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Barras bravas: Seamos de verdad los ingleses de Sudamérica, por favor…

por 22 febrero, 2015

Barras bravas: Seamos de verdad los ingleses de Sudamérica, por favor…
Inglaterra se hartó de los “hooligans” en el fútbol, decidió acabarlos y lo consiguió con una legislación draconiana y una voluntad política similar a la que tuvo cuando debió enfrentar a Hitler. Y en Chile, ¿cuándo? Porque el flaiterío sigue haciendo lo que quiere en los estadios y producto de esos imbéciles la U hasta arriesga jugar sin público los partidos que le restan en su grupo de la Copa Libertadores.

Aquello de que todo tiempo pasado fue mejor es una frase ciertamente ñoña, pero que de cuando en cuando adquiere plena vigencia. En lo que respecta al fútbol y su entorno, ni hablar. Mientras hace unas décadas acudir a los estadios era un agrado, una fiesta familiar, hoy se ha transformado en una peligrosa aventura en que el riesgo acecha desde que el valiente –o el irresponsable- sale de su hogar y hasta que regresa, ojalá ileso después de encomendarse a todos los santos.

Recuerdo que la barra oficial de Colo Colo se ubicaba sobre la puerta de la Maratón del Estadio Nacional y desde allí alentaba a su equipo agitando plumeritos de papel, imagen ingenua que hoy resulta hasta enternecedora. Recuerdo que la hinchada de la U celebró su segunda corona ganándole en 1959 la final a Colo Colo y el único estropicio, si así se le pudiese llamar, fue ver que el codo sur oriente del coliseo (a eso se reducía la barra azul en aquellos tiempos) se plagaba de antorchas que le rendían tributo a un equipo que en poco tiempo más aumentaría exponencialmente sus seguidores gracias a la multiplicación de sus logros.

No recuerdo, ni en aquella ocasión ni en años posteriores, enterarme por las noticias de que los hinchas albos, frustrados por la derrota, hubieran incendiado una micro tras asaltar a sus pasajeros, ni que hubiera seguidores azules apuñalados porque su equipo había cometido el pecado de ganar. Ni que ambas hinchadas, triste la una, eufórica la otra, las hubieran arremetido contra los pequeños almacenes de entonces para robar lo que pillaran a mano o destruir lo que se les pusiera por delante en medio de un vandalismo bestial y desatado.

¿En qué momento nos jodimos? Porque los partidos de mitad de la semana pasada, por Copa Libertadores, vuelven a recordarnos lo jodidos que estamos por culpa del lumpen que terminó por adueñarse de un espectáculo que antes era de todos. Un flaiterío que exhibe lo peor de la miseria humana y que ha demostrado, con una pertinacia digna de mejor causa, que su pretendida afición a su club, a su equipo y sus colores, es sólo un pretexto para expresar su odio y sus resentimientos.

Lo de Colo Colo, producto de que le ganó a Atlético Mineiro, pasó colado, pero cientos de inocentes pasajeros de la movilización colectiva pueden dar fe de la noche de pesadilla que vivieron terminado el partido en Pedrero.

Palestino, que enfrentó –y perdió- frente a Boca en Santa Laura, está en riesgo de afrontar un severo castigo luego que un afiebrado invadiera la cancha para ir a increpar a un árbitro que no tenía nada que ver en la derrota que estaba experimentando su equipo.

Y lo de la hinchada de la U… bueno… A estas alturas ya es tema para análisis sociológicos que busquen desentrañar qué hace pensar a esa manga de inadaptados que pueden hacer lo que ellos quieran y como quieran y que siempre van a zafar, que nunca les va a pasar nada. El problema es que si su club, ese que dicen querer tanto, tenía ya sobre sí una sanción, el castigo puede ser ahora de una severidad pocas veces vista en la historia de la Copa Libertadores si la Confederación Sudamericana aplica los castigos que suelen aplicarse en estos casos, cuando además de imbecilidad existe contumacia. ¿Eso a ellos les preocupa? ¡Las pinzas…!

Al día siguiente acudieron en masa hasta el Centro Deportivo Azul, con sus gritos, pancartas y banderas. No se sabe si en plan de héroes o de estúpidos redomados.

Los hinchas azules, que encendieron bengalas la noche de la derrota frente a Emelec, a pesar de toda la prédica previa de la dirigencia y los jugadores fueron, además de imbéciles, contumaces. Porque sabían que su club estaba “en capilla”, que caminaba sobre la cuerda floja producto de similares episodios anteriores, sólo que ellos, convencidos a estas alturas de que son más protagonistas que los propios jugadores, más importantes que el equipo, se echaron al bolsillo instrucciones sensatas que casi, casi, constituían todo un ruego.

No sólo encendieron bengalas, peligrosísimas de acuerdo a lo que ya ha sucedido en otras canchas sudamericanas, en que no han faltado incluso los muertos. Detonaron bombas de ruido y hasta exhibieron desvergonzadamente ese bombo que, se suponía, no podía ser ingresado.

Las imágenes de la televisión fueron lo suficientemente claras para delatar a esos líderes de pacotilla que son seguidos en todas sus tropelías por una masa de borregos incapaz de pensar por sí misma. Hubo uno, incluso, que se exhibió desafiante frente al lente, convencido de que, como siempre, va a quedar impune. ¡Y el tipo hasta tiene una orden de aprehensión pendiente por asesinato…! Pero ahí anda, feliz de la vida y riéndose a mandíbula batiente de disposiciones legales que, se supone, nos son aplicables a todos.

La impudicia, la desfachatez, han superado ciertamente todos los límites. Es que, al igual que los delincuentes que roban un auto, una gargantilla, un celular, o asaltan una casa con moradores adentro, saben que tienen todas las de ganar. Que nadie va a hacer mucho por detenerlos y por algo cada día son más frecuentes (y más violentas) las “detenciones ciudadanas”. Y que si los detienen, lo más probable es que el episodio, aparte de enriquecer su prontuario de choro en el ambiente en que se desenvuelven, no pase de una breve estada tras las rejas para salir al día siguiente. O esa misma noche, tan campantes que ni por nada se les van a quitar las ganas de reincidir. Más bien es todo lo contrario.

Fruto de una sociedad envilecida, el hincha del fútbol no tiene por qué ser tan diferente al que ha abrazado la delincuencia como un modo de vida. Más aún: son esos mismos delincuentes que día a día aterrorizan a la gente decente los que prolongan su papel de victimarios profesionales en los estadios. Después de todo, en cualquier escenario siempre tendrán manga ancha para sus tropelías, ya sea que estén “trabajando” o distrayéndose en sus ratos libres, “apoyando” al cuadro de sus amores.

Sea porque ya no hay espacio en las cárceles para meter más patos malos (se sabe que Chile es uno de los países latinoamericanos con una mayor población penal de acuerdo a su número de habitantes), o porque nuestra legislación es tan garantista que al final la víctima lleva todas las de perder, y por partida doble, el hecho es que la delincuencia en el país está desatada. Que si antes estaba de fiesta, ahora sencillamente vive un permanente carnaval.

Esa realidad, es obvio y natural, se traslada al fútbol, que tampoco ha hecho nada por ponerle atajo. La publicitada Ley contra la Violencia en los estadios nació muerta y el engendro del gobierno de Piñera –Estadio Seguro- fue sólo una medida demagógica para darle un trabajo millonariamente remunerado en la administración pública a un gañán cuyo único mérito era haber sido operador político de peces gordos de la derecha. El famoso organismo ha demostrado su absoluta incompetencia y debió haber sido suprimido por las nuevas autoridades, sólo que el gobierno que le siguió al de Sebastián Piñera lo mantuvo pese a todo porque, al final de cuentas, la cola de los que aspiran a un cargo de responsabilidad en el aparato público es siempre larga, muy larga. Es que, para la realidad nacional, no se trata de sueldos reguleques precisamente…

¿Crítica injusta, destemplada y gratuita? No faltarán los que se ubiquen en esa trinchera. La pregunta simple es: ¿qué se ha hecho en todo este tiempo? ¿Cuándo fueron o serán detenidos aquellos que una y otra vez se han pasado la ley por buena parte? ¿Cuántos purgan una condena luego de haber sido apresados cometiendo in fraganti un delito en algún estadio?

Carlos Heller, presidente de Azul Azul, estaba demudado tras el encuentro frente a los ecuatorianos, en el Estadio Nacional. Por la derrota, claro, pero más que nada por la sanción a su club, que en este momento se debe estar cocinando en los salones de la Confederación Sudamericana. “Ya no hallo qué hacer”, dijo refiriéndose a las bengalas, a las bombas de estruendo, al bombo. Extraña queja, si nunca han hecho nada…

No hay decisión. Falta voluntad política para terminar esto de una buena vez. Si nos creemos esa estupidez de que somos “los ingleses de Sudamérica”, ¿por qué en esto al menos no empezamos a imitarlos? Porque Inglaterra, con los “hooligans”, tenía el mismo problema nuestro, pero multiplicado, porque allá no era cosa de dos o tres hinchadas que podríamos llamar eufemísticamente “conflictivas”. Hasta el club más rasca y pichiruche tenía sus propios “hooligans”, sólo que, cuando el gobierno y el fútbol inglés decidieron que ya estaba bueno de tropelías, hicieron lo que había que hacer, sin que a nadie le tiritara la mano. O la pera, como acá les tirita a varios.

Partieron por identificar a los cabecillas y los agarraron. El día del partido de sus respectivos equipos, los pescaban por la mañana y, tras atenderlos a cuerpo de rey durante todo el día, los soltaban por la noche, cuando para el fútbol al menos ya habían dejado de ser un peligro. Y la ley para el efecto fue draconiana: el gil que tuviera la pésima ocurrencia de arrojar un proyectil o, lo que es peor, invadir la cancha, tenía una beca asegurada de tres años en la cárcel, condena de la que no lo libraba ni una cartita de Isabel II.

¡Milagro! En Inglaterra se acabaron los “hooligans”. Y los pocos imbéciles que perseveran, tienen que salir de la isla si quieren seguir protagonizando barrabasadas, con el evidente riesgo de caer preso en un país extraño, donde no los van a tratar de guante blanco, aun si son súbditos de la corona.

¿Milagro? No, nada de milagro. Voluntad política, simplemente. Esa que tanto escasea en Chile…

Y ojo, que no sólo en el fútbol…

 

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