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Un trauma no superado

La ola de violencia desatada en El Líbano tiene olor a nueva guerra civil

por 2 diciembre, 2006

Observadores libaneses llegan a la conclusión de que ''no hay ninguna duda de que quienes cometieron el asesinato de Gemayel quieren empujar al país a una guerra civil como la que afectó al país entre 1975 y 1990''. Este hecho, así como la renuncia de los ministros del Hizbulá, han desestabilizado al gobierno del sunita Fuad Siniora, y amenaza con revivir el fantasma de la lucha fraticida.

Un nuevo estallido de violencia está a la vuelta de cada esquina en El Líbano y si hasta ahora aún no es masivo "sólo se explica por un milagro", comentan portavoces falangistas en Beirut. Ya no hay negociaciones ni intentos de acercamiento entre las fracciones pro y anti-sirias. Tampoco es posible que los haya. Los portavoces de Israel, que es responsable de buena parte de esta crisis, evitan referirse al tema, aunque observan los hechos con mucha atención. Más bien se concentran por ahora en las frágiles negociaciones de un nuevo proceso de paz con los palestinos de la Franja de Gaza.



Pareció que el reciente asesinato del político cristiano y ministro libanés de industria, Pierre Gemayel, era lo que faltaba para rebasar el vaso, pero no fue así. La vida en este minúsculo y desprotegido país sigue tan incierta como hasta antes de la última invasión de los soldados israelíes que buscaron aniquilar a la guerrilla pro-iraní del Hizbulá, pero al final todo terminó con grandes pérdidas humanas, muchos civiles indefensos, y un horror y destrucción de ciudades sin parangón.



Observadores libaneses llegan a la conclusión de que "no hay ninguna duda de que quienes cometieron el asesinato de Gemayel quieren empujar al país a una guerra civil como la que afectó al país entre 1975 y 1990". Este caso y la muerte del ex primer ministro Rafik Hariri, ocurrido en 2005, serán investigados por un tribunal internacional, decidió la ONU.



La trágica muerte de Gemayel, así como la renuncia de los ministros del Hizbulá, han desestabilizado al gobierno del sunita Fuad Siniora y esto se produce en un momento en que las fracciones pro y antisirias alcanzan un nivel de enfrentamiento que sólo permiten presagiar lo peor.



Reordenamiento de piezas



Todo esto ocurre cuando, a pesar de todos los desmanes, el escenario político regional en el Cercano Oriente evoluciona hacia una fase de un nuevo reordenamiento de las piezas del tablero de ajedrez. Siria cambia sorpresivamente de opinión y logra en Irak una rápida reanudación de las relaciones entre ambos estados. Los dirigentes sirios utilizaron palabras del propio presidente estadounidense, George W. Bush, para concretar la singular estrategia diplomática. Este último, como "comandante mundial" de la guerra contra el terrorismo, en un acto desesperado y aconsejado por su más fuerte aliado, el primer ministro británico Tony Blair, invitó al gobierno de Damasco a jugar "un papel positivo" en la búsqueda de una solución política "digna" para Irak, país que en los últimos días ha sido escenario de la peor y más brutal violencia desde el inicio de la ocupación estadounidense.



Es decir, Siria, ante el fracaso estadounidense en Irak, se ha transformado rápidamente de país denigrado por integrar el "eje del mal" a uno colaborador indirecto de Washington para intentar crear un nuevo clima de paz en el Cercano Oriente y al mismo tiempo su poder político ha crecido.



Siria, que apoyó a Irán en la guerra contra Irak entre 1980 y 1988, reanudó los vínculos con Bagdad en 1997, pero volvió a romperlos el 2003, poco después de la invasión estadounidense. Hoy observa muy de cerca la revolución islámica que han impulsado los ayatollah desde hace 27 años, especialmente en cuanto a sus objetivos militares que orientan al gobierno de Teherán a desarrollar la energía atómica con fines bélicos, lo que atormenta a Estados Unidos, en el fondo por el peligro que esto podría significar para Israel.



Por este camino Irán, Irak y Siria podrían llegar a formar un nuevo eje de poder y control regional basado en el fundamentalismo islámico, escenario en el que no entraría la nación libanesa o mejor dicho, el actual Líbano con su complicada estructura política y social multiconfesional. Otra vez nos encontramos de frente con la organización proiraní y prosiria del Hizbulá que está esperando una nueva oportunidad de poder, aunque no debe olvidar que cualquier paso que de en esa dirección movilizaría otra vez a Israel, el gran aliado de Estados Unidos.



En septiembre de 2004, cuatro años después de la retirada de Israel del sur de El Libano (mayo de 2000), el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas demandó, a través de la resolución 1559, el restablecimiento de la soberanía libanesa sin fuerzas de ocupación extranjeras y con la disolución y desarme de todas las milicias que operaban en su territorio. La medida tenía nombre y apellido: Los 20.000 soldados sirios apostados en El Líbano y la milicia radical islámica de Hizbulá, que se concentró en el sur del país, al lado de Israel.



Tras el asesinato del ex primer ministro libanés Rafik Hariri, el 14 de febrero de 2005, Siria se vio obligada a retirar sus tropas. Sin embargo, el Hizbulá ignoró la resolución de la ONU bajo el subterfugio de convertirse en un partido político, lo que le permitió hasta hace algunos días integrar el gabinete ministerial del presidente Siniora.



Con la resolución 1559 se intentó evitar que el entonces presidente libanés Emile Lahoud, apoyado por Siria, extendiera su mandato en tres años, a pesar que la Constitución libanesa no lo permitía, pero la presión siria fue más fuerte. Después de este hecho, El Libano rechazó esta resolución por atentar en contra del principio de intromisión en asuntos internos libaneses. Poco después, Siria comenzó a reagrupar sus soldados cerca de Beirut como "reacción a las instrucciones de la ONU".



Un mapa fragmentado



Esta es la historia que mantiene en vilo a los 3,8 millones de libanesas -95 por ciento árabe y el resto mayoritariamente armenio- y donde se entremezclan o se enfrentan muchas religiones, principalmente musulmanas y cristianas, lo que se refleja en la representación al interior del sistema político, desde la independencia del país en 1943. El 60 por ciento de la población es musulmana, siendo los chiítas uno de los grupos más importantes con 1,3 millones, cuya influencia política ha sido lograda a través de organizaciones radicales como el Hizbulá y Amal. Los sunitas en Líbano suman alrededor de un millón. En la distribución del poder o en el "cuoteo", los chiítas manejan el Parlamento y los sunitas acceden al poder gubernamental a través del derecho de nombrar al primer ministro, cargo que ocupa hoy Fuad Siniora.



Hay también grupos muy pequeños como la comunidad drusa del influyente líder Salid Yumblatt, quien afirma que "Irán y Siria están usando al Líbano como campo de batalla", lo que para muchos analistas es una opinión válida que no se aparta de lo que diariamente muestran los hechos.



Y así, dentro de este complejo escenario socio-religioso, la violencia es utilizada como una vía para provocar cambios o desestabilizar el poder. Desde el asesinato de Hariri en 2005 hasta el de Gemayel en este mes de noviembre, se han registrado siete actos violentos en el territorio libanés; todos por motivaciones políticas y en muchos de ellos se sospecha de Siria como autora intelectual o material.



¿Qué se puede esperar entonces de este débil país que tiene un Ejército mal equipado frente a la milicia del Hizbulá que lo supera con creces en cuanto a fuerza de combate? Una nueva guerra civil, impulsada por agentes externos, claramente no se descarta.



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Walter Krohne, periodista - walterk@vtr.net .

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