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¡Todo gratis!

por 23 marzo, 2000

Los billetes, en desuso, fueron reciclados para las tareas escolares. Los niños recortaban así las imágenes de Andrés Bello, Gabriela Mistral y Arturo Prat para pegarlas en sus cuadernos.

La gratuidad total, el que todos los bienes de este mundo sean de libre disposición para todos los habitantes de este mundo, es uno de los más viejos sueños utópicos de la humanidad. Las leyendas de paraísos y edades de oro perdidas, de la tierra de Jauja, de territorios de abundancia ilimitada, donde corren ríos de vino y leche, llueve el maná y los árboles ponen sus inagotables frutos al alcance de la mano de los hombres, han poblado desde siempre el imaginario de la humanidad.



El sistema de libre mercado se apoderó de aquella fantasía colectiva. La publicidad regala imágenes de abundancia, los supermercados y malls exhiben una inmensa profusión de productos y el sistema financiero promete créditos para que todos podamos nadar en esa prosperidad tan brillante que hace palidecer a Jauja. Más aún: se crea la ilusión de la gratuidad. Al consumidor leal le espera un premio a la vuelta de cada compra. Los elegidos de la fortuna entran a una multitienda y pueden salir manejando un auto porque su boleta ganó un sorteo. O llenar el carro gratis en el supermercado.



Pero un buen día en Chile lo gratuito dejó de ser sólo una recompensa probable. Empezaron a regalar un diario en los accesos al Metro. Los otros diarios reclamaron. Pero al poco tiempo uno de los periódicos que se vendían se convirtió a la gratuidad. Al principio resultaba extraño ver a los canillitas uniformados y silenciosos, que regalaban los diarios con la mejor de sus sonrisas.



Meses más tarde ya resultaban chocantes los otros vendedores, los que voceaban los diarios y tenían la impertinencia de cobrar cuando uno se acercaba a pedírselos. Pero esa situación no resistió. Vino una crisis de la prensa escrita y los pocos medios que se salvaron debieron adaptarse a la modalidad de la distribución gratuita.



No paró ahí la cosa.



Cundió la resistencia a pagar, la que se extendió a toda clase de bienes y servicios. La economía debió ajustarse en forma severa a esta nueva expectativa. Familias enteras se alimentaban de los productos alimenticios que ofrecían gratis las promotoras en los supermercados. Finalmente nadie cobró nada. La gente concurría a sus trabajos y cumplía como siempre, pero a nadie cobraba el sueldo. Simplemente iban al supermercado y sacaban lo que querían. Curiosamente no se produjeron derroches ni despilfarros superiores a los de los oscuros tiempos en que las mercaderías se compraban.



Los billetes, en desuso, fueron reciclados para las tareas escolares. Los niños recortaban así las imágenes de Andrés Bello, Gabriela Mistral y Arturo Prat para pegarlas en sus cuadernos.



Chile se convirtió en la tierra de Jauja.



Pero una profunda depresión se propagó por todas las ciudades del país. Se intentó hacer terapias colectivas en las plazas, donde se impartían, gratis, clases de aeróbica. Finalmente, una junta de siquiatras y sicólogos dio su veredicto: el dinero les hacía falta a los chilenos. Lo que en el fondo deseaban no era tener cosas sino realizar, una y otra vez, como el coito, el acto mismo de vender y comprar. Había un componente profundamente libidinal en el manejo del dinero, fuera en acumularlo, despilfarrarlo o dosificarlo para hacerlo durar hasta fin de mes.



Se puso en funcionamiento otra vez la Casa de Moneda. Fueron clausurados los diarios gratuitos que habían provocado la escalada de la gratuidad, los billetes volvieron a circular y el país restableció su perversa relación libidinosa con el dinero.
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Darío Oses es periodista y escritor; autor, entre otros libros, de Machos tristes, El viaducto y Chile 2010.

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