La acción alucinógena y demencial de Formula 51 - El Mostrador

Jueves, 23 de noviembre de 2017 Actualizado a las 12:02

Una película de Ronny Yu

Cultura - El Mostrador

La acción alucinógena y demencial de Formula 51

por 3 agosto, 2003

Con Samuel L. Jackson y Robert Carlyle (Full Monthy) en los roles protagónicos, este nuevo y dinámico filme de acción recrea la pelea entre poderosos gángsters por tomar posesión de un carismático genio de la química y de su más reciente creación, una potente droga en base a químicos totalmente legales.

Intensa, algo confusa y bastante predecible -pero entretenida y bien interpretada-, Formula 51 cumple aquella función del típico refrito de acción: divertir en base a explosiones, caricaturescos asesinos y una que otra buena dosis de humor feroz y violento. Si bien estos ingredientes dan cierto atractivo a la cinta de Ronny Yu (La Novia de Chucky), también es cierto que el argumento que desarrolla es bastante flojo, un poco absurdo y totalmente dependiente del buen o mal trabajo de creación de personajes y posterior interpretación.



En este caso los actores logran sostener sobre sus hombros este peso, desarrollando con gran solvencia y espontaneidad los conflictos que el mediocre guión les impone. Es indudable que la particular y divertidísima relación que se crea entre los dos protagonistas dan la agilidad y dinamismo que necesita Fórmula 51 para no ser un fracaso y proyectar -o intentar proyectar- esa línea de thriller de acción con ribetes de humor negro que el director pretende plasmar.



Es interesante destacar la insistencia de Ronny Yu en impactar a su público desde la potencia o mejor dicho violencia de sus escenas a partir de un humor negrísimo, biliario y trastornado que incluye sangrientas explosiones de gángsteres, sujetos aplastados por un contenedor o dementes traficantes dando vueltas en el suelo por los ataque de diarrea.



Fórmula 51 gira en torno a Elmo McElroy (Samuel L Jackson), un maestro de química moderna que viaja a Inglaterra para vender su fórmula especial que contiene un líquido azul que alucina a cualquiera. Una fórmula que le garantiza lo llevará al estado número 51 en un abrir y cerrar de ojos. El nuevo producto de McElroy proporciona una sensación 51 veces más poderoso que cualquier película de suspenso, cualquier placer o cualquier aventura en la historia.



Sin embargo, sus planes para obtener una ganancia lucrativa cambian inesperadamente llevándolo a Liverpool, Inglaterra; y allí llega a conocer a un inusual escolta, enredándose en una red de encrucijadas y locuras.



En esta película no hay nada nuevo que no se haya visto ya en el género. Una bella, fría y calculadora asesina a sueldo (Emily Mortimer) -por supuesto ex novia de uno de los involucrados en el centro de la historia-, un grupo de violentos pero ineptos traficantes de baja escala, el accionar de policías sicópatas y la reunión de varios magnates del negocio que andan tras la fórmula de McElroy.



Es esa previsibilidad la que nos permite adelantar el cambio en la relación entre algunos personajes, el destino de otros y por supuesto el final de la historia. Algo le falta a este rollo de celuloide además de la paupérrima elaboración del guión. Es bastante perceptible que este filme es de aquellos en que se juntan los productores para sumar dos más dos. Una historia supuestamente atractiva, un actor taquillero y un director oriental especializado en secuencias de acción, dan como resultado ganancias millonarias pero, ese el error y ahí es donde se equivocan quienes piensan que el cine es un ejercicio económico más que una armonía visual en donde todo como un conjunto debe caminar a la par.



Rindiendo culto o intentando seguir la línea del cine de Tarantino, Formula 51 presenta ciertos destellos de originalidad, interpretaciones genialmente realizadas y uno que otro toque de comicidad oscura medianamente lograda. Lamentablemente el realizador Ronny Yu deja o descuida el cómo contarnos la historia en pos de una estética apoyada en recursos visuales desgastados por el cine de acción y sumamente utilizados por directores con espíritu de Rey Midas.

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