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Y los deja con US$ 600 millones a repartir entre sus socios

La venta de Celfin a BTG catapulta a Errázuriz y Camus a la lista de los banqueros más poderosos de América Latina

por 2 diciembre 2011

La venta de Celfin a BTG catapulta a Errázuriz y Camus a la lista de los banqueros más poderosos de América Latina
La agresividad de Celfin despertó a un mercado bursátil acostumbrado a hacer negocios sin mayores sobresaltos. Desde el fin del mundo ahora salta a las grandes ligas y se transforma en un actor regional, dejando atrás a su competencia. Esta es la historia de tres amigos que abandonaron la comodidad de ser empleados para crear una modesta empresa en 1988.

En 1988 tres ejecutivos del Bice y su filial BiceChileconsult dejaron sus escritorios, pusieron US$50 mil cada uno y crearon una empresa cuya misión era modesta: encargarse de los trámites administrativos de Salomon Brothers. El quinto banco de inversión de la época administraba el Chile Fund y debía tener en el país a alguien que hiciera los análisis y gestionara la compra de acciones locales.

“Nunca hubo un contrato”, recuerda Jorge Errázuriz, el socio de mayor perfil público que se declara liberal y nuevo rico. Bajo el alero de Salomon, Celfin fue creciendo en importancia: un hito fue la colocación del primer ADR chileno, el de la ex CTC, en la Bolsa de Nueva York, el año 90. Pero las comisiones por bonos y aperturas de empresas chilenas no eran muy altas; el salto cuantitativo se produce en 1997 cuando Celfin comienza a administrar platas de terceros, personas naturales, AFP y compañías de seguros y adquiere la corredora de bolsa Gardeweg y Cía.

Después de 33 años, Errázuriz y su compañero de Ingeniería Comercial en la Universidad Católica, Juan Andrés Camus, van camino a ser parte del club de banqueros de inversión más poderosos de América Latina. El mayor banco de inversión de Brasil en emisión de acciones y deuda y uno de los líderes en banca privada que administra activos por US$ 21.500 millones. Mientras, Celfin es una de las tres corredoras más grandes que m aneja un patrimonio de US$ 5. 500 millones de dólares. El fusionado, el mayor de Latinoamérica, tendría unos US$ 70 mil millones en activos y presencia en Chile, Perú, Colombia, Brasil, Nueva York, Londres y Hong Kong

Celfin será el brazo de negocios en los países de habla hispana. Y el puente entre los empresarios chilenos y latinoamericanos con  Brasil, el más apetecido mercado de Sudamérica, con 195 millones de habitantes.

Pero el tiro final apunta a Asia, en especial, a China, la segunda economía más grande del mundo, con 1.340 millones de personas. “Como Chile, Perú, donde tenemos un 7% de participación de mercado, y una oficina en Medellín, Colombia, no teníamos nada que hacer; pero si vamos como Latinoamérica nos volvemos atractivos para los chinos”, agrega Errázuriz, quien, desde su año sabático en París en 2010, dijo adiós al horario de oficina y un día puede estar en una regata y otro en Londres, donde estudia su joven polola brasileña.

La operación los dejará con US$ 600 millones, la mayoría en acciones a repartir entre los seis socios de Celfin  que participan en esta operación son. Ellos son, además de Errázuriz y Camus, Alejandro Montero, José Antonio Labbé, Alejandro Reyes y Max Vial. Los seis pasan a ser accionistas de la matriz de Pactual que, a su vez, toma el control de Celfin, que se convierte en filial del banco de inversión brasileño. O sea, recibirán títulos de la empresa fusionada.

Lo que no se sabe es cuánto recibirán en acciones como canje y si hay una parte que se pagará en cash.  “No puedo responder”, dijo Errázuriz a El Mostrador, quien se encuentra en Cusco en la Conferencia Anual de Ejecutivos (CADE), el evento empresarial más importante de Perú, donde Celfin tiene oficina.

A Celfin lo asesoran los abogados José Tomás Errázuriz, Luis Alberto Letelier y Bernardo Simián, de Barros & Errázuriz. BTG Pactual trabaja con otros tres de Philippi, Yrarrázaval, Pulido & Brunner; Juan Francisco Gutiérrez, Francisco Grebe y Andrés Sanfuentes.

El socio que no puede celebrar

La L de Celfin viene del apellido de Mario Lobo. Un cubano que se fue de la isla en 1960, a los cinco años. Su tío Julio era uno de los mayores comercializadores de azúcar del mundo y tan fanático de Napoleón que aún existe un museo fundado por él en La Habana. Su sobrino recibió una educación privilegiada en el colegio Le Rosay en Suiza y Londres y terminó instalado en Chile a raíz de la sociedad de los Matte con el Banco Rothschild, en 1978, para crear la agencia de valores BiceChileconsult. Lobo era un analista en Londres y fue enviado como su representante en Chile en 1982.  Errázuriz, hijo de un diputado liberal que fue embajador en Francia nombrado por la junta militar, y Camus, miembro de una familia de nueve hermanos y un padre médico, eran chilenos con buenos contactos. Errázuriz está emparentado con los Matte.

La agresividad de Celfin despertó a un mercado bursátil acostumbrado a hacer negocios sin mayores sobresaltos y vuelve a zamarrearlo al entrar a las grandes ligas antes que sus competidores.

El cubano, que vendió la mayoría de sus acciones en Celfin a mediados de los 90 para dedicarse a sus aficiones como la filosofía, sigue siendo gran amigo de sus ex socios, pero no pudo celebrar su éxito. En febrero último mientras conducía su auto chocó y quedó con gravísimas secuelas neurológicas y motoras. Atraviesa una situación financiera que lo tiene en la quiebra y a sus amigos en una campaña de recolección de fondos para costear su rehabilitación.

Lobo es admirado por su agudo intelecto, generosidad y el eclecticismo de sus intereses: socio de The Clinic, director de la Viña Los Vascos por la familia Rothschild (dueña del 57%; el resto está en manos de Santa Rita, del grupo Claro), y uno de los impulsores de la Fundación Vicente Huidobro. Anfitrión de legendarias tertulias de artistas, políticos e intelectuales en su departamento. Y amigo del ex ministro de Hacienda, Andrés Velasco, y uno de los favoritos del  “establishment” liberal como el inversionista y columnista David Gallagher y el escritor Pablo Simonetti.

No más pacto de caballeros

En 2001 Celfin rayó la cancha con un nuevo estilo. El Deustche Bank había ganado la licitación de Corfo para vender el 37,7%  de Colbún. Celfin levantó un libro paralelo, sin AFP, y cuando se produjo el remate, su operador en la rueda sorprendió al banco alemán subiendo el precio en un 30% hasta llevarse la transacción.

Tres años después dejó una estela de críticas cuando le levantó un negocio a la corredora más antigua y tradicional de la calle Nueva York. Larraín Vial junto al Deutsche tenían un mandato de Anheuser-Busch para la venta del  20% de CCU. Errázuriz, que iba con Banchile, cuenta que llamó al vicepresidente de la cervecera estadounidense, William Kimmins, le aseguró un mejor precio corriendo el riesgo de perder la boleta de garantía si el valor era inferior al de su competidora. Por un peso Celfin se llevó el negocio. El  caso fue llevado al comité de ética del directorio de la Bolsa: no hubo sanción, pero sí un reconocimiento de que la corredora había actuado al margen de las prácticas institucionalizadas.

La enemistad entre los “nuevos hombres rudos” y los “caballeros tradicionales” se volvió permanente. Larraín Vial tomó revancha en dos grandes operaciones posteriores: el remate del 20% de Entel que ganó para sus cliente, los grupos Matte y Hurtado, y la OPA hostil que lanzó Sonda por Quintec, asesorada por Celfin, fracasó por una oferta de Larrain Vial a tres pesos más.

La agresividad de Celfin despertó a un mercado bursátil acostumbrado a hacer negocios sin mayores sobresaltos y vuelve a zamarrearlo al entrar a las grandes ligas antes que sus competidores.

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