Arquitectura financiera sin ortodoxias - El Mostrador

Domingo, 19 de noviembre de 2017 Actualizado a las 03:29

Análisis Internacional

Arquitectura financiera sin ortodoxias

por 16 diciembre, 2008

La intervención de Washington en el sistema financiero, la mayor desde el Nuevo Trato de Roosevelt, es una política industrial de facto y, como un importante burócrata norteamericano comentó, si la hubiera hecho Hugo Chávez en Venezuela, se habría mandado a la CIA para derrocarlo.

El 15 de septiembre de este año, las autoridades económicas norteamericanas rechazaron sacar de apuros a Lehman Brothers, un banco de inversiones, es decir, no regulado, que tuvo que declararse en quiebra. La decisión fue tomada por el secretario de Hacienda, quien fuera un pez gordo de Wall Street, y el presidente del Banco Central, un profesor de economía de la Universidad de Princeton especializado en depresiones. Aplicaron uno de los dogmas de la teoría económica: la destrucción creativa.

Ante la sorpresa de tan doctas autoridades, la crisis financiera que afectaba Wall Street desde mediados del año anterior, y contenida relativamente con bajas de los tipos de interés, inyecciones de liquidez, fusiones de entidades financieras e incluso asistencia social corporativa, siguió la suerte de Lehman, y se transformó, en horas, en una crisis económica mundial.

La reina Isabel II preguntó en una ceremonia en la famosa Escuela de Economía de Londres "¿Por qué nadie ha sido capaz de anticipar la que se nos ha venido encima?", con la consiguiente conmoción mediática porque los monarcas británicos no expresan opiniones. Martin Wolf, un veterano del Fondo Monetario Internacional, y hoy comentador jefe de la economía en el Financial Times, respondió con un chiste cruel: "Una crisis bancaria y una depresión tan graves no habrían sido logradas por políticos o funcionarios públicos normales, requirió la participación de los economistas". Y concluyó: "Son tiempos para ser humilde". Con todo, por supuesto que hubo luces rojas, e incluso un puñado de economistas disidentes.

El problema fue un desmesurado endeudamiento del sector financiero, en el caso de Lehman Brothers, de 1 a 32; es decir, bastaba que sus activos bajaran algo más que tres puntos porcentuales para que quedara totalmente al descubierto. Y los instrumentos para llegar a esa situación fueron los "derivativos", títulos de deuda que se derivan de otras operaciones financieras, mediante el artilugio de transformar en transables obligaciones que no lo eran. Así, por ejemplo, los préstamos hipotecarios, que hasta hace 20 años eran una relación entre banco y deudor, pasaron a ser garantías de títulos de deudas, que se transferían a terceros, y se multiplicaban como respaldos a otras deudas, asegurándolos y reasegurándolos.

Con el agravante de que los derivativos se transan en mercados "obscuros", sin cajas de compensación o bancos de liquidación, ni constancia pública de quién transa y qué. Y se supone que esos mercados llegaron a tener un valor de 600 billones de dólares a mediados de año, cuando el PIB de EE.UU. en 2007, fue de 13,8 billones, un productivo multiplicador financiero, desregulado y no supervisado, para instituciones bancarias que no son bancos.

En el Grupo de Trabajo Presidencial en Mercados Financieros de la administración Clinton, la presidenta de la Comisión de Transacciones a futuro de Productos Primarios, Born, la única abogada, propuso durante más de un año, a partir de 1998, que se regulara a los derivativos, que son muy similares a las transacciones a futuro que supervisaba. Todos los demás miembros del Grupo se opusieron: el secretario de Hacienda, primero, Rubin y, después, Summers; el presidente del Banco Central, Greenspan, con su famosa frase: "No entiendo la oposición a que las abejas de Wall Street polinicen los mercados", y el presidente de la Comisión de Bolsas y Valores, Levitt. Todos ellos, salvo Summers, veteranos de Wall Street. Y Born renunció.

Esta crisis, además, no tiene precedentes. A diferencia de la depresión de la década de 1930 y de la crisis de 1913, ahora no hay regiones económicamente aisladas ni mercados financieros que no estén integrados mundialmente. Tampoco se trata de problemas regionales, como lo fueron la Crisis Asiática de 1997 o la deuda latinoamericana del decenio de 1980, ni tiene origen en una economía importante, pero relativamente menor, como las de México, Argentina y Rusia, cuyos efectos tequila, tango y balalaika no fueron mundiales, en la década de 1990.

Después de la debacle, el decano de los economistas norteamericanos, Samuelson, dijo: "Desde Islandia hasta la Antártida, niños aún por nacer aprenderán a temblar ante los nombres de Bush, Greenspan y Pitt (el sucesor de Levitt)". Greenspan es el único de los responsables que reconoció, en el Congreso, que puso demasiada fe en la capacidad correctiva de los mercados libres y que no anticipo el poder autodestructivo de la multiplicación de los créditos hipotecarios. Lo que contrasta con los discípulos de Rubin, uno de los motores del desastre, tanto en el sector público como en el privado, y que serán la columna vertebral del equipo económico de Obama. Aunque todos se han convertido al keynesianismo: en momentos de pánico no basta bajar los tipos de interés porque hay una fuerte tendencia a refugiarse en el dólar (también en el caso de los latinoamericanos), y es necesario que el Fisco gaste. También, como es obvio, están conscientes de que la salvación estatal de empresas privadas es incompatible con la desregulación y la ausencia de supervisión.

Todo ello ocurre cuando analistas norteamericanos proclaman el fin del "momento unipolar" y el inicio de un mundo sin polos o posnorteamericano. Ideas que recoge el estudio recién publicado del Consejo Nacional de Inteligencia de los EE.UU., "Tendencias mundiales 2025: un mundo transformado", que concluye que su país pasa a ser "primo interpares"  y "que en términos de tamaño, velocidad y flujos, el cambio en marcha del poder económico y la riqueza relativa en dirección oeste a este, no tiene precedente en la historia moderna" (en el siglo XVIII, ese poder se desplazó en sentido contrario).

En ese contexto, la administración Bush trató de tapar los hoyos con desesperación. Cambió más de una vez de plan, chocó con las bancadas republicanas en el Capitolio y no logró los recursos para socorrer a las empresas automotrices. Pensó en comprar los activos tóxicos, la causa de la crisis, pero descubrieron que no son fáciles de identificar y que es imposible fijarles un precio, salvo los de liquidación de un banco quebrado, en el caso de Lehman Brothers, 7% del valor nominal. Incrementó el capital de los bancos, pero sin condicionar el aporte, como lo hizo Londres; y no logró descongelar el crédito. Y la Reserva Federal piensa transformarse en un helicóptero que riegue con billetes múltiples mercados.

En resumen, la única luz que se ve al final del túnel es la asunción de Obama, quien anunció un paquete de estímulo centrado en traspasos a estados y municipios (obras públicas, asistencia social, educación, etc.), una nueva estructura de producción y consumo energéticos (parte de la cual son las renovables y el rescate de la industria automotriz) y la generalización de los seguros de salud. Las dos primeras partes de este plan son similares al anunciado esta semana por la Unión Europea y a los mencionados en la histórica cumbre de Dazaifu, la primera entre los tres grandes de Asia oriental, China, Japón y Corea del Sur, aunque hay diferencias en los énfasis, oferta, demanda o ambas, y su monto podría ser superior.

Respecto a las decisiones acerca del estímulo de la oferta hay que tener presente que el gobierno no puede satisfacer todas las demandas, ni pueden dejarse al juego de las presiones de los grupos de interés. Por consiguiente, las autoridades tienen que tener un plan, una política de desarrollo, aunque sea un anatema para la ortodoxia en boga. El único político que la ha esbozado es Obama, que insiste en la investigación y desarrollo de "energías verdes", que incluye la industria automotora, y en la expansión de la banda ancha a todos los rincones de EE.UU. Recordemos por lo demás el legendario Ministerio de Industria y Comercio Internacional japonés y, en el caso norteamericano, que "internet", entre otras, es una obra gubernamental.

Por lo demás, la intervención de Washington en el sistema financiero, la mayor desde el Nuevo Trato de Roosevelt, es una política industrial de facto y, como un importante burócrata norteamericano comentó, si la hubiera hecho Hugo Chávez en Venezuela, se habría mandado a la CIA para derrocarlo.

El resto del mundo espera, además, que como se comprometió con el G-20 en Washington el 15 de noviembre, la administración Obama se incorpore a los grupos de trabajo que ahí se acordaron y tenga una influencia positiva en la construcción de una nueva arquitectura financiera internacional. El próximo gran paso será la cumbre del G-20, el 2 de abril, en Londres.

Muchos piensan que la superación de la crisis solamente puede ser internacional, al igual que el cambio climático, los conflictos tribales, etc. Y que ello sería posible porque nuestro mundo es más pequeño, gracias a las revoluciones del transporte y las comunicaciones. A lo que se suma el reciente despeje de la atmósfera política internacional, como lo demostrarían las reuniones del G-20, las bilaterales Washington/Beijing, la cumbre de Dazaifu de los grandes de Asia, la asunción de Obama, que en EE.UU., un país que ha sido ferozmente soberanista, comience a hablarse de "soberanía responsable", la creciente popularidad del concepto de "gobernanza global", que para Attali, un asesor de Sarkozy, es un eufemismo de "gobierno global".

Aunque no creo que vayamos en camino hacia una especie de gobierno mundial, un Objeto Político No Identificado, como la Unión Europea, sí tengo la impresión que, como todos somos afectados por la crisis financiera internacional, la manera menos costosa de superarla es la cooperación internacional. Y ello es especialmente cierto cuando los gobiernos recurren a estímulos económicos, porque siempre existe el riesgo de lo que haga uno perjudique al otro, como ocurrió en la década de 1930 a pesar de que las economías nacionales estaban mucho menos integradas, lo que desembocó en una guerra comercial con las consecuencias que conocemos. Y al parecer el G-20 y Obama así lo entienden.

 

Compartir Noticia

Más información sobre El Mostrador

Videos

Más Noticias

Blogs y Opinión

Mercados

TV

Cultura + Ciudad

Deportes

Plan Individual

Anual:
$90.000
Semestral:
$40.000
Trimestral:
$20.000
Mensual:
$10.000

Plan Empresa

Anual:
$700.000

hasta 10 usuarios
(valor normal 1.200.000)

Semestral:
$400.000

hasta 10 usuarios
(valor normal 600.000)

Trimestral:
$200.000

hasta 10 usuarios
(valor normal 300.000)

Mensual:
$80.000

Hasta 10 usuarios
(valor normal 100.000)