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Viernes, 9 de diciembre de 2016Actualizado a las 06:04

Momento incierto en la península de Corea

por 20 diciembre 2011

BBC Mundo
Momento incierto en la península de Corea
El mundo observa con inquietud la transición de poder en Corea del Norte porque, según escribe el analista Aidan Foster-Carter, nadie conoce quién tomará realmente las riendas del país.

A Corea del Norte le llegó definitivamente la hora de la verdad con la muerte de Kim Jong-il.

El régimen más extraño del mundo ha sobrevivido durante 20 años a la caída de la mayoría de las formas de comunismo, que cuando menos, acabaron transformándose en algo más sensato.

Por tanto, no deberíamos subestimar su capacidad de aguante.

En particular, hay que tener en cuenta que Corea del Norte ya supo llevar a cabo la primera sucesión dinástica de la historia en un régimen teóricamente comunista.

Eso ocurrió en 1994, cuando Kim Jong-il sucedió a su propio padre, el fundador del régimen, Kim Il-sung, que se hacía llamar Gran Líder.

¿Pueden lograrlo de nuevo? La diferencia ahora es que aunque Kim Jong-un ha sido llamado rápidamente Gran Sucesor no deja de ser un inmaduro veinteañero sin experiencia conocida ni opiniones confirmadas.

Kim Il-sung crió durante 30 años a Kim Jong-il para que le sucediera. Kim Jong-un, sin embargo, ha tenido como mucho dos años de preparación para el papel de líder que ahora se ve de repente obligado a desempeñar.

Recibe una herencia envenenada. Este joven inexperto debe ahora ponerse al frente de un país que está enemistado con la mayor parte del mundo y que durante mucho tiempo ha oprimido y hecho sufrir a su propio pueblo; y este puede que no le vaya a obedecer para siempre, a pesar de las sorprendentes escenas de dolor orquestado en público que hemos presenciado.

Tras la máscara

¿Entonces, qué puede pasar? El resto del mundo solo puede esperar y observar. ¿Sucederá Kim Jong-un a su padre? En el mejor de los casos solo podrá ser un testaferro, ¿pero exactamente de quién o qué?

Corea del Norte da una imagen de sólida unidad y le gusta mostrarlo con grandes espectáculos. Pero detrás de esa apariencia se esconden rivalidades enconadas y duras opciones que el régimen debe tomar. Estos problemas son al menos de cuatro tipos.

En primer lugar, el choques de personalidades. El hermanastro mayor de Kim Jong-un, Kim Jong-name, fue saltado en la línea de sucesión. Vive en China, lo que significa que goza de la protección de Pekín.

En caso de que Jong-un no sea apto para el encargo que ha recibido, su hermano mayor, un conocido reformista, podría ocupar su puesto. Y en el propio Pyongyang hay más rivalidades personales y familiares, aunque los detalles que se conocen son poco claros.

En segundo lugar, hay rivalidades institucionales. Tres burocracias, la del Partido, la militar y la del Gabinete, luchan por el poder, y pueden no estar de acuerdo sobre cómo proceder.

Durante el gobierno de Kim Jong-il, el partido pasó en buena parte a un segundo plano mientras que los militares ganaron poder, hasta el lanzamiento público de Kim Jong-un en el primer congreso del partido en más de 40 años.

Menos influyentes que el partido o las fuerzas armadas, los tecnócratas del Gabinete anhelan reformas económicas que detengan el empobrecimiento del país. Este es el tercero de los problemas: la elección de qué política seguir.

Es patente que Corea del Norte no avanza a ninguna parte al negarse a las reformas e insistir en su desafío nuclear. Sin embargo, no hay garantías de que se vayan a producir cambios ahora debido a los intereses particulares de los militares.

Un camino intermedio parecería posible: una reforma parcial hacia la economía de mercado sin renuncia al arsenal nuclear. China estaría satisfecha, pero para Corea del Sur, EE.UU. y Japón, surgiría un dilema.

El ajedrez regional

Lo que nos lleva a la cuarta dimensión. ¿Cómo se desarrollará la sucesión norcoreana con respecto en el tablero de poderes de la región, en particular, Corea del Sur, China, EE.UU. y Japón?

Por ahora, todos deben jugar el papel de espectadores, observando vigilantes cualquier cosa que pueda pasar en Pyongyang. Lo importante es saber que aunque todos ellos, junto a Rusia, son parte de las negociaciones nucleares con Corea del Norte, eso no supone que sus intereses sean idénticos.

Corea del Sur se enfrenta a dos elecciones el año que viene. El presidente Lee Myung-bak no puede ser reelegido. El conservador y oficial Gran Partido Nacional, de Lee, está ahora mismo a la defensiva por varios motivos.

A uno le da la impresión de que la línea dura adoptada por Lee, quien renunció a la política de diálogo conocida como "el rayo de sol", seguida por Seúl durante una década hasta 2007, no ha hecho al Sur un lugar más seguro. Como prueban los dos ataques con víctimas que sufrió el Sur el año pasado: el hundimiento de un barco de guerra y el bombardeo de una isla.

Muchos observadores relacionaron esos ataques con el ascenso de Kim Jong un: el "joven general" demostrando lo que vale.

Uno de los temores ahora es que pueda intentar una provocación similar ahora. En ese caso, Seúl se sentiría obligado a tomar represalias, con el riesgo de que el conflicto pueda escalar hasta perderse el control.

Por otro lado, la pérdida autoimpuesta de influencia de Seúl sobre Pyongyang ha supuesto una ganancia para Pekín.

Influencia

Hace un año, un cable diplomático filtrado por WikiLeaks daba a entender que China estaría dispuesta a aceptar la reunificación de las dos Coreas bajo control del Sur. Pero esa postura de Pekín no es más que una ilusión y un autoengaño de Seúl.

La verdad es la contraria. China ha ampliado recientemente sus lazos militares, políticos y comerciales con Corea del Norte, lo que muestra que ha tomado la decisión estratégica de apretar los dientes y fortalecer a Corea del Norte, pase lo que pase. El hermético Kim Jong-il visitó China cuatro veces en sus últimos 16 meses de vida.

Pekín querría que Pyongyang reforme su economía e incluso que abandone su programa de armas nucleares, pero puede que insista más en la primera de esas dos medidas.

A diferencia de Seúl, no echará a perder la influencia que trabajosamente ha conseguido sobre el régimen más difícil de tratar del mundo.

Corea del Norte, por su parte, desconfía de China, igual que de cualquier otro país, pero está necesitada de protección y ahora mismo China es su protector. (Rusia puede desempeñar también ese papel, pero tiene mucha menos influencia).

También están desprovistos de influencia los mayores aliados de Corea del Sur. Japón, acuciado por sus propios problemas y obsesionado por uno de los muchos crímenes de la dinastía Kim -el secuestro de varios ciudadanos japoneses en los años '70 y '80- no tiene relaciones comerciales con Corea del Norte.

Así las cosas, Tokio solo puede observar con nerviosismo lo que ocurre en Pyongyang.

¿Y Estados Unidos?

Lo mismo se puede decir de la superpotencia mundial. La política de Barack Obama llamada de "paciencia estratégica", es decir de no hacer mucho, supone que Washington no puede determinar de ninguna forma el curso de los acontecimientos en Pyongyang.

El diálogo irregular por el que ha apostado en los últimos tres años no ha supuesto un avance de ningún tipo.

Como siempre, la principal preocupación de EE.UU. es el asunto nuclear. Y ahora que ya no está Kim Jong-il, ¿quién tiene en Corea del Norte el poder de apretar el botón rojo?, ¿estará dispuesto a pulsarlo a la primera de cambio?, ¿le podrían fallar los nervios y hacer un cálculo equivocado?

En ese caso, afortunadamente, la artillería y el lanzamiento de misiles son opciones más probables. No puede descartarse que presenciemos una tercera prueba nuclear, solo con el fin de advertir a Occidente de que no debe inmiscuirse en los asuntos del país como sí hizo en Libia.

El escenario más catastrófico es que una ojiva nuclear pueda acabar en el mercado negro si en Pyongyang se inicia una lucha abierta por el poder. En ese caso, Corea del Sur y su aliado estadounidense tienen planes de contingencia por los que intervendrían.

Al igual que China, de forma separada. La mayor de las pesadillas se materializaría si una transición política que ya de por sí es frágil acabara escalando en una confrontación entre superpotencias rivales.

EE.UU. y China ya libraron en el pasado una guerra directa en la península de Corea, entre 1950 y 1953. Con una ya basta.

La esperanza debe ser que Kim Jong-un, o quien sea, derribe algunos obstáculos y saque a Corea del Norte de su aislamiento. Pero no hay garantías de que eso ocurrirá. Este es un momento para la ansiedad.

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