House of Cards: ¿Está sobrevalorada la democracia? - El Mostrador

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House of Cards: ¿Está sobrevalorada la democracia?

por 30 mayo, 2017

House of Cards: ¿Está sobrevalorada la democracia?
Frank Underwood afirma que “la democracia está sobrevalorada”, pues en el mundo de House of Cards las elecciones son un mero formalismo instrumental, para un poder que está en otra parte.

En los últimos años, una de las series más comentadas y exitosas en el mundo ha girado en torno a las aventuras y desaventuras de un ambicioso personaje en disputa por la Casa Blanca. House of Cards, estrenada en 2013, se suma así a una relevante tradición de series que se estructuran sobre la una narrativa ficticia, inmersa en el contexto de la política y el poder.

En particular, la apuesta de House of cards se desenvuelve en torno a una visión oscura y brutal de una política que a ratos parece más heredera de las tradición de El Padrino que de las series políticas. No por nada la frase icónica del protagonista de esta serie, Frank Underwood, es nada menos que “la democracia está sobrevalorada”.

En las antípodas de la visión oscura y pesimista de la política, se encuentra el referente principal de las series políticas estadounidenses. Se trata de la serie estrenada en 1999 y que se transmitió hasta el 2006: The West Wing. Incluso los colores con los que se representan estas series parecen reflejar está dicotomía. Mientras en House of Cards abundan las escenas de baja luminosidad y un fuerte claro oscuro, The West Wing muestra el característico escenario luminoso, pastel y dulzón, de las sitcom noventeras. Esta diferencia formal se manifiesta en el contenido. Al cinismo descarnado de su par, Jed Bartlet de The West Wing opone una solidez moral, imbuida en una ética liberal. Un representante icónico del líder benévolo.

Sin entrar en las peripecias de cada serie, la principal diferencia de ambas parece darse en lo que le da el virtuosismo a sus protagonistas para conducir los destinos de la nación del Norte. La virtud de Bartlet parece darse en una astuta gestión que logra enmarcar las pasiones y la vocación ética en un encuadre de prudente administración. En cambio, las grandes fortalezas de Underwood se dan en su capacidad de construir escenarios, sobre todo espectaculares puestas en escena en relación a los medios de comunicación, que le permiten domesticar a sus adversarios y a la opinión pública.

¿Qué paso entre medio? ¿Cómo explicar dos visiones aparentemente tan contrarias de la política y de lo que hace un buen político? Sin duda, muchas cosas han cambiado desde el optimismo de los noventa a los tiempos que corren. Es difícil apuntar a un solo elemento que explique los cambios, pero destaca un hecho que marcó un antes y un después en la forma que se entiende la política y su rol en Estados Unidos: el atentado de las Torres Gemelas. En ese momento Estados Unidos vio por primera vez, quizás desde el ataque de Pearl Harbor, destruida la ilusión de aislamiento de las turbulencias internacionales. Esto jugó un rol relevante en fortalecer una visión pesimista sobre las capacidades de sus líderes. Su expresión más clara fue la reinterpretación del mantra del optimismo estadounidense imperante entonces, que había sido plasmada en la máxima del “fin de la historia”, acuñada por Francis Fukuyama.

Los noventa, y en particular la era (Bill) Clinton, habían estado marcados por el triunfalismo de un mundo en que, caída la U.R.S.S., aceptaba el “American way of life” sin contrapesos, sin tensiones que pudieran llevarlo a contemplar otro modelo de sociedad. Era, como afirmaba Frederic Jameson, más fácil imaginar a la humanidad revolucionando su tecnología de viaje interplanetario o destruida por un virus espacial, antes de imaginarse a la sociedad superando al capitalismo. Posterior al 11 de septiembre, no es que haya cambiado esa intuición de fin de la historia, sino que el “fin de la historia”, por primera vez, empezó a mostrarse monstruosamente. El sueño del fin de la historia se empezaba a convertir en una pesadilla. El inicio del pesimismo que trajo el atentado del 11 de septiembre, se vio luego agudizado por la crisis financiera del 2008 que terminó de hundir las ilusiones del fin de la turbulencia y la fe en un mundo de políticos benevolentes que administraban una sociedad del final feliz de la historia.

Junto con este fenómeno de pesimismo hacia las capacidades de sus líderes, la política en ese país del Norte, experimentó un salto cualitativo en la creciente influencia de la mercadotecnia en las campañas electorales. En ese sentido, el cambio principal que encarna las diferencias entre The West Wing y House cards es el paso desde la política como el arte de la astuta gestión, al arte del espectáculo. Cada vez más, los asesores de imagen se volvieron figuras centrales en la política. Probablemente, el máximo ícono en este sentido sea la campaña de Obama, en 2008, el mismo año de la crisis económica, y su efectivo uso de las estrategias del marketing. Si la política de la serie noventera y de los comienzos del 2000 se da en los círculos formales del poder político (reuniones de altos mandatarios internacionales, en el congreso y en la Casa Blanca), la política de House of Cards —bajo el influjo del pesimismo que trajo la crisis economía del 2008 y el sentido de fenómeno comunicacional que trajo el “Yes we can” de Obama ese año—, se da, ante todo, en los medios de comunicación y su impacto sobre la temida “opinión pública”. Política y medios de comunicación se integrarían así, de modo cada vez más estrecho, como dos caras del mismo poder.

Sin embargo, igualmente interesante en la comparación de las dos series resultan sus similitudes. Así, por ejemplo, en ambos casos se optó por protagonizar la política estadounidense desde la militancia en el Partido Demócrata. Y es que, en ambas series, las posiciones políticas, en el fondo, dan lo mismo. Es indiferente que sean republicanos o demócratas, prohombres preocupados por el bienestar de la nación o rufianes hipócritas y manipuladores. El rol de la política se concibe como la adecuada gestión de intereses particulares en pugna. Por ello, el presidente ideal bien podría ser electo en un concurso público, en un caso, o en un espectáculo de reality show, en el otro. Por eso Frank Underwood puede decir que “la democracia está sobrevalorada”, pues en el mundo de House of Cards las elecciones son un mero formalismo instrumental, para un poder que está en otra parte. En este sentido, probablemente, en ambas series habría ganado Hillary Clinton las elecciones ya que no cabe, en ninguna de esas series, imaginarse a personajes como Donald Trump o Bernie Sanders siendo exitosos electoralmente. En ambas series el poder del Establishment sería tan aplastante que estas figuras quedarían rápidamente en el olvido.

Será interesante ver la configuración de una próxima serie política, ante la sorpresiva irrupción de nuevos actores políticos en varias contiendas electorales en el mundo. Para bien o para mal, las elecciones están importando. Lo único claro es que su protagonista ya no podría mirar con tanto desdén los procesos electorales ni afirmar, con tanta soltura, que “la democracia está sobrevalorada”. Y valga esto último para Chile también.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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