Irak: ¿y ahora qué? - El Mostrador

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Irán, la próxima estación

Irak: ¿y ahora qué?

por 9 septiembre, 2003

La guerra no fue un episodio casual, ni fruto de un error. La administración norteamericana -Blair no tiene otra función que la de un ayudante de campo- está operando concientemente para dividir a occidente, fraccionar a Europa y modificar el equilibrio mundial. Su objetivo final es dar paso a una nueva realidad global que le otorgue el papel rector o, como sostienen muchos analistas, transforme a Washington en la nueva Roma.

Nadie puede predecir qué destino aguarda a George Bush y Tony Blair, quienes intentaron arrastrar al mundo a una guerra, basados en una serie de informaciones amañadas y falsas. Pese a que están quedando como un par de "mitómanos", no hay muchas posibilidades de que terminen pagando un alto costo político. Ambos tiene el control del sistema mediático mundial y pueden distorsionar los hechos, presentando, por ejemplo, como una gran victoria para la paz mundial su reciente campaña en contra Sadam Husein.



Sin embargo, lo esencial es comprender que la guerra no fue un episodio casual, ni fruto de un error. La administración norteamericana -Blair no tiene otra función que la de un ayudante de campo- está operando concientemente para dividir a occidente, fraccionar a Europa y modificar el equilibrio mundial. Su objetivo final es dar paso a una nueva realidad global que le otorgue el papel rector o, como sostienen muchos analistas, transforme a Washington en la nueva Roma.



Pero Washington sabe que tras la invasión a Irak, su credibilidad cayó en picada. Incluso, sectores conservadores y de la derecha europea, toman distancia y manifiestan signos de disidencia evidentes, los que se suman a las declaraciones realizadas al saberse engañados.



Así, la marcha hacia el próximo objetivo, Irán, se hará cambiando de táctica. En el actual escenario, acusar al régimen de Teherán de desarrollar armas nucleares sería una torpeza. EEUU necesita encontrar una excusa creíble para iniciar una intervención militar en dicho país. Mientras tanto, continuarán estimulando y financiando operaciones de incitación de sus servicios secretos y toda la vasta panoplia de medios con los que se propone cambiar el régimen iraní, en una reiteración de la estrategia seguida para derrocar a Milosevic, en Yugoslavia.



Bases en Asia



En Afganistán, después de más de un año, todavía se lleva a cabo la operación Enduring Freedom. Si bien EEUU ha instalado un gobierno en Kabul, encabezado por un ex agente de la CIA y ex funcionario de la petrolera Unocal, está muy lejos de asegurar el control del país. Hace menos de un mes, los choques militares se sucedieron con fuerza en el este y sur, lo que demuestra que ni siquiera el ejército más poderoso del mundo ha logrado someter a los señores de la guerra afganos.



Pero lo que realmente le importa a EEUU es permanecer en la zona y disponer de bases militares que aseguren el bombeo continuo de los pozos petroleros. Estas son las razones reales que impulsan el control político a largo plazo de la zona. Washington lo que busca es dominar toda el Asia central ex soviética. Hasta ahora, se sabe que cuenta con, al menos, cuatro bases militares en la región: dos en Uzbekistán, una en Tayikistán y otra en Kirghizia.



Basta con dar un vistazo al mapamundi para darse cuenta que el control del petróleo -en gran medida ya conseguido- era y es uno de los objetivo trazado: Washington quiere apoderarse de toda el área, por lo que no es descabellado que dé otro golpe militar mayor en el curso de los próximos años.



De hecho, para Washington, no es un obstáculo que la guerra afgana continúe sin atisbos de un pronto fin. Solo necesita que los muertos no ganen portadas. Lo importante para los estrategos del Pentágono es que el territorio esté bajo su control, al costo que sea necesario.



Algo similar, pero de mayor complejidad, es el escenario que las fuerzas aliadas enfrentan en Irak, donde los cálculos para la post guerra fracasaron estrepitosamente: la población no salió a festejar a las calles su "liberación" ni el partido Baas resultó ser el tigre de papel que se pensó.



EEUU apuesta a hacer creer a la opinión pública nacional e internacional que las cosas van bien en Irak, pese a que se envían a casa diariamente ataúdes cubiertos con la bandera de las barras y estrellas. Soldados que caen en los combates que libran con los dos ejércitos enemigos que están diseminados por el país: el sunnita de Sadam y el chiíta integrista. Un tercer ejército, el kurdo, permanecerá tranquilo mientras el turco no intervenga. Posibilidad que podría darse si se crea una zona kurda en el norte de Irak, lo que sería inaceptable para Ankara.



Asimismo, Irak es hoy la "Meca" hacia donde confluyen las esperanzas de victoria del mundo árabe y musulmán más o menos integrista. Hacia Bagdad se mueven contingentes de combatientes de todas partes del mundo que pueden trasformar la victoria sobre Sadam -rápida y fácil-, en una pesadilla sin fin para EEUU y sus aliados.



En este contexto, el brutal atentado contra la sede de las Naciones Unidas en Bagdad agrava el cuadro: la resistencia contra la ocupación angloamericana no la hacen unos pocos desesperados -residuo del partido Baas-, sino que está estructura, obedece a una dirección y diseño estratégico, y cuenta con hombres bien armados y dispuestos.



Ante este cuadro ha quedado al desnudo la falta de planificación del equipo de Bush, el cual no tiene objetivos de largo plazo ni si quiera para Irak. Todo apunta a demostrar que Washington actuó de forma precipitada. Le urgía tomar las reservas petroleras de Irak, eliminar a Sadam Husein, enviar una advertencia a los regímenes árabes, y, sobre todo, ocupar el territorio para preparar el siguiente ataque contra Irán.



Dichas condiciones se lograron y será necesario que se mantengan con un número aceptable de bajas por un año y medio más, hasta que se realicen las elecciones en EEUU. Y sobre aquellas situaciones y consecuencias que no se previeron se deberán hacer digeribles para los estadounidenses. Pero, resulta evidente que eso no es un problema. La opinión pública norteamericana es como un alcohólico que le basta un vaso de vino para volverse inmediatamente eufórico; la diferencia radica en que en lugar de euforia se desata el terror.



Comparsas



En este tinglado, existen tres protagonistas de reparto: Europa, Rusia y China, que padecen a su modo los actos del imperio. De Europa se sostiene que es un "gigante económico y un enano militar" para justificar su inacción, olvidándose que se puede ser un enano militar y gozar de consideración si se es un gigante económico que actúa con independencia y no uno que razona igual que EEUU.



En estas condiciones un rol europeo de contención a la estrategia imperialista norteamericana es algo utópico. Aunque Francia y Alemania se opongan con firmeza, Bush tiene de su parte a Blair, Berlusconi y Aznar, trío que ha demostrado su disposición a pasar por sobre la "vieja Europa".



Si París y Berlín fueron aplastados, la Rusia de Putin perdió antes de comenzar. Ejemplo sin precedentes de un país que se suicida y observa su propia decadencia: aceptó la cancelación del tratado ABM de 1972, con lo que firmó su certificado de defunción como potencia; aceptó sin una mueca la extensión de la OTAN hacia el este; y dejó caer Asia Central sin emitir un quejido.



Además, en los próximos quince años, Rusia se reducirá a menos de 100 millones de habitantes y sus actuales fronteras le quedarán grandes. Tal vez conserve los misiles, pero no le servirán -como en la actualidad- ni para ejercitar una presión política contra EEUU: su arsenal solo será un montón de trastos oxidados e inútiles.



El caso chino es el más serio de todos. China es el verdadero dolor de cabeza de Washington. Por eso, el gigante asiático es el destinatario último del "Proyecto para el nuevo siglo americano", y sus dirigentes lo saben.



Por ello ninguna recuperación de Wall Street podrá solucionar este dilema en contra del axioma de Bush -antes de Reagan-: "el modo de vida del pueblo norteamericano no se negocia".



Así, aunque nadie parece querer asumirlo, el mundo debería darse por notificado: no hay lugar en el futuro próximo para dos potencias, una blanca y otra amarilla. Tampoco, la hipótesis de una inclusión de China -como subalterna de EEUU- resuelve la contradicción.



Este es el verdadero motor de la historia que la actual generación y las siguientes deberán enfrentar. El desarrollo que el mundo ha conocido hasta ahora, no es multiplicable hasta el infinito y se deberá optar. Quien piense que es posible convencer a Washington de que adopte actitudes más prudentes en el plano político, se está condenando al estupor y a la impotencia frente a los trágicos eventos que se avizoran.





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