martes, 21 de agosto de 2018 Actualizado a las 20:38

Menem, Kirchner y López Murphy

Elecciones en Argentina con final abierto

por 26 abril, 2003

Con cierre raleados, acusaciones cruzadas, poca transparencia en el financiamiento de las campañas y un inédito operativo de seguridad los candidatos a la presidencia argentina llegan a las elecciones de mañana domingo con los nervios de punta: por primera vez, las encuestas no aciertan a quién ganará.
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A pesar de la movilización logística que significa organizar el voto de 25 millones de personas, las elecciones en Argentina, especialmente las presidenciales, siempre se parecieron a un trámite donde se confirma lo que ya adelantaron las encuestas. Así sucedió en 1989 y 1995, las dos elecciones que ganó Carlos Menem, y también en 1999, donde la malograda Alianza encabezada por Fernando De la Rúa también despuntaba por anticipado como clara ganadora.



Así, el "ballotage a la Argentina" nunca tuvo que ser usado. Según la Constitución, se gana en primera vuelta cuando el más votado obtiene sobre el 45% de los votos. Aunque también puede obtener la victoria con el 40% o más si aventaja, a lo menos por 10 puntos porcentuales a su inmediato perseguidor. Nada de esto ocurrirá en estas elecciones y se descuenta que habrá, por primera vez, segunda vuelta. Al menos, en esto si coinciden todos los encuestadores.



Pero, ¿quiénes estarán en el ballotage previsto para el 18 de mayo? Esa es la pregunta del millón que, esta vez, parece que sólo se responderá cuando se cuente el último voto. Es que las encuestas predicen que el ex que vuelve por más, Carlos Menem, se ubicaría primero, pero con no más del 22% de las preferencias, mientras que el gobernador de la sureña provincia de Santa Cruz, el oficialista Néstor Kirchner, le mordería los talones, arrimándose al 20%. Para aportar más a la confusión general, una encuestadora con tradición en acertar resultados en Buenos Aires y sus ciudades satélites, pone a Kirchner primero con Menem respirándole en la espalda.



Más atrás pero muy cerca (18%), se ubica el ascendente Ricardo López Murphy, un ex ministro de Fernando De la Rúa e integrante conspicuo del poderoso establishment financiero. Este candidato despegó a último minuto en las encuestas a fuerza de un discurso contra la corrupción y la promesa de "mano dura" en materia de seguridad interior, una de las principales preocupaciones de la población en los centros urbanos. Incluso, hay quienes ubican a López Murphy en el ballotage en lugar de Kirchner, y también de Menem.



Después, con el 10% al 15%, se ubicaría Adolfo Rodríguez Saá, efímero presidente tras la caída de Fernando De la Rúa, casi empatado con Elisa Carrió, la mujer que ascendió en la política argentina con un discurso moderado pero de izquierda, basado en la moralidad de la anticorrupción y ocupando el disminuido espacio del progresismo urbano que tuvo su máxima expresión electoral con el casi desaparecido partido del ex vicepresidente de la Alianza, Carlos "Cacho" Álvarez, en los últimos años de la década pasada.



Indecisos



Para complicar más aún los pronósticos, los encuestadores instalaron en los últimos días la idea del "voto volátil", una suerte de decisión de último momento sin barreras ideológicas: desde Menem y López Murphy, hasta Kirchner y Carrió, todo parece posible para este impreciso segmento del electorado, que estaría señalando en realidad un fenómeno que trasciende de mañana domingo: la mayoría de los argentinos llegan a las elecciones con pocas esperanzas sobre el futuro.



Nadie se siente a un escalón de un momento histórico, tal como ocurrió en 1983, con la recuperación de la democracia o, incluso, en 1999, cuando la Alianza se constituyó en una esperanza de renovación que muchos de sus mismos votantes enterraron con el "que se vayan todos" apenas dos años después.



¿Qué fue entonces de aquel "que se vayan todos"? ¿Qué pasó para que, apenas un año y medio después del "argentinazo", los mismos que se tenían que ir volvieran como candidatos? La respuesta quedó relegada detrás de discursos de campaña con mucho de marketing y muy poco de promesas electorales, una pizca de enfrentamiento con el adversario y actos raleados.



El jueves, Menem eligió cerrar la campaña en el enorme estadio de River Plate y le quedó grande: ni el más avezado director de cámaras podía ocultar enormes claros en las tribunas, donde rebotaban sus palabras con la reaparecida Cecilia Bolocco a su lado: "este bebé llega con un pan bajo el brazo y también con la banda presidencial", aseguró en torno a la futura paternidad que -en la calle se sospecha- no es más que un recurso electoral de último momento. Tampoco llenó River, hace veinte días, el gobernador Kirchner, aunque le fue un poco mejor.



Dudas sobre el escrutinio



Así, sin ningún candidato asomando con contundencia y todos muy lejos del 40%, llave de la victoria en primera vuelta, se anticipa que el domingo por la tarde no será fácil. El escrutinio provisorio, en manos de una empresa española contratada por el gobierno de Eduardo Duhalde, amenaza con convertirse en extremadamente lento y podría encallar en las costas de la justicia electoral con acusaciones cruzadas de fraude que sólo podrían resolverse en el escrutinio definitivo: el lento recuento voto por voto. Si esto es así, los jueces ya adelantaron que no se podrá realizar la segunda vuelta en los plazos previstos.



Según Menem, todo sería parte de una maniobra de su actual archienemigo en la presidencia, Duhalde, para quedarse "hasta el 10 de diciembre", fecha en la que expira el mandato de De la Rúa, que Duhalde juró completar, aunque luego decidió adelantar la salida.



El gobierno intentará despejar el mar de dudas y desconfianzas con un impresionante operativo de seguridad, el más grande de la historia institucional de la Argentina, que incluirá 80.000 efectivos entre policías y militares. Buena parte de la seguridad estará puesta en el Correo Central de Buenos Aires, sede del escrutinio del domingo.



Financiamiento oscuro



Con la campaña cerrada, quedó para otra oportunidad el prometido control estricto del gasto electoral. Carlos Menem es quien, por lejos, más dinero usó en promocionarse de nuevo como el "salvador de la patria". Pero le dijo a la justicia que invirtió apenas unos 140.000 dólares. Sin embargo, cálculos conservadores indican que esa cifra se parece a lo que gastó sólo en spots televisivos en los dos primeros meses del año.



Una austeridad declarada que no se condice con el despliegue publicitario que atosigó con la figura del ex en la televisión en horarios centrales e hizo que la ciudad de Buenos Aires amaneciera ayer en veda electoral, pero empapelada en pos del retorno del hombre que hace apenas un año y cinco meses estaba preso acusado de encabezar una banda que desde el gobierno contrabandeaba armas a países en guerra. Una parábola muy argentina.

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