Tragaluces - El Mostrador

Sábado, 25 de noviembre de 2017 Actualizado a las 02:40

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Tragaluces

por 18 junio, 2000

¿Qué se ve? ¿Qué puede una ver en la anegada disputa que se libra en calles, papeles y pantallas por las imágenes, qué queda para ver, por ver?

Así como son trozados los libros -no sólo por la guillotina de las fábricas editoriales cuando éstos demoran su venta, sino por el parpadeo electrónico, por las pulsaciones virtuales-, así el ojo deberá abrazar el pálido, encandilado campo de las luminarias excesivas (esta nueva sombra que cae sobre la mirada) y, tal vez, robar. Extraer pedazos de visión que reconstituyan la humedad atenta de un ojo, un modo arrojado de hacerse de aquello que ve, de hacerse parte, juez y parte y malandra de lo visto.

Entre las fotocopiadoras abultadas de documentos, entre el ritmo sincopado de las máquinas y el intenso, negro y oleaginoso olor a lectura con que son vomitadas las copias, el televisor transmite, sobre resmas de papel virgen, los labios de una mujer sometidos a cirugía plástica hablando del amor.

La lluvia esparce y vuelve a juntar los residuos. Contra la cuneta, un pequeño remolino de briznas y lodo forma una esfera tan compacta como imagino la yesca, la estopa utilizada por los alacalufes (musgo, materia combustible extraída del tronco del ciprés, tierra blanquecina, mezclada con plumillas, escribe Joseph Emperaire), para hacer prender la chispa y transportar el fuego. (El mismo nudo de yerba y tierra me cierra los ojos por la noche, sé, sé que debo despejar algo).

Se ven, claro, se ven las publicidades gigantes que dividen la semana en lunes de la limpieza, martes blancos, miércoles verdes, jueves rojos, viernes de fiesta y sábados dulces en los supermercados; y los lunes cardiológicos, los martes de belleza, los miércoles anticonceptivos, los jueves diabéticos, los viernes dermatológicos en las farmacias. Y las horas felices en los bares, la Hora Alta, Mediana y Baja en el Metro, los horarios de atención en oficinas públicas, el horario de tránsito de Oriente a Poniente, de Poniente a Oriente en algunas arterias de la ciudad. Pero no encuentro lugar para hacer visible las diferencias, en una misma boca, entre la saliva izquierda y la saliva derecha (que hace caso omiso de los hemisferios cerebrales), o la distancia entre el labio norte y el labio sur, que sienten y hablan lenguas disímiles cuya cruz (cuyo cruce, cuyo encuentro modulado) es el idioma (algo tan disparatado y necesario como la gramática que endereza el idioma).
Escondido en la rumba de pruebas pedagógicas por corregir, se deja ver una caligrafía que no es letra, sino ideograma, mapa. Sé que no puedo leerlo. Sé que escribir en el margen "ilegible" significa que no puedo leerlo, que el tiempo instituido para la lectura no me permite descifrar esta cartografía (son cortos los días en este país, dice el cuidador de autos, apostado en las afueras del recinto).

En el paisaje trasero de los inmuebles céntricos, entre terrazas-bodega, jardines suspendidos y secadores de ropa, veo transparentarse pequeñas figuras en cada compartimento de las ventanillas que hacen fondo a un templo evangélico. Contempladas así, de espaldas, ocupando de manera inanimada cada nicho de luz, remedan una vitrina de juguetes mortuorios. (Me remiten, hoy, a la juguetería Rochet ampliando su tienda hacia la casa vecina, el antiguo centro de torturas de José Domingo Cañas 1365).

Veo a un niño jugando en la micro con un imán. Veo en el Metro a una joven mujer que no logra desactivar su mascota virtual. Brotan intermitentetentemente monótonas instrucciones cuyo origen -el peluche que cuelga del pecho- los pasajeros y la propia dueña fingen no percibir.

Veo multiplicarse en los rostros de la velocidad urbana el inmóvil parpadeo de los lentes de contacto multicolores. No sé si estos ojos azulinos, violáceos y verdosos vislumbran otros campos de luz, mas la mirada vidriosa y extraviada que muestran tiene algo de la esfera ciega que nos rige y acorta los días en este país.

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