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Empiezan a enterrar en Haití cadáveres en fosas con una lentitud exasperante

por 15 enero 2010

Empiezan a enterrar en Haití cadáveres en fosas con una lentitud exasperante
Un camión y algunas camionetas se dedicaron por la tarde a recoger los cuerpos alineados en las calles de la capital, para luego depositarlos en una fosa común del cementerio Carrefour Academie, en el barrio de Petion Ville.

Los cadáveres de las víctimas del terremoto del pasado martes en Haití, que deja decenas de miles de muertos, comenzaron a ser enterrados el jueves  en fosas comunes después de pasar 48 horas a la intemperie.

Un camión y algunos "pickups" se dedicaron por la tarde a recoger los cuerpos alineados en las calles de la capital, según pudo comprobar el corresponsal de la agencia EFE, para luego depositarlos en una fosa común del cementerio Carrefour Academie, en el barrio de Petion Ville.

Sin embargo, el ritmo de recogida de los camiones fue de una lentitud exasperante, pues en toda la tarde solo lograron recolectar cien cuerpos, como reconoció Nicolas Challes, quien dirigió la labor.

Después de oír las numerosas quejas de sus vecinos por el hedor que desprenden los cadáveres a la intemperie, Challes, de confesión evangélica, como le gusta subrayar, decidió ofrecer este servicio a sus semejantes junto con algunos médicos y trabajadores de la Cruz Roja.

El camión recorrió las calles de Petion Ville, un barrio "acomodado" dentro de los parámetros haitianos, y recogió los cuerpos de adultos y niños apenas cubiertos por sábanas blancas.

Los cadáveres fueron depositados en un trozo de tabla sanguinolenta y luego deslizados hasta el camión.

Muchos curiosos observaron el paso de este peculiar vehículo tapándose la nariz ante el insufrible halo que dejaba. Ninguno se santiguó frente el macabro transporte.

Al llegar al cementerio el conductor del camión, sin el menor miramiento, levantó la tolva, abrió la puerta trasera y dejó caer al suelo toda su carga de muertos, que se amontonó junto a la fosa común.

Un vagabundo se atrevió incluso a manosear la ropa de los cadáveres en busca de lo último de valor que pudieran llevar antes de ser enterrados, sin que nadie a su alrededor diera la menor muestra de enojo.

Mientras tanto, las calles de Puerto Príncipe daban muestras de una gran agitación. En cada esquina, los colmados que venden gaseosas y comida envasada echaron las rejas y frente a ellas se agolparon decenas de personas exigiendo comprar alimentos.

Los hospitales y clínicas están totalmente desbordados, con enfermos que yacen en pasillos y salas de consultas con un personal médico que hace lo posible por atender a los necesitados a pesar de la falta de material.

En las pilas de escombros aún trabajan, cansinos, algunos equipos de rescate en busca de personas sepultadas entre las ruinas, pero sin casi ninguna esperanza de poder encontrar a alguien vivo después de dos días del sismo, que con 7 grados es el más grave de la historia de este país.

El aeropuerto de Puerto Príncipe era un hervidero. Aún cerrado a la aviación comercial, recibió durante todo el día numerosas avionetas que trajeron al país a los abonados a las catástrofes: periodistas, bomberos y miembros de asociaciones humanitarias.

Frente a ellos, una multitud similar de expatriados y de haitianos acomodados pugnaba por salir del país y ser admitidos en alguno de los "vuelos humanitarios" que los países del primer mundo están fletando para sacar a los suyos del infierno.

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