gente cómo su trabajo no difiere del de un zapatero, médico, profesor, oficinista o feriante. Distinta es la canción de propaganda, cuyo objetivo es hacer proselitismo a una causa partidaria  o ideológica, lo cual es legítimo, mientras no interfiera con la libertad del artista y la dignidad de las personas. No vamos a catalogar como canción social  las odas a criminales como Pinochet, que tanto cantaron y aún cantan personajes repugnantes como Patricia Maldonado.

En estos tiempos neo medievales e hiperindividualistas, gobernado por selfies y perros-gatos con ropa, no visualizo mucho arte social en la música. Ya no se oyen ni visiones utópicas o espirituales para apostar a una evolución humana. Se observa una mera resistencia de hordas urbanas, donde incluso se enaltecen antivalores, no importando si los nuevos “héroes” vienen del narcotráfico o de la violencia por la violencia (barras bravas).

Sub culturas como el rayado urbano (no confundir con el muralismo o el grafiti auténtico) apuestan por agredir el espacio de los demás, sin tener consideración por el bien común. Basta observar cómo esa tendencia por lo general le va a rayar casas, plazas, buses y escuelas a los pobres, pero nunca a los ricos. ¿Alguien ha visto si Las Condes, La Dehesa o Chicureo están todas rayadas?

La “valentía” del rayador, seudo grafitero, está precisamente en maltratar y orinar la calidad de vida de la clase trabajadora o media, en los espacios donde éstas trabajan o intentan hacer ciudad. La verdad, no les dan los cojones para ir a hacer lo mismo al sector alto donde viven los opresores, a decirles en sus muros blindados cuán cerdos son.

Hago una línea de fuego entre esos panfleteros y  los creadores de verdad, pues el arte en la polis debe inspirar una evolución de niño,  versus la que sólo propone acomodarse en el camello o el león explicados por Zaratustra.

La Nueva Canción Chilena estaba cargada de esperanzas, de denuncia valerosa, de poesía y de anhelos de desarrollo, no instaba a torturar ni a  hacer desaparecer a los victimarios, no le iba a mear o rayar el kiosco a un verdulero para entregar su mensaje.

Invito a todos esos mediocres e impunes rayadores de arquitectura, que se creen artistas o actores sociales desde su expresión de baño público,  a ir a conocer a Violeta Parra, veremos si sus almas de adoquín se la pueden con esas rimas poderosas.

 

 

 

 

 

 

 

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