jueves, 19 de julio de 2018 Actualizado a las 22:09

La Cámara de Representantes a Wall Street:

¡Cáete muerto!

por 30 septiembre, 2008

La imagen internacional de EE.UU. volvió a caer. Este episodio demuestra que no tiene un gobierno funcional, debido a que en una de sus Cámaras tiene gran influencia la extrema derecha y a que en el presidente nadie confía, ni siquiera su propio partido, una situación más propia de una república bananera.

La Cámara de Representantes de EE.UU. dio una gran sorpresa. Por 228 a 205 votos rechazó el proyecto de rescate del sistema financiero presentado por la administración Bush y negociado por el secretario de la Tesorería (ministro de Hacienda) y los líderes de ambos partidos de las dos ramas del Congreso.



Votaron en contra el 67% de los diputados de gobierno y el 40% de los de oposición. Y la Cámara le mandó un fuerte mensaje a Wall Street: ¡caete muerto! La mayoría de los diputados republicanos abandonó a su presidente y líderes, y se alinearon con Bob Barr, quien fuera congresal republicano y ahora es candidato presidencial de un partido marginal llamado Libertario y quien sentenció: "Debemos castigar a Wall Street por sus irresponsables decisiones de inversiones". Los partidos políticos norteamericanos no tienen una disciplina férrea, pero desacuerdos tan enormes respecto de situaciones críticas anuncian que el partido en el poder está agotado y en proceso de desintegración.



Según la administración Bush y los círculos gobernantes de Estados Unidos la situación de la economía es gravísima y solamente comparable con la situación que llevó a la depresión de 1929. El gran problema es que el gobierno, cegado por una ideología, ciencia para algunos, religión para otros, comprendió que enfrentaba un huracán hace sólo dos semanas. Salvó a algunas instituciones financieras, pero dejó quebrar a Lehman Brothers, un importante banco de inversiones, una torpeza que aumentó la velocidad del vendaval.



Esta erupción de la crisis financiera norteamericana es una clarísima demostración de que el mercado dejado a su arbitrio, es decir, liberado de regulaciones y supervisiones estatales, es una grave amenaza para el bienestar general, y que cuando ello ocurre en un gran país, como EE.UU., también lo es para la economía mundial, como lo sufrimos hace casi 80' años con una depresión que se inició también en Wall Street.



Para darse cuenta de la magnitud de la crisis, hay que tener en cuenta que los instrumentos de deuda asegurados por obligaciones no transables transformadas en transables (hipotecas y, en menor medida, préstamos a estudiantes universitarios y deudas de tarjetas de crédito), los derivados, que podrían ser tóxicos y que son el centro de la tormenta, tendrían un valor de emisión, según el último cálculo, de 62 billones (trillones en inglés americano) de dólares, una cifra de 12 ceros.



Como se trata de una cantidad sideral, difícil de imaginar, hay que hacer algunas comparaciones para comprender su dimensión. El presupuesto del año en curso de EE.UU. es solamente de tres billones de dólares; la deuda pública norteamericana, la más grande del mundo, es de 9,85 billones, el Producto Interno Bruto (el total de producción de bienes y prestaciones de servicios del país), también el mayor del mundo, fue, en 2007, de 13,8 billones. El Producto Mundial Bruto (toda la economía mundial), fue, ese mismo año, de 54,3 billones de dólares. Y el valor de emisión de deudas que podrían ser tóxicas, insisto, es de 62 billones.



El valor de los títulos de deuda tóxicos, de transarse hoy, tendrían un precio de centavos por dólar, como consecuencia de que nadie sabe si las obligaciones que los respaldan (paquetes de hipotecas, etc.) están o no en mora, es decir impagas, tanto por un creciente aumento de los deudores hipotecarios morosos como por el bajón de los precios de los bienes raíces.



A ello se suma que los bancos emisores de esas obligaciones tienen una enorme deuda en relación a su capital, al aprovechar las bajísimas tasas de interés para endeudarse con el fin de hacer negocios. Así, p.ej., en el caso de Bear Stearns, cuando estaba al borde del colapso, esa relación era de 33 a 1 (fue comprado a precio de liquidación con financiamiento estatal), y en el de Goldman Sachs (apodado la mina de oro), la corona de los bancos de inversiones, hoy recauchado como comercial, de 28 a 1 a comienzos de este año y de 20 a 1 hoy en día.



Esta crisis es consecuencia de la convergencia de dos procesos. Por una parte, la desregulación y el rechazo a ejercer la autoridad legal por parte de las administraciones de la revolución conservadora, Reagan y Bush, y, en menor medida, de la triangulación, uno de sus ángulos era la nueva derecha, de Clinton. Y, por la otra, el emprendimiento en el sector financiero, gracias a la informática y a los estímulos económicos a la eficiencia de los empleados de la banca, medida por los rendimientos en beneficio de la firma empleadora.



Del primer proceso, la desregulación, se puede mencionar la no aplicación por el Banco Central de una ley de 1994, que le ordenó frenar los préstamos depredadores, engañosos e injustos por parte de las entidades financieras. Greenspan, el presidente de ese Banco, sostuvo que la ley era injusta, vaga y engañosa. Cuando en 2006 lo sustituyó Bernanke, tampoco nada se hizo, hasta que a mediados del 2007 estalló la burbuja de las "subprimes".



La desregulación con efectos más catastróficos, según The New York Times, fue la ley de 2000, que explícitamente excluyó a los instrumentos derivados (los no transables transformados en transables) de las regulaciones establecidas por la ley de 1936. A lo que se suma el reconocimiento, por el presidente de la Comisión de Bolsas y Valores, de que la "regulación voluntaria" de los bancos de inversiones, establecida por ese organismo, fue un fiasco que contribuyó a la crisis que vivimos.



El emprendimiento también comienza en la década de 1980, cuando la banca pierde el control de la intermediación financiera entre el ahorro y el crédito a las empresas, debido a que la correlación de fuerzas se inclinó en favor de las gigantescas multinacionales, que pudieron recurrir directamente, para sus necesidades de capital, a un mercado financiero en expansión, que pasó a desempeñar ese rol de intermediación. Y el negocio sustituto para recuperar ganancias fue un suicidio a mediano plazo, no para los empleados emprendedores, sino para sus firmas y el sistema en su conjunto.



Voy a citar un solo caso representativo: como una pequeña oficina en Londres, conocida como AIG Financial Products (AIGFP), con menos de 400 empleados, prácticamente destruyó a AIG, la compañía de seguros más grande del mundo, con un balance general de más de un billón de dólares, 116.000 empleados, que opera en 130 países, una de cuyas subsidarias es la mayor compradora de aviones Boeing y Airbus del mundo (tiene una flota de 1.000, que arrienda a diversas compañías aéreas) y que es dueña del Manchester United, uno de los mejores equipos de fútbol, entre otras cosas. Y AIGFP lo logró por falta de supervisión de la gerencia general de AIG, feliz por los rendimiento de su subsidiaria; pagando salarios millonarios, el promedio de remuneraciones de sus empleados era un millón de dólares por año; más una fe ciega en los modelos de riesgo financiero, aquí entra la informática.



AIGFP comenzó vendiendo instrumentos de inversión derivados relativamente simples. Hace diez años, sin embargo, expertos en ese tipo de valores de JP Morgan, uno de los bancos comerciales más grandes del mundo, le ofrecieron un nuevo negocio: asegurar las llamadas "obligaciones de deuda garantizada", instrumentos derivados estructurados con carteras de bonos divididas en segmentos de acuerdo a las calificaciones de riesgo efectuadas por las compañías especializadas, en que las tasas de interés de cada segmento era mayor o menor según fuera la calificación de solvencia de los emisores. AIGFP lo aceptó porque las deudas aseguradas carecían prácticamente de riesgo ya que eran de grandes y prestigiosas firmas. Los ingresos de AIGFP aumentaron rápidamente, y en 2005 llegaron a ser el 17,5% de los de AIG y la tasa de ganancia de la subsidiaria subió a 83%.



Con todo, la crisis que comenzó a mediados de 2007 con las deudas hipotecarias, creó una espiral bajista que arrastró por el remolino a todo el mercado de títulos de deuda, también a las carteras aseguradas por AIGFP, cuyas pérdidas llegaron a 25.000 millones de dólares en el último trimestre. La casa matriz, AIG, se vio obligada a poner más y más dinero para garantizar esas carteras y, finalmente, el gobierno le prestó 85 mil millones de dólares y adquirió el 80% de la compañía para evitar un gran boquete en el mercado de seguros.



Esta crisis tiene un factor adicional vital, pero algo desconocido hasta que estalló con el rechazo de la Cámara baja a la ley de rescate, la reacción del sistema político. Lo primero que hay que saber es que Obama planteó su preocupación ante ese desregulado mercado en dos oportunidades a la administración Bush, la primera hace dos años, en plena fiesta del dinero barato, y la otra hace un año, cuando comenzaron a levantarse los vientos. Por su parte George Soros, uno de los más exitosos especuladores financieros, anunciaba a diestra y siniestra que se avecinaba un tsunami financiero por la ausencia de regulaciones de las operaciones de los bancos de inversiones, en especial, con derivados.



Hace unos días además supimos, por un discurso del ministro de finanzas alemán, que en una reunión de los G7, en el primer semestre del año recién pasado, su gobierno planteó que para la estabilidad del sistema financiero internacional era indispensable adoptar un conjunto de normas de "buena conducta" para el funcionamiento de los bancos de inversiones y del mercado de instrumentos de inversión derivados, y que encontró una oposición frontal de los gobiernos de Washington y Londres, que sostuvieron que no había que inmiscuirse en el funcionamiento del libre mercado.



Sólo semanas más tarde, la crisis sorprendió a las autoridades norteamericanas, encabezadas por un tiburón de Wall Street, quien fuera presidente y gerente general de Goldman Sachs, entre 1999 y 2006, el secretario de la Tesorería, Paulson, y un profesor de economía especializado en la depresión de 1929, el presidente del Banco Central, Bernanke.



Ambos sólo reaccionaron cuando la crisis se hizo evidente y con el conocido arsenal de lo que Galbraith llamó el "compromiso neokeynesiano", y que consideraba insuficiente, bajar las tasas de interés e inyectar dinero al sistema. Y sostuvieron, más de una vez, que habían "contenido" el peligro. Hace unos pocos días les explotó con más fuerza. Y debieron recurrir incluso a nacionalizaciones de compañías reaseguradoras de hipotecas, tienen una cartera de más de 500.000 millones de dólares, entre otras, y en la batahola desaparecieron los cinco diamantes de la corona de Wall Street, los bancos de inversiones, también Goldman Sachs, de quien fue zar el hoy jefe de la Tesorería.



Todo ello fue insuficiente y debieron recurrir al Congreso a pedir 700.000 millones de dólares para comprar, a un precio indeterminado, las deudas tóxicas. Y tuvieron un encontrón con la infantería republicana, que ahora podemos llamar palinista, en honor a la candidata a la vicepresidencia de los republicanos, y que es la mayoría de la minoría en la Cámara de Diputados. El palinismo rechaza con fervor lo que llama socialismo financiero o empresarial, que consideran antinorteamericano, e insiste en que el libre mercado es la salvación, sin entender que es la causa de la crisis. En otras palabras, más de lo mismo.



Por tanto, otra víctima de la crisis es la nueva derecha, hoy profundamente dividida entre los generales, los republicanos de los clubes de golf, y la tropa, el movimiento anti tributario y libremercadista, que a veces se intersecta con otro segmento de la base social republicana, la derecha religiosa (fundamentalistas evangélicos, católicos integristas, judíos ortodoxos, sectas que se declaran cristianas sin serlo, como los mormones, etc). Una típica corriente de extrema derecha, que en todo el mundo se alimenta con quienes el progreso deja atrás, cualquiera similitud con el nazismo alemán, el lepenismo francés o el golpismo chileno es mera coincidencia.



En todo caso, y ante el asombro general, los demócratas han hecho lo posible, en forma muy disciplinada y tras Obama, para llegar a un acuerdo bipartidista respecto del proyecto de rescate. Y digo sorprendente, porque un amigo que es dirigente demócrata me dijo, y con razón, que ordenarlos era más difícil que intentar hacerlo con un grupo de gatos. El 60% de sus diputados votó por el proyecto, a pesar de que podrían haberlo abandonado cuando supieron que se perdía para no ser acusados de defender a Wall Street, que no es muy popular en el electorado. El resto se alineó con Ralph Nader, un izquierdista independiente que también es candidato a la presidencia, quien calificó el proyecto de un "rescate de los ladrones de Wall Street".



Ahora bien ¿que pasará a continuación? La administración intentará que se apruebe otro texto y, mientras tanto, continuará con su política de salvataje, a través de compras, fusiones y nacionalizaciones, caso a caso. No creo que repita la experiencia de Lehman por las consecuencias que tuvo.



La imagen internacional de EE.UU. volvió a caer. Este episodio demuestra que no tiene un gobierno funcional, debido a que en una de sus Cámaras tiene gran influencia la extrema derecha y a que en el presidente nadie confía, ni siquiera su propio partido, una situación más propia de una república bananera. Y todos sufriremos las consecuencias económicas de esa disfuncionalidad, pero muy en especial EE.UU. La buena noticia, es que se incrementan las posibilidades de que Obama sea elegido presidente.



Todo ello confirma el juicio del ministro de finanzas alemán de que EE.UU. dejó de ser la superpotencia económica y que al dólar, como moneda de reserva, ahora se le agregan el euro, el yen y el yuan. No obstante, habrá que esperar la elección norteamericana para llevar a cabo la proposición del presidente de Francia: convocar a una conferencia para fijar normas internacionales para disminuir el riesgo de los mercados financieros, con la participación, además del G8, de China, India, Brasil, África del Sur y México.

Compartir Noticia

Más información sobre El Mostrador

Videos

Noticias

Blogs y Opinión

Columnas
Cartas al Director
Cartas al Director

Noticias del día

TV