Desafectos - El Mostrador

Domingo, 25 de febrero de 2018 Actualizado a las 12:46

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Desafectos

por 25 abril, 2000

En general, las teorías de modernización del Estado apuntan al cambio radical de alguno o varios de sus roles y funciones. La mayoría de ellas, buscándolo o no, están provocando con estos cambios una deserción, más o menos encubierta, del deber de las personas entre sí. Sobre todo, cuando se aplican a países pobres como los latinoamericanos en los que una gran parte de su población dependía históricamente del apoyo estatal.



Más allá de juzgar si es bueno o malo una privatización tan drástica de los roles y funciones del Estado en estos países, lo preocupante es constatar cómo se han diluido las responsabilidades mutuas, en lo que tiene que ver con la valorización de lo comunitario, especialmente en lo referido a tomar en cuenta al otro como un ser al que se le debe respeto, solidaridad y con el cual se comparte la libertad. Como consecuencia de estos desafectos, se ha llegado tanto en las relaciones de la autoridad con las personas como en las relaciones entre las personas mismas a una rara disociación entre ética teórica y ética efectivamente practicada.



Al parecer, mentir sobre problemas sociales graves, como la salud, la educación o la contaminación, ha pasado a ser una herramienta lícita para los gobiernos del continente cuyos estados ya no pueden fiscalizar a quienes les han entregado sus funciones por estar demasiado modernizados. Desgraciadamente, quienes deberían estar preocupados de este tema como, por ejemplo, los cientistas políticos están dedicados a ver cómo manejar mejor
a la gente con lo que se ha llamado la gobernabilidad o la prevención temprana de conflictos. Conceptos que, en general, buscan cómo proteger a los gobiernos más que a la gente. Pocos están dedicados a ver cómo fortalecer concretamente a la sociedad civil para poder contrapesar a los agentes del Estado y de los privados que lo han reemplazado para que la llamada gobernabilidad venga de acuerdos sociales logrados a través de una participación popular real.



Comienza a existir así una moral ciudadana donde el deber se ha relativizado y sólo funciona en relación a compensaciones muy específicas y personales. Al poder, por su parte, le importa cada vez menos borrar con una mano lo que ha escrito o prometido con la otra.



Algunos filósofos europeos habían anunciado que el ideal que animaría los espíritus y reanimaría el corazón de las democracias occidentales desarrolladas en este final de milenio sería la ética. Pero esto no ha sido así en América Latina; más bien ha sido totalmente al revés, asunto que desapega cada vez más a los ciudadanos de cualquier proyecto nacional. Así, mientras los gobiernos latinoamericanos hacen de la transparencia una de sus banderas principistas y electoralistas, pocas veces han sido menos transparentes en su actuación cotidiana.



El tema de la gobernabilidad tendría que ser enfocado, quizás, de una manera más participativa, con interlocutores muy variados, para que no se transforme solamente en la capacidad de un gobierno de manipular a los ciudadanos para lograr un gobierno que no moleste a nadie.



Los empresarios, podrían cooperar con la gobernabilidad asumiendo el desafío empresarial enmarcados en lo que sus propios héroes, como Popper o Hayek, imaginaran, Ä„potenciando los mercados con creatividad y eficiencia, cuidando el medio ambiente, y no abusando de sus trabajadores amparados en el argumento del libre mercado de trabajo! Porque en varios países del continente más que una cultura empresarial lo que se ha desarrollado es un nuevo tipo de cultura mercantil.



Por otro lado, debieran aparecer nuevos enfoques de las viejas formas de lucha sindical, más representativas y eficientes. Los trabajadores jóvenes han comenzado a hacerse cargo poco a poco de sus movimientos sectoriales, desde los cuales han podido ser mucho más eficaces. En algunos países esto ya es una realidad que ha tenido logros.



El caso perdido parecer ser el de los intelectuales. Casi todos han quedado entrampados en las redes de la burocracia estatal o de la empresa privada. Algunos de ellos se han transformado en ministros, embajadores, senadores, diputados, directores de empresas, empleados de universidades privadas donde la crítica tiene límites establecidos de antemano. Prácticamente, han desaparecido como especie. El intelectual crítico latinoamericano se ha esfumado.



Se nos repite hasta el cansancio que viviremos muy pronto en sociedades felices y sin problemas. Esto no tendría nada de malo ya que un cierto optimismo en el enfrentamiento de lo feo y aburrido no le hace mal a nadie. El problema está cuando el golpe de optimismo se asemeja más a un golpe anfetamínico que a una natural felicidad. Y esto debido a que hoy los hombres del poder permean sólo lo que les interesa para mantenerse en el poder. Pocos son los que bajan del Olimpo a ver qué sucede realmente entre los ciudadanos. Y la realidad pocas veces se digna a subir hasta ellos. Cuando suba, en algunos países, podría golpear muy fuerte.




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