domingo, 19 de agosto de 2018 Actualizado a las 05:50

Análisis Internacional

El regreso del inoxidable Silvio Berlusconi

por 15 abril, 2008

Su triunfo marca esa prerrogativa única, al final, de dirigir la política desde el Estado. Aunque en el fondo se intente reducirlo y en algunos casos transfigurarlo en un espacio fragmentado de poderes intercambiables desde la elite que domina el capital y la política, es allí donde se cuaja el espacio y el instrumento de la política, por mucho que las transnacionales hagan y deshagan a través del mismo, o a sus espaldas.
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El regreso de Silvio Berlusconi, un ultra conservador de derecha al centro del poder en la política italiana como Primer Ministro, confirma la tendencia conservadora que invade a Europa Occidental en los últimos dos años.



El caso de Berlucosni es singular. El "inoxidable", según la expresión de un corresponsal de Radio Francia Internacional, marca esa prerrogativa única, al final, de dirigir la política desde el Estado. Aunque en el fondo se intente reducirlo y en algunos casos transfigurarlo en un espacio fragmentado de poderes intercambiables desde la elite que domina el capital y la política, es allí donde se cuaja el espacio y el instrumento de la política, por mucho que las transnacionales hagan y deshagan a través del mismo, o a sus espaldas.



Berlusconi, que va y viene de estas dos laderas del poder, debe ser el caso más representativo del regreso definitivo de la política a sus orígenes: el ser ciudadano elegido es el pedestal más alto, y este pedestal existe o se tiene cuando se cuenta con cantidades inmensas de capital.



En el conservadurismo en Europa, resaltan los triunfos de Angela Merkel en Alemania y Nicolás Sarkozy en Francia. Inclusive un social demócrata con credenciales de alto progresismo como el Primer Ministro británico Gordon Brown, trata de conservar el poder con iniciativas que seduzcan a los sectores más conservadores. Abriendo el compás con más latitud, se encuentra la Europa más asiática de Bulgaria, Rumania, y Ucrania reclamando mayores aperturas y desregulación en el sistema económico, transformados estos últimos en recalcitrantes adalides del capitalismo tardío.



Conservadurismo en épocas de alta tensión

Las aperturas de la social democracia o de la política en general hacia el conservadurismo de derecha, que va acompañada por una excesiva ideologización en la programación de los objetivos políticos, ocurren en períodos de mayor tensión tanto en el escenario doméstico como en el internacional.



No es un fenómeno nuevo. Los sistemas sociopolíticos y socioeconómicos, cuando pierden legitimidad y credibilidad por la falta de respuestas hacia las crisis económica y política - que es el caso del estado liberal en Europa particularmente y en alguna medida en los EE.UU.- deben recurrir a los principios básicos de su reserva de estabilidad. Esta no es más que el apoderarse del poder central más eficiente para el control, que es el Estado. Es el ABC de Thomas Hobbes, que no pierde vigencia cuando se resquebraja la centralidad del poder.



Curioso. Las propias fuerzas conservadoras vilipendian a sus adversarios, y de paso o ex profeso, intentando liquidar al Estado que ha sido el mecanismo básico de sustentación de poder, en la versión social demócrata, que se ha permitido el sistema capitalista.



Cuando ven que su eficiencia para liquidar al adversario no da más, deben recurrir al Estado. Le sucedió a Ronald Reagan, a Margaret Thatcher con las crisis de esos años, y está el caso paradigmático del actual presidente George W. Bush; que al final, por la lucha contra el terrorismo y los fantasmas creados con el islamismo militante, se dio cuenta que sin esa centralidad de poder que confiere el Estado, es imposible gobernar.



Conservadurismo y la variable china



Tanto el control político de las potencias occidentales como el poder económico de las transnacionales, están siendo puestos en jaque debido a la emergencia de China como potencia política y económica.



La crisis financiera mundial que es efectiva por la inflación y las dificultades para mantener el crecimiento en las economías occidentales más grandes, enfrentan un escenario complejo, donde China pareciera tener hasta ahora casi todas las ventajas a su haber: la de la inyección económica por su grado de gravitación debido al tamaño de su capital humano; y la de su estabilidad política por tener un sistema político de control estatal. Todo esto ha demostrado una situación de eficiencia y velocidad imprevistas en occidente.



Es por ello que la única forma para Occidente de desacelerar la robustez económica y política de China, -sin prever las implicancias para sus propias economías- por más que les pese a los libertarios de doble estándar-, es desestabilizando su sistema político. La forma escogida por las potencias Occidentales -con algunas excepciones-, ha sido apuntar a la conducta de Estado chino en Derechos Humanos.



Pareciera ser que la emergencia de China como potencia real, y la consolidación de la recuperación económica y política en Rusia, a Europa le desacomoda más que al propio Estados Unidos.



En un artículo de comienzo de los años 90, Scott Malcomson en el Village Vanguard, decía que Europa, al compartir una misma masa continental con China y Rusia comprendía mejor la amenaza asiática, y que su unidad se había forjado en torno a esa amenaza histórica. Y así ha sido con el tema de China y el Tibet. Europa, pocas veces entre sus estados, y pocas a través de su gente, se había visto tan unida como con este acoso, para que China sufra hasta los huesos su fervor olímpico. En el fondo, por supuesto, está el cambio de régimen, y la desestabilización.



Sin embargo, Estados Unidos aún bajo una de las administraciones con mayor ideologización en las relaciones, está adoptando una actitud - hasta ahora - más cautelosa y pragmática: no tensar las en relaciones con China.



Al menos no está utilizando el expediente de los Derechos Humanos con belicosidad y oportunismo político. No podría ser de otra forma, porque la agenda interna en la potencia mayor, está siendo marcada por la férrea disputa de los dos contendores demócratas, y los temas que los convocan.



Sobre China, Hillary Clinton atacó a Barack Obama de que su postura no era clara en cuanto a condenar al Gobierno Chino. Una vez más los DD.HH. convertidos en moneda política de cambio. Obama ha sido más sobrio, en no incidir en un espacio a costa de un discurso demagógico. China no fue miembro del sistema de Naciones Unidas por 22 años, y estuvo cercada económica y políticamente por ese período, y bien podría haber sido impedida de convertirse en sede de los Juegos Olímpicos. Esta alternativa, habría sido más eficiente y menos riesgosa en vidas humanas. Tanto el Gobierno chino, como los países occidentales que apoyaron la candidatura china y que reclaman ahora por los DD.HH., son responsables de la situación, revelando una vez más que los DDHH son el campo de mayor distorsión política generada en los años de pos guerra fría tradicional.



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